Tribulaciones compartidas

La reciente publicación del libro Lo que fue presente (Diarios 1985-2006), del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, me dejó pensando en lo que me parece es un tipo de género literario que iremos viendo cada vez con menor frecuencia: los diarios personales.

He sido lectora de diarios de escritores desde hace años, porque busco en ellos la tribulación compartida de un oficio ingrato y poco estimado. Conocer algo de la vida o la manera de pensar y reaccionar del escritor en su entorno cotidiano, puede dar elementos para comprender o valorar aún más su obra.

Muchos escritores han ocupado sus diarios como semillero de ideas para sus textos, como ocurrió con los Carnets de Albert Camus o El oficio de vivir de Cesare Pavese. Los múltiples volúmenes de diarios de Anaïs Nin, permiten conocer facetas de otros artistas o escritores con los que Nin pudo relacionarse, así como las reflexiones sobre el arte y la literatura de una mujer que siempre estuvo a la vanguardia de su tiempo. Los cuadernos de Lanzarote de José Saramago, son oportunos para conocer con mayor profundidad el pensamiento del escritor, pero también para conocer la agobiante rutina de compromisos públicos a la que se mira enfrentado un autor reconocido y el cansancio que eso puede llegar a generar.

No es extraño encontrar diarios que parecen ignorar o minimizar eventos históricos y que se concentran sobre todo en los eventos privados, esos que marcan a todo ser humano y que pueden ser algo así como terremotos emocionales, que sacuden la personalidad de quien escribe, marcándole para bien o para mal. Pero como lectora de diarios de escritores, siempre encuentro que estos tienen el punto común de largas y profundas reflexiones sobre el oficio, que es lo que más me atrae de ellos.

Las dudas sobre el talento propio; las ideas que en un momento se convierten casi en obsesión y que luego, por el impedimento de desarrollarlas, pierden su importancia; la lectura de otros escritores donde se encuentran palabras o ideas mejor expresadas que las propias; la escritura como una especie de columna vertebral, de estructura que sostiene la vida y la psique del escritor, son todos elementos que siempre están ahí y que pueden servir de bálsamo y aliento para quienes nos desmotivamos con nuestro oficio en más de alguna etapa de la vida.

Ciertos escritores llevaron disciplinadamente la escritura de sus diarios con la clara intención de que, algún día serían publicados. Es el caso de los Diarios de John Cheever, quien dejó instrucciones a su familia de publicar sus diarios, como lo aclaró su hijo Benjamin, en la introducción de los mismos. La intención de publicar sus diarios no le impidió a Cheever escribir honestas confesiones sobre su bisexualidad y la lucha con su alcoholismo.

Por su parte, Ricardo Piglia, a pesar de estar enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, pasó los últimos tres años de su vida trabajando con la ayuda de su asistente, Luisa Fernández, para seleccionar el material de sus diarios, que comenzó a escribir desde que tenía 16 años. Así pudo conformar los tres volúmenes de Los diarios de Emilio Renzi. Casi puede decirse que sus diarios son el retrato de la formación de un escritor y de su visión sobre la literatura, que se fue desarrollando a lo largo de toda su existencia.

Para otros autores, el diario es un acompañante de vida que queda interrumpido por la muerte. Los diarios de las suicidas Silvia Plath y Alejandra Pizarnik, por ejemplo, fueron descubiertos por sus familias y editados en el peor sentido posible, es decir, censurándolos y cortándolos para dizque proteger la memoria de las fallecidas, por temas que podrían causar vergüenzas familiares. Sólo el correr de los años y la magnitud que ambas escritoras alcanzaron en el concierto de la literatura universal, permitieron revisiones y nuevas ediciones íntegras del material original.

Parecerá un sinsentido que alguien que escribe textos de diferentes géneros, desde novelas hasta artículos, tenga todavía tiempo o deseos de escribir algo que no necesariamente resultará en su publicación inmediata o que, incluso, nunca será publicado. Pero la redacción de un diario, aparte de ser un desahogo o un recuento periódico de eventos y reflexiones, es un gran ejercicio de escritura, que obliga a mantener “la mano caliente”. Cuando se escribe con honestidad, el diario obliga a encontrar la definición adecuada de sentimientos y sensaciones; a nombrar lo indecible ante los demás; de ejecutar descripciones de situaciones, objetos y personas o, simplemente, de mejorar las habilidades de redacción, lograr fluidez e ir al grano de lo que se quiere decir, sin rodeos o evasiones. Ejercitar dicho tipo de redacción contribuye, sin duda alguna, a la escritura de los diversos tipos de géneros literarios y a hacerlo con mayor precisión y claridad.

Es posible que, con el tiempo, los diarios de escritores se conviertan en una curiosidad que llame la atención, sobre todo para escritores incipientes, para admiradores de la obra de sus autores y para lectores que buscan algo más allá de sus lecturas acostumbradas.

La masiva utilización de las redes sociales como destinatario de desahogos y frivolidades por parte de todo tipo de personas, da la sensación de que la intimidad y la privacidad, necesarios para la escritura de un diario, son asuntos sobrevalorados e inexistentes. El ruido de las redes explota el morbo, el egocentrismo y el facilismo, dando incluso la impresión distorsionada de que lo que se redacta “es bueno” porque acumula miles de “likes”, haciéndole pensar a algunos que ello los convierte en poetas o escritores, pese a no contar con un oficio regular como tal, publicaciones en papel o lo más necesario para serlo: calidad literaria y algo que decir.

Los diarios de escritores son, en ese sentido, un recordatorio vital de que la escritura no es una pose pública sino una forma de vida que, una vez asumida, encarnaremos hasta la muerte. La simbiosis entre la intimidad y el oficio, reflejada en tantos diarios literarios, así lo demuestra.

(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 1 de diciembre, 2019. Foto propia).

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