Columna de opinión, Libros
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Las cartas de Papá Noel

En diciembre de 1920, cuando se aproximaban los festejos de navidad, John Francis Tolkien le preguntó a su padre cómo era y dónde vivía Papá Noel. John tenía apenas tres años.

Ese mismo diciembre, el niño vio al cartero llegar con un sobre dirigido a él y a su madre. El sello en la estampilla decía que el envío era desde el Polo Norte. La estampilla misma, cuyo valor era de two kisses (dos besos), tenía un fondo rojo sobre el cual destacaba lo que podría ser un paisaje polar. Adentro del sobre había una pequeña nota dirigida a John. ¡Era de Papá Noel, en persona!

La nota incluía un dibujo de sí mismo y de su casa, ya que se había enterado de la pregunta hecha por John a su padre. Se despedía rápidamente, ya que debía salir a Oxford, donde vivían los Tolkien, para ir a repartir juguetes.

El júbilo y la alegría del niño fueron tales que su padre, el escritor John Roland Reuel Tolkien, continuaría escribiendo y enviando las misivas cada navidad, durante los siguientes 23 años, hasta 1943, cuando su hija menor, Priscilla, tenía ya 14 y sus hijos John, Michael y Christopher tenían 26, 23 y 19 años, respectivamente.

Las primeras fueron notas breves, ya que los pequeños no sabían leer todavía. Pero con el paso del tiempo, las notas se convirtieron en verdaderas cartas, muchas de las cuales narraban historias insólitas de la vida de Papá Noel, así como de algunos de sus ayudantes. Hablaba de Karhu, también conocido como el Oso Polar del Norte, el elfo Ilbereth (secretario personal de Papá Noel) y los sobrinos del Oso Polar, Paksu y Valkotukka. Ocasionalmente, los Tolkien recibían alguna carta en octubre o noviembre, para recordar a los pequeños que le gustaba recibir cartas y pidiéndoles que le escribieran con más frecuencia.

Los textos estaban escritos a mano, simulando letra temblorosa. Papá Noel se disculpaba diciendo que además de hacer mucho frío, él ya tenía 1.925 años. A veces, las cartas las firmaba el Oso Polar, que contaba alguna de sus aventuras, ocurridas por sus despistes y descuidos. La letra era diferente para el oso e incluso tenía algunas faltas de ortografía, para hacer más convincente al personaje.

Los envíos siempre iban acompañados de dibujos a colores y sobres, también coloridos, donde las estampillas y sellos eran dibujados con toda meticulosidad. Para hacer más creíble todo, Tolkien pedía a algún amigo que se hiciera pasar por cartero o interceptaba al verdadero repartidor postal para que entregara la carta a los niños. En algunas ocasiones, el sobre esperado aparecía mágicamente sobre la repisa de la chimenea o debajo del árbol en la mañana del 25 de diciembre, como si el mismo Santa Claus la hubiese colocado ahí.

Por lo general, las historias eran divertidas, incluyendo siempre mucho humor y magia, pero algunas se convirtieron en historias algo más complejas y oscuras. Las primeras narraban cómo se desordenaban las estrellas en el cielo, cómo la luna se había partido en cuatro pedazos, cuál era el origen de las luces del Norte y cómo un día se escaparon los renos, dejando regalos tirados en todas partes. Pero más adelante comenzó a hablar sobre los trasgos, unos molestos orcos que vivían en cuevas debajo de la casa de Papá Noel y de su ataque a la casa, que fue defendida con la ayuda de los elfos. Estos eventos eran una versión resumida del Legendarium, la colección de leyendas en las que Tolkien trabajaba en aquellos años y que conformaba la mitología de su célebre Tierra Media, escenario de su obra cumbre El señor de los anillos.

Cuando comenzó la II Guerra Mundial, las cartas continuaron llegando, aunque llenas de disculpas de parte de Papá Noel por no poder repartir ni llevar regalos como en años anteriores, aunque dicho de una manera siempre graciosa, para evitar transmitir las angustias por las que pasaban los adultos. Sin embargo, los pequeños ya habían crecido. Hacia 1943, el último año de las cartas, Michael (el 2º hijo de los Tolkien), tenía tres años de estar en el ejército y Christopher, el menor, se había incorporado a la Royal Air Force. John, el hijo cuyas preguntas originaron estas historias, ya estudiaba para ser sacerdote católico y sería ordenado en 1946.

J.R.R. Tolkien murió el dos de septiembre de 1973, a los 81 años. En un principio se creyó que todas estas cartas habían desaparecido. Pero para felicidad de todos, fueron encontradas entre los numerosos papeles que dejó el escritor, quien tuvo el cuidado de guardarlas luego de ser leídas por los niños.

Baillie Tolkien, la segunda esposa de su hijo Christopher, se dedicó a hacer una selección de las mismas para publicarlas en forma de libro. Era evidente que las cartas no habían sido escritas con el propósito de ser públicas, por lo que se decidió que la primera edición, aparecida en 1976, incluiría sólo una selección de las más notables. Se hizo en forma de homenaje y como complemento de una serie de actividades que incluyeron una exposición de los dibujos de Tolkien. La edición apareció en inglés bajo el título de The Father Christmas Letters en Houghton Mifflin, editorial del Reino Unido. La primera edición en español apareció en 1983, bajo el título de Las cartas de Papá Noel, en editorial Edhasa.

La publicación fue muy bien recibida, sobre todo por pequeños lectores y por familias que encontraron en las cartas un material apto para ser compartido durante las actividades de fin de año. Esto animó a los herederos de Tolkien a publicar en 1999 una edición de todo el material, incluyendo reproducciones fotográficas de los sobres, postales, cartas y dibujos que recibieron aquellos niños.

La prolífica imaginación de Tolkien y su talento narrativo, combinados con sus dibujos, hacen de estos cuentos una curiosidad dentro de la obra del autor. Hoy en día es ya un clásico que, sin duda, puede ser disfrutado también por los adultos.

(Publicado en sección editorial de La Prensa Gráfica, domingo 19 de diciembre, 2021. Foto: Ilustración de J.R.R. Tolkien).

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