“Restos del carnaval” de Clarice Lispector

 

 

No, no de este último carnaval. Pero no sé por qué éste me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde sobrevolaban despojos de serpentina y papel picado. Alguna que otra beata con la cabeza cubierta por un velo iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta el año siguiente. Y cuando la fiesta se acercaba, ¿cómo explicar la agitación íntima que me acometía? Como si por fin el mundo se abriese, de capullo que era, en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife por fin explicaran para qué habían sido hechas. Como si las voces humanas cantaran por fin esa capacidad de placer que era secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

Mientras tanto, en la realidad, poco participaba en él. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación, me dejaban quedarme hasta las 11 de la noche en el umbral de la puerta de la casa de altos donde vivíamos, mirando ávida cómo se divertían los otros. Dos cosas preciosas ganaba yo entonces y las economizaba con avaricia para que me duraran los tres días: un lanzaperfume y una bolsa de papel picado. Ah, escribir se está volviendo difícil. Porque siento que se me va a estrujar el corazón al constatar que, incluso sumándome tan poco a la alegría, yo era tan sedienta que con casi nada ya me convertía en una niña feliz.

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  1. Bitacoras.com

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