Columna de opinión
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Un sueldo para siempre

Portada del libro El buen mal, donde se mira un conejo de dos cabezas que parece flotar en el aire.

En el mundo cultural hay temas de discusión inagotables que se reactivan de manera cíclica. Esto ocurre porque son asuntos que no tienen respuestas universales ni definitivas. Separar al artista de su obra o si la cultura debe ser gratuita, son dos de esos debates eternos.

Este último implica hablar de dinero y artistas, dos componentes que parece sacrilegio mezclar. Hay gente que piensa que el arte, el verdadero y más elevado, el más noble y el más puro, no busca ni aspira a ningún tipo de recompensa económica. Es el arte que vale la pena, el que se hace por vocación, sin importar los sacrificios ni la dignidad propia. De ahí deviene la maldita frase aquella de hacer las cosas “por amor al arte”. Otro grupo de gente considera que hay un desequilibrio abismal entre el tiempo, el esfuerzo, los estudios, la experiencia y el material invertidos en la producción de una obra y las ganancias económicas que genera su comercialización.

Esta discusión se ha reactivado desde hace un par de meses a propósito de la primera edición del Premio Aena de Narrativa, que le fue otorgado a la escritora argentina Samanta Schweblin por su libro de cuentos El buen mal. La ganadora recibió una bolsa de un millón de euros y cada uno de los 4 finalistas recibió un premio de treinta mil euros.

A partir del anuncio de su existencia, el galardón estuvo rodeado de polémicas y dudas. Desde el hecho de que sea un premio convocado por la empresa que administra los aeropuertos y helipuertos de España, hasta el monto de la bolsa y la inversión general que supone toda la infraestructura y organización de un concurso de esta categoría, la convocatoria generó más resquemor que celebración. No es mi intención redundar aquí en esa discusión. Para quien tenga interés, recomiendo buscar y leer el artículo “Paletismo y despilfarro”, de Ignacio Echeverría, que analiza varios aspectos por los cuales este premio causó tanta incomodidad.

Lo que sí quiero tratar, aunque sea de manera breve (porque es un tema complejo y sé que no me alcanzará esta columna para abarcarlo), es el asunto del dinero y la remuneración de los escritores, a partir de un par de declaraciones de Schweblin. En la gala de premiación, cuando fue anunciada como ganadora, la autora dijo que el importe del premio era “un sueldo para siempre”, y que toda la vida había fantaseado con la idea de tener un sueldo fijo todos los meses.

Este tema del desequilibrio entre los tiempos creativos del escritor y la necesidad de una estabilidad económica para poder financiar la mera subsistencia era algo que a Schweblin le venía preocupando, a partir de su experiencia personal. Pocos días antes del fallo, se le hizo una entrevista en el periódico El País, donde mencionó lo difícil que le era escribir mientras vivía en Argentina, porque tenía que dedicarse a tres trabajos diferentes para garantizar su sobrevivencia económica, destinando el domingo a la escritura. A raíz de una beca, viajó a Berlín, Alemania, y decidió quedarse ya que pudo organizar su vida de manera que, aunque vive de manera austera pero digna, puede trabajar tres días a la semana y dedicar cuatro a la escritura.

La recepción del Premio Aena (del cual habrá que deducir todavía una buena tajada de impuestos), le permitirá a Schweblin estabilizar una base económica, a la que se sumarán los compromisos adicionales que un evento como este le garantizan. Bien por ella como escritora que ha logrado ese “sueldo para siempre” y bien por nosotros, sus lectores, que esperaremos sus nuevos libros con entusiasmo.

Ojalá que este premio también motive una discusión a profundidad sobre la situación económica de los escritores y la idealización absurda que se hace sobre su precarización. En la citada entrevista, Schweblin menciona que muchos escritores argentinos con talento dejan de escribir porque no encuentran una manera de balancear la eterna contradicción entre el trabajo remunerado y el tiempo de escritura. De seguro, esto ocurre con escritores de toda nacionalidad.

Guillermo Schavelzon, reconocido editor y agente literario, mantiene hoy en día un blog en el que, en más de una ocasión, ha tratado el espinoso tema de la remuneración que reciben los escritores. En un artículo publicado en febrero de este año, titulado “¿Y la literatura? Aquí sólo se habla de dinero”, Schavelzon dice: “Hablar de dinero parece vulgar, opuesto a la creación, como si cobrar por escribir contaminara la obra. Es una trampa. Víctor Hugo –escritor indiscutible– fue quien comenzó a plantear la necesidad de profesionalizar la escritura: defender el derecho del autor a vivir de su trabajo no es traicionar la literatura, es defenderla”.

En este, así como en varios artículos más, Schavelzon plantea la necesidad de la modernización del modelo de negocios de las editoriales. Como tantas actividades humanas, el entorno literario se ha visto modificado por los cambios tecnológicos. Sumado a esto, el papel del autor tiene hoy en día una serie de tareas añadidas que debe ejercer, de manera gratuita, le gusten o no, bajo la dudosa promesa de que eso contribuye a la venta de su libro. Aparte de sentarse en soledad durante años, sin remuneración alguna, a intentar escribir algo que pueda ser una obra decente, al escritor se le exigen diversos roles adicionales: desde ser su propio community manager, pasando por tener conocimientos jurídicos para saber negociar contratos literarios y ser, además, un genio de marketing de su libro, pero también, de su marca personal. Ya no basta con escribir una buena novela o libro de cuentos. Ahora hay que, además, saber venderse a sí mismo, según plantea Schavelzon.

A veces son los mismos escritores los que meten la zancadilla para evadir el tema, apelando al amor que sienten por la literatura y a la indignidad que sería escribir por dinero. Sin embargo, hay una inversión desproporcionada de tiempo y habilidades para crear una obra que, al ser publicada, se convierte en un objeto que tiene un valor de mercado. La desproporción entre el tiempo de creación no remunerado y las ganancias económicas de la venta de libros deja claro que el modelo no favorece al creador ni está basado en la meritocracia.

Quizás lo primero que debemos hacer para que esta discusión prospere es desechar la idealización de la precarización de los escritores, abandonar ese concepto romántico del escritor sufrido que no tiene para comer y que muere en la más infame pobreza, pero que es un genio y que ha sacrificado hasta su alma para compartirnos sus brillantes historias. Esa idea queda bien en las películas, pero no en la vida real, mucho menos a la hora de cumplir con los compromisos de la sobrevivencia personal o familiar.

Negarnos a esta discusión y seguir idealizando la idea del escritor paupérrimo, que lo da todo por su oficio, no equivale a degradar la literatura. Todo lo contrario. En la medida en que los escritores puedan tener un reconocimiento económico decente por la obra que producen (y de la cual viven muchas personas, ellos sí, en mejores condiciones que un autor), la literatura se enaltecerá y aumentará, sin duda, su valor y su calidad.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 17 de mayo, 2026. Foto de la portada del libro El buen mal, de Samanta Schweblin, ganador del Primer Premio Aena de Narrativa).


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