Hace poco leí un reportaje que me conmovió y me dejó pensando. En el bosque de Andombiry, zona de Morombe, ubicado en la isla de Madagascar, los habitantes de cuatro comunidades vecinas están preocupados por lo que parece ser la inminente muerte de uno de los baobab más grandes y antiguos de la isla.
Los vecinos lo bautizaron como “Tsitakakantsa”, que traducido del malgache significa algo así como “Si cantas en un lado del tronco, tu canto no puede oírse desde el otro lado”. Eso da una idea de lo enorme que es. Se calcula que este baobab en particular tiene entre 1.000 y 1.500 años, según pruebas de datación por radiocarbono.
Desde agosto del 2025, investigadores y naturalistas que estudian estos árboles, observaron que Tsitakakantsa filtraba una agua oscura y fétida desde su base. También tiene varias grietas en su corteza. Desde entonces hasta la fecha, ha caído la mitad del baobab lo que permitió detectar que en su interior hay moho, posiblemente nacido como resultado de una intensa y atípica temporada de lluvias en la región.
Para los miembros de las aldeas circundantes, lo que parece ser la muerte inminente de Tsitakakantsa es un evento triste, ya que estos árboles son lugares de ceremonias religiosas y representan el sustento para miles de personas que recolectan sus frutos. También dependen de los ingresos que genera el turismo en sus alrededores, ya que muchos viajeros visitan la zona exclusivamente para verlos.
Para quien no lo sepa, los baobabs son una especie de árboles muy peculiares. Son nativos de África, Australia y Madagascar. Estos árboles se caracterizan por ser longevos. Algunos ejemplares tienen edades estimadas en dos mil años. Sus troncos son esponjosos lo cual les permite almacenar agua para sobrevivir en la aridez de las zonas donde se encuentran. En temporadas de sequía, los pobladores de la zona pueden hacer cortes en su extenso tronco (que mide varios metros), y beber su agua.
Los baobabs también son el hogar de aves, mamíferos, insectos y murciélagos. Sus frutos son ricos en vitamina C, calcio y antioxidantes. Sus semillas proporcionan aceite. Sus hojas son comestibles y aportan proteínas. Su corteza sirve para fabricar cuerdas, papel y tejidos. También tiene propiedades medicinales ya que actúa como sudorífico, febrífugo y astringente, ayudando en el tratamiento de la fiebre y la disentería. Es, además, un sustituto para la quinina. Su capacidad de regeneración permite que su tronco pueda resistir cortes para obtener los beneficios mencionados, sin afectar al árbol. Por estas propiedades y características, se les conoce también como el “árbol de la vida”.
Para los malgaches, los baobabs representan longevidad, fuerza y sabiduría. Juegan un papel importante en la unión de las comunidades, que confluyen a su alrededor para celebrar sus reuniones y ritos ancestrales. Su importancia no es solamente ecológica, sino también cultural, social y económica, por lo que su extinción es motivo de preocupación. Para los pobladores que viven cerca, es como ver morir a un anciano miembro de su familia. Algunas personas conservan la esperanza de que el agonizante baobab sobreviva, debido a su capacidad auto regenerativa. Sin embargo, los habitantes del lugar están comenzando a despedirse de Tsitakakantsa y a buscar a un digno sucesor, es decir, al siguiente ejemplar más antiguo de la región.
Los investigadores que siguen de cerca este caso también han observado que en los últimos 10 años ha muerto una cantidad anormal de baobabs. Se descubrió que ocho de los 13 ejemplares más antiguos y cinco de los seis más grandes de Zimbabue, Namibia, Sudáfrica, Botsuana y Zambia habían muerto o perdido sus ramas más antiguas. Los naturalistas creen que es una consecuencia directa de los efectos del cambio climático, debido al aumento de las temperaturas y la disminución o exceso de lluvias, lo cual desequilibra el ecosistema que habitan.
Lo que me conmovió de esta historia fue la reacción de la gente. La tristeza por la pérdida de un árbol tan antiguo, cuya presencia es importante y el respeto que tienen al proceso natural de su muerte. Sin duda, las múltiples funciones y necesidades que son cubiertas por esta especie son bien valoradas debido a que el entorno en el que habitan es árido. La relación de los malgaches con la naturaleza se basa en la comprensión de sus ciclos y, sobre todo, en el respeto a los mismos. Saben demasiado bien que la muerte de uno de estos árboles implica la pérdida de todo un microsistema que deberá migrar hacia otros lugares o morir junto al baobab.
Mientras escribo esto, escucho el sonido de lo que puede ser un hacha o un machete golpeando algo con constancia. Sé demasiado bien lo que significa ese sonido, sobre todo cuando va alternado con el ruido de motosierras. Desde hace cosa de tres meses, se despaló una zona cercana a donde vivo para construir torres de apartamentos. Escuchaba ese sonido de golpes y motosierras que culminaba con el crujir de un tronco y el estrepitoso sonido de la caída de un árbol. Siempre me ha parecido que ese crujir es la forma en que los árboles gritan, la única manera que tienen de decirnos que les duele ese golpe, que ese líquido que sale de su corteza es su sangre y la vida que ampara a otras criaturas, insectos, aves, mamíferos. Ese crujir, ese doloroso grito vegetal nos dice que cuando un árbol cae, cae también todo un pequeño mundo al que nunca hemos dado importancia ni respeto.
También escribo esto, todavía con el corazón pesado por los árboles destruidos en la zona sur de El Espino, la noche del 27 de mayo pasado. Me pregunto cuántos animales murieron durante dicho operativo, que ocurrió de noche. Muchos de ellos habrán estado descansando y no tenían la visión nocturna necesaria como para moverse con agilidad y escapar a tiempo de los bulldozers y la maquinaria que arrasó con todo el lugar. ¿Cuántos nidos fueron destruidos, cuántos polluelos de ave o huevos perecieron? ¿Cuántos animales fueron aplastados, heridos o mutilados mientras intentaban huir o defenderse, sin comprender lo que estaba pasando con sus hogares? ¿Cuántos árboles cayeron para dejar al descubierto un pedazo de tierra sacrificada que se convertirá en una plasta estéril de concreto y acero?
Me pregunté también cómo podemos ver, sin culpa, a los ojos de nuestros compañeros animales, nuestros perros, gatos, pericos y demás que tenemos en casa. ¿Cómo ver sus ojos llenos de inocencia y confianza sin sentir culpa por la muerte de tantos otros animales y especies vegetales? ¿Cómo ver sus ojos y decirles que un vehículo atropelló a una venada preñada en Santa Elena y que murió allí, en el asfalto, en la jungla de cemento del humano mientras ella buscaba, desesperada y aturdida, cómo encontrar un hábitat de plantas y silencio para salvar a la cría que cargaba?
¿Por qué hay gente que sí siente tristeza por la muerte de un árbol y otros que se burlan y no sienten un ápice de culpa o vergüenza por matar animales, árboles y a otros humanos? ¿Qué, por qué, en qué vuelta del camino nos tornamos en seres tan crueles e insensibles?
(Publicada domingo 14 de junio, sección editorial de La Prensa Gráfica. Foto de Tsitakakantsa, tomada por Cyrille Cornu, uno de los investigadores franceses que estudia el caso de Tsitakakantsa. Tomada del reportaje de The New York Times).
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