Sit tibi terra levis

Acabo de regresar de un entierro. La madre de un querido amigo falleció el día de la Virgen de la Candelaria, el 2 de febrero. Tocó avisar a otros amigos, llegar a la vela, ir al entierro.

Cada vez que muere alguien me es inevitable recordar todos los muertos, velorios y entierros de mi vida, no importando el nivel de parentesco o de afinidad emocional, ni siquiera importando si conocí a la persona o no, como cuando los deudos son familiares de amigos cercanos. Revivo en mi memoria cada muerte en una sucesión desordenada de escenas rápidas, enfocadas en algún detalle, como en un collage cinematográfico.

Una mujer atropellada a pocos metros de la casa familiar en Los Planes de Renderos, golpeada por el carro de un borracho una mañana de sábado, mientras desayunábamos. Salimos a ver lo que había pasado segundos después que se escuchó un golpe fuerte. Un carro se había estrellado de frente contra un árbol, llevándose de encuentro a la mujer que iba caminando sola rumbo a su trabajo. Cuando nosotros llegamos, la mujer ya había fallecido. Aquel evento me impresionó tanto que todavía lo recuerdo con nitidez. Yo tenía 7 u 8 años. Me dejó marcada con la certeza de que la muerte puede ocurrir en cualquier momento, en un par de segundos, sin aviso alguno. Así de frágil es la vida. Así de fácil es morir.

El cadáver de un hombre cubierto con una sábana blanca, atropellado frente a un motel en la carretera a Los Planes. A la altura de sus hombros y de sus pies, manos piadosas habían colocado cuatro candelas encendidas que, estoicas ante a la intemperie, ondulaban su pálido fuego para celebrar la danza de La Muerte. Había un grupo de curiosos viendo al atropellado y el tráfico se movía lento. También ocurrió cuando era niña. Miré todo desde la ventanilla del carro de mi madre.

Un taxista llamado José Luis quien, en cada viaje que hacíamos, me contaba sobre su vida. Había sido marino mercante y también paracaidista “de la primera promoción”, como me dijo orgulloso una tarde al dejarme frente a mi casa, después de horas de acompañarme a hacer mandados. Nunca pudo cumplir la promesa de contarme esa historia con detalle ni de seguir hablando sobre Ouragán, el pastor alemán albino que fuera el primer perro paracaidista del país y cuya existencia yo recordaba por las fotos en los periódicos, de cuando era niña. Nunca me lo pudo contar porque fue la última vez que lo vi. Murió de un infarto. Cuando me asomé a verlo en la funeraria, su cara tenía una sonrisa.

El cuerpo de un hombre al que quise mucho y que murió en un impresionante accidente de tránsito. Ver su cabeza cubierta con vendas blancas, porque su cráneo estaba partido en dos. Al verlo así, antes de que sellaran el ataúd, mientras el doctor que lo había vendado lo acomodaba con cuidado, recordé el cuadro Los amantes de René Magritte. Y pensé: “Alejandro ya no está ahí”.

Decir adiós a alguien a quien se amó. Llorar abrazada a un cadáver. Organizar la casa para un velorio. Limpiar la casa después del velorio. Llorar viendo fotografías del difunto. Beber por un amigo muerto sin entrar a la iglesia (porque sabíamos que a Pablo le hubiera gustado más que estuviéramos en la acera de enfrente, riendo, tomando y oyendo música en el carro, que fingiendo beatería en una misa). El ruido cuando cae la primera palada de tierra sobre la caja. Los llantos. Las sonrisas tristes. El murmullo de las rezadoras. El olor de las flores. La redención automática que concede la muerte hasta al más torcido de los seres. La arqueología emocional durante el proceso de guardar los objetos del difunto. El silencio cuando todos se han ido. El peso que esa muerte agrega en nuestra cuota individual de soledad.

El entierro de la madre de mi amigo fue en el Cementerio de Los Ilustres. Después del rito, fui a ver a los míos, al nicho donde está enterrada mi familia paterna. Recordé las fotos del entierro de mi tío Ricardo. Recordé el cuerpo de mi padre en su ataúd. Se miraba tan pequeño, tan extraño, tan no él.

Desde niña he estado en contacto constante con la muerte. La gente se ha muerto en mi vida con demasiada frecuencia, desde que tengo memoria. Eso y mi padre, fueron los que sembraron esta conciencia cotidiana de la muerte. Porque mi padre me aterrorizaba con la misma amenaza, todos los días: “ya me voy a morir, ya me voy a morir”. Le escuchaba decir aquello y me producía profunda angustia imaginar la vida sin mi padre. Nunca me permitió olvidar que él era mortal. Era un hombre mayor, y supongo que por eso decía aquello, aunque sin justificación alguna porque su salud siempre fue la de un roble.

Escuché esa letanía del “ya me voy a morir” durante casi cuarenta años. Hasta llegué a sospechar que mi padre sería inmortal, que no moriría jamás. Pero murió a los 96. Por cierto, el día de cierre para entregar esta columna a mi editora, será el 15 aniversario de su viaje.

En la antigua Roma se tuvo por costumbre cremar a los difuntos. Era un rito que purificaba al espíritu por las faltas originadas durante su vida terrena. Cuando se extendió la costumbre del enterramiento, los romanos comenzaron a marcar los epitafios de los deudos con la frase sit tibi terra levis, “que la tierra te sea leve”. La idea era desear que el peso de la tierra sobre el cuerpo del difunto no fuera tan pesado como para impedir que el espíritu se alzara desde la tumba, para emprender el vuelo a la otra vida.

Así es que para los espíritus de mis muertos, y también para los espíritus de los muertos que a diario desangran este país, ese deseo: que la tierra les sea leve.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 14 de febrero 2016. Foto tomada por la autora en el Cementerio de Los Ilustres, San Salvador).