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De Homero, Shakespeare y Christopher Nolan

Es llamativa la cantidad de discusiones que ha surgido en torno a La Odisea, la más reciente película del director inglés Christopher Nolan. Aún antes de su estreno, cuando apenas comenzaron a conocerse los primeros avances, se desataron acalorados debates sobre la participación de ciertos actores, aduciendo color de piel, origen étnico y constitución física. La discusión sobre el reparto me llevó a pensar en varias cosas que se pasan por alto.

En lo personal, no me agrada la idea de ver a Matt Damon como Odiseo, acaso porque lo tengo muy encasillado como actor de acción, como “niño bonito” o, incluso, en algunos papeles cómicos de poca gracia. Es decir, no es un actor que me entusiasme, pero eso no será impedimento para ver la película.

Quizás también me causa resistencia porque hace unos meses vi The Return (2024) del director italiano Uberto Pasolini, con Ralph Fiennes como Odiseo y Juliette Binoche como Penélope. La cinta se concentra en el momento exacto en que Odiseo arriba a las costas de Ítaca, literalmente sin nada, después de un naufragio. Al comienzo, no revela su identidad y está todavía en shock por los últimos eventos de su vida. Ante los problemas que va detectando en su propia tierra, prepara la estrategia adecuada para anunciar su regreso.

El Odiseo de Fiennes es complejo y choca con la idea del héroe invencible que regresa triunfal a casa. Este es un personaje callado, sobrio, casi diríase deprimido. Vuelve a su tierra despojado de toda pertenencia (aparece desnudo en una playa), para encontrar a un grupo de oportunistas acosando a su mujer porque quieren apoderarse del trono. Su hijo, Telémaco, lo resiente. Sólo el viejo perro Argos lo sigue esperando. Casi diríase que muere feliz y satisfecho al reconocer a su amo, en una de las escenas más conmovedoras de la cinta. Poco a poco, Odiseo reconstituye no sólo su fuerza física, sino sobre todo su fortaleza moral para entrar en palacio y someterse a la prueba que Penélope impone para retomar su lugar.

La discusión sobre el origen racial de los actores me llevó a pensar también en sus aspiraciones profesionales. Entiendo que, para muchos, representar un rol de la literatura clásica es un reto que sirve para poner a prueba (y demostrar ante el público) su rango dramático. Muchos quieren representar algo de Shakespeare, por ejemplo. ¿Por qué habrían de limitarse a hacerlo sólo porque el color de su piel no corresponde al esperado para el personaje y la época en la que ocurre?

Estoy convencida de que un buen actor puede hacerte olvidar ese detalle, como lo hizo Denzel Washington en La tragedia de Macbeth (2021) de Joel Coen. Filmada en blanco y negro, con un minimalismo visual que construye un ambiente casi siniestro a través de múltiples claroscuros, lo visual ayuda a centrarnos en los personajes, su historia y la calidad de las actuaciones. Washington no es el único actor negro en dicha película y el espectador lo acepta porque las actuaciones y puesta en escena son excelentes. Eso es lo que logra no solamente una buena actuación, sino también, la existencia de un buen guion y una buena dirección.

Recordemos, por lo demás, que las primeras representaciones teatrales de las obras de Shakespeare se realizaron en tiempos en que las mujeres no debían actuar. Por ello, los personajes femeninos eran interpretados por hombres muy jóvenes vestidos de mujer. El público, aún sabiéndolo, se tragaba al personaje y a la historia.

Pienso que muchas de estas polémicas son gratuitas. Hay también algo de animadversión contra Nolan. Desconozco el motivo para ello, pero parece que, para algunas personas, examinar con lupa sus producciones y encontrar sus “errores” es todo un deporte. Puede no gustarte su obra, pero eso no implica que haya que destruir cada película que realiza. En ese sentido, se está perdiendo la objetividad en la apreciación del cine, no importando su género o director.

La Odisea es un poema épico que, a pesar de su antigüedad, mantiene su vigencia al narrar una historia que además de entretener, toca temas universales. La espera, la paciencia, la lealtad, la astucia, la crueldad de las guerras, el destino individual son todos elementos que se reflejan en su argumento. De ahí derivan símbolos que se han convertido en universales. La tríada de Penélope, Telémaco y Argos, por ejemplo, representa diversas formas del afecto, la lealtad y la espera. El perro Argos me parece de los más conmovedores pues representa la fidelidad y la profundidad de los vínculos que se establecen entre humanos y animales de toda especie.

Ítaca, el lugar de origen y destino del viaje de Odiseo, se ha convertido en un poderoso emblema de la añoranza del destino final, del hogar y del espacio donde podemos encontrar (o donde perdimos) la felicidad. El poeta griego Konstantino Kaváfis tiene un poema bellísimo, titulado “Ítaca”, que destaca el viaje y no la llegada al destino, como una metáfora importante de la vida misma.

  Los episodios y personajes de La Odisea han sido también representados en numerosas obras de arte. Destacan las pinturas del británico John William Waterhouse Ulises y las sirenas (1892), Penélope y los pretendientes (1912) y Circe ofreciendo la copa a Odiseo (1891). El inglés Herbert James Draper también pintó el motivo de Ulises y las sirenas en 1909 y el francés Henri Lehmann pintó su versión de Calipso en 1869.

Entre esas obras, me encanta de manera especial el cuadro Ulises y Argos (1869) de Briton Riviére. El artista inglés se destacó por pintar animales en diversas ocasiones, en particular perros, ya que era gran amante de ellos. En dicho cuadro, se ve a Ulises, vestido de mendigo, observando a un perro enflaquecido, echado en lo que parece un corredor. Lo que conmueve más es la expresión del canino (de Ulises apenas vemos el perfil), pero podemos imaginar la conmoción del hombre no sólo al reencontrar al animal, todavía vivo, sino de que sea aquel ser el único que lo reconoce con afecto.

A pesar de la discusión sobre la película de Nolan, de si esta adapta con fidelidad el texto o si distorsiona u omite muchos elementos, estoy segura de que tendrá consecuencias positivas. Servirá para que muchos lean o vuelvan a leer el poema original; para que veamos, de nuevo o por primera vez, otras versiones y series que retratan el viaje de Odiseo. Podemos darnos el gusto de comparar ediciones, traducciones y sopesar cuál es la mejor para nuestros tiempos. Nuestra imaginación visual puede verse estimulada por las diversas obras pictóricas que interpretan, cada una a su manera, los momentos del poema de Homero que más impactaron a cada artista. Es decir, comprenderemos la profunda influencia que esta obra continúa teniendo en la humanidad.

Eso es lo que hace el arte: tomar un motivo, imaginarlo, reinterpretarlo, plasmarlo y compartirlo, para goce o repulsa del público, veterano o novato. Lo importante es que esa obra agite, conmueva, estimule, provoque conversación, alegría, rabia o ganas de hacer algo diferente. Porque una obra que sólo provoca indiferencia es arte muerto. Y La Odisea de Homero, a pesar de su antigüedad, no lo es.

(Publicado domingo 26 en La Prensa Gráfica, sección de opinión. Ilustración: Ulises y Argos, de 1869, pintado por Briton Riviére. Puede visitar mi Instagram para ver los cuadros mencionados en este artículo).


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