Columna de opinión

Hablemos de salud mental

Cada 13 de enero se conmemora el Día Mundial de la Lucha Contra la Depresión. El objetivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) al establecer esta fecha es visibilizar la enfermedad, compartir información al respecto y generar consciencia sobre los síntomas y las consecuencias de este padecimiento.

Declarar una fecha específica para visibilizar la depresión no debería tomarse como algo banal. Según datos de la OMS, se estima que el 5 % de los adultos, a nivel mundial, padecen de depresión. Es la principal causa de discapacidad a nivel laboral y puede convertirse en un problema serio para gente que la sufre de manera recurrente. Una depresión grave y no tratada de manera adecuada puede provocar enfermedades físicas o incluso llevar al suicidio. La misma OMS indica que cada año se suicidan 700.000 personas y que es la cuarta causa de muerte en el grupo etario de 15 a 29 años.

Aunque ya no es 13 de enero, considero importante hablar de la depresión y otros trastornos mentales, en particular por la situación global que vivimos. La pandemia nos obligó a todos a cambiar nuestras costumbres y forma de vida de manera repentina. Después de un par de años, podemos ver hacia atrás y darnos cuenta de que el mundo no estaba preparado para este tipo de emergencia. Aprender a manejar la nueva realidad no ha sido fácil para muchos.

Evitar una mayor propagación del coronavirus implicó cambiar nuestros hábitos de socialización, ocio y trabajo. Pese a las vacunas, las variantes virales que han surgido impiden vislumbrar un futuro sin mascarillas, para no contagiarnos ni contagiar a los demás. Las consecuencias económicas que generó la cuarentena inicial, ya se sienten en muchos países, incluido el nuestro.

En dependencia del país donde se vive, a la incertidumbre de la pandemia se suman otras presiones como la violencia, el desempleo, el alto costo de la vida, así como problemas políticos de los cuales es imposible abstraerse. Agreguemos los efectos del cambio climático y las grises perspectivas a futuro que pesan sobre el medio ambiente, así como para la sobrevivencia de las especies animales y vegetales.

Esta combinación concentrada de factores afecta la salud mental de la población en general. Muchas personas, en diversas partes del mundo, se quejan de sufrir ansiedad, insomnio, nerviosismo, miedo y depresión.

En nuestro país, la Fundación Pro Educación de El Salvador, FUNPRES, estima que la depresión entre los estudiantes de tercer ciclo y bachillerato aumentó del 13.5 % del año pasado al 19.6 %. FUNPRES fue la institución encargada de realizar el diagnóstico socioemocional incluido en la prueba AVANZO 2021. San Salvador y La Unión son los departamentos que encabezan la estadística.

FUNPRES realizó también un sondeo de opinión entre 411 personas, cinco meses después del confinamiento del 2020. El 29.5 % de los participantes manifestó un nivel moderado, severo o extremadamente severo de depresión. El 27.5 % manifestó un nivel moderado, severo o extremadamente severo de ansiedad. Imaginemos las cifras que se obtendrían si otros amplios segmentos de la población pudieran ser diagnosticados. Quizás nos daríamos cuenta de la gravedad del problema.

Por desgracia, los trastornos mentales se viven como un estigma negativo, con vergüenza, como algo que debe ser callado. En muchos casos, la depresión también se frivoliza o subestima. Quienes no la sufren ni la han vivido, la desdeñan como algo que puede remediarse con un “cambio de actitud”, como si las personas fuéramos robots o máquinas que tenemos botones para encender y apagar la depresión a conveniencia. Por ello mismo, la persona que la sufre prefiere no externar su condición o, si lo llega a hacer, se topa con un muro de indiferencia, ignorancia, condescendencia o prejuicio, que no ayuda en su mejoría.

Aunque en El Salvador existe una Ley de Salud Mental, aprobada por la Asamblea Legislativa en el 2017, siguen haciendo falta medios accesibles y programas de mayor alcance para tratar no sólo la depresión sino otros varios trastornos mentales que sufre la población. Son pocas las opciones para acceder a terapias psicológicas o psiquiátricas de calidad. Acceder a este tipo de servicios de manera privada es un privilegio que solamente está al alcance de quienes pueden pagarlo. Las opciones desde la salud pública no son suficientes. Hay un déficit de profesionales e instituciones, privadas y públicas, que puedan atender al cada vez más creciente número de personas que necesitan ayuda en su salud mental.

Vivir en El Salvador y su compleja realidad es un motivo de estrés permanente. Lo digo muy en serio, aunque en redes sociales se bromea mucho sobre ello. Nuestro país no está viviendo su mejor momento. El agravante de las tensiones surgidas por la pandemia ha multiplicado el número de gente que sufre de agotamiento mental, angustia, desánimo y falta de entusiasmo en proyectos a futuro.

La impotencia, la frustración, la rabia, la incertidumbre, el temor y otras emociones reprimidas, constituyen un caldo emocional explosivo. ¿No se han dado cuenta de lo fácilmente irascible que anda mucha gente, del nivel de agresividad acumulada que revienta con el detonante más insospechado?

No sólo la realidad actual nos afecta de diversas maneras. También acarreamos traumas sociales y generacionales que no se hablan ni se resuelven de ninguna manera. Hay miles de personas en este país que conviven con duelos no elaborados, sea porque perdieron a un ser querido, porque están desempleados o porque tuvieron que hacer cambios drásticos y repentinos en sus vidas. Para colmo, hay un empeño insensible de ciertos sectores nacionales en minimizar, borrar y mandar a olvidar la experiencia de vida que tenemos miles de salvadoreños sobre eventos históricos determinantes para nuestra identidad personal y colectiva.

Una sociedad con individuos que sufren de depresión, ansiedad, bipolaridad y demás trastornos, no podrá ser nunca una sociedad sana. Debemos seguir trabajando para normalizar la conversación sobre los trastornos mentales y hacerlo no solamente en los días conmemorativos correspondientes, sino de manera permanente.

(Publicado en sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 30 de enero, 2022. Foto de photosforyou en Pixabay).