El próximo 27 de abril se cumplen siete años de la muerte del escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa. Su obra abarca varios libros entre cuento, novela y poesía. También se dedicó al periodismo y a la traducción, y escribió durante muchos años el blog Tribulaciones y asteriscos, que todavía puede consultarse en la red. En un sondeo informal realizado por el blog literario Café irlandés, donde se preguntó a varios lectores sobre libros de escritores salvadoreños que deberían ser leídos por las nuevas generaciones, seis de los 24 títulos sugeridos pertenecen a Menjívar Ochoa.
Otro escritor salvadoreño, Ricardo Lindo, falleció el 23 de octubre del 2016. La extensa obra de Lindo comprende novela, cuento, poesía, teatro y ensayo. Su labor cultural abarcó varias disciplinas. Además de escritor era pintor, actor, investigador, traductor y editor. Entre su extensa obra destaca la novela Tierra, publicada en 1996 por la Dirección de Publicaciones e Impresos, en edición patrocinada por la Fundación María Escalón de Núñez.
En el mundo literario se comparte una broma algo macabra entre editores y escritores: “Un escritor muerto vale más que un escritor vivo”. Se dice esto porque, en otros países, cuando un escritor muere, las editoriales buscan por todos los medios tener acceso a la publicación del material inédito que haya dejado el autor. Su muerte sensibiliza a los lectores y los impulsa a buscar sus libros. También genera interés por conocer textos desconocidos como diarios, cartas o manuscritos inéditos. La imposibilidad de que haya futuras y nuevas producciones de parte de los fallecidos es, en parte, el origen de dicho valor. Las editoriales suelen aprovechar ese momento de sensibilidad exaltada para incrementar sus ventas.
Sin embargo, en nuestro país esto no ocurre. Pese a que algunos autores siguen siendo publicados y reeditados (sobre todo los pertenecientes al temario de lecturas obligadas del Ministerio de Educación), hay otros cuya obra no está siendo reeditada ni rescatada. Sería de sentido común pensar que dicha tarea es parte de las funciones de la estatal Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), pero no hay una política clara ni consistente al respecto.
Por otro lado, para que la obra de un escritor fallecido pueda publicarse hay que negociar los derechos de autor correspondientes y en más de algún caso surgen obstáculos para llegar a un buen acuerdo. Para ello, la DPI (o cualquier editorial) necesita contar con fondos especiales (de los cuales suelen carecer) para poder llevar a cabo dicha labor.
La DPI haría bien en mejorar su política editorial y considerar la construcción de su catálogo, no sólo en función de dar a conocer a nuevos escritores (mediante los trabajos ganadores de los Juegos Florales) o a la literatura infantil (que promueve hoy en día con tanto entusiasmo). También es importante ver hacia el pasado de nuestras letras para enriquecer y ampliar el canon de lectura impuesto por el Ministerio de Educación. Así, las actuales y futuras generaciones de lectores podrían tener acceso a obras literarias que fueron emblemáticas en su tiempo.
Tampoco existen instituciones o fundaciones que desde el ámbito privado hagan este tipo de rescate. El archivo documental de los escritores generalmente se dispersa o se destruye debido a que los familiares muchas veces no comprenden o aprecian el valor de lo que sólo consideran son un “montón de papeles viejos”. Borradores, versiones corregidas, apuntes, investigaciones, son material de fondo valioso para los estudios académicos literarios. Las universidades internacionales suelen pagar miles de dólares por esos archivos. Sin embargo, en nuestro país suelen ser despreciados o mantenidos lejos del acceso público.
Para el lector salvadoreño también es necesario este rescate de obra, para comprender la evolución de nuestra literatura y cómo ésta ha dialogado (o no) con los movimientos literarios mundiales. A fin de cuentas, la literatura es otro espacio desde el cual poder comprender el espíritu nacional. La limitación de publicaciones o reediciones de nuestra propia literatura implica también una construcción limitada o incompleta de nuestra comprensión del país.
Una de las consecuencias de este vacío en el rescate de la obra de los escritores muertos es la distorsión en cuanto a la producción de narrativa en el país. Diera la impresión, por ejemplo, de que en El Salvador hay una sobre abundancia de poetas. La poca publicación de novelas por editoriales nacionales y la falta de concursos literarios del género (uno que tenga continuidad en el tiempo y que premie una novela sin poner límite de páginas, por ejemplo), contribuyen un poco a esa percepción de que la novela es un género poco trabajado en el país.
Las bibliotecas universitarias y la Biblioteca Nacional cumplen dentro de todo este panorama un papel importante de rescate y conservación. Pero también son un recurso limitado. La adquisición de libros depende de diferentes factores, entre ellos un buen presupuesto, algo con lo que no todas cuentan. Para algunas universidades, aunque quisieran tener ciertos títulos entre su haber, la limitante es la imposibilidad de encontrar dichos libros porque están fuera de circulación.
Como alguien que conoció a Ricardo Lindo y a Rafael Menjívar Ochoa, lamento que sus obras no estén fácilmente disponibles para nuestros lectores. Ambos escritores dejaron material inédito al morir. Son dos escritores profundamente diferentes entre sí, pero ambos crearon una obra valiosa e importante para nuestro acervo cultural. Hasta donde sé, no hay ningún plan para publicar sus libros inéditos ni reeditar o recopilar la obra completa de cada uno.
Los autores mencionados, así como varios autores fallecidos más, merecen la reedición de sus obras y el estudio y rescate de sus documentos y bibliotecas. Para un escritor fallecido, el hecho de que nadie vuelva a publicar o leer sus libros es prácticamente una segunda muerte.
Así es que si tiene libros de algún escritor salvadoreño ya muerto, cuídelos y aprécielos. Es altamente probable que jamás vuelva a haber otra edición del mismo y que esos libros se conviertan, dentro de algunos años, en reliquias valiosas de nuestro pasado literario.
(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 22 de abril 2018).