Columna de opinión
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La vida interrumpida

¿Recuerdan los días iniciales de la pandemia, en el 2020? ¿Recuerdan la última vez que estuvieron en la calle, lo que estaban haciendo? ¿Recuerdan las calles vacías los días en que sólo se podía salir según el número de DUI? ¿Recuerdan el temor a contagiarse, un temor que se convirtió en angustia individual y colectiva? ¿Recuerdan el miedo a ser llevados a uno de los centros de cuarentena? ¿Recuerdan lo que hicieron durante el confinamiento inicial?

Recuerdo el silencio de la calle frente a la cual vivo. El canto de los pájaros en la mañana que, por fin, se podía escuchar con gusto. Hasta grabé ese canto. Recuerdo que se comentaba cómo en varias ciudades del mundo, el aire se miraba más limpio. Revivió la esperanza de detener la destrucción de la naturaleza y, con ello, el cambio climático.

Comenzaron los deseos armoniosos de la humanidad. “Cuando salgamos de esto, seremos mejores”. “Cuando pase la pandemia aprovecharemos mejor la vida”. “Que todo este sufrimiento no sea en vano”. Personas enemistadas que no se habían visto ni hablado, retomaron el saludo y prometieron verse cuando todo terminara. Hubo gente que hasta encontró manera de conocer a alguien y enamorarse. Parecía un extraño fin de año, lleno de buenos y grandiosos deseos que, hoy por hoy, estamos muy lejos de cumplir.

¿Se imaginan haber pasado el confinamiento sin internet? ¿Se imaginan pasar el confinamiento sin libros, sin música, sin películas? El hábito de las redes sociales convirtió a muchos en escritores. Se han publicado (y se seguirán publicando) muchos diarios de pandemia, poesía de pandemia, novelas de pandemia. Que no se me tome a mal. Está muy bien que exista. Cuando hice una investigación sobre testimonios de cómo se vivió la pandemia de gripe española, casi exactamente un siglo atrás, fue muy raro encontrar algo. Todos estos materiales resultantes pueden constituir una memoria de cómo se vivió este tiempo. ¿Habrá académicos que, dentro de 100 años, quieran comprender o saber cómo se vivió la pandemia del COVID-19? ¿Sobrevivirá ese material 100 o más años? ¿Sobrevivirá la humanidad? ¿Cómo estarán las cosas dentro de 100 años en nuestro mundo? ¿Qué nueva pandemia tratará de diezmarnos?

Hubo historias conmovedoras en los primeros meses. Los que cantaban en los balcones. Los aplausos al personal de salud. La gente que lograba salir con vida. Gente que cenaba conectada con alguien, por internet, para hacerse compañía. Quienes trabajaron en casa y pudieron disfrutar de más tiempo con la familia. También hubo historias duras. Familiares que murieron y que no pudieron ser despedidos como se deseaba. Menores de edad conviviendo con sus violadores bajo un mismo techo, en confinamiento. Gente para quien permanecer en casa sin socializar es una auténtica tortura. Gente que, si no sale a trabajar, no tiene para comer.

Habrá gente que no querrá recordar este tiempo. Habrá gente que querrá olvidarlo todo. Gente que recordará este último par de años como una nube negra, aborrecible. Hay gente para quien la pandemia fue un basurero emocional conveniente. Todo lo malo que pasaba en aquellos días, era culpa de la maldita pandemia.

Hubo gente mezquina, que siempre la hay en todo. Gente que aprovechó la circunstancia para su provecho propio. Gente que discriminó a los que se enfermaron. Gente que denunció a los sospechosos de estar enfermos, como si de un crimen se tratara. Gente que demostró que, cuando ocurre un escenario catastrófico de daños masivos, no todos son buenos ni correctos ni dignos ni generosos.

Para algunos, la pandemia obligó a cambiar la velocidad, el ritmo de vida. Ese cambio forzó a muchos a reconsiderar prioridades, abrirse a opciones insospechadas. Sé de gente que se animó a explorar sus vocaciones creativas olvidadas, puestas en segundo plano, como hobby, porque el trabajo remunerado consume todo su tiempo y su cerebro. Sé de gente que amplió sus pequeños negocios, quienes se metieron de lleno a los envíos a domicilio y a los pagos en línea. Sé de gente que encontró su vocación de servicio y que continúa ayudando a personas con necesidades materiales hasta el día de hoy.

Para los deprimidos, para los ansiosos sociales, para los que sufren alguna dolencia emocional, el cambio de velocidad fue un alivio, un respiro, un grandioso momento para hacer pausa. Un buen motivo para evitar los encuentros presenciales que demandan tanta energía. Para otros, la vida interrumpida a la que obligó la cuarentena, fue motivo de ansiedad y depresión. Mucho se habló de los sueños raros que tuvo la gente en aquellos días. Recuerdo que tuve un sueño complicadísimo con Jane Fonda, en la época en que interpretó Barbarella.

Poco a poco, la humanidad vuelve a recuperar una normalidad, pese a que la OMS advirtió que sigue considerando el COVID-19 como una pandemia. El tráfico ya es como antes. A la usual basura en las calles, ahora se suman las mascarillas usadas, botadas en cualquier parte. A los deshechos que se vierten en el mar se añaden ahora todo lo derivado de la prevención y tratamiento de la pandemia. Millones de mascarillas desechadas de cualquier modo, por ejemplo.

El escritor chino Yan Lianke, al inaugurar la clase virtual de posgrado de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, instó a los estudiantes de letras a escribir, a registrar el momento que se estaba viviendo. “La memoria no puede transformar el mundo, pero sí dotarnos de una verdad interior”, dijo en aquella ocasión. Para Lianke, la memoria individual, la de la vida cotidiana, será imprescindible para transmitirle a las futuras generaciones la experiencia general de esta pandemia.  

Ojalá recuperáramos aquel ánimo inicial, tan meloso, tan lleno de buenas intenciones. Ojalá recordáramos que el apocalipsis siempre está cerca y que La Muerte es uno de sus mensajeros permanentes. Esa debería ser suficiente motivación para intentar vivir con un poco más de armonía.  

Que el retorno a la normalidad no nos haga olvidar esa verdad interior mencionada por Lianke. Y que la vivamos en consecuencia.

(Publicado en sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 24 de abril, 2022. Foto de Mario Hagen en Pixabay).

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