Días de radio

Cuando era niña, un objeto imprescindible en casa era el radio. Había uno encendido de manera permanente en el comedor. Mi padre tenía uno con el que escuchaba radio en onda corta por las noches, cuando la señal entraba mejor. En la puerta del baño, en un ganchito, estaba colgado uno pequeño, metido en un estuche negro de cuero, que se encendía para oír música mientras alguien se bañaba. Incluso yo, que sólo era una niña, tenía un receptor para oír lo que quisiera.

El radio del comedor pasaba encendido en las mañanas con las radionovelas de la Circuito YSR (“… la emisora popular, por su música y novelas, la preferida, tun tun tun, en el hogar”, cantaban en su jingle). Mi favorita era Chucho El Roto, la historia de Jesús Arriaga, “un hombre que protegió a los pobres y luchó contra la injusticia”, como decía la viñeta de presentación. Estas palabras iban seguidas de un silbido que era característico del personaje y que anunciaba su presencia durante la historia. “El pobre será menos triste si conoce el apoyo y la sonrisa de un amigo”, decía el propio Chucho, en la voz del actor mexicano Manuel López Ochoa.

Cerca de Semana Santa, la YSR transmitía episodios de la vida de los santos y una novela sobre la crucifixión de Cristo. Para Jueves y Viernes Santo, casi todas las emisoras salían del aire, a excepción de Radio Nacional y una que otra estación, unidas en cadena nacional, transmitiendo música sacra todo el día, sin locución, comerciales ni viñetas musicales de ningún tipo, cerrando transmisiones a las 4 o 5 de la tarde.

La radio también nos acompañaba en el carro. Mi padre casi nunca la encendía, pero si lo hacía, era para escuchar Radio El Mundo, emisora que no me gustaba porque la música era instrumental. Una cuña de dicha radio, en la incomparable voz de Aída Mancía, decía que “la música es el lenguaje del alma”. Estaba de acuerdo con la idea, aunque a mi alma no le gustaba para nada la música de Ray Conniff.

La libertad de contar con mi aparato de radio me permitió hacer mis propios descubrimientos. Uno de ellos fue La Femenina, mi puerta de entrada al rock en inglés en los años 70. La Radio Mil Ochenta, cuya frecuencia estaba justo a la par de La Femenina, le hacía competencia con rock, pero también con mucho pop, disco y funk.

No sabía lo arraigada en mí que estaba la presencia del radio hasta que comencé mi vida independiente. Lo primero que decidí comprar no fue una cocina o un refrigerador: fue un radio. En Alemania tuve un Grundig con el cual escuchaba BFBS, la estación de las Fuerzas Armadas Británicas todavía estacionadas en Berlín Occidental y que, aparte de buena música, presentaban radioteatros producidos por la BBC. Así escuché Rebelión en la granja de George Orwell, lo cual me llevó a leer después el libro y a convertirme en fanática del radioteatro.

La nostalgia me hacía buscar por las noches emisoras en onda corta. Buscaba programas en español pero me entretenía escuchando transmisiones de radios en idiomas incomprensibles. Escuchaba, disciplinada, como si lo entendiera todo. Entonces recordaba a mi padre, en el sillón del comedor, sentado casi a oscuras, sacando la antena de su aparato a todo lo que daba para captar mejor la señal de países lejanos y callándonos molesto si lo interrumpíamos, mientras ponía la oreja sobre el parlante del aparato.

Cuando viví en Nicaragua, durante los años de la revolución, dejaba el radio encendido casi todo el día. La amenaza permanente de una invasión militar estadounidense junto con los ataques y avances de La Contra, nos obligaban a estar pendientes de las noticias. Cuando en Radio Sandino sonaba un pito intermitente y una voz masculina repitiendo en tono alarmista “¡Última hora, última hora!”, el país entero estaba en vilo.

En Comitán, una ciudad de Chiapas que visité en los 80 por cuestiones de trabajo, era fácil ir y volver de comprar tortillas escuchando los capítulos de la radionovela Kalimán, “caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños, implacable con los malvados”, porque mucha gente lo sintonizaba a todo volumen y el sonido inundaba las calles desde puertas y ventanas abiertas.

En La Habana me fascinaba el permanente tic-tac de Radio Reloj, mientras leían noticias, reportajes y cápsulas educativas, interrumpiéndose el locutor a cada minuto para decir la hora: “Radio Reloj, una veintisiete minutos”.

Cuando volví a vivir en el país, hacía la limpieza escuchando Radio Clásica a todo volumen. Trapeaba escuchando a María Callas o el testimonio de Enrico Caruso como sobreviviente del terremoto de San Francisco en 1906. Pero cuando me fui a Costa Rica durante unos años, no volví a comprar radio. No tener un aparato me desconectó del hábito de escucharla y ahora lo hago en pocas ocasiones. En parte por ello comencé a oír podcasts, aunque la experiencia no es igual. Eso me hizo darme cuenta de que parte del rito de escuchar radio involucra también la relación con el aparato receptor. Mover la aguja por el dial buscando una emisora, lograr el punto exacto de la sintonía, descubrir una estación que guste, escuchar a un locutor con el cual se simpatiza, todo es parte de esas satisfacciones íntimas del radioescucha.

Pese a los podcasts (archivos de audio con formato de programa radial, que se descargan en internet) y los servicios de streaming de música (que han eliminado la presencia del locutor), la radio sigue teniendo una presencia importante. Según las Naciones Unidas, hay más de 2.4 mil millones de receptores de radio alrededor del mundo.

Para los sectores de la población que no tienen acceso a internet o lo tienen de forma limitada, la radio es (y seguirá siendo) una fuente importante de noticias, entretenimiento, educación y comunicación.

Escuchar radio cuando niña me permitió ejercitar otras formas de imaginación, característica imprescindible para un escritor.

Continuaremos en sintonía, pues.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 25 de marzo 2018).

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