Los dolores del país

La guerra es el fenómeno más brutal que le puede pasar a una sociedad. Sus secuelas duran varias generaciones. Las historias que como país llevamos atoradas en la garganta, esas lágrimas congeladas que tuvieron que ser tragadas porque vivimos en una cultura del silencio, son buena parte del origen de la violencia actual.

Estas son algunas de las ideas que la psicóloga social nicaragüense Martha Cabrera planteó en TedxManagua, en una conferencia titulada “La mochila pesada que cargamos los nicaragüenses”. Aunque la conferencia está enmarcada dentro de la historia reciente de Nicaragua, mucho de lo que dice aplica también para El Salvador, por la guerra de los años 80, pero también por nuestra historia como país, plagada de eventos violentos y desastres naturales.

Tuve ocasión de intercambiar algunas impresiones con Martha en fecha reciente, ya que estuvo en el país realizando talleres de trabajo psicosocial. Ella viene con regularidad, por lo que está familiarizada con nuestra historia y la situación actual. Martha trabaja con la técnica de constelaciones familiares, que mediante un enfoque sistémico e inter generacional, busca comprender la historia de cada miembro del sistema familiar y cómo la historia personal afecta a los demás miembros del grupo.

Cuando le comenté el parecido que encuentro entre lo que ella narra sobre Nicaragua con la realidad de El Salvador, en cuanto a nuestros silencios sociales, Martha me decía que tienen parecido, pero que en El Salvador la situación es todavía más compleja porque el nivel de masacres y de brutalidad que se ha visto aquí no se puede ni comparar con el de Nicaragua. Se refería no solamente a las masacres recientes de la guerra o a las que están ocurriendo en el contexto actual de violencia, sino también a la represión política de los años 60 y 70, la matanza de 1932 y la represión que se vivió durante los años de la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez.

Esa carga de dolores no procesados ni trabajados individualmente se hereda a los hijos, constituyendo lo que Martha llama “una pesada mochila de dolor”. Los jóvenes cargan con los sentimientos que los padres y abuelos no han podido procesar o expresar, piedras de dolor que se continuarán heredando a hijos y nietos, hasta que alguien se atreva a romper el ciclo.

Vivimos en una cultura que nos ha enseñado a callar, en una sociedad que desprecia e ignora la importancia de la subjetividad en el quehacer individual y colectivo. Somos una sociedad que además desprecia y todavía considera tabú hablar de la salud mental y emocional de las personas. Esto se refleja en la deficiencia de los servicios psicológicos que se ofrecen desde las instituciones de salud del estado, pero también en la vergüenza y el secretismo cuando algún miembro del grupo familiar pasa por depresión, neurosis, bipolaridad, esquizofrenia u otra condición similar.

En una sociedad donde hemos tenido necesidad de fingir dureza emocional desde hace décadas para poder sobrevivir a la violencia cotidiana, las afectaciones emocionales o psicológicas son vistas con mucho prejuicio, como muestras de debilidad y cobardía. No es de extrañar que mucha gente prefiera vivir su depresión o sus duelos en completo silencio y soledad, haciendo el sufrimiento mucho más intenso, largo y difícil de sanar.

Todo ese dolor no procesado y silenciado, todas esas heridas que no tuvieron oportunidad de ser sanadas, es lo que ahora está congelado en la violencia que sufrimos de manera cotidiana. Según lo planteado por Martha en su conferencia de TedxManagua, “el dolor (también) está congelado en la inercia de muchas organizaciones y en el apego acrítico del pasado de muchos partidos políticos”.

Después de esta afirmación, pregunta de manera retadora al auditorio: “¿Por qué socialmente hemos hecho como la avestruz”? Una pregunta que también nos hacemos con frecuencia en El Salvador ante la nula capacidad de reacción de nuestra sociedad, de cara a los problemas de nación que enfrentamos.

El dolor no procesado afecta no solamente la salud mental de nuestra sociedad, sino también la salud física de sus individuos. Martha sostiene que las lágrimas no lloradas se convierten en “lágrimas congeladas” que luego se manifiestan en enfermedades físicas. “El cuerpo habla aunque uno calle”, explica. Esto también es el origen de muchas adicciones e intentos de suicidio. La intolerancia política y la polarización social también tienen su origen en estas historias atoradas en la garganta y nunca contadas a nadie.

Hacia el final de su conferencia, Martha señala que cambiar es una decisión personal, para la cual se deben tomar decisiones conscientes y responsables. Como sociedad, plantea algunas acciones que pueden comenzar a abrir el camino hacia un cambio que nos permita convivir mejor. Para el caso de Nicaragua, ella propone honrar a todos los muertos para formar una cultura de paz; promover el diálogo inter generacional, para que los miembros de los grupos que vivieron o no algunas experiencias, comprendan y rescaten el testimonio de los sobrevivientes; investigar el fenómeno de los duelos múltiples en las universidades e incluir la elaboración del duelo en el marco lógico de la elaboración de proyectos, entre otros.

Sanar la violencia en El Salvador comienza por desenredar todos los hilos que la componen. Los métodos represivos, por estrictos, costosos y complejos que sean, resultan insuficientes pero sobre todo inútiles, si no van acompañados de espacios que permitan a la sociedad ventilar de manera franca sus problemas y encontrar soluciones. Es urgente tomar en cuenta el componente subjetivo y psicológico de lo que está ocurriendo para poder comenzar a sanar a nuestro país enfermo.

Es sorprendente que habiendo vivido una guerra y otros eventos nacionales tan traumáticos, todavía se subestime el componente psicológico, ignorando con ello lo trascendental que sería si los salvadoreños pudiéramos por fin, elaborar nuestros duelos.

Así podrían comenzar a cerrarse todas las viejas heridas de la guerra, de nuestra historia reciente y de la violencia actual. Quizás así nuestros muertos y desaparecidos podrían, por fin, descansar en paz.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 30 de agosto 2015).