Columna de opinión
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Hablemos en salvadoreño

Me he dado cuenta, con profunda tristeza, de que hay mucha gente que está optando por dejar de usar la palabra chivo, debido a que ahora se asocia con el nombre de la aplicación de gobierno para el manejo del bitcoin.

Chivo es una de esas palabras características de nuestra salvadoreñidad, exclusivas de nuestro país. Es una expresión que tiene la flexibilidad para expresar diferentes intensidades de lo que se necesita decir. Chivo puede ser “Ok, está bien, bueno, me gusta, estoy de acuerdo, démosle”. Chivísimo puede subrayar la intensidad de nuestro gusto o alegría. ¡Qué chivo! es una expresión de admiración y contento, de emoción cuando nos alegramos mucho por algo o alguien.

Como los resultados que ha dado la Chivo app no han sido los óptimos, la gente comienza a hacer una asociación mental negativa y prefiere dejar de usar la expresión. En lenguaje popular, chivo deriva en chivear, que significa apostar. Mucha gente interpreta, con sarcasmo, que ése es el motivo por el que la aplicación del gobierno se llama así. “Nos arruinaron la palabra”, ha dicho más de alguno. Lo que causa tristeza es que de unos años para acá nos hemos ido dejando robar salvadoreñismos sin siquiera patalear.

Dejamos que la mara, nuestro grupo de amigos, el grupo de nuestra gente, se convirtiera en la manera de nombrar a las pandillas, adquiriendo una connotación negativa. Aunque todavía hay mucha gente que la usa en su significado original, estoy segura que al pronunciarla siempre aparece la sombra de su significado más oscuro y nos cercioramos de dejar claro que se trata de nuestros cheros o amigos y no de una pandilla. Majada, que sería un buen sustituto, ha prácticamente desaparecido.

Para ni siquiera pronunciar muchachos (término que ahora se usa para identificar a pandilleros), hay quienes han optado por decir chicos o chicas, una expresión que no era de mucho uso antes y que suena forzada y extraña.

Nuestro hablar salvadoreño también se ha ido contaminando en años recientes con cientos de palabras en inglés, como si no existiera su equivalente en español o incluso, algún localismo para expresarlo. Delivery, pet friendly, cringe, giveaway, sale, discount, gym, black week, chill, cool, son algunas de dichas expresiones. A ellas se suman los insultos (las famosas palabras que empiezan con f o b) y el bro (diminutivo de brother) que parece que llegó para quedarse. Es frecuente encontrar textos completos en las redes sociales de negocios locales, platillos en los menús y nombres de negocios, todos en inglés, como si dicho idioma fuera profusamente hablado por la ciudadanía.

Además, se han ido haciendo populares en el hablar local varios mexicanismos, en particular los insultos, resultado de la influencia de la música, las telenovelas, series y videos de YouTube producidos por gente de aquel país.

Otra variante reciente en la forma que hablamos es la notoria sustitución del vos o el usted por el “tú”, hecho que parece haberse intensificado desde la aparición de la pandemia. Cuando comenzaron las cuarentenas a nivel mundial, la consigna en español fue “quédate en casa”, con tilde en la e. Es decir, tuteando. A partir de entonces, la comunicación pertinente a la pandemia está hecha desde el tuteo. El Salvador adoptó esas mismas consignas sin adaptarlas al voseo, que hubiera sido lo pertinente.

Cuando lo pregunto, la gente explica que usa el tú porque piensan que el usted es “frío y distante”. El tuteo supone un acercamiento, un gesto dizque educado, aunque no de tanta confianza como el voseo. Sin embargo, amigos que antes me voseaban, ahora les ha dado por tutearme. También me tutean perfectos extraños, como si fuéramos amigos de toda la vida.

¿Qué está pasando con nuestra manera de hablar? Si bien es cierto que la lengua es un ser vivo, que va cambiando cada tanto tiempo de acuerdo a las circunstancias que nos toca vivir, deberíamos ser más conscientes del tipo de sustituciones o inclusiones que vamos haciendo en la palabra hablada.

Los cambios generacionales o eventos traumáticos y de profunda incidencia en la sociedad, pueden influenciar en dichos cambios. También influyen en el lenguaje las (en apariencia) sutiles introducciones de conceptos que se realizan a través de la propaganda política. Recordemos que Joseph Goebbels, el ministro propagandista del nazismo, era doctor en Filología Germánica. Cada término, cada símbolo, cada bandera elegida y colocada en algún escenario, tenían una intención de penetración ideológica. Nada en el lenguaje del nazismo fue casual, improvisado ni inocente. No en vano, al concluir la Segunda Guerra Mundial, fue necesario implementar un complejo proceso de desprogramación cultural, para sanear a los alemanes de la exposición constante a todo el aparataje de palabras, símbolos y códigos de conducta, que sirvieron de palanca para llegar a las consecuencias que ya todos conocemos.

Renunciar a nuestros salvadoreñismos, implica renunciar a una parte de nuestra identidad. Un pueblo con una identidad nacional frágil es más fácil de ser manipulado a nivel ideológico en cuanto al discurso público, los cambios culturales, la memoria y la comprensión del devenir de nuestras características como colectivo nacional.

¿Qué puede haber más auténtico que nuestra adaptación de la lengua castellana y su mezcla con nuestras lenguas originarias? ¿O los inventos de palabras, surgidos por la necesidad de la comunicación, como la cora, resultado de nuestra dificultad para pronunciar correctamente la palabra quarter, la moneda de 25 centavos de dólar estadounidense? Lástima que el que inventó la cora no recordó que existía la palabra peseta, usada para nombrar a las monedas de 25 centavos de colón.

¿Nos vamos a dejar quitar otra de nuestras palabras así, tan fácil? ¿Vamos a dejar que se nos imponga un significado único sobre una palabra típica de nuestro hablar? ¿Vamos a seguir metamorfoseando nuestra lengua hasta convertirla en una jerga inexpresiva y carente de personalidad propia?

Hay palabras que siempre nos identificarán como salvadoreños porque albergan buena parte de nuestra identidad nacional. Apropiémonos de ellas.

No dejemos que nos quiten más palabras.

(Publicado en la sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 26 de septiembre, 2021. Foto de Manuel Miranda en Pixabay).

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