La discriminación silenciosa

El otro día pregunté por un conocido. Me dijeron que Pedro (nombre ficticio) fue despedido de su trabajo. La empresa había decidido hacer una reestructuración interna. Casualmente todos los despedidos (más de diez personas) eran los de mayor edad.

Hace meses, otra conocida, Sonia (también nombre ficticio) se entusiasmó con la idea de estudiar un doctorado en una universidad nacional. Todo iba bien hasta que comenzaron a asignarse tareas en grupo. Nadie quería aceptarla en ninguno. ¿El motivo? Su edad. Sonia ronda los cincuenta años y los demás compañeros eran menores. Ella propuso al profesor hacer las tareas por su cuenta, pero éste dijo que no se podía, porque las tareas estaban diseñadas para hacerse en equipo. Escribió una carta a instancias superiores para buscar una solución. La respuesta fue de solidaridad protocolaria, pero no sirvió para hacer una excepción y lograr que la estudiante pudiera cumplir sus tareas de forma individual. Resultado: Sonia se deprimió y se retiró de la universidad.

Estos son apenas dos casos de muchos en los que entra en juego la discriminación por edad conocida como discriminación etaria. No hay una frontera específica de cuándo esto comienza a ocurrir, pero a partir de los 40 años es común comenzar a sufrir una serie de actos discriminatorios (grandes y pequeños) de los que poco o nada se habla. Esto lo convierte en una forma de exclusión difícil de reconocer y de erradicar.

Cuando este tipo de discriminación comienza, la sociedad te invisibiliza y te condena a una muerte social previa a tu muerte física. Ya no se es sujeto de crédito bancario. Ya no se es considerado una opción para formar una pareja estable. Una persona despedida a los 50 años tiene muy pocas posibilidades de encontrar empleo y si lo logra, deberá resignarse a recibir un sueldo infame. Se trata a los mayores de manera condescendiente, no se les escucha ni se da importancia a sus palabras o peticiones.

A esto sumemos el exacerbado culto a la juventud que se vive hoy en día y alrededor del cual giran conceptos como el de la belleza física, la energía vital y la capacidad para emprender ciertas actividades o labores. Para las mujeres, el sexismo agrava las cosas. Una mujer que tenga una pareja de menor edad es calificada de cougar, roba cunas, vieja calenturienta, etc. Pero un hombre que aparece con una pareja menor es aplaudido por sus pares. Recibirá palmaditas en el hombro y guiños de ojo. Un hombre que alardea una pareja joven es un triunfador envidiable; una mujer que lo hace es criticada y mal vista.

La discriminación etaria se manifiesta de maneras sutiles y cotidianas. Parte de ello nace de los prejuicios y estereotipos que hay sobre las personas adultas. Pero parte del rechazo nace también de esa relación enfermiza, de ese estado de negación que tenemos con nuestra mortalidad. No nos gusta pensar en la muerte aunque sabemos que tarde o temprano, también moriremos. La vejez no hace más que recordar que el proceso de nuestra finitud está en marcha permanente.

La saturación informativa y comercial retrata a las personas mayores en roles cliché: enfermos, incontinentes o tomando jarabes geriátricos para “recuperar la vitalidad perdida”. Los guionistas de cine y televisión repiten el estereotipo del viejito cascarrabias, sordo, cegatón o pasmado; los abuelitos bondadosos como parte del decorado familiar; los que tienen alguna enfermedad y están en el asilo o el hospital sin noción de nada. Esa perspectiva poco estimulante añade al agravio. Nadie quiere llegar a viejo. Todos queremos morir pronto para evitar vernos en esas situaciones degradantes a las que la sociedad nos reduce.

Tampoco se puede obviar la violencia, tanto física como sexual y psicológica, que sufren muchas personas mayores en su círculo familiar y social. Muchos son despojados de sus haberes por sus propios familiares, embaucados, burlados e ignorados, tratados como seres no pensantes, estorbosos e incapaces de tomar decisiones lúcidas.

Cada edad del ser humano marca etapas importantes en su formación. Cuando se está en la veintena de años, la muerte y el tiempo son conceptos relativos e irreales. Pero cuando se llega a los cincuenta, la conciencia de la muerte toma un lugar importante en las reflexiones cotidianas. La noción del tiempo cambia de velocidad y se acelera.

Si nos tomáramos la molestia de conversar con alguien mayor comprenderíamos que nada ha muerto por dentro. Que no importa la edad, se sigue sintiendo pasión, amor, deseo sexual, tristeza, angustia, anhelo y que se siguen teniendo ganas de hacer muchas cosas. La capacidad de sentir del ser humano no muere con el tiempo: muere hasta que muere su cuerpo.

Desde el punto de vista laboral, prescindir de los servicios de personas que pasan de cierta edad significa cerrarse a la experiencia acumulada que, interactuando con la frescura de las nuevas generaciones, podría producir resultados interesantes en muchos ámbitos de trabajo. Pero mientras la sociedad siga concibiendo que el principal valor de sus miembros es su capacidad para producir ingresos económicos, estaremos ignorando y callando a un sector de la población que está sub representado en la discusión pública de los problemas de país.

Muchos pueblos indígenas y sociedades orientales tienen una relación constructiva hacia los mayores. Debido a su experiencia de vida, se les considera depositarios de memoria y sabiduría; se les incorpora en la toma de decisiones; son respetados como figuras importantes en sus comunidades y están integrados a la vida del colectivo. Pero en el mundo occidental, la persona mayor es apartada temprano de la vida, reducida al silencio, la invisibilidad, la inactividad y el rechazo.

El ser humano contiene en sí mismo todas las edades y eso debería hacerlo más sensitivo hacia todos sus congéneres. Escuchar lo que cada edad tiene que decirnos podría ser una manera de tender puentes para dejar de competir y agredirnos entre generaciones. Una manera de intercambiar sabiduría en esto que llamamos vida y a donde todos andamos dando palos de ciego.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 22 de octubre 2017). 

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