Réquiem por un cortés blanco

Andabas en el centro comercial, haciendo tus mandados, evadiendo a las personas de la mejor manera posible, circulando por pasillos que estuvieran menos transitados. Salís a un corredor que da a la calle y te vas caminando, rumiando esa tristeza pastosa que te asalta cuando llegás a un lugar con demasiada gente y pensando en eso andás cuando ves al otro lado de la calle. El volcán y los árboles.

Te quedás viendo un rato. Sacás el teléfono porque se te hace que puede salir una buena pic y te acomodás el par de bolsas en el brazo izquierdo y te agarrás bien la cartera porque en este país cualquiera pasa corriendo y te arranca hasta el alma, si cree que robársela sirve para algo. Enfocás el volcán y te arrepentís. “A quién le importa, no la voy a postear, es para mí, es la misma imagen que todo el país ya ha tomado en su celular”. Ya no enfocás, pero seguís viendo el volcán y una mancha amarilla te llama la atención, entre los árboles que están justamente enfrente. Es un cortés blanco. En plena floración. Amarillo vibrante. Amarillo martillo. Amarillo grito. Como si el color amarillo fuera el color de la felicidad y de la grandeza. Exultante, provocativo, magno, digno. Así, con las ramas extendidas y frescas, como diciendo con orgullo: “¡Mírenme, aquí estoy, fuego amarillo en este bosquecillo!”.

Estaba solo, por decirlo así, el único en flor en medio de varios árboles, que a pesar de su follaje, se miraban secos y sedientos por el polvo del verano. Ese verde tostado de la falta de lluvia y de la plenitud del sol. Son las estaciones, ya se recuperarán cuando llueva, pensás. Te das cuenta que la foto es en realidad ese árbol vestido de amarillo y que el volcán puede quedar como un detalle secundario, al fondo. Es a esa majestuosidad en amarillo a la que querés retratar.

Enfocás el árbol al centro, el volcán en la esquina derecha y apretás el botón. Mirás la imagen. Tomás otro par, variando el ángulo. Y ahí la tenés, la foto del elegante cortés blanco de flores amarillas y que emana una vibración de belleza y fuerza. Un recordatorio de que la vida es de ciclos y que después de la muerte quedan siempre la vida y el renacer.

Recordás las flores del árbol de marañón japonés tapizando el suelo de rosado maravilla en la casa de Los Planes, los madrecacaos a la entrada de la finquita de la familia, las magnolias en el jardín del colegio, las pequeñas flores del laurel que estaba en el frente de la casa de infancia y que se colaban por debajo de la puerta principal, desperdigándose en el suelo de la sala. Recordás las jacarandas en México, las magnolias en Bonn, los malinches y sacuanjoches en Nicaragua.

Un año después andás de nuevo en el centro comercial. Entonces recordás la foto del árbol. El cel te avisó en la mañana que un año atrás tomaste aquella foto. El celular te obliga a recordar cosas y como los algoritmos no tienen corazón, te lanza recuerdos indiscriminados. Siempre dudás de las buenas intenciones de los algoritmos.

Desde el recordatorio de la foto del cortés blanco, tomaste la decisión de volver a tomar otra, la de “un año después”, en el mismo punto, el mismo lugar, el mismo ángulo. Alguna variante habrá. La luz, el nivel de floración, las nubes, el color del volcán.

Llegás al corredor, caminás y buscás al árbol. Pensás que quizás no ha florecido todavía. Pero te extraña. Ya los maquilishuats están floreando. Ya los árboles anuncian sus flores. Entonces te das cuenta de algo. Estás en el lugar correcto. Quienes no están son todos los árboles de la foto. Ninguno. Estaban donde ahora hay un pedazo de tierra aplanado. Donde hay tractores y camiones y materiales de construcción. Donde estuvo el cortés blanco habrá ahora un edificio de lujo.

Buscás bien. No creés. Comparás. Pero es cierto. El cortés blanco ya no está. Te quedás ahí, parada, viendo el movimiento de la construcción. Quienes vengan a comer acá no verán árboles: verán ese edificio. Quienes vivan en los edificios verán a esos comensales estupefactos, envidiando a los que viven al frente.

Nadie recordará que allí hubo árboles. Que en esos árboles vivían aves e insectos. Que todos fueron sacrificados, destruidos. Que nuestra felicidad consumista está fundada sobre la muerte de otras especies vivas. Y que nos importa un ápice. Lo seguiremos haciendo, destruiremos todo porque nuestra comodidad individual no puede ser sacrificada por un árbol o un animal. Nos iremos al carajo. Pobres hijos, pobres nietos, porque de ellos será el planeta del infierno climático.

Nada se puede hacer. Caminar. Salir de allí. Lamentar de antemano la segura muerte de los árboles que están junto a la construcción. Y los que están detrás. Y todos los demás. Todo será cemento. Todo será ciudad.

Ya puesta en casa no podés dejar de pensar en el asunto. Imaginás el primer golpe del hacha o del machete. Imaginás el estremecimiento de los árboles y de los animales. Algunos habrán logrado huir. Otros quizás no. Imaginás el caer de los árboles, el crujir del tronco, el golpe de la caída, el olor del serrín, el fluir de la savia, el olor de la muerte vegetal. Imaginás cómo hicieron pedazos los troncos y cómo se los llevaron y cómo fueron aplanando el terreno y como todo fue borrado.

Observás de nuevo la foto del cortés blanco. Querés creer que otras personas también lo conocían y respiraban su amarillo majestuoso. Querés creer que hay más fotos de aquellos árboles que ya no son más. Su recuerdo queda en fotos, como el grito mudo de una belleza destruida por el peor depredador de todos.

Un cortés blanco al que nunca más volveremos a ver florecer.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 9 de febrero 2020. Foto de portada: el cortés blanco referido en este artículo. Tomada por la autora).

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