Plutón

Después del conteo regresivo, la nave espacial despega. El tripulante llega al espacio. Entonces debe atreverse a salir. Mientras flota de una manera muy peculiar, el Mayor Tom dirá que las estrellas se miran diferentes desde allá. El planeta Tierra es azul, dice, y no hay nada que él pueda hacer. A pesar de estar a miles de millas de la tierra, se siente tranquilo y está convencido de que la nave espacial sabe cual es la ruta a seguir. El Mayor Tom no volverá. Piensa en su esposa: “Díganle que la amo mucho. Ella sabe”. Se pierde la comunicación. El control de tierra, desesperado, llama al Mayor Tom con insistencia: “Can you hear me, Major Tom?”. Ya no habrá respuesta.

David Bowie lanzó la canción “Space Oddity” el 11 de julio de 1969. Nueve días después, el 20 de julio, el Apolo 11 aterrizaba en la Luna. Al día siguiente, Neil Armstrong y Buzz Aldrin se convirtieron en los primeros seres humanos en caminar sobre el satélite. Pero si a usted le gustan las teorías conspirativas, hay una que insiste en decir que todo fue un montaje realizado por el gobierno de los Estados Unidos, para ganar ventaja en la carrera espacial, durante la Guerra Fría.

Se supone que las conocidas imágenes enviadas desde la luna, habían sido escenificadas y filmadas bajo la dirección de Stanley Kubrick. El 2 de abril de 1968 se había estrenado en Washington D.C. su película 2001: Odisea del espacio. La elaborada recreación de naves espaciales y escenarios interplanetarios tuvo algo que ver con el origen de la teoría.

Me recuerdo sentada en el comedor de la casa, escuchando la transmisión por radio sobre la llegada del Apolo 11 a la Luna. Tengo idea de que nos dieron libre en el colegio, pero puede que me equivoque. Lo que sí recuerdo es que era un evento de importancia mundial. No estoy siendo sarcástica ni exagerada. Había gran expectativa por lo que pudiera pasar. Al día siguiente, el alunizaje era la portada de todos los periódicos.

Apenas era una niña que intentaba imaginarse el espacio infinito a través de una canción de David Bowie. El destino del Mayor Tom me causaba una angustia indescriptible. Luego conocí la historia de Laika, una perra callejera de Moscú que se convirtió en el primer ser vivo en salir al espacio. Imaginé al Sputnik dando vueltas infinitas alrededor de la tierra. Con la fe inquebrantable en lo imposible que tenemos los niños, Laika estaría viva para siempre orbitando alrededor de la tierra. Para mí, todavía está.

Laika, el Mayor Tom y el Apolo 11 me iniciaron en el angst espacial, una mezcla de angustia y fascinación intensas que me causa todo lo relacionado con la exploración espacial. Luego, cuando estudiamos el sistema solar en el colegio, me parecieron fascinantes las características de cada planeta. Pero me causaba inquietud la idea de que en ninguno más que en el nuestro hubiera vida. La conciencia de la soledad de la especie se sumó al angst original.

Plutón todavía era considerado un planeta. Era el más lejano y se tenía poca información sobre él. Plutón era la distancia más grande que podía imaginarme, lo más misterioso. En mi mente, más allá de Plutón sólo existía el negro eterno de la oscuridad. Lo desconocido. Lo infinito. Siempre tuve miedo a la oscuridad, así es que imaginar algo más allá de Plutón me resultaba inquietante.

Después de nueve años de viaje, el 14 de julio de 2015, la sonda espacial no tripulada New Horizons pasó a “escasos” 12,500 kilómetros de Plutón y a 28,800 kilómetros de Charon, uno de sus cinco satélites. Por fin, el punto más lejano de nuestro sistema solar nos fue revelado. Vimos el corazón de Plutón. Su rareza. Su silencio. Sus secretos. Su soledad. Su belleza.

Se me aguaron los ojos de emoción al ver las primeras fotos de Plutón. Se me volvieron a aguar cuando en el cuarto de controles de la NASA se confirmó que la sonda había logrado pasar las órbitas de Plutón y Charon, y que iba más allá, en dirección al cinturón de Kuiper. Susurré “¡qué belleza!” cuando vi un detalle del corazón de Plutón, una región de altas montañas de hielo.

Internet me permitió seguir este evento. Viví en tiempo real la recepción de los sucesivos informes que confirmaban que la sonda lo había logrado y que ya había pasado Plutón. Recordé la radio, al hombre llegando a la luna y a la niña imaginándoselo todo desde el comedor de su casa, porque no había forma de verlo en directo. Del radio a internet. De la Tierra a Plutón. De la imaginación a la realidad.

De nuevo sentí angst espacial. Pensé en aquella sonda solitaria, programada para captar toda la información posible al pasar cerca de Plutón para luego enviarla hasta acá, a nuestra agotada Tierra, para maravillarnos con la belleza y el misterio del Universo. Pienso en toda la parte técnica de este esfuerzo y en la suerte de que nada se estropeara en el camino.

También pienso en la soledad de un planeta, lejano y sin vida. Desolado. Congelado. Las fotos de Plutón deberían permitirnos ver con ojos más amables a nuestro propio planeta. Y también deberían permitirnos colocar al ser humano en su justa dimensión, la de nuestra insignificancia y pequeñez ante la magnitud del todo.

Pero la noticia parece no haber impresionado demasiado a una humanidad sobresaturada de información, enajenada con la liviandad y la frivolidad, y que lo convierte todo en marca o espectáculo. Nuestro ego y nuestra vanidad son más grandes que todas las galaxias juntas.

Así es que mientras espero el descalabro final, que vendrá de manos de nuestra propia arrogancia y mezquindad, coloco los audífonos sobre mis oídos para perderme a todo volumen en el espacio, con el Mayor Tom. A ver si juntos encontramos a Laika. A ver si juntos encontramos vida en Marte.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 2 de agosto de 2015. Ilustración: la primera foto de Plutón, enviada por New Horizons y difundida por la NASA).