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Memorial del olfato

El olor a libros cuando abro la puerta de mi casa. El olor a libros cuando abro la puerta de mi estudio. Olor de libro viejo. Olor de libro nuevo. Olor a tinta recién impresa. El olor a comida en el vecindario. Olor a plátanos fritos, a carne asada, a sopa de res, a cebolla frita. Olor a frijoles que se queman en la olla. A pan quemado. A familias sonrientes sentadas ante una mesa pródiga en alimentos. Gente feliz comiendo comida feliz en ese mundo al que los tristes no podremos entrar jamás. El olor del humo de la carretera Panamericana. El olor café y gris del smog. El olor de los autobuses que viajan a Occidente. El olor del interior de esos autobuses. El olor a moho, a humedad. El olor a pino y cipreses de la casa de mi infancia en Los Planes de Renderos. El olor de los mangos podridos entre la hojarasca del Parque Balboa. El olor de la hojarasca del bambú. El olor de las hormigas negras que caminaban …

Apuntes de una observadora de pájaros

Hace un par de años comenzó a venir a la ventana de mi estudio una pareja de palomas ala blanca (Zenaida asiatica). Venían por las mañanas. La hembra llegaba primero, se echaba en el borde de la ventana y cantaba. Se escuchaba la respuesta desde algún lugar cercano. A los pocos minutos, llegaba el macho. Siempre hacían lo mismo: cucurrucuquearse, hacerse cariñitos con el pico, espiar hacia adentro del estudio. Me quedaba sentada, muy quieta, observándolos desde mi escritorio que está junto a la ventana. No quería espantarlas. Me encantaba ver su rutina. Las extrañaba cuando se ausentaban. Hace pocos meses, al abrir la ventana, descubrí un par de palitos. Las palomitas querían hacer nido. Empezaron a venir casi a diario. El macho le traía palitos a la hembra. Aterrizaba en el balcón, caminaba encima de ella, como si fuera una alfombra, y se los colocaba directamente en el pico. Ella tomaba cada palito y comenzaba a tallarlo, afanosa. Luego se los colocaba alrededor suyo mientras el macho volaba por más. Cuando se iban, después …

Tras bastidores

Cada quince días enfrento la tarea de escribir esta columna. Trato de terminarla tres o cuatro días antes del cierre de edición, para poder corregirla sin presión alguna. Entregar un texto que no pase suficiente tiempo de reposo es algo que siempre me pone nerviosa. Pero es parte de las tribulaciones de trabajar en prensa y hay que convivir con ello. Tengo una lista de ideas que voy anotando, temas que voy rumiando y que pienso pueden ser de interés general. En algunas ocasiones, han ocurrido tantos eventos o he tenido tantas ideas sobre temas a tratar, que la dificultad ha sido decidirse por algo en particular. En no pocas ocasiones, el problema es todo lo contrario y no tengo ni la más remota idea sobre lo que voy a escribir. Como hoy. Cuando eso ocurre, a medida que se aproxima la inevitable hora del cierre de edición y mientras picoteo en el teclado párrafos y temas que no me terminan de convencer, recuerdo al poeta y periodista salvadoreño Serafín Quiteño, quien mantuvo una columna diaria …

La realidad según Orwell

En alguna reciente crisis de insomnio, recordé que tenía una edición de la novela 1984, de George Orwell, que todavía no leía. Es una edición en inglés publicada en 1998 por Penguin Books, que compré en algún viaje. A pesar de ya tener una versión en español, compré ese ejemplar porque está en su idioma original y porque la portada me pareció turbadora pero acertada para el contenido. Es un acercamiento a un par de ojos y una parte del arco de la nariz de un hombre. Trabajada en tonos de verde y granulada para dar la impresión de un acercamiento a una pantalla televisiva, la mirada del sujeto de la portada puede interpretarse de varias maneras. Podrían ser los ojos del Big Brother o Gran Hermano. Podrían ser los ojos anónimos de alguien que nos vigila, de un censurador, de un verdugo. También podrían ser los ojos de Winston Smith, el protagonista de la historia. 1984 es una novela que he leído tantas veces que ya perdí la cuenta. Lo más interesante de cada …