En busca de la creatividad

¿Cuáles son los maestros que perduran en nuestro recuerdo y de los cuales aprendimos las lecciones más duraderas? Aparte de los que consideramos buena gente, porque siempre estaban de buen humor y nos tenían una paciencia infinita, probablemente sean aquellos que en vez de obligarnos a memorizar fórmulas y conceptos nos enseñaron a buscar las respuestas a las preguntas por nuestra cuenta, los que nos alentaron a dar una opinión propia y los que nos calificaban favorablemente, no porque el resultado coincidiera o reflejara estrictamente lo que nos habían enseñado a memorizar sino porque habíamos emprendido un proceso de razonamiento que nos había llevado a obtener una conclusión válida.

Lo que se memoriza para salir del paso, es decir, para responder estrictamente a un examen, se olvida con rapidez. Sin embargo, lo que permanece con nosotros es aquello que aprendemos acompañado de una sensación de haber descubierto algo importante o de haber comprendido o desentrañado un misterio. O para explicarlo de manera más profana, cuando algo nos hace “clíck” por dentro.

En ese tipo de procesos está involucrada la creatividad. Y no se piense que la creatividad es algo relacionado estrictamente al arte. Todos la tenemos. Es un atributo innato al ser humano, algo que utilizamos (o no), a diario en nuestras vidas. Encontrar la respuesta para un problema, definir los alimentos que vamos a cocinar, presentar un nuevo proyecto en la oficina, decorar nuestra sala, combinar nuestra ropa, diseñar una casa o una estrategia de ventas, escribir un guión de cine, todos esos y más son asuntos que requieren de nuestra creatividad.

Los niños son la muestra más palpable de que ese atributo nos es natural a todos. Mientras más pequeño el niño, es decir, mientras menos sometido al filtro de la educación esté, más se podrá manifestar. Y eso lo sabemos los adultos que nos asombramos y fascinamos ante la capacidad de inventiva y la curiosidad que tienen.

Pero a medida que los niños son sometidos a los procesos educativos, que en general le exigen aceptar a ciegas lo que el maestro dice como la verdad absoluta, el cerebro va modificándose de manera que el motor de la creatividad va apagándose para crear adultos sumisos, de pensamiento lineal, sin capacidad de respuesta ni iniciativa y dispuestos a hacer siempre lo que otros le dicen es lo correcto, sin cuestionamiento alguno.

Esto es algo que sostiene Andrea Kuszewski, terapista conductual, en un extenso artículo publicado recientemente en la revista Scientific American, titulado “El valor educacional de la desobediencia creativa”.

En su texto, Kuszekswki analiza dos estudios que llegaron a la misma conclusión: “El tipo e intensidad de la instrucción directa que damos a los niños, desde una edad muy temprana, tiene un profundo impacto en cómo ellos asumen la enseñanza y la exploración creativa. Los estudios encontraron que demasiada instrucción directa –enseñándole a los niños qué hacer en vez de dejarlos encontrar la solución por sí mismos– puede afectar severamente su habilidad y/o instinto para solucionar problemas de manera independiente y creativa o para explorar potenciales soluciones múltiples”.

En los estudios referidos, un grupo de maestros les enseñaba a los niños cómo manipular un juguete específico, mientras otro grupo les daba el juguete a los niños para que ellos mismos dedujeran cómo funcionaba. El primer grupo de niños se limitó a imitar con exactitud a los maestros, mientras que el segundo logró resolver el funcionamiento del juguete por su cuenta sin ninguna dificultad. Y por supuesto que aprender por imitación, como lo hizo el primer grupo, es la respuesta que manifiesta menos inteligencia.

¿Pero por qué es tan importante dejar intactas las habilidades creativas del ser humano? Porque eso le permite a una persona pensar de manera no-lineal (es decir, en que hay más de una opción o alternativa a algo), crear un pensamiento divergente que a la vez produce adultos innovadores, capaces de encontrar soluciones a los problemas o de definir cuál es el problema exacto cuando algo no marcha bien.

El simple hecho de evitar que el alumno sea un receptor pasivo y se convierta en un participante activo de la clase permite que el cerebro desarrolle capacidades que de otra manera se mirarían atrofiadas: se incrementa la asociación de ideas, la plasticidad y la capacidad de aprendizaje, eso sin mencionar que un alumno al que se le permite dicha participación activa está más motivado a aprender que uno que sólo se limita a recibir instrucción.

Pero esto no es un asunto que se limita a la educación y a la edad escolar. Los adultos también pueden hacer dichas modificaciones y volver a encender la chispa creativa, ya que el cerebro tiene la maravillosa habilidad de adaptarse fácilmente a nuevas maneras de pensamiento, siempre y cuando superemos los viejos hábitos de conducta.

