Triste nuestro país

Permítanme contar algo que me ocurrió hace poco. Regresaba de una reunión de trabajo, poco antes de las ocho de la noche. Mientras abría la puerta de mi casa escuché una voz a mis espaldas. Vi que un hombre hablaba con el amigo que me había llevado. Lo vi decir que no, subir el vidrio del carro e irse aprisa sin esperar a que yo entrara, como suele ser su costumbre.

Ese gesto activó mis alarmas. Por desgracia vivimos en un país donde la paranoia es un recurso necesario de sobrevivencia. Me apuré a abrir la reja y la puerta pero como son varias cerraduras, entrar no es tan rápido. El hombre, que llevaba un huacal bajo el brazo, se acercó. Me dijo que si le podía dar dinero para irse a San Martín. Le dije que no tenía.

Ya había entrado a la casa pero todavía tenía que echar llave a la reja y la puerta. El hombre, que se quedó a la mitad del parqueo de mi casa, insistió. Dijo que lo habían asaltado. Que no quería hacerme daño. Que lo único que quería era unas monedas para pagar el pasaje de bus e irse a su casa.

“Soy un vendedor de requesón. Y me asaltaron. Me robaron la venta del día. Mire la hora que es y yo todavía estoy aquí. No tengo ni una moneda para pagar el pasaje. Le vengo pidiendo a varias personas pero nadie me ha dado nada. Les da miedo. Piensan que los voy a asaltar. Y lo único que quiero es encontrar la manera de irme a mi casa. Soy un hombre trabajador, siempre he trabajado pero me dejaron sin nada. Viera qué difícil es esto de andar pidiendo dinero, uno tiene su dignidad, pero no puedo hacer otra cosa”. Entonces el hombre rompió en llanto.

Soy un vendedor de requesón. Y me asaltaron. Me robaron la venta del día.

Primero pensé que estaba fingiendo. Total, cualquiera puede hacer el mate de llorar. Me quedé parada observándolo, ya con la reja enllavada y pensando en lo que me había dicho. Ver a un hombre llorar me conmociona mucho porque, ustedes saben, “los hombres no deben llorar”. Y para que un hombre llore o se deje ver llorando (con la excepción de los borrachos en las cantinas), es bien difícil. De remate, soy “corazón de pollo”.

Su llanto y su angustia me parecieron auténticos. Por desgracia, más de una vez, me he topado con gente recién asaltada en la calle que me piden algo y que estallan en llanto, producto del momento de tensión y agresión que acaban de pasar. Entonces recordé algo que había leído ese mismo día por la mañana.

El fotoperiodista Francisco Campos publicó en Facebook un par de fotos y la explicación a las mismas. Un hombre que había sido baleado buscó ayuda en un taller de reparación de llantas pero el encargado optó por arrastrarlo hasta la calle, se supone que para evitarse problemas. Momentos después, el baleado murió en manos de los socorristas. “Triste mi país”, concluía Campos.

Los comentarios no se hicieron esperar. La abrumadora mayoría condenaba al encargado de la llantería por no ayudar al baleado. Se hablaba de la falta de solidaridad y de lo deshumanizados que estamos gracias a la violencia. Por supuesto hubo quienes cuestionaron al baleado y aprobaron la situación (“a saber en qué andaba metido”, “una rata menos”). También cuestionaron a Campos por tomar la foto pero no ayudar al baleado, sin saber que el fotoperiodista pasaba por ahí en un vehículo, tomó las fotos y llamó a los Comandos de Salvamento. No faltó el abogado del diablo que hizo la siguiente pregunta: “Seamos sinceros: si un baleado llegara hasta la puerta de su casa a pedir ayuda, ¿ustedes qué harían?”.

“Seamos sinceros: si un baleado llegara hasta la puerta de su casa a pedir ayuda, ¿ustedes qué harían?”.

Esa pregunta me quedó resonando en la cabeza durante casi todo el día. Y en efecto, me pregunté qué haría yo si tuviera a mi puerta a un baleado. ¿Lo dejaría entrar para que quienes lo estuvieran siguiendo no lo terminaran de matar? ¿Le daría los primeros auxilios en la calle? ¿Lo dejaría afuera y nada más llamaría a las autoridades? ¿Qué haría yo?

Es cierto. La situación de inseguridad general y de violencia en la que vivimos, donde la mayoría estamos expuestos a tomar decisiones complicadas como estas, nos hace pensar primero en las consecuencias personales que tendría el ayudar al prójimo. Y nuestra reacción instintiva es cuidar nuestro propio pellejo primero.

Soy sincera y diré que no tengo idea de lo que haría yo en una circunstancia semejante. Pero todos esos comentarios que había leído sobre nuestra falta de solidaridad y nuestra deshumanización me cayeron encima ante el vendedor de requesón que lloraba pidiéndome un par de monedas. Podía ser un mentiroso y un gran actor. Podía ser un asaltante. Pero ¿qué tal si su historia era cierta y realmente necesitaba monedas para irse a su casa?

Decidí ayudarlo a pesar de mi temor. El hecho de estar ya con la verja cerrada no me garantizaba que debajo del trapo que llevaba en el huacal ocultara un cuchillo o, peor aún, una pistola. Decidí jugármela.

El hombre, al ver que yo buscaba las monedas se fue acercando. Seguía llorando y contándome sus cuitas. Demasiadas veces en la vida he estado en profundas angustias económicas yo misma, así es que comprendía muy bien la suya.

