Estatuas de sal

Desde hace varias semanas, en Guatemala y en Honduras, miles de ciudadanos salen a manifestarse en contra de los actos de corrupción que han sido descubiertos en aquellos países. En El Salvador hay por lo menos una docena de motivos graves por los cuales también podríamos salir a protestar, pero no ocurre. Las escasas veces que se ha intentado, no se pasa de un entusiasmo modesto de algunos cuantos para intentar defender una causa u otra.

Los motivos para protestar de los que hablo no se refieren estrictamente a asuntos políticos. Hace algunas semanas, un inhumano violó y mató a una niña de seis años, pero fuera del usual cacareo exaltado que ocurre siempre en los gallineros de las redes sociales, la vida siguió con toda normalidad.

Hemos asumido la violencia como una parte de nuestras vidas. Algo con lo que tenemos que vivir porque no hay remedio. Le tenemos miedo. Por eso preferimos ignorarla las más de las veces. O no la vemos porque vivimos en una burbuja rosadita donde todo funciona de maravilla. Mientras no me afecte a mí, todo va bien.

¿Para qué ensuciarnos las manos involucrándonos con la realidad? ¿Para qué voy a salir a manifestarme en la calle si ya expresé mi rabiosa protesta contra la injusticia del momento en redes sociales o ante mis amigos? Además, no tengo tiempo para protestar, porque el horario de mi esclavitud laboral no me lo permite y no me puedo dar el lujo de perder mi trabajo. A pesar de eso, soy feliz como salvadoreño y la vida es bella. Ajá.

Nadie puede estar contento con el país tal como está. Nos gustaría vivir en otras condiciones, más amables, mucho más dignas. La vida misma es de por sí un gran reto. Pero vivir en nuestro país, con el agravante de los dramáticos problemas que estamos atravesando, hace que la vida sea una prueba casi intolerable.

Siempre obviamos el factor humano y la incidencia que esta situación agobiante tiene sobre nuestra salud mental y emocional. Nuestra sociedad está enferma porque sus individuos estamos enfermos. Vivimos en un estado de desesperación permanente. No es de extrañar que la gente pierda la cordura de súbito y mate a su vecino porque le quitó el parqueo. O que alguien se endeude hasta el cuello para irse sin visa a los Estados Unidos, arriesgando la vida misma. O que se emborrache hasta perder el sentido porque ver de frente la realidad quiere ganas.

La lista de todo lo que quisiéramos ver mejorar en este territorio que decimos amar pero por el cual hacemos muy poco, es casi interminable. Llevamos años escuchando los mismos discursos con variantes que apenas se modifican. Desde hace años escuchamos que “la violencia en El Salvador es un problema estructural”, pero no vemos a nadie cambiando esas estructuras problemáticas. Todos hablan del medio ambiente, del cambio climático, pero cada día vemos menos árboles y a las propias autoridades derribándolos para construir monumentos, carreteras, puentes, pasos a desnivel y túneles. Sin monumentos y carreteras no hay desarrollo, ya sabemos. Para el calor y la sequía, hagamos la danza de la lluvia. Quizás el abuelo Tlaloc se apiada de nosotros y nos manda un par de chubasquitos.

Somos una sociedad que ha sido domesticada para guardar silencio y para ser obediente ante todo tipo de autoridad. Heredamos el miedo y el silencio. Cuando la matanza de 1932, algunas mujeres sobrevivientes contaban que, aparte del horror vivido, ellas tuvieron que aprender a no llorar en público o a llorar quedito, sin ser vistas ni oídas, porque cualquier mujer que fuera encontrada llorando también era ejecutada por los cuerpos represivos. Mujer llorando significaba que era pariente o vecina de alguno de “los comunistas muertos”. Y como la orden era matarlos a todos, también se mató a quienes lloraron, por si acaso.

Silenciar el llanto en 1932 no está demasiado lejos de la consigna del “ver, oír y callar” actual ni de la represión militar de los años 60 y 70 del siglo pasado, donde la discreción era imprescindible para conservar la vida. Los salvadoreños hemos crecido y vivido con muchos silencios sobre nuestra realidad. Muchos secretos se han ido a la tumba con la muerte de nuestros mayores. Muchos callaron sus dolores personales para evitar que sus hijos conocieran sus penas. Una reacción común, también vivida por los sobrevivientes de los campos de concentración alemanes.

Los resultados de los alzamientos rebeldes del pasado provocaron represiones tan violentas que, muerto a muerto, terminaron esculpiendo en la memoria colectiva el temor a hacer algo. Fue así como nos convertimos en las indiferentes estatuas de sal que somos hoy en día.

Para expresar nuestro malestar ante el estado actual de cosas, no es necesario que nos alcemos en armas otra vez. Pero tampoco basta con manifestar nuestro desacuerdo en redes sociales o en nuestro círculo de amigos para lograr que algo cambie. No basta con cumplir un rol en la sociedad y pagar los impuestos a tiempo. No basta con votar y esperar a que el gobierno solucione todo o a que “los demás hagan algo”.

En un país, el verdadero poder lo tenemos los ciudadanos. O por lo menos, se supone que así debe de ser. En El Salvador es difícil confirmarlo, porque no hacemos uso pleno de nuestras opciones y derechos. No lo hacemos por desconocimiento, por pereza, por indiferencia, por miedo, por falta de confianza en el sistema y quien sabe por cuántos pretextos más.

Las cosas duran hasta que la gente se harta, se desespera y comienza a actuar por su cuenta. La violencia actual y el arraigo de las maras en el país es uno de los rostros visibles de ese hartazgo.

Hay muchos más que también estamos hartos. Pero hasta que no aprendamos a sobreponernos de nuestras terquedades ideológicas, será difícil que encontremos el espacio de empatía necesario para vencer a la indiferencia y reclamar, a grito pleno, un mejor país para todos.

(Publicada en Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 19 de julio de 2015. En la foto, marcha convocada por la Coordinadora Revolucionaria de Masas en San Salvador, 22 de enero de 1980. Desconozco autor).

There are 4 comments

  1. Juan Ramos

    Me encantó!! Y estoy de acuerdo con usted en que como Salvadoreños deberíamos de hacer algo por el país que decimos amar! Un saludo!

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  2. Geovani

    Medio tanta risa en la parte que dice: “hagamos la danza de la lluvia. Quizás el abuelo Tlaloc se apiada de nosotros y nos manda un par de chubasquitos.” me encanta como usted escribe!

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