La alquimia del dolor

Hay días en que el mundo duele. En que la vida hiere. Días en que el alma pesa como si dentro del pecho cargáramos una roca. Días en que en ese mismo pecho, hay un agujero negro insondable.

Hay días en que no se soporta cargar ni el peso de una pluma. Días en que la risa ajena nos molesta. Días en que las miradas felices de los demás son bofetadas para nuestra angustia. Días en que cada pregunta que nos hacen es una afrenta; hablar, un esfuerzo insufrible.

¿Cómo osa el mundo continuar girando mientras nosotros nos consumimos por dentro, mientras nuestro universo se desmorona de manera inevitable? El silencio es tan atronador que rebota con fuerza contra las paredes del cráneo. Pareciera que todo va a reventar. El cuerpo duele y comienza a desintegrarse, como un holograma que se apaga despacio. Los recuerdos obran como el péndulo del cuento de Poe: van y vienen cortándonos un poquito más en cada vaivén. Mientras más dulce el recuerdo, más agudo e intolerable el sufrimiento. De nuestro pecho manan flores de sangre y azufre.

Muchas veces me pregunto si llegará el día en que no tenga nada más qué escribir. En que se me acaben las palabras, las historias, la imaginación, mi búsqueda del término exacto, mis experimentos con las estructuras y las formas, mi obsesión por contar historias desde el ángulo menos explorado, mi manía de decir las cosas de manera descarnada, calcular la cantidad de tripa que expondré en cada texto.

Me lo vuelvo a preguntar esta noche, en que intento de manera infructuosa, por enésima vez en la semana, escribir esta columna. “Quiero escribir, pero me sale espuma”, como dijo César Vallejo. No es que hoy no tenga nada que decir. No es que mi mente esté en silencio. Pero lo que pienso y siento no puedo contarlo en este espacio, por ser demasiado personal.

Hay días en que para el escritor es urgente detener el mundo y su ruido, sumergirse dentro de sí y sentarse en silencio a escuchar lo que sus ángeles o demonios tengan que revelar, aunque muchas veces éstos permanecen mudos, aumentando nuestra zozobra. En días así es casi imposible redactar algo decente. O, por lo menos, se convierte en una tarea más difícil de lo normal.

Entonces recordé a Sherwin Nuland, cirujano y profesor de Yale, autor del libro Cómo morimos, reflexiones sobre el último capítulo de la vida. Finalista del Premio Pulitzer y ganador del National Book Award de los Estados Unidos en 1994, su libro habla sobre el proceso de envejecimiento y muerte del ser humano, desde la perspectiva de diversas enfermedades y circunstancias, explicando el proceso biológico que ocurre en cada situación.

En una entrevista, Nuland comentó que el aprendizaje más importante que había hecho durante la escritura de dicha obra, fue comprender cómo estamos interconectados los seres humanos, a pesar de pertenecer a diferentes culturas: “Se logra ser universal (en un texto) cuando se está dispuesto a ser lo más personal posible y cuando se está dispuesto a hablar con toda intimidad acerca de los detalles de su propia vida”.

Escribir es, en muchos sentidos, desnudarse en público. Se escriben imaginaciones, ideas, obsesiones, temores, alegrías, dolores, deseos, sentimientos y emociones múltiples. Ese material humano y subjetivo con el que se escribe y construye un texto, viene de rincones muy privados de la mente y del corazón. Hay escritores que hacen striptease con sus palabras, se quitan la ropa en sus textos, y quedan desnudos. Hay otros que se abren el pecho y lo que te enseñan son los huesos y hasta la tripa palpitante.

Escribir así otorga una fuerza evidente al texto pero también, expone nuestras zonas más vulnerables. Es una de las grandes decisiones que enfrenta el escritor a la hora de redactar, pero sobre todo, de publicar un texto. ¿Cuánto de sí mismo puede, quiere o está dispuesto a revelar en palabras? ¿Hasta dónde puede desnudar el alma? ¿Puede y debe su pudor tener algún límite? ¿Puede disfrazar sus sentimientos sin por ello dejar de ser auténtico, para no quedar tan expuesto ante extraños?

Es uno de los pactos tácitos establecidos entre el escritor y el lector. Un libro, un texto que hable de nuestra desgracia (que pensamos íntima, única y secreta), nos otorga el alivio, el consuelo de creer que alguien nos comprende. Alguien describe de manera tan exacta mi dolor, porque seguramente ha pasado por lo mismo que yo. Ése alguien es el escritor. Ya no estoy solo en mi sufrimiento.

Leemos porque buscamos reconocernos a nosotros mismos en el otro, el escritor. Nos encontramos y conectamos porque todos estamos vinculados por las mismas penas y alegrías. Esto lo reconocemos gracias a que un escritor se atrevió a mostrar su alma tal cual, sin filtro.

Pienso en estos versos de Alberto Guerra Trigueros: “Esta noche/el mundo es grande./El mundo es grande, y yo estoy solo”. Y también pienso en la “Elegía infinita” de Oswaldo Escobar Velado: “Voy a llorar hasta que me haga lágrima./Voy a llorar hasta que me haga piedra”.

A veces, escribir puede ser un alivio o, como diría el escritor mexicano José Revueltas: “Estoy escribiendo y ésa es mi manera de llorar. Odio la literatura. Yo sólo he querido dar de gritos, gritar hasta quedar sordo, porque no quiero oír nada más, nada, ni el viento ni la muerte”. Lo escribió el 27 de agosto de 1939, mientras su madre agonizaba.

El dolor emocional puede dejar un rastro de belleza cuando aquellas flores de sangre y azufre que nos desgarran, se transforman en literatura o en otras manifestaciones del arte.

Pero cuando se sufre, escribir no tiene nada que ver con la estética y es eso que dice Revueltas, una forma de llorar, de gritar. Una forma de retorcerse y de sangrar. Una forma de morir. Y a veces, con suerte, hasta una forma de renacer.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 14 de junio 2015).

There are 2 comments

  1. Felipe Argueta

    He disfrutado mucho su columna porque en algún momento de mi vida experimenté esa alquimia dolorosa que nace desde las entrañas y que nos hace ver el mundo como una perenne pesadilla. Hoy eso ha cambiado, afortunadamente.
    Un abrazo!

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