Columna de opinión
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El alto precio de la frivolidad

Hace algunos días se dio una nueva moda o trend global. Originada en Instagram, la idea era pedirle a algún modelo de IA que transformara una foto para que pareciera hecha en los años 80. La gente cargaba su imagen y luego posteaba el resultado.

Esta tendencia se convirtió rápido en moda, similar a la de convertir fotos según la estética de los estudios Ghibli o la de hacer un resumen de personalidad con algún tipo de ilustración, basado en su fecha de nacimiento.

Me pareció extraño que la gente quisiera retratarse como en los 80. Lejos de tendencias estéticas específicas, asocio esa década con guerra, exilio y tensiones sociopolíticas, sobre todo para los centroamericanos. Algunos nicaragüenses bromearon diciendo que en los 80 estarían haciendo filas para abastecerse de alimentos o estarían “peleando”, pues era el momento más álgido de la Revolución Sandinista. Acto seguido, estaba su foto en ropas militares. Lo que no especificaron es que, en aquella década, podrías ser miembro del Ejército Popular Sandinista (el ejército nacional, que incluía a muchachos muy jóvenes haciendo el servicio militar, que era obligatorio) o de La Contra (ex guardias nacionales, financiados por el gobierno de los Estados Unidos).

Algo similar pasó con los salvadoreños. Algunos se retrataron con armas y reproduciendo su visión romántica de la guerrilla o del ejército. Las imágenes iban acompañadas de comentarios que, aparte de frivolizar la guerra, denotaban un profundo desconocimiento de aquel tiempo, de todo lo ocurrido y de las consecuencias que trajo al país.

Otras personas, de diferentes países, prefirieron postear fotos reales de sí mismos, aduciendo que no necesitaban que la IA les mostrara cómo se verían porque lo habían vivido.

Independientemente de la visión distorsionada o real que se tenga de aquella década, mi preocupación de fondo (y de lo que quiero hablar en realidad) es sobre la nula conciencia de las consecuencias que tiene encomendar a una IA de hacer algo que, a la larga, no sirve más que como un entretenimiento fugaz.

¿Cuántos millones de personas solicitaron su imagen ochentera? ¿Cuántos millones de selfies y retratos personales fueron cedidos a los bancos de datos de la IA? ¿Cuánto ha costado eso en términos de uso de agua potable y electricidad? ¿Para qué servirán o qué uso se dará a todos esos millones de imágenes, las reales y las producidas por el trend?

Intenté encontrar un dato sobre esto, pero resulta casi imposible aterrizarlo en términos numéricos, sobre todo porque es complejo calcular cuántas personas se sumaron a la tendencia. Es posible que, además, no hayan solicitado solamente una imagen, sino dos o tres, hasta lograr el resultado deseado.

Investigaciones de la Universidad de Colorado y la Universidad de Texas, en los Estados Unidos, determinaron que crear una sola imagen con IA consume entre 0.5 y 5 litros de agua dulce. El agua es necesaria para enfriar los procesadores gráficos que ejecutan el cálculo matemático para crear las imágenes. Si la mitad de la población mundial generara una sola imagen, el gasto acumulado oscilaría entre 2.075 y 20.750 millones de litros de agua, equivalentes a llenar hasta 8.300 piscinas olímpicas. Además, el procesamiento requeriría de hasta 41.5 GWh de electricidad, que equivale a alimentar 1.3 millones de hogares en un día.

Pero el impacto ambiental del uso de la IA tiene también otras consecuencias. La construcción de centros de datos que albergan los servidores a través de los cuales se generan todas sus funciones se expande sin control. Estos centros adquieren grandes porciones de tierra, la deforestan y construyen mega instalaciones. Para su funcionamiento, no solamente se requiere de agua dulce y electricidad, sino que también se necesita extraer minerales críticos para la fabricación de chips y formar cadenas de suministro que terminan produciendo grandes cantidades de residuos electrónicos. Estos residuos contienen sustancias peligrosas, como el mercurio y el plomo, que contaminan de por vida el entorno que tocan.

No solamente eso. Los ventiladores, los sistemas de enfriamiento y los generadores producen ruido las 24 horas. Vecinos de estos lugares se quejan de la contaminación acústica, que puede llegar a escucharse hasta varios kilómetros a la redonda. En los seres humanos, ese ruido constante provoca estrés, presión alta, insomnio, ansiedad y problemas cardíacos. Productores de ganado de Texas han denunciado que el ruido provoca estrés entre los animales, no les permite reproducirse, altera sus ciclos naturales y muchos incluso mueren.

En los animales silvestres el ruido, así como las constantes vibraciones que emiten los centros, producen aumento de la presión cardíaca y respiratoria, así como pérdida de audición, lo cual aumenta su vulnerabilidad ante los depredadores. Muchas aves y animales tienden a migrar a otras zonas que no conocen y para las cuales no están adaptados. Las abejas, trascendentales para las cosechas de frutas y verduras, pierden sus habilidades de orientación debido a los campos electromagnéticos que se generan por los centros de datos.

The AI Index 2026 Annual Report, elaborado por la Universidad de Stanford, informó que los Estados Unidos cuenta en la actualidad con 5.427 centros de datos, un 90 % más que Alemania, el segundo país en la lista, con 529. Le siguen el Reino Unido (523), China (449), Canadá (337), Francia (322), Australia (314), Países Bajos (298), Rusia (251) y Japón (222). Estos números van en aumento, a nivel mundial, incluida Latino América. Brasil aprobó, a finales del año pasado, tres proyectos en São Paulo valorados en 2.800 millones de dólares. Una vez que estos centros comiencen sus labores, consumirán más de 350 megavatios de la red eléctrica del país. En términos prácticos, eso equivale a la electricidad que usan cientos de miles de hogares.

En un mundo donde todavía hay numerosas poblaciones que no cuentan con servicios domiciliares de agua potable o electricidad, la proliferación de dichos centros tensionará aún más el acceso y la calidad de estos recursos.

Mientras tanto, el reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierte algo alarmante: ya se considera inevitable que el planeta superará el límite de 1.5 grados de calentamiento global en los próximos años. Esto tendrá como consecuencia una intensificación de los fenómenos meteorológicos extremos y aumentará el riesgo de superar niveles irreversibles.

La demanda descontrolada para el uso de la IA será (o ya está siendo) uno de los factores determinantes para el aumento de las temperaturas. Para quien todavía piense que todo esto es alarmismo, basta con darnos cuenta de las sequías y olas de calor que estamos soportando. El aumento del calentamiento global hará que todo esto empeore. Eso sin hablar de las advertencias de ex empleados de las empresas de IA que advierten sobre una eventual falta de control sobre ellas y la posibilidad de que terminen eliminando a la especie humana dentro de pocos años.

Quizás usted piense que pedirle una imagen o dos a la IA no va a descalabrar el mundo. Pero es necesario que lo piense bien, que lo piense dos y más veces. Pregúntese si la frivolidad de sumarse a una tendencia global de IA vale el alto precio de contribuir al agravamiento de una crisis que ya estamos viviendo.

(Texto publicado en la sección de opinión de La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 20 de septiembre, 2026. Foto propia, la naturaleza contra el cemento).


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