Una muerte digna

Es irónico cómo viviendo rodeados de tanta muerte y violencia, hablamos poco de ella. Del proceso de la muerte. Del duelo. Del dolor. De la muerte de nuestros seres cercanos. De la muerte de personas en nuestra comunidad, en nuestro territorio geográfico. De nuestra propia muerte.

Es un tema espinoso. No nos gusta asumirnos mortales. No nos gusta asumir que, tarde o temprano, pasaremos por dicho trámite. Todos. Sin excepción alguna. Sin importar las creencias espirituales o filosóficas, nos movemos con incomodidad y rechazo ante la vejez, las enfermedades terminales, los funerales y el duelo mortuorio. La muerte es un tema tabú al que preferimos no acercarnos.

Esto hace que como sociedad asumamos conductas defensivas ante ella. Delegamos en instituciones de diverso tipo el cuidado de las personas en sus procesos de enfermedad y agonía. Pero dichas instituciones se enfocan sobre todo en cuidados de tipo físico. Pocas veces toman en consideración que el paciente tenga una muerte digna. Así mismo, pocas veces toman en consideración el dolor de los seres cercanos.

Tenemos reacciones contradictorias. El trabajo y las ocupaciones de sobrevivencia drenan nuestro tiempo y energía personales, por lo que preferimos o nos vemos obligados a delegar en manos de otros el cuidado de nuestros adultos mayores. Muchas veces se piensa que, pagando un asilo que se haga cargo de la situación, el problema está solucionado. Pero no tener el problema enfrente, a la vista inmediata, no es garantía de que todo marche bien.

Hay demasiadas historias indignantes sobre lo mal que son tratados los adultos mayores en asilos y hospitales, aún en los de pago. Y sin embargo, cuando se recibe un pronóstico de muerte inminente o de una condición irreversible, familiares y médicos insisten en prolongar artificialmente la vida del paciente, sin tomar en consideración la dignidad o la voluntad del moribundo. Los familiares se aferran al espejismo de una esperanza, a la negación de la muerte.

Quienes debido a migraciones, guerras, conflictos familiares u otras circunstancias se ven abandonados a la soledad, no tienen más alternativa que la resignación y esperar a ver cuándo, cómo y dónde toca la lotería de la muerte. Muchos mueren en pobreza extrema, en condiciones que una política estatal integral podría evitar.

Más allá de que el sistema público de salud deba garantizar una cama y atención adecuada para quien lo necesite, también deberían existir políticas públicas que brinden la calidad debida al proceso de muerte, no sólo desde el punto de vista asistencial, sino también desde el punto de vista humano. Subestimamos la importancia que tiene un gesto empático en un momento de dificultad. Por ejemplo: se otorgan permisos por maternidad, pero no se otorgan permisos para el cuido y acompañamiento de familiares enfermos o para permitir un tiempo para el duelo personal.

Existen un par de movimientos que promueven a nivel internacional la construcción de un sistema que mejore esto. En 2005, Allan Kellehear, un experto australiano en salud pública, comenzó a impulsar el concepto de “ciudades compasivas”, convencido de que el proceso del final de la vida no debería ser un asunto exclusivo de los hospitales y asilos.

Entre los objetivos de las ciudades compasivas están no sólo la implementación de políticas públicas que permitan el acompañamiento familiar o afectivo de los enfermos, sino también un proceso educativo para que niños y jóvenes puedan enfrentar sus propios procesos de duelo. Contempla además medidas para extender todo tipo de cuidados paliativos a sectores que, por lo general, no cuentan con los recursos económicos para financiarlos, como la población de las cárceles y los asilos públicos.

Colombia es la pionera latinoamericana en implementarlo. Cali, Bogotá, Fusagasugá y Medellín son las cuatro primeras ciudades en las que se busca fomentar esta participación de los ciudadanos como parte esencial de los cuidados paliativos y una muerte digna en procesos de enfermedad avanzada.

 Para otras personas, la dignidad en la muerte se interpreta como la posibilidad de terminar la vida propia en el momento deseado, antes de que el deterioro físico o mental de la edad o la enfermedad los reduzca a no tener lucidez y perder el control sobre sus decisiones, sobre su movilidad y sobre su calidad de vida.

Dicha discusión se avivó de nuevo a raíz de la muerte de David Goodall, un botánico y ecologista australiano de 104 años que viajó a Suiza para someterse a un suicidio asistido. La eutanasia voluntaria es legal en ese país, así como en Canadá, Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos y algunos estados de los Estados Unidos.

Goodall no estaba enfermo y conservó su lucidez hasta el último momento, pero su calidad de vida se había deteriorado debido a las limitaciones físicas de su edad. Pese a haber trabajo en una universidad australiana hasta los 102 años, no se sentía feliz y su vida había perdido todo sentido, según él mismo explicó.

En una conferencia de prensa previa a su muerte, el científico dijo que “una vez que se pasa la edad de 50 o 60 años, uno debería ser libre de decidir por sí mismo si quiere seguir viviendo o no”. Goodall dijo que le gustaría ser recordado “como un instrumento para liberar a los ancianos y que puedan elegir su propia muerte”. Esperaba que su acto pueda impulsar a la reflexión para que más países adopten la legalización de la eutanasia voluntaria.

Vivimos en una época que nos impone un código superficial de belleza, juventud, actitud, fortaleza, felicidad, a niveles donde la frontera con la mezquindad, la altanería, el narcisismo, la impasividad y la crueldad está a un pelo de distancia. Con demasiada frecuencia olvidamos el factor humano, ése que nos hermana a todos. Nuestras vidas encuentran su punto común en nuestra mortalidad, aunque no queramos admitirlo.

Lo menos que se le puede pedir a la vida, después de haber pagado nuestro correspondiente impuesto de dolor por vivirla, es una muerte con dignidad, ¿no les parece?

Pensemos en ello.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 20 de mayo, 2018. En portada: “Vanitas” de Philippe de Champaigne, ca. 1671).

There are 5 comments

  1. rosa maría delgado

    Me encanta lo de las ciudades compasivas…pero debemos empezar por la familia compasiva para que aquello se haga realidad. La familia que atiende a sus ancianos con agradecimiento, amor y ternura hace que los últimos años de la vida de estas personas esté llena de sentido.

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    1. Jacinta Escudos

      Estoy de acuerdo con usted, Rosma, aunque hay que tomar en cuenta que muchas familias están desmembradas o disgregadas por las migraciones. Hay personas que prácticamente no tienen familia y cuyo único destino es algún asilo. Me consta (por experiencias de amigos cercanos), que muchas veces ni en asilos de pago se atiende bien a los mayores. Por ello, crear conciencia sobre el trato digno a toda edad, es necesario e importante. Muchos saludos.

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  2. Jose garcia

    Excelente como siempre, mi esposa trabaja en un asilo para ancianos acomodados aca en EEUU y me cuenta como los van literalmente a “botar” y esperar que mueran. Aunque el lugar cuenta con todo lo necesario, materialmente hablando, hace falta el calor humano y de familia que deberia acompañar a la persona en sus ultimos momentos.

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    1. Jacinta Escudos

      Es una realidad muy triste. Lo preocupante es que quienes tratan ahora así a los adultos mayores lo hacen sin pensar en que todos vamos hacia ese mismo destino y que, eventualmente, seremos nosotros los que quizás tendremos un destino semejante.

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