Escribir hasta el fin

Cuando el escritor sueco Henning Mankell fue diagnosticado con cáncer en enero de 2014, el autor tomó la decisión de transformar su columna del periódico Göteborgs-Posten en un relato sobre su lucha contra la enfermedad.

“Me lo pusieron en blanco y negro: era serio. Tenía un tumor en la parte posterior del cuello y otro en mi pulmón izquierdo. El cáncer podría haberse extendido también a otras partes de mi cuerpo”, relató Mankell en un artículo de ese año llamado “Una lucha desde la perspectiva de la vida”, el primero en el que habló de su enfermedad.

Henning Mankell es autor de una extensa obra entre novelas, libros infantiles, dramaturgia y guiones de cine y televisión. Pero a nivel internacional es más conocido por la serie de libros protagonizados por el inspector Kurt Wallander, novelas negras que han sido traducidas a 40 idiomas y convertidas en series televisivas con audiencias masivas.

Cuando supo el diagnóstico de su cáncer, Mankell se deprimió. Pasó diez días encerrado en un cuarto sin hablar con nadie. Mientras esperaba el resultado de los diagnósticos iniciales necesarios para que los médicos decidieran el tratamiento a seguir, en un momento en que todo era duda e incertidumbre, y totalmente devastado por la noticia, él tenía una sola certeza: escribiría sobre su enfermedad.

Todas las decisiones de su día a día comenzaron a ser tomadas pensando en el cáncer. La perspectiva de la muerte, la incertidumbre del resultado de los tratamientos, la remisión y la metástasis, lo obligaron a examinar su vida y recordarlo todo. Resultado de todo esto es el libro Arenas movedizas, una especie de “espejo retrovisor” hacia el camino recorrido que le permite a Mankell continuar hacia adelante, escrito mientras negociaba con la muerte el tiempo suficiente para, por lo menos, dejarlo terminado. Mankell, que continúa vivo, pudo ver su libro publicado en varios idiomas (incluido el español) a inicios de este mes.

En una de sus columnas, escrita meses después del diagnóstico, Mankell se preguntaba a sí mismo: “¿Qué ocurre en la identidad de una persona cuando es golpeada con una enfermedad seria?”. En ese momento ya había comenzado sus tratamientos de quimioterapia y las citotoxinas afectaban sus riñones severamente. Confiesa que lo más difícil para él ha sido lidiar con su propia mortalidad y que en vez de imaginar hacia adelante, hacia la muerte, prefiere ver hacia atrás, hacia lo vivido.

En sus columnas, Mankell comparte los aspectos físicos de su enfermedad y el tratamiento, pero también las dudas y el desánimo que le produce. Lo hace con toda objetividad. Está demasiado consciente de todo el proceso como para naufragar en ilusiones y engañarse a sí mismo. Escribe sobre lo que considera son las inquietudes que a todos nos convierten en compañeros de desgracia. Nacemos para morir y cada día agonizamos un poco más en este camino hacia la muerte que es la vida.

Una situación similar ocurrió con el neurólogo inglés Oliver Sacks, fallecido a fines de agosto por una metástasis en el hígado, luego de haber pasado por un tumor ocular que sufrió en el 2006. Al igual que Mankell, Sacks escribió con franqueza sobre su futuro y sobre las reflexiones y recuerdos que la inminencia de la muerte provocó en él. Escribió un total de cuatro artículos, el último de ellos “Sabbath” publicado en el New York Times días antes de morir el 30 de agosto.

“No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global”, escribió en un artículo titulado “De mi propia vida”, donde dio a conocer la metástasis que sufría.

Sacks, nacido en Londres en 1933 y profesor de Neurología y Psiquiatría en varias universidades prestigiosas, se hizo popular por sus libros en los que intentaba desentrañar el funcionamiento del cerebro humano a través del estudio de varios casos de pacientes con enfermedades neurológicas. Fue el autor, entre otros, de los libros Despertares (adaptado luego al cine, con las actuaciones de Robert De Niro y Robin Williams), y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, que se convirtió en un bestseller internacional. Pocos días antes del anuncio de la metástasis, Sacks había terminado de escribir un libro de memorias titulado On The Move. El libro fue publicado en abril de este año.

Es innegable el valor terapéutico que tiene la escritura en situaciones como las mencionadas, no sólo para el escritor, sino también para los lectores que se encuentran viviendo situaciones similares. Para un lector, acceder a estas lecturas confirma que no está solo en sus dudas y sus angustias. Eso es, precisamente, lo que nos identifica como humanos. También nos hace preguntarnos qué tan preparados estamos para asumir nuestra propia mortalidad y cómo utilizamos el precioso tiempo que queda de nuestras vidas.

La decisión de Mankell y Sacks de escribir y publicar sobre sus vidas, su enfermedad y sus reflexiones ante la muerte, resulta valiosa porque mueve a los lectores a la empatía y a la comprensión de cómo alguien prepara su despedida de la vida. Nos recuerda nuestra esencia como seres humanos y provoca la reflexión y el cuestionamiento sobre aspectos de nuestra mortalidad que preferimos evadir y que por lo general, no hablamos con nadie.

Parecerá extraño que ante un cáncer y la posibilidad cercana de la muerte, alguien decida sentarse a escribir un último libro, con el riesgo de no lograr terminarlo. Pero cuando la muerte tiene un plazo inminente, escribir se torna en algo urgente.

El escritor nunca tendrá la última palabra ante la muerte. Pero ¿qué otra cosa puede hacer más que seguir escribiendo, escribirlo todo, escribir hasta el fin?

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 13 de septiembre 2015).