Columna de opinión, Cultura
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La importancia del librero

Hace un tiempo, fui a una librería a comprar una novela llamada El amor es una droga dura, de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi. Cuando entré al lugar, me puse a buscarlo por mi cuenta en la sección de literatura de ficción.

Lo busqué según el nombre alfabético de la autora. Al no encontrarlo, busqué por el título, pero tampoco tuve suerte. Estaba segura de que lo tenían porque la misma librería lo había anunciado, así es que tuve que solicitar ayuda de alguno de los vendedores.

Me atendió una muchacha muy amable que, en cuanto le dije el nombre y el título, se fue a la computadora a verificar en la base de datos. “Ah, sí, lo tenemos”, me dijo, e hizo que la siguiera. Caminamos y nos alejamos por completo de la sección literaria. Nos metimos a la sección de auto ayuda. “¡Aquí está!”, me dijo triunfal, sacándolo de un mueblecito donde tenían los libros de “tratamiento de adicciones”. Cuando me lo dio le dije, conteniendo la risa, que ese libro es una novela, no un libro de tratamiento contra adicciones. Ella sonrió, encogió los hombros y dijo algo así como “pues ahí fue donde lo pusieron”, atribuyéndole a quien clasifica los libros la responsabilidad de aquella colocación.

Recordé esta anécdota cuando, como resultado de un ejercicio en mis talleres literarios, un participante me contó que preguntó en alguna librería por el libro de ensayos La tradición oculta de la autora alemana Hannah Arendt. El libro, publicado por la editorial Paidós de España en el 2000, es una recopilación de siete ensayos, escritos por Arendt entre las décadas de 1930 y 1940, donde trata temas sobre el judaísmo en el siglo XX.

La persona que le atendió dijo, algo mosqueada, que en dicha librería no se vendían libros de magia negra. Luego de explicarle de lo que se trataba el texto de Arendt, la mujer decidió buscar en la base de datos. En efecto, el título estaba ahí, pero había que buscarlo en la sección de “espiritualidad”.

Para quienes somos asiduos de las librerías, estas anécdotas no son extrañas. Son situaciones entre graciosas y tristes, porque dejan constancia de que, en este país, el libro es considerado como un mero artículo comercial más. De hecho, la gran mayoría de librerías tiene secciones donde se venden otro tipo de objetos, algunos relacionados con la lectura, como lamparitas, cuadernos y marcapáginas, pero también se pueden encontrar artículos de cocina, adornos y objetos varios. La lógica es que esos objetos adicionales permiten a las librerías salir a flote, ya que la venta de libros no es un buen negocio en este país. Es algo que constatan también las editoriales nacionales cuando acuden a ferias del libro donde, a pesar de que el evento gira en torno a la literatura, la cantidad de ejemplares que se venden es mínima.

Las personas que trabajan en las librerías no tienen la obligación de conocer todos los libros que tiene el negocio. Son dependientes que lo mismo venden un rompecabezas de mil piezas como la última novedad de Alfaguara o Planeta. Están ahí nada más que para facilitar el proceso de compra. Como quedó implícito en la primera anécdota, no son estos dependientes quienes se encargan ni de seleccionar ni de clasificar el contenido de las librerías. Ahí es donde hace falta la figura del librero, una persona cuyo rol es desestimado dentro del engranaje cultural.

El librero no es nada más un dueño de librería o un vendedor de libros. Puede decirse que el librero es un curador, alguien que selecciona con cuidado la más amplia gama de lecturas para complacer a su público (o clientes, como preferirán llamarlos algunos), alguien que podrá hacer una selección balanceada entre las lecturas populares y las más especializadas, las de valor literario o contenidos de otras disciplinas, que contribuyen a formar pensamiento crítico y analítico en la sociedad.

El librero cumple una función importante en la cadena que vincula al escritor con los lectores, ya que es quien decide la movilidad y la presencia de los libros en su local. Si el librero es alguien que sabe de literatura, que tiene un criterio que va más allá de lo comercial y que tiene una sólida base cultural, se verá reflejado en su plantel.

Pienso en un par de ejemplos de Guatemala y Costa Rica, para no ir más lejos. En sus inicios, la librería Sophos de Guatemala fue construyendo su espectacular inventario de una manera peculiar. Cuando algún escritor o académico llegaba preguntando por algún libro, lo mandaban a traer y compraban 5 ejemplares adicionales para tenerlo en existencia, para que otras personas también pudieran conocer dicho título. En Quetzaltenango, un par de amigos montaron una pequeña librería y cada tanto tiempo van a México a traer libros que seleccionan con meticulosidad. Igual ocurre con un par de librerías en San José, relativamente nuevas, donde se puede ir a buscar libros y hablar sobre ellos con quienes atienden el local, convirtiendo el acto de la compra venta de un libro en un verdadero intercambio de conocimiento.

Para llegar a ese nivel, el librero debe interactuar con quienes buscamos libros, para tomar el pulso de los diversos gustos que puede llegar a tener la gente. También debe estar al tanto de las novedades editoriales globales, los premios literarios de prestigio (y no solamente los premios comerciales), así como la calidad de las ediciones, las traducciones y ediciones en idioma original.

Un librero es un facilitador de cultura; un puente entre editoriales, distribuidores, librerías y lectores; una figura cuyo oficio enriquece el entorno de quien tiene la fortuna de acercársele.

En ese sentido, el librero es el complemento necesario para que una librería sea un lugar al cual deseemos volver, no sólo por la variedad de títulos que contiene, sino también porque convierte nuestra visita en una experiencia cálida y humana para quienes amamos los libros.

(Publicada el domingo 5 de junio, 2022, sección editorial de La Prensa Gráfica. Foto de  maryignatiadi en Pixabay).

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