Los géneros del terror y el horror han tenido un fuerte empuje en la literatura de años recientes, sobre todo en Latinoamérica. Numerosos escritores los han explorado y han aprovechado sus recursos para poder contar historias relacionadas con el pasado de un país o con la visión de elementos que convocan diversas formas del miedo.
Para algunos escritores contemporáneos, ese sentimiento tiene menos que ver con lo sobrenatural y más con lo que está presente en las amenazas cotidianas. La propuesta de algunos autores puede resumirse en que hay que tener más miedo de los vivos que de los muertos. La crueldad del ser humano es más destructora que las angustias de los espíritus o entes sobrenaturales en las que no necesariamente todos creen.
Eso no desmerita las raíces originales de estas historias de lo raro, de lo weird o lo extraño. La literatura de estos géneros no sería lo que es sin aquellas primeras narraciones que, en su tiempo, fueron consideradas como una forma de literatura menor o de entretenimiento, sin considerar que también ofrecen herramientas para indagar en asuntos más profundos de la psicología humana.
Muchos de los autores clásicos (Poe, Lovecraft, Bierce, Blackwood, Chambers, Lord Dunsany, etc.), menos contaminados por el exceso de información que quienes escriben en la actualidad, construyeron su narrativa a través de su imaginación, con las tradiciones orales, las supersticiones, las leyendas urbanas y sus propias pesadillas. Esto obligó a sus primeros lectores a preocuparse no sólo por lo que habitaba en el fondo de cuevas, montañas, bosques y océanos, sino también en los sótanos o áticos de las casas vecinas, porque el Mal es algo que acecha siempre y en todas partes. Por ello resulta interesante indagar en los alcances de este tipo de escritura.
Desde hace algunos años se está gestando en El Salvador una nueva generación de escritores que está utilizando el género del horror como un recurso para narrar una capa alterna de la realidad. Esto incluye a la historia nacional que, sin duda, tiene rincones misteriosos y desconocidos. En manos de la imaginación literaria, esos rincones son un buen pretexto para explorar la oscuridad que nos habita.
Pensé en estas cosas al terminar de leer El abismo en todas las cosas, una colección de nueve cuentos escritos por el salvadoreño Andreas Portillo, publicado en el 2025 por Índole editores. Nacido en 1994, los relatos de Portillo han aparecido en Puntos de fuga, antología de prosa salvadoreña contemporánea (publicada por Editorial Kalina en el 2017) y en Lados B, colección de cuentos nacionales publicada por Editorial Los Sin Pisto en el 2019. Además, Portillo ha ganado en tres ocasiones los Juegos Florales salvadoreños en las categorías de cuento y novela corta.
El título del libro, El abismo en todas las cosas, alude justamente a esos pliegues ocultos de la realidad, a los portales que abren otros mundos o dimensiones con la sola mención de palabras o ensalmos misteriosos que unos pocos privilegiados conocen. Aquí es donde el uso de las herramientas del terror, el horror, la ficción especulativa, la tensión psicológica y el misterio funcionan a perfección.
Una de las cosas que me llamó la atención de este libro es su estructura. Consta de nueve narraciones, cada una de ellas ocurriendo en un año diferente (desde 1917 hasta 1996). Aunque los relatos manejan personajes y situaciones distintos, la mayoría de los cuentos están vinculados al territorio salvadoreño y a un momento identificable de nuestra historia. Sólo dos cuentos rompen lo geográfico, aunque sus personajes están relacionados con el país, “La noche, las sombras (París, 1942)” y “Tropicana (Honduras, 1966)”.
Esto me parece interesante en el sentido de que, mientras se habla de la importancia de la universalidad de las historias, nuestros nuevos narradores buscan presentar al país, sus pueblos, sus ciudades y sus leyendas como elementos desde los cuales también se puede acceder a dicha universalidad. No hay necesidad de ubicar las acciones narrativas en Nueva York o Londres para contar historias emocionantes. Quizás también los escenarios y circunstancias salvadoreños son rescatados justamente para mostrar que los enredos de nuestra región son dignos de ser contados y reexaminados. No se usan nada más como un telón de fondo, ya que el contexto histórico influye en las acciones o el discernimiento de los personajes.
Utilizar este tipo de aproximación no resulta forzado. Hay bastantes momentos y personajes cuya sola mención evoca oscuridad. En “Invocación (1933)” y “Llamamiento (1944)” se menciona al General Brujo, una figura fácilmente identificable dentro de nuestra historia. El contexto de los años en los que transcurren los eventos en ambos cuentos es de sobra conocido. En ese sentido, el lector entra con su conocimiento de la realidad y le agrega su propia capa de ambientación a los eventos narrados. Eso nos obliga a pensar que, por ejemplo, aunque la matanza de 1932 ocurrió previo al año del cuento mencionado, el miedo y el dolor causado por aquel acontecimiento se esparció entre la población como una nube negra y silenciosa, un silencio que era necesario asumir para no ser eliminado por “comunista”. Hasta por llorar te podían matar.
“El palacio negro (1978)”, uno de mis cuentos favoritos en la colección, transmite de manera más evidente ese ambiente opresivo de la persecución política dentro del escenario de las luchas de masas, las desapariciones de líderes sindicales y maestros, los rumores de las torturas y los cada vez más intensos y constantes enfrentamientos entre la guerrilla y los cuerpos de seguridad. En ese ambiente, una sombra puede ser un espía político, pero también un espectro sobrenatural. El pulpo de la realidad extiende sus tentáculos hasta confundir los planos de la objetividad y lo misterioso, porque absolutamente todo lo que está pasando tiene una presencia capaz de destruir la cordura de los personajes.
Resulta inevitable relacionar el libro de Andreas Portillo con La llegada del mundo invisible de Pedro Romero Irula, libro de cuentos publicado a inicios del 2024, bajo el sello de Índole. Romero también se preocupa por esos pliegues alternos de nuestra realidad, aunque su materia de indagación imaginativa es la cultura popular salvadoreña y la tradición oral, donde incluso los archivos históricos sirven de base para presentar al lector una propuesta de lo que no puede registrarse según las categorías científicas.
En el último de los cuentos del libro de Portillo, “La caza (1996)”, el personaje que narra la historia concluye que: “(…) existen horrores ocultos en la inmensidad del universo y la fragilidad de lo que llamamos realidad”. Dicha frase encierra, a mi parecer, el ánimo entero del libro y de esta propuesta literaria. Por lo demás, nos deja pensando en los miedos atávicos del ser humano, miedos que perviven a pesar del tiempo y los avances tecnológicos.
Recomiendo con entusiasmo la lectura de estos cuentos. A pesar de las limitaciones de publicación y distribución que sufrimos los escritores en este país, ojalá los lectores salvadoreños sepan apreciar esta y otras propuestas más que se han atrevido a construir narrativas que, aparte de ser amenas, nos hacen reflexionar.
Seguiremos atentos a esas nuevas voces que esperamos sigan surgiendo en lo que promete ser la renovación de nuestras voces literarias.
(Publicado en la sección editorial de La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 4 de octubre, 2026. Foto propia de la portada del libro El abismo en todas las cosas).
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