Existen empresas en Estados Unidos, Canadá, Australia y Europa que aprovechan este tipo de estudios para lograr aumentar el rendimiento de sus empleados y también, innovar en su producción y oferta.

La empresa Google, por ejemplo, permite que sus empleados utilicen el 20% de su tiempo de trabajo en hacer lo que ellos quieran, es decir, en desarrollar ideas o proyectos propios, utilizando el equipo humano y técnico que necesiten. Ha sido de esta iniciativa que han nacido algunos de los productos más populares hoy en día en internet: Gmail, Google News y los famosos “doodles” o logotipos de homenaje que utiliza la página del buscador. Por este tipo de iniciativas y otras condiciones de trabajo, pensadas en humanizar el espacio y la relación laboral, es que Google es una de las empresas donde todos quieren trabajar a nivel mundial.

Existen otras empresas que aplican un método conocido como ROWE (que traducido podría ser algo así como “ambiente de trabajo con resultados únicamente”), en el que los empleados no tienen horarios, pueden presentarse a la oficina cuando quieren o necesitan, se convoca a la menor cantidad de reuniones posibles y donde la única exigencia es que realicen el trabajo para el que fueron contratados. Es decir, lo importante son los resultados y entregar el trabajo.

Aunque podría creerse que tanta libertad es nociva para la disciplina del trabajador, la realidad ha demostrado que la productividad aumenta, así como la satisfacción del empleado, quien trabaja con más bríos, ánimos e iniciativa propia de esta manera. El número de renuncias en puestos que utilizan este tipo de métodos es mínimo.

Pero la sociedad ha enviado siempre mensajes contradictorios en torno a la creatividad. Si bien es cierto que empleadores y maestros dicen valorar y necesitar de personas creativas en sus respectivos entornos, la realidad es que quienes están en posiciones de autoridad prefieren a aquellos que siguen las reglas, que son obedientes, conformistas y que no cuestionan o ponen en duda nada, mucho menos a la autoridad.

Se les olvida a los que así piensan que es precisamente la creatividad la que ha hecho, para bien o para mal, que el mundo siga girando y que la humanidad se haya desarrollado. Los grandes inventos y descubrimientos de la historia, las obras de arte, los avances científicos, todos derivaron de seres que escucharon su voz interna y que, lejos de aceptar una única respuesta a los problemas o una manera única de ver y hacer las cosas, se atrevieron a probar lo que su imaginación les dictaba.

El mundo ha avanzado y cambiado gracias a aquellos que han cuestionado la norma, que han dudado de las verdades absolutas, que han retado las convenciones establecidas. Si no hubiera sido por gente como ellos, seguiríamos pensando que la tierra es plana y que está sostenida por un elefante gigante en cada una de sus esquinas.

La resistencia social a quienes trabajan de manera creativa no es más que un reflejo de miedo. Por mal que estemos, siempre preferimos lo conocido, lo medible, lo seguro antes de emprender proyectos que presenten riesgos, innovación o hacer las cosas de manera desconocida y cuyos resultados no son predecibles. Pero cerrarnos, como sociedad o como individuos, a nuevas alternativas u opciones, puede significar perder auténticas oportunidades de cambio para mejorar o para realizar descubrimientos importantes.

Así es que la próxima vez que su hijo le pregunte algo tan complicado de explicar como “¿qué son los agujeros negros?”, no vaya de inmediato a un libro a buscar la respuesta científica exacta. Pregúntele al niño qué se imagina, qué piensa. Imagínelo usted también. Bromeen, jueguen, discútanlo, dibújenlo, hagan diagramas. Y cuando hayan agotado sus opciones, confronten sus ideas con la realidad científica o el significado verdadero. Aparte de que habrá pasado tiempo de calidad con su hijo, habrá contribuido a mantener activo, tanto para él como para usted, su lado creativo, su lado pensante.

(Publicado domingo 24 de julio 2011 en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica).

There are 4 comments

  1. robert scott

    A MI APRECIABLE ESCRITORA NACIONAL FAVORITA: MUCHISIMAS GRACIAS POR COMPARTIR ESTO CON NOSOTROS, SOY UN DOCENTE EN FORMACION Y SU INFORMACION ES MUY VALIOSA, A SU VEZ NOS PUEDE PERMITIR A TODOS LOS QUE HEMOS ABRAZADO ESTA PROFESION POR VOCACION A SER NO SOLO MAS HUMANITARIOS, SINO TAMBIEN MAS INNOVADORES. LE ANIMO A SEGUIR APORTANDONOS, PUES UN PAIS ES PARA TODOS PERO TAMBIEN ES DE TODOS HACER UN PAIS. GRACIAS

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  2. Bitacoras.com

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