El adiós de las especies

El 20 de marzo de este año, un comunicado emitido por el Centro de Conservación Ol Peteja de Kenia anunció la muerte de Sudán, el último ejemplar macho de rinoceronte blanco del planeta. Se le practicó una eutanasia debido a múltiples problemas de salud que sufría, sobre todo por sus 45 años, una edad avanzada para estos animales.

A Sudán le sobreviven dos rinocerontes de su misma subespecie, Najin y Fatu, ambas hembras, a las que se espera poder fertilizar con el esperma preservado del macho muerto. Sin embargo, esto no es una tarea fácil. Viene intentándose desde que se asumió que Sudán era el último macho disponible para prolongar la especie. Ninguna de las pruebas realizadas ha logrado fecundar a las hembras hasta ahora. Si no lo logran o si no se logra transferir huevos fecundados a otros rinocerontes hembra (para una gestación subrogada), será el final definitivo de esta subespecie animal.

Horas después del anuncio del Centro de Conservación, comenzaron a circular en internet un par de fotos de los últimos momentos de Sudán. Era la despedida de sus cuidadores. Uno le acariciaba el lomo. El otro posó su frente sobre lo que sería la frente del animal. Traté de imaginar lo que sentiría la mano de su cuidador al tocarlo. Acariciar a un rinoceronte. Imagino una textura áspera, dura, tierrosa. Traté de imaginar lo que sería tocar la frente del último rinoceronte blanco macho del mundo, de la historia, de la humanidad, de la vida. El adiós a un animal que no volverá a ser visto con vida en el planeta.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) elabora desde 1963 una Lista Roja de Especies Amenazadas, animales y vegetales, a nivel mundial. Según la UICN, de las 63.837 especies evaluadas, 19.817 están amenazadas por la extinción, incluyendo el 41% de los anfibios, el 33% de los corales y arrecifes, el 25% de los mamíferos, el 13% de las aves y el 30% de las coníferas. Es posible que muchas de esas especies mueran sin que nosotros nos enteremos o le prestemos mayor atención. Nuestra despreocupación por las especies vegetales es aún mayor. No recuerdo haber visto nunca la noticia del último árbol de alguna especie vegetal, por ejemplo.

Detrás de la extinción de plantas y animales hay muchos factores, varios de ellos provocados, de manera directa o indirecta, por el ser humano. La reducción del hábitat natural, la contaminación, la invasión de especies no nativas, la caza indiscriminada y el franco desprecio que tenemos hacia otras formas de vida ha puesto en tensión a numerosas especies. Muchas de ellas perecerán en su intento por adaptarse lo más rápido posible a los cambios del entorno, los cuales ocurren a una velocidad que ni la propia naturaleza logra alcanzar. El cambio climático no se detiene. El aumento de las temperaturas y la inundación de islas y tierras bajas supondrán parte de ese nuevo futuro.

Nuestro irrespeto a los ciclos de la naturaleza y la sobre explotación desmedida de los recursos no renovables plantean un panorama desolador. Todavía nos cuesta comprender que somos parte de un sofisticado sistema de vida cuyas partes se mueven y reaccionan de acuerdo a cómo se comportan otras partes del mismo engranaje. Cuando una especie animal o vegetal desaparece de ciertas regiones, se produce un cambio profundo en el ecosistema. Esto a su vez supone una amenaza a fuentes alimenticias y el abastecimiento de agua potable para diversas especies más, incluida la nuestra.

Para las generaciones venideras, las noticias de especies que se extinguen serán más frecuentes aunque, por lo visto en las reacciones a la muerte de Sudán o de otros ejemplares únicos de animales que hemos visto en años recientes, tenderá a normalizarse y nuestra indignación durará lo que tarde en salir la siguiente noticia o polémica en los medios.

Imagino lo difícil que debió ser tomar la decisión de dormir a Sudán. Pero médicamente no había nada más que hacer. A las múltiples dolencias por la edad del animal se sumó la infección de su pata trasera derecha, que ya no le permitió caminar ni levantarse. Debe hacer sido un día abrumador para el equipo que estuvo cerca de este evento.

Las fotos del rinoceronte blanco a punto de ser sacrificado me hicieron recordar un video, el único que retrata vivo a un tigre de Tasmania (Thylacinus cynocephalus). Se trata de una filmación realizada en 1933 en el zoológico de Hobart, en Australia. Ese ejemplar de tilacino o lobo marsupial (como también era conocido) era el último de su especie. Murió en septiembre de 1936, cuando por descuido sus cuidadores lo dejaron fuera de su refugio durante la noche. El animal murió de frío. Tarde o temprano, el animal hubiera muerto, es cierto. Pero que ocurriera por un descuido de los mismos cuidadores del zoológico le otorga un distintivo más trágico.

En meses recientes, un equipo de la Universidad de Melbourne logró secuenciar el genoma del tigre de Tasmania, obteniendo uno de los mapas genéticos más completos de una especie extinguida. Sin embargo, aún están lejos de poder replicarlo. Al no haber otro de su especie, es necesario encontrar un ejemplar huésped desde el cual hacer la reproducción. A pesar de ello, el estudio de su ADN ayudará a comprender las limitaciones de su evolución genética para que especies similares aún vivas puedan ser protegidas de manera más eficiente.

Ojalá que ser testigos del adiós de las especies nos haga tomar conciencia de la urgencia en el cambio de nuestra actitud hacia la naturaleza y el medio ambiente. Atentar contra cualquier especie es una manera de atentar contra nosotros mismos.

Habrá que seguirlo repitiendo hasta que emprendamos cambios reales y efectivos a favor de la sobrevivencia de las especies animales y vegetales. Que ojalá sea pronto. Porque de nada servirá querer arreglarlo cuando hayamos convertido al planeta en una piedra árida y exprimida, sin más vida sobre ella que las cucarachas y los humanos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 8 de abril de 2018. Foto de portada, tigre de Tasmania en el zoológico de Hobart, Australia).

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