Lecturas para el niño moderno

Recientemente, un lector del excelente blog Moleskine literario preguntaba al escritor peruano Iván Thays (responsable de dicho blog), qué libro recomendaría para una niña de 8 años. “No sé si en esta época de Crepúsculo los niños todavía pueden leer a Julio Verne. Pero lo recomiendo”, contestó.

La pregunta y la respuesta me quedaron dando vueltas en la cabeza. Traté de recordar los libros que yo misma leí a esa edad y me pregunté si las lecturas que yo hice serían atractivas para los niños de hoy.

Una persona que creció en un tiempo donde no había internet, televisión por cable, correo electrónico, teléfonos móviles ni video juegos debe tener otros procesos de formación de pensamiento e imaginación. No quiero decir si mejores o peores. Simplemente procesos diferentes. Y dentro de esos procesos, donde existía mayor tiempo libre dedicado a la relación interpersonal directa, también había otros elementos que estimulaban con mucha fuerza la imaginación, como la radio y los libros.

La radio sigue existiendo pero su influencia no es tan profunda como en el siglo pasado, cuando la emisión de ciertos programas podía capturar la imaginación de toda una comunidad y ponerla en vilo. Pienso en algunas famosas radionovelas como El derecho de nacer, del cubano Félix B. Caignet, que comenzó a emitirse en Cuba en 1948 y que tuvo tal éxito que llegó a ser transmitida en prácticamente todos los países de Latinoamérica.

Tampoco podemos olvidar la reacción que tuvo la transmisión de La guerra de los mundos que hizo Orson Welles en 1938 y que generó genuinas escenas de pánico entre los estadounidenses, quienes consideraron que el contenido de la transmisión era tan real, que pensaron que los alienígenas estaban en verdad invadiendo la tierra.

A esa construcción de la imaginación también contribuían (y siguen contribuyendo) los libros. Comparto la idea de que un niño que crece en una casa donde hay libros se interesará por ellos con mayor facilidad, se familiarizará con ellos como objetos y se acercará a ellos de una manera u otra hasta que los adultos, sean los padres, los familiares o la escuela, lo confronten al ejercicio de la lectura.

Los inicios de las lecturas infantiles en casa suelen ser desordenados y se dan con lo que hay a la mano. En mi casa, mis primeras lecturas fueron una mezcla de novelas de ciencia ficción de octava categoría, novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, condensados de clásicos literarios como Tom Sawyer o David Copperfield y temas históricos como los viajes de Marco Polo o biografías de personajes como Gengis Kahn.

Pero también fui sometida a cierto tipo de lecturas algo más ordenadas y dirigidas que nos recetaban en el colegio, como Mujercitas y Hombrecitos de Louisa May Alcott. Un libro que recuerdo con bastante fastidio, pero que tuve que leer por ese tipo de obligaciones escolares, es Corazón de Edmundo de Amicis, que le gustó a muchas de mis compañeras, pero a mí no. La verdad es que no veo a los niños de hoy leyendo Corazón y mucho menos conmoviéndose con el libro.

Algunos libros envejecen mal y no resisten el paso del tiempo, por lo menos no como para seguir siendo leídos 100 o 200 años después, mucho menos para causar las mismas reacciones en los lectores. Siempre hay que recordar el contexto social y cultural en que las obras fueron escritas y publicadas para poder comprender su impacto inicial.

El escritor italiano Alessandro Baricco está realizando una iniciativa interesante para que los niños contemporáneos puedan acceder a los clásicos de la literatura. El proyecto se llama Save the Story (Salvar la historia), donde renombrados autores son encargados de contar la escena favorita de algún clásico y editar así libros ilustrados que acerquen al público infantil a ese tipo de literatura.

Baricco explica que la idea central de este proyecto es que “en vez de tu padre o tu abuelo, sea otra persona la que te cuente esa historia, aunque cometa errores porque no la recuerde exactamente. Tú buscas en esta historia el amor de tu padre, que te mira con los ojos grandes mientras la narra. La historia pasa a ser parte de ti”.

Entre los escritores que se han sumado a esta iniciativa están Umberto Eco, Dave Eggers, Yiyun Li y Mario Vargas Llosa. Los autores que toman parte en el proyecto coinciden en que es una manera valiosa de poner al alcance de los niños libros que están escritos en un lenguaje muy complejo y que quizás, de otra manera, no se atreverían o no se animarían a leer.

Es un reto intentar recomendar algún libro para un niño. Porque a uno le gustaría recomendar algo que ellos no sólo leyeran, sino que disfrutaran con el mismo gusto y la misma pasión con la que nosotros gozamos los libros de nuestra infancia. Que llegaran a sentir en la lectura ese indescriptible placer