Columna de opinión
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Muerte lenta de un árbol

Durante una semana, escuché todos los días el ruido de una máquina. Estaba en alguna zona cercana, detrás de nuestra colonia. El primer día que lo escuché, confundí el sonido con el de una cortadora de grama. Pero al día siguiente reconocí que se trataba de una motosierra. Eso significaba, por desgracia, que algún árbol estaba siendo derribado.

Me asomé a una ventana del segundo piso para tratar de detectar el árbol afectado. Logré ubicarlo, a cierta distancia. Es un tipo de conífera cuyo nombre específico desconozco. La primera vez que lo vi, imaginé que estaban cortando la copa del árbol, para que no siguiera creciendo más. Pero poco a poco lo fueron despelucando, dejando solamente el tronco, el cual han ido rebanando día a día.

Podía ver al hombre de la tarea. Se alcanzaban a ver las líneas rectas de los lazos que lo mantenían sujeto al tronco mientras ejecutaba su labor. Lo miraba, diminuto ante la altura del árbol, un asesino y su víctima enfrascados en un asunto de vida o de muerte. El árbol dejándose asesinar lentamente. El hombre del casco acuchillando sin piedad y hasta arriesgando la vida para terminar lo empezado.

Llegó el día en que ya no pude ver más al árbol ni lo que quedaba de él. Lo ocultaban las casas de la colonia. Pero se seguía escuchando el sonido de la sierra. De seguro, terminaban con el tronco.

Tengo doce años viviendo en esta colonia y poco a poco, los árboles que se miraban en la zona de atrás han ido desapareciendo. Todavía se mira algo de follaje y un par de palmeras altísimas. También han ido desapareciendo los árboles dentro de la colonia. Un guayabo, un maquilishuat, un palo de fuego. Todos derribados porque un vecino estaba harto del olor de las guayabas, porque las raíces de los árboles estaban destruyendo el piso de alguna casa, porque un árbol que da flores no es útil y sólo produce basura, según ellos.

Me siento en la sala de la casa que habito, con la puerta de la casa abierta, pensando en lo que queda del árbol que he escuchado morir. Es domingo mientras escribo esto, pero la sierra no tiene descanso. La muerte no descansa nunca. Hace brisa y está soleado. No hay agua, para variar, y no puedo lavar los platos de ayer ni lavar la ropa. Ayer tampoco hubo agua. Ojalá venga a las 9 de la noche, como ha estado ocurriendo desde hace meses, para poder comenzar a esa hora una nueva jornada de labores domésticas que termina después de las 11 de la noche.

El sonido de un colibrí interrumpe mis cavilaciones. No lo veo desde donde estoy, pero lo escucho. Estará en algunos de los arbustos con flores de las casas vecinas. Le gusta mucho el avispón de la casa esquinera y unas flores amarillas que trepan por la fachada de la casa de enfrente. La sierra se escucha, pero el cantito inquieto del colibrí sobresale. Hasta me hace olvidar el ruido constante del tráfico. Pienso que es un triunfo cuando el canto de un pájaro se impone sobre el ruido de cualquier máquina.

Veo las flores de la veranera rosado maravilla de la casa de enfrente. A veces, no sé cómo, encuentro alguna de esas flores en el patiecito trasero. Las flores saben volar, me digo. También saben bailar, recuerdo. Pienso en mi casa de infancia, las florecitas del árbol de laurel que se colaban en la sala, por debajo de la puerta, y que rodaban por el suelo, sopladas por la corriente de aire que se hacía en la ranura entre el suelo y la puerta. Las flores rodaban, hacían circulitos y aterrizaban agotadas, con su tutú de pétalos color crema descansando sobre el ladrillo.

A mi imaginación infantil siempre le pareció que las flores eran bailarinas. Arrancaba las chulas y las ponía boca abajo, con el tallito para arriba, mientras las movía y las ponía a bailar algún ballet de Tchaikovsky. “Chaicoboski” lo llamaba yo, porque así lo pronuncié de pequeña, cuando mi lengua tropezaba todavía entre letras y palabras, cuando aprendí a hablar.

Pensé en los rosales de mi padre. En la camelia. En el árbol de granadas y las hortensias. En la enredadera de pequeñas flores rosadas de la colación, siempre pululante de abejas, mariposas y pájaros. En los naranjos floreando. En cómo me iba a caminar entre los árboles del terrenito, con mis tres gatos, a pensar en nada, a alejarme de todo. A olvidar el dolor, la violencia, la rabia y la infinita tristeza que se vivía en mi entorno. El silencio de los árboles era reconfortante. Era un auténtico amparo.

Si algo he aprendido en la vida es que muchas veces, lo que te puede salvar de la locura y de la amargura, son los detalles, esos que parecen minúsculos. Cosas que, por lo general, no nos parecen importantes ni de valor alguno, hasta que sentimos su ausencia. El canto de un pájaro. El rumor de las ramas de un árbol. Construir un vínculo afectivo con un animal y encontrar en ello la forma más pura del amor. Gotas de belleza en un mundo violento, mezquino y cruel.

Al día siguiente de escribir todo lo anterior, salí a caminar por las colonias cercanas. Mientras lo hice, sentí que algo era diferente, que todo estaba muy despejado. Recordé la motosierra, el árbol que pasaron derribando tantos días. Caí en la cuenta de que no era el único árbol que faltaba. Me dolió no reconocer cuáles, dónde exactamente. Los vi tantas veces y ahora no puedo recordarlos. Me pregunté cuántos árboles más tendrán que ser talados antes de que comprendamos el irreparable daño que le hacemos al mundo, a los animales y a nosotros mismos.

Pasé toda una semana escuchando morir a un árbol. Si los árboles pudieran gritar su dolor, ¿seríamos capaces de ignorar para siempre esos gritos? ¿Seríamos capaces de olvidarlos?

(Publicado domingo 2 de enero de 2022, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto propia del extinto maquilishuat, mencionado en esta columna).

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