Inventario de lluvias

Quiero recordar la primera vez que vi llover. No lo logro. Lo pienso mientras me paro frente a la ventana añorando una buena lluvia, una larga semana de tormentas. Extraño los días lluviosos. Siento nostalgia de la lluvia. Hago inventario de lluvias pasadas.

Las lluvias en San Carlos, en la confluencia del Río San Juan y el Lago Cocibolca en Nicaragua. El lodo, el olor del lodo, el lodo siempre pringando la ropa. La lluvia “peluegato” apenas perceptible, ligerísima, pero que moja igual que una lluvia recia. El viento que se arremolinaba río abajo, las ondas que se dibujaban sobre el agua del río, anuncios de la lluvia. Aprender y saber y oler y presentir cuando viene una tormenta. Las nubes negras y los rayos en la distancia, en la otra orilla, allí donde el Río Frío llevaba a los viajeros hasta Costa Rica.

Las lluvias sobre la costa del lago, con neblina cerrada, tiritando bajo el capote de plástico, sintiéndome insignificante, admirando la habilidad del panguero para navegar con cero visibilidad, con la sensación de que el mundo material había desaparecido y que lo único que quedaba era aquella neblina opaca sobre la cual flotábamos hacia la muerte.

Las lluvias de Los Planes de Renderos, cuando era un lugar solitario y lleno de vegetación. El frío de las cuatro de la tarde, los suéteres, el atol caliente y las campanas de la Iglesia de Fátima, mientras bajaba la neblina cubriendo Loma Larga. Los temporales que nos obligaban a encender las luces en pleno día, porque la neblina y la lluvia lo opacaban todo. Los derrumbes en la carretera. Quedar aislados de la ciudad durante un par de días mientras las lluvias amainaban, mientras se despejaba el camino. Las gallinas y los patos, los perros y los gatos, todos los animales de nuestro reino, mojados y tristes, aletargados. Esperar el final de la lluvia. El tiempo era moroso. Silencioso. Melancólico.

Las manchas verdinegras de humedad en las paredes de la casa. Observaba con espíritu científico las variantes de intensidad del verde y del negro. Tocaba la mancha. Era suave, como el terciopelo. Mis dedos quedaban manchados de moho. Mis dedos verdes, mis dedos negros. El olor del moho en todas partes. Descubría cosas extrañas en esas manchas. Rostros, animales, monstruos, paisajes. Todo cambiaba según la luz, el ángulo y la hora del día. Cuando por fin pintaron las paredes, la mancha desapareció. Yo sentí que había perdido algo, pero no podía decírselo a nadie, porque pensarían que estaba loca.

Las 50 palabras de los japoneses para nombrar la lluvia: lluvia amable de primavera, lluvia refrescante una vez cada diez días, lluvia de un cielo sin nubes. En Japón se cree que cuando llueve con sol, los zorros se casan. En El Salvador se cree que cuando llueve con sol, “está pariendo la venada”.

La aprensión que me causan las lluvias nocturnas o las tormentas que duran más de media hora. Esa sensación de tragedia inminente. Esa visión de ríos desbordados, cerros desmoronándose, casas arrastradas por las correntadas, cosechas perdidas, calles inundadas, los ahogados, los soterrados.

La lluvia vista desde mi ventana. La lluvia cruzada cuando el viento sopla en todas las direcciones, como si ahí comenzara el vórtice del fin del mundo. Las gotas golpeando los vidrios de las ventanas, como pedradas. El granizo. La sensación de que las ventanas van a romperse. Imaginar las ventanas rotas, la lluvia entrando. Imaginar la casa irse al hoyo junto al cual vivo. Imaginar mis restos entre el ripio.

Las lluvias súbitas y feroces en Ciudad de Panamá. Las lluvias vespertinas en San José. La lluvia de Quito mientras me encontraba bajo el árbol donde está enterrado Oswaldo Guayasamín. Una lluvia vista desde una sala de espera en el aeropuerto Charles De Gaulle de París. Cantar bajo la lluvia en la Kantstrasse de Berlín. La lluvia en Venecia. Una lluvia con granizo mientras caminaba en el D.F. Lluvia en Panajachel. Las lluvias en los ríos del trópico húmedo.

El aterrizaje de emergencia en Nantes, una noche de tormenta, mientras mi subconsciente, con un irónico sentido de la oportunidad, me repetía mentalmente la canción “It’s A Beautiful Day” de U2. La tempestad vista desde el noveno piso de un edificio en Saint-Názaire, en la desembocadura del Loira. La lluvia convertida en leche voladora. Gaviotas luchando contra la lluvia. Jacinta resignada a morir, siempre y cuando me dejaran terminar de beber la taza de café caliente que tenía entre las manos, porque me provocaba no sé qué alivio de espíritu ante la perentoria desgracia.

El huracán Joan cruzando Managua. Ver cómo la lluvia fue incrementándose de una manera imperceptible a lo largo del día y que, cuando oscureció, se fusionó con el viento en un concierto desesperante que duraría hasta la madrugada. El silbido interminable del viento. La lluvia azotando sin piedad con sus látigos de agua. Saber que el ojo del huracán iba pasando porque fue el único instante de silencio de un proceso que llevaba más de doce horas. Y después reiniciar la lluvia y el viento y ver doblarse las palmeras y resignarse a la muerte, una vez más.

Bañarse junto a un pozo al aire libre, mientras llueve. El mar mientras llueve. Manejar bajo la lluvia. La lluvia mezclada con nieve. Llorar mientras llueve. Mis gatos viendo llover. Isabel viendo llover en Macondo. Caminar bajo un aguacero inclemente los 22 Kms. entre el Puente La Reina y Estella, en el Camino de Santiago. Suicidarse lanzándose desde el Puente del Incienso una mañana de lluvia.

Gene Kelly singing in the rain. Las historias de mis paraguas perdidos. Ver llover como una forma de auto hipnosis. Los sonidos de la lluvia. La película Bunker Palace Hôtel de Enki Bilal, donde en vez de llover agua, llueve leche. El Teniente Dan en Forrest Gump, retando a Dios bajo una tormenta de los mil demonios.

Oír a un niño preguntar a su madre: “¿Y si la lluvia fuera de chocolate?”.

(Fe de errata: en la versión impresa dice, en las últimas líneas, “El Capitán Dan…”. El personaje era en realidad un teniente. Aquí va incluida la corrección. Mis disculpas a los lectores de la versión impresa, el error fue mío. La foto es de mi autoría y fue tomada desde el Árbol de la Vida, en Quito, en la casa-museo de Oswaldo Guayasamín. Bajo este árbol se encuentran sepultados Guayasamín y el escritor Jorge Enrique Adoum, su gran amigo. Columna publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 27 de septiembre 2015. ).