Esperando justicia

Escribo esta columna el domingo 26 de mayo. Es mediodía. Acabo de regresar de una concentración realizada en el Monumento a la Constitución. Organizaciones sociales y de derechos humanos convocaron a la población a compartir sus testimonios en la búsqueda de la justicia para desaparecidos y muertos durante la guerra civil salvadoreña. Esto en vista de las discusiones en la Asamblea Legislativa sobre una nueva ley, que eufemísticamente llaman Ley de Reconciliación Nacional, pero cuya ejecución y práctica implicarían una nueva forma de amnistía.

Llego algo tarde pero no quería dejar de ir. Hay pocas personas. Cincuenta o sesenta a lo sumo. En todo caso, somos pocos. Pensé que por ser domingo habría más gente que en otras actividades recientes realizadas en horario laboral.

Para llegar a la Constitución pasamos antes por la zona del estadio. Hoy se juega la final de fútbol. El taxista, que es aliancista, viene hablando con entusiasmo del partido. Hablamos de los elevados precios de los boletos. Todo el mundo se quejó. Pero a las 10 de la mañana, ya la calle está llena de gente haciendo filas, de tráfico, de movimiento, para un partido que comienza dentro de 5 horas.

La ciclovía de la Constitución está funcionando, lo cual provoca tráfico lento en las calles aledañas. En el monumento, el movimiento “Memoria de futuro” ofrece postales para que las personas pidan justicia por alguien en específico. Las postales serán entregadas esta semana a los diputados, previo a la sesión de discusión de la ley mencionada. “Por Monseñor Romero. Por Rutilio Grande y Alfonso Navarro. Por las cuatro monjas Mariknoll. Por los muertos del Mozote y el Sumpul”, escribo.

Una señora pega la foto de su hija en una de las postales. Se le nota afectada. Trato de imaginar lo que es pasar la vida con esa deuda, con ese pendiente, con ese dolor que nunca termina. El de un familiar muerto o desaparecido. Pienso también en esos otros dolores, que son otra consecuencia de las guerras pero que no son contabilizados, porque lo humano no es importante en las estadísticas de la destrucción. Las familias separadas sin remedio por las diferencias ideológicas. Los que se desquiciaron en los frentes de guerra. Quienes conviven con los recuerdos en silencio. El maldito silencio. Las pesadillas. Los trastornos mentales. Las depresiones. Todas esas emociones no contadas ni expresadas. El miedo, la culpa, el horror, las pérdidas. Las lágrimas no derramadas. La historia que no termina hasta que se tenga un cuerpo o una verdad. Los perdones nunca escuchados. El dolor ajeno no reconocido por los victimarios. Los perdones nunca pedidos porque gobiernan el orgullo y la mezquindad. Ese factor humano que queda trastornado por la guerra y que tardará generaciones en sanar.

En estas últimas semanas, me sorprendí varias veces a mí misma deseando tener el don de conmover con mis palabras a los más duros de corazón. Para que por lo menos escuchen, para que lo hagan sin ponerse a la defensiva. Para que se tomen el tiempo de reflexionar. No puede ser que no tengan ni un poquito de sensibilidad como para no conmoverse ante tanta gente que ha dedicado su vida a buscar a sus deudos, a clamar por justicia, a encontrar una explicación de lo ocurrido.

Nos unen nuestros muertos. Los de ambos bandos. Eso nos vinculará por siempre como país. Porque las guerras nunca las gana nadie. Perdimos más de lo que nos damos cuenta, más de lo que queremos admitir. Todos perdimos. Y esas pérdidas son las que nos vinculan. El dolor es y ha sido grande, largo, profundo. Tanto que nos ha impedido construir una sociedad pacífica y laboriosa.

En el documental La batalla del volcán, del cineasta salvadoreño mexicano Julio López Fernández, hay una escena donde una ex guerrillera, herida durante la ofensiva del 89, se reencuentra con una vecina que la ayudó cambiándole la ropa ensangrentada y llevándosela en una ambulancia, haciéndola pasar como familiar. La guerrillera, en palabras sencillas, da las gracias a la mujer que le salvó la vida. También pide perdón. Le explica que en ningún momento se pretendía que la población civil saliera dañada. Las mujeres se abrazan, sollozan. “La perdono”, dice la otra.

