Nuestra deuda con Monseñor

En aquel tiempo, el corazón del país estaba pesado. Entre 1977 y 1979, las protestas de los sectores populares comenzaron a romper las barreras del miedo y de la censura para denunciar estafas y corrupción estatal, injusticias laborales y salariales, represión política y organizativa, la falta de alternancia en el poder e incontables violaciones a los derechos humanos.

Era como una realidad paralela que ocurría de manera subterránea porque debido a la censura existente, no era de conocimiento general. Cualquier periodista, cualquier persona que denunciara lo que estaba pasando en ese mundo alterno era secuestrado, torturado y asesinado sin clemencia por los cuerpos de seguridad o por los Escuadrones de la Muerte. Cualquier medio de comunicación que hiciera esas denuncias sufría de atentados explosivos en sus instalaciones y era forzado a cerrar.

Pronto comenzó a desbordarse aquella situación. En las calles de San Salvador amanecían decenas de cadáveres boca abajo y en ropa interior, con las manos atrás amarradas por los pulgares y con abundantes signos de tortura. En la Puerta del Diablo eran lanzados los presos políticos para hacerlos pasar por suicidio. En El Playón y en el Acelhuate también aparecían cadáveres. Cadáveres en todas partes. Todos los días.

Las homilías de Monseñor Romero en la misa dominical de Catedral, se convirtieron en un espacio de denuncia. El único que existía, el único que era público. Era una suerte de noticiero espiritual del país, donde se informaba a la nación sobre esa realidad alterna. Nombraba a los desaparecidos, a los sacerdotes y catequistas asesinados; contaba cosas de las que se enteraba en sus visitas a las colonias marginales, a los tugurios y pueblos alejados; hablaba de los testimonios y denuncias que se recopilaban en el Socorro Jurídico del Arzobispado.

Monseñor advirtió sobre el profundo estado de desigualdad social que existía y que debía ser atendido de inmediato para evitar una explosión de violencia. Por ello, comenzó a ser amenazado de muerte.

Monseñor sabía que se las estaba jugando. A pesar de ello, siguió denunciando la represión y el estado profundo de injusticia social del país. Decía en voz alta lo que muchos pensaban y no se atrevían a decir, so pena de morir. Catedral reventaba de gente cada domingo. Las homilías eran interrumpidas por constantes y masivos aplausos. Quien no estaba en Catedral, escuchaba la homilía por radio YSAX, la estación del Arzobispado, que la transmitía en directo. En mi colegio incluso estudiábamos sus homilías para poder comprender la situación nacional.

A partir del golpe de estado del 15 de octubre de 1979, la escalada de violencia se intensificó. Las manifestaciones de las organizaciones populares terminaban en enfrentamientos entre cuerpos de seguridad y comandos guerrilleros, con sus correspondientes muertos y heridos. La guerrilla incrementó las acciones de sabotaje a objetivos económicos, torres eléctricas, cajas telefónicas, fachadas de almacenes en plena ciudad. Los cuerpos de seguridad y los escuadrones de la muerte asesinaban a sus enemigos ideológicos a lo largo y ancho del país.

Monseñor intentaba sosegar los ánimos. Insistía en el diálogo. Advertía a las organizaciones revolucionarias que la vía armada no era la opción. Pedía a los soldados desobedecer las órdenes de sus mandos si les pedían matar a alguien. Advertía sobre la violencia terminando en guerra y en cómo, si eso llegara a ocurrir, jamás nos libraríamos de la violencia. Que ésta permanecería con nosotros siempre, aunque con otro rostro, como en efecto está pasando 35 años después de haberlo advertido.

Las amenazas de muerte se intensificaron. Monseñor sabía que más temprano que tarde, lo matarían. Decía temer a la muerte pero que si Dios tenía en su destino ese sacrificio, así sería. Esto es lo que más me impacta. Es para mí una lección valiosa de ética. La consecuencia de Monseñor con su fe, demostrada en su palabra y en sus actos, a pesar de las amenazas, las críticas de sus superiores eclesiásticos, el aislamiento que sufrió dentro de su propia iglesia.

Sin el conocimiento del contexto en el que ocurrió, es muy difícil comprender lo fuerte, lo contundente que resultó aquella última homilía en Catedral, cuando Monseñor se atrevió a pedir, a rogar, a ordenar el cese de la represión. Fue lo más duro, lo más atrevido, lo más osado que nadie había dicho hasta ese momento sobre lo que pasaba en el país. Fue un acto de profunda valentía. Era retar al poder, de frente. Nadie lo había hecho antes. Escuchar esa homilía me causa escalofríos hasta el día de hoy.

Lo dijo con voz clara y firme. La frase fue celebrada con un interminable aplauso. Los ingenuos pensamos que alguien lo escucharía, que alguien lo tomaría en cuenta, que la sensatez volvería a nuestras cabezas, que lo peor podría evitarse. Que las partes hablarían. Que todo se solucionaría.

Un par de días después, Monseñor era asesinado. No bastando eso, en la ceremonia de su entierro, las fuerzas de seguridad atacaron a la muchedumbre que había acudido a despedir a su pastor. Fue una masacre. Otra más.

El único impedimento, la última barrera para que los bandos se lanzaran a la guerra de manera abierta, había caído.

Ahí comenzó nuestro descalabro.

A pesar de todos los intentos por ensuciar o distorsionar el legado de Monseñor Romero, ha sido el mismo pueblo el que se ha ocupado de mantener vivo su pensamiento desde hace 35 años. Su ejemplo, su vivencia de la fe y la incuestionable dignidad de su sacrificio, lo convierten en una figura que trasciende lo religioso y que debe ser visto por la sociedad como un ejemplo de ética y rectitud, como quizás ningún otro personaje de nuestra historia lo ha sido.

Deberá ser ese mismo pueblo el que ahora se convierta en el custodio de su obra, para que Monseñor Romero no termine siendo un santo manoseado, edulcorado y convertido en un ícono pop, comercializado y sin sustancia.

Es la parte que nos toca hacer. Es nuestra deuda con él.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 31 de mayo 2015).