Cuando el hombre ya estaba en las graditas de la entrada me dijo: “mire, no le miento”. Hizo un movimiento para levantar los trapos que llevaba en el huacal. Pensé que era para sacar un arma. Pero al levantarlos, vi el fondo del huacal, con algunos rastros de requesón.

Le di un par de dólares. El hombre se deshizo en agradecimientos y bendiciones. La alegría con la que reaccionó se confundía con su voz todavía quebrada por el llanto. Se fue feliz, o por lo menos, aliviado por poder volver a su hogar. “Cuídese”, le dije cuando ya se iba.

Campos tiene razón. Triste nuestro país.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 17 de agosto, 2014).

There are 9 comments

  1. Joe Bolanosv

    Me encanta! Tiene toda la razón, que triste, que difícil nuestro país. Es más seguro afectado por ayudar que él hacer el bien al prójimo. Por eso es quizá ( seguramente ) que las personas se “hacen las suizas”. Me ha gustado mucho su redacción. Bendiciones.

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  2. Reinaldo Larios

    Soy de Santa Ana y no quiero aburrircon mi anecdota, asi que resumida el caso es que un dia me quede atrapado en San Salvador y sin dinero para el pasaje, pase como una hora(quizas más) de indeciso, en eso de si pedia dinero o no, pensando y repesando, y cuando por fin tuve el valor de pedirlo, el pobre chero casi que se va corriendo, no se si sera por la ciudad o si en general somos asi los salvadoreños, pero si es lamentable, no tuve el valor de de volver a pedir asi, afortunadamente encontre a alguien conocido y me dio dinero para el pasaje, no sufri como ese señor, pobrecito

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  3. Giancarlo Gil

    Estimada Jacinta Escudos:
    Yo estuve en la misma situación que usted, todo lo que usted pensó en el momento también se me vino a la mente, pensé en lo indiferentes que nos hemos hecho unos con otros al no ayudar, pero es hasta este momento que me entero que cuando le digo que estuve en la misma situación es porque a mi me salió el mismo tipo, con la misma historia y con el mismo huacal de requezón… Ahora me doy cuenta que tanto usted y yo, caímos en la trampa de un parásito que se aprovecha de la buena voluntad de los demás haciéndose valer de la lástima, al final el que siembra tormentas cosechará tempestades y es una cruz que ni usted ni yo y quién sabe cuantos más no tendremos de cargar… El punto es que si fue verdad o fue mentira, es imposible que en ese momento lo supiera, lo importante es que usted hizo una buena obra porque fue lo que en ese momento sintió que era lo correcto, y a pesar del miedo y de la inseguridad usted se atrevió a hacer lo correcto a pesar que detrás de esas lágrimas había un sinverguenza… Así que la felicito por su acto de generosidad y ahora yo le agradezco a usted por mostrarme que en efecto el tipo es un farsante manipulador, y ahora que usted también lo sabe… Sabrá que hacer la próxima vez que le llegue con el mismo huacal!!!

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    1. Jacinta Escudos

      Estimado Giancarlo:
      no sé si el tipo era o no un estafador. Aunque es demasiada casualidad que a ambos nos haya ocurrido lo mismo. Pero es un riesgo que se corre cada vez que alguien nos pide ayuda. No sabemos si es verdad o es mentira. En el caso de tratarse de un mentiroso, el mayor perdedor, por supuesto, es quien miente. Pero creo que hay que ver más allá. Porque en un país donde la situación de violencia no es tan difícil como la salvadoreña, el que se nos acerque alguien a pedir ayuda no implica miedo ni mucho menos un riesgo de vida, como sí ocurre acá. Que alguien pida una ayuda y dársela o no, se limita a una decisión personal que tomamos de acuerdo a nuestras convicciones individuales.
      El problema es que en El Salvador, ayudar a alguien puede convertirse en un asunto de vida o muerte para quien decide ayudar. Y por eso nadie ayuda a nadie en una situación de violencia. Lo digo no sólo por el caso del baleado y el llantero que menciono en la columna, sino también por una vez que me asaltaron en el centro y me golpearon. Nadie me ayudó. Y cuando entré a un negocio a pedir ayuda, me trataron como que la ladrona o “la mala” del cuento era yo. Eso es lo que me interesa destacar con esa anécdota.
      Gracias por su comentario.

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      1. Joe Bolanosv

        De acuerdo. Me desempeñé como médico en una unidad de Salud, por un tiempo solamente. Que triste es ver el diario vivir de un pueblo desde la silla de un médico, golpeados, vapuleados, quebrados… Lo más triste es ver como enfermeras y médicos terminan de frotarle sal en las heridas “por qué no vino antes?” “Ud por sopenco le paso eso!”, “Mínimo borracho andaba Usté”… Es triste ver que el pueblo de los salvadoreños es el pueblo de sálvese el que pueda y si puede “arrempuje” al de a la par.
        Si uno tiene moral, o conciencia, o como le llamen hoy; hacer lo correcto tiene valor en sí mismo. la recompensa está en hacerlo… No importando si al que ayudamos es un “malacate” Al fin y al cabo usted le ayudo al Sr. Requesón… Sea para un pasaje de bus, para una botellita de Chaparro o para comida, siéntase alegre, siempre su ayuda con mentiras o verdades funcionó.

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