Menos monumentos, más árboles

El pasado 22 de abril se inauguró en San Salvador un monumento llamado “Homenaje a la memoria”. Está ubicado en un espacio entre la Avenida Jerusalén y el Boulevard Monseñor Romero. El conjunto escultórico, elaborado por Guillermo Perdomo, consta de 96 figuras de troncos talados, hechos en concreto pigmentado, con medidas de entre 70 centímetros a 2.5 metros de altura.

Según la explicación del escultor, publicada en la página web de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, el conjunto muestra “un panorama triste, sombrío, caluroso, árido, lleno de troncos secos, ausentes y grises, que reflejan la destrucción ambiental”. Pero el monumento tiene una doble función, ya que también sirve como homenaje “a las personas que murieron en el holocausto contra el pueblo judío, durante la II Guerra Mundial, razón por la cual los troncos tienen una inclinación hacia el este, donde se encuentra la ciudad de Jerusalén”, según las palabras de Perdomo.

No sé cuál es la relación entre el holocausto y la tala indiscriminada de árboles en El Salvador, y no voy a intentar dilucidarlo. Pero me resulta incomprensible que para recordar el deterioro de nuestro medio ambiente se tengan que mandar a hacer 96 esculturas de concreto que simulan ser troncos cortados. Digo, hubiera sido mucho más original sembrar allí 96 árboles reales para construir un monumento vivo, y que precisamente por su naturaleza de monumento, fuera prohibido cortarlos.

De unos años para acá ha habido no sé qué afán por construir monumentos que pasan por sacrificar árboles e intervenir el espacio público con esculturas de mal gusto estético, ubicados en lugares inconvenientes o que desestimulan la recreación ciudadana. Menciono algunos casos.

Allí donde la Carretera Panamericana se divide y comienza la comunidad La Cuchilla, a pocos pasos de los centros comerciales que sustituyeron buena parte del bosque de El Espino, en una isla de retorno, había tres arbolitos que fueron cortados; la isla fue cubierta de grama y se trabaja ahí desde hace meses, sin final aparente, una estatua de jaguar. Los arbolitos fueron tirados como basura en el puente de la quebrada de enfrente. Siendo árboles jóvenes, ¿no pudieron haberse trasplantado? ¿No podía construirse la estatua sin necesidad de cortar los árboles?

En agosto del año pasado, el secretario ejecutivo de la Sección de Pushkin de la Unión de Escritores de Rusia, Igor Novosyolov, donó al gobierno de El Salvador un busto de Yuri Gagarin, el primer ser humano en viajar al espacio. El busto está colocado sobre una columna de cemento a un costado del puente del Boulevard Monseñor Romero, en la Alameda Manuel Enrique Araujo. Usted seguro que ha pasado por el lugar, pero la ubicación es tan desafortunada que ni se habrá dado cuenta de la cabecita de Gagarin que está allí, porque el busto es muy pequeño para estar expuesto en un lugar público.

No lejos de ahí se encuentra el Monumento a la Construcción, ubicado en la intersección de la Panamericana con el Boulevard de Los Próceres. El monumento consiste en una plomada de gran escala con una estructura de acero, patrocinado por la Cámara Salvadoreña de la Industria de la Construcción (CASALCO), con el beneplácito y participación de funcionarios públicos actuales.

Hace cosa de un año, el MOP se dio a la tarea de recolectar llaves para hacer un Monumento a la Reconciliación. Según el diseño que han dado a conocer, será otro espacio sin árboles, con un sendero de banderas y con un par de estatuas hechas con las llaves recolectadas, que supuestamente servirán para reflejar el final de la guerra de los años 80.

Mientras tanto, los pocos monumentos rescatables de la ciudad se encuentran en deterioro y en abandono. Para no salir del sector ya mencionado, a unos metros del Instituto Emiliani, cerca de La Ceiba de Guadalupe, está la Plaza Brasilia que cuenta con una escultura del renombrado arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. Ahí está aquello abandonado, sucio, triste y orinado.

Es posible que el detonante de esos monumentos que exaltan lo feo y lo desproporcionado hayan sido los próceres en el boulevard que lleva el mismo nombre, y que son conocidos popularmente como “los cabezones” o “los picapiedra”. Desde entonces, la mayoría de monumentos y estatuas que se han construido en nuestros espacios públicos han ido de mal en peor. Con monumentos tan horribles, que no infunden admiración ni respeto, no es de extrañar que en noviembre del 2013, algún ingenioso pintara a un par de los mencionados cabezones como miembros del grupo Kiss. Eso es lo único divertido que ha pasado en este país en todo lo que va del siglo.

Da la impresión que los monumentos nacionales están hechos para favorecer a algunos “artistas” o para ser complacientes con algunos sectores por motivos estrictamente ideológicos o de relaciones públicas, pero que no pasan por ningún tipo de planificación urbana. Varias de estas creaciones son luego abandonadas a su suerte, como las esculturas abstractas que se ubicaron en los retornos de la autopista a Comalapa y que ahora están ruinosas por falta de mantenimiento.

Los monumentos que se han creado son además desproporcionados, como si de ello dependiera la importancia que se le da al concepto homenajeado. La pequeña estatua de Mahatma Gandhi, la mano gigante que sostiene a un bebé frente al Hospital Centro Ginecológico y los monstruosos torogoces prehistóricos, son sólo algunos ejemplos más.

Lo que necesitamos son árboles, no más cemento y concreto, no más estatuas y construcciones erigidas con fines políticos o populistas. Necesitamos más espacios verdes y no más plazas para irse a derretir el cerebro por falta de sombra. No más lugares llenos de cemento que incrementan el calor e impiden la absorción de las aguas pluviales. No más lugares a los que no iremos nunca porque no invitan al ciudadano a acercarse. No más tala de árboles y destrucción del hábitat de nuestras especies animales. No más estatuas horribles.

¡Ya basta de monumentos! ¡Menos monumentos, más árboles!

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 3 de mayo 2015).

There is one comment

  1. Gabriel Chicas Reyes

    Me gustó mucho su gesto de haber dedicado su columna a discutir este tema ya que aparte de algunos comentarios en las redes sociales creo que se le prestó muy poca atención en las noticias. Para mí este episodio muestra la increíble falta de sensibilidad por el medio ambiente que hay en este país, que como podemos ver afecta no sólo a políticos sino incluso a intelectuales y artistas serios (por fortuna contamos con excepciones como Ud). Su discusión del aspecto estético y urbanístico de nuestros monumentos en espacios públicos también me parece importante; de paso le comento que su mención de los “torogoces prehistóricos” me sacó una buena carcajada. Saludos cordiales.

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