Cuando vi esa escena pensé que eso es exactamente lo que necesitamos como sociedad. Hablar. Reconocer el daño causado al otro. Reconocer el dolor, propio y ajeno. Ser sinceros. Sin retórica ideológica. Sin repetir consignas partidarias. Sin victimizarse. Sin justificarse. Sin culpar a terceros. Pedir perdón. Dar el perdón. Aceptarlo. Las heridas podrían, a partir de ello, comenzar a cicatrizar.

En mi imaginación, espero que la gente se indigne tanto contra esa mal llamada Ley de Reconciliación Nacional, que saldrá a la calle en masa y hará sentir y valer su poder como ciudadanía. Pero sé que no ocurrirá. Toda la semana pasada me dije también eso: que en este país siempre nos quejamos de los políticos pero que, en alguna medida, nosotros somos culpables de ello. No nos hacemos escuchar. No demostramos nuestra fuerza, acaso porque no creemos en ella. No hay causa capaz de hacernos salir a la calle, en cantidades significativas, a protestar. Nos atenemos al blablabla de las redes sociales, como si eso fuera suficiente. Hace ruido, sí. Ayuda, algo. Pero no es suficiente.

Comencé este texto dando los detalles del día en que escribo porque de aquí a que se publique, no sé qué habrá pasado con la ley. Es imposible prever lo que ocurrirá. Ojalá prevalezcan la justicia y la sensatez. Ojalá la ciudadanía sea escuchada y que las víctimas sean tomadas en consideración. Ojalá encontremos el camino para conciliar nuestro pasado con nuestro presente y evitar que, en el futuro, perviva la impunidad, como ha sido siempre. Ojalá.

“Todas las personas son iguales ante la ley”, dice el marco de cemento que ampara a la figura de la justicia, en el Monumento a la Constitución. Es algo que deberíamos recordar siempre, algo que en este país se olvida con demasiada facilidad.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 2 de junio de 2019. Foto de portada: Monumento a la Constitución, San Salvador. Foto propia).

There are 2 comments

  1. marinadeldesierto

    Hola Jacinta: cada vez que puedo te leo. Lo que escribes pienso que se aplica a todo el mundo, tu como salvadoreña piensas y lo vives por tu pais, yo como chilena te comprendo. Nunca se acaba Jacinta, sigue por generaciones, nadie perdona, solo en las peliculas sucede eso. Aprendi algo hace tiempo (tengo 69 años) Los gobiernos, la politica, las religions son cero a la izquierda, no ayudan en absoluto. La media hace que la gente deje de pensar. Los deportes son obsesivos, las religiones son corruptas, los gobiernos solo controlan, los politicos mienten y buscan el poder. Al final si hablas (escribes) aun en estos medios, te bloquean y no te dejan expresarte, except con tarjetitas de buenos dias, buenas noches, etc. Si tienes oportunidad lee ” The Book of Names por Jill Gregory & Karen Tintori, no tengo idea si esta traducido al Español o si tu lees Ingles. Seguire leyendo tus mensajes, porque abren los ojos y a los que estamos despiertos nos dan fuerza. Un abrazo y adelante.
    Ana Cristina Felton

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    1. Jacinta Escudos

      Hola Marina:
      Gracias por su mensaje (y perdón por que sale publicado hasta hoy, se me pasó por alto). Gracias también por el libro que recomienda, lo buscaré.
      Coincido bastante con lo que dice. Por mi parte, pienso que nos toca buscar soluciones en el micro (crear pequeñas comunidades de auto gestión), que nos permitan disociarnos del estado-religión-partidos políticos-instituciones, que al final nos colman con expectativas y decepciones y que vemos, sólo benefician a unos pocos sin realmente tener una incidencia que beneficie a las mayorías, más allá del puro clientelismo o populismo.
      Muy agradecida por su lectura. Saludos hasta Chile.

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