Columna de opinión
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Decisiones preventivas

Como habitantes de uno de los países que conforman el Cinturón de Fuego, no podemos dejar de reflexionar sobre los efectos de los terremotos del 24 de junio de este año en Venezuela. El nivel de destrucción, la lamentable cantidad de muertos y desaparecidos, la lentitud y la falta de organización gubernamental de aquel país para auxiliar a los sobrevivientes y los cientos de historias de las que nos hemos ido enterando no pueden dejar indiferente a nadie.

Uno de los temas que me puso a reflexionar más fue la relación de cientos de personas con sus animales. En redes sociales se supo de casos donde los dueños salieron con ellos, regresaron a los edificios en ruinas a buscarlos o rondaron los escombros durante varios días llamando a perros y gatos por sus nombres, con la esperanza de encontrarlos. Por su tamaño y por su agilidad, algunos animalitos lograron escapar de los edificios y se mantienen en la zona donde habitaban esperando a que sus dueños vuelvan por ellos, sin saber que, quizás, sus humanos estén muertos. Esas escenas, mezcla de inocencia y lealtad, conmueven a cualquiera.

Fueron numerosos los videos de cámaras internas que mostraron cómo, en los momentos de las sacudidas, gatos y perros asustados corrieron buscando refugio como respuesta de algo que, simplemente, no comprendían. Algunas personas contaron que vieron a sus gatos aterrorizados lanzarse al vacío por las ventanas abiertas de sus departamentos. Debe haber sido una visión horrible para sus dueños.

También ocurrieron milagros. El 17 de julio, 23 días después de los sismos, se encontró a una gata con vida bajo los escombros del bloque 3, en la urbanización La Páez Catia La Mar, en La Guaira, el lugar más afectado por los terremotos. Circula un video en internet donde la gata, llamada Luli, se asoma por un agujero, maúlla y saca una pata tratando de alcanzar a los rescatistas. Estos trabajaron con cuidado para recuperarla y, cuando fue sacada con vida, los presentes estallaron en júbilo, en gritos de alegría y en lágrimas (las mías incluidas, cuando vi por primera vez el video). El milagro no concluyó ahí. Después de llevarla a la emergencia veterinaria y determinar que sólo estaba deshidratada y con los ojos irritados por el polvo, se pudo encontrar a su familia y les fue devuelta, en medio de sonrisas y abrazos.

No fue el único animal rescatado. Días después fueron encontrados en otros sectores dos perros, tres gatos más, un loro e incluso una tortuga. Todos emergiendo de entre las ruinas, afectados por el tiempo que pasaron sin alimentación ni agua, pero vivos. Cuando se entrevistaba a los rescatistas para comentar sobre estos hallazgos, se conmovían y decían que, tras ver tanta muerte, estos rescates les daba fuerza interior para continuar adelante.

Como suele ocurrir cuando se dan dichos eventos, se compartieron con el público algunas medidas preventivas a tomar en cuenta en caso de tener que abandonar el domicilio. Además de una mochila de emergencia para humanos, también se recomendaba tener una lista para los animales. Estas son, por supuesto, medidas razonables. Pero también debemos ser realistas, sobre todo cuando se tienen varios animales y, en particular, cuando tenemos animales tan complejos como los gatos. Pienso que la mejor medida de prevención que podemos tener con ellos es pensar con antelación, de manera objetiva, qué haríamos en situaciones de emergencia.

No todos los gatos son mansos y no podemos predecir cómo van a reaccionar ante una situación sísmica extrema. Quizás en un incendio o inundaciones se tiene un poquito más de tiempo para poder hacer algo, pero el terremoto es sorpresivo y rápido. En medio del natural nerviosismo, tenemos que pensar en protegernos de manera inmediata. Si usted, por ejemplo, se encuentra solo y tiene varios animales, ¿a cuál piensa agarrar primero? Si los gatos salen corriendo, despavoridos, en varias direcciones, ¿a cuál va a perseguir? ¿Puede usted mantenerse ecuánime y sereno para sacar a su gato o su perro de debajo de la cama, mientras mira que las cosas caen, las paredes se agrietan y los vecinos gritan aterrorizados? ¿Y qué hay de su propia seguridad?

Algo que nos puede dar indicativos de reacción es observar cómo actúan cuando hay temblores, cuando se revienta pólvora o cuando hay sonidos fuertes (como truenos). Su manera de actuar en esas circunstancias nos dirá mucho y nos permitirá pensar en alternativas.

Ante este tipo de emergencias, hay gente que dice que no saldría sin sus animales. Es una decisión respetable. Yo haría lo mismo. De ser así, recuerde que la antigua medida de colocarse bajo los arcos de las puertas está obsoleta y que lo mejor es buscar colocarse en un lugar donde se pueda generar el llamado “triángulo de la vida”, un espacio que se produce cuando, aunque caiga el techo u otros objetos, se crea un hueco donde la persona puede ampararse mientras (ojalá) sea rescatada.

Los terremotos son eventos súbitos y pueden ser demoledores. Sus consecuencias pueden cambiar el mapa de un lugar y traumatizar a sus habitantes. El 23 de diciembre de 1972, un terremoto de magnitud 6.2 en la escala de Richter destruyó casi por completo la ciudad de Managua. El epicentro fue en el Lago Xolotlán. Su profundidad fue de sólo 5 kilómetros, lo cual explica su nivel de destrucción. Las cifras de muertos varían, pero hubo por lo menos 10.000 muertos. El 90 % del centro de la ciudad quedó en el suelo. La zona más afectada, donde estaban la antigua Catedral y el Palacio Nacional, se conoció desde entonces como Los Escombros.

Este tipo de tragedias suele convertirse en un parteaguas en la vida de los afectados. Acá en El Salvador, los terremotos de 1986 y del 2001 dejaron una herida profunda, no solamente en el número de fallecidos, sino también en la infraestructura afectada. En Venezuela, miles de personas quedaron apenas con lo que tenían puesto en el momento de los terremotos. Esto, sumado a la situación local vigente, plantea un escenario complicado para la reconstrucción.

Por desgracia, en contraste con los pequeños milagros de vida, hay también reportes de suicidios entre los sobrevivientes de los terremotos venezolanos. Esto tiene que ver con un elemento que siempre se descuida o se deja de lado en las tragedias colectivas: la falta continua de asistencia en salud mental.

Estos apuntes no tienen la intención de generar nerviosismo, pero sí de ayudar a tomar decisiones anticipadas y realistas. Es imposible que, en medio de un terremoto y con el nerviosismo natural que eso nos provoca, alguien salga con tres animales en brazos o se tome el tiempo de agarrarlos, meterlos en un transportín, agarrar las mochilas de emergencia, bajar gradas, esquivar objetos que caen, encontrar las llaves, abrir puertas y verjas, etc. Se sobreentiende, además, que proteger a los menores de edad y a las personas mayores o con problemas de movilidad, es la prioridad máxima a la hora de un evento sísmico. Por ello, tener pensado un plan de acción para dichas situaciones siempre es importante. Confiemos en que nunca tengamos necesidad de implementarlo.

Aprovecho para enviar mis condolencias al pueblo venezolano y mis mejores deseos para su pronta reconstrucción.

(Publicado el domingo 9 de agosto, 2026, sección opinión de La Prensa Gráfica. Fotos de Luli, tomadas del video del momento de su rescate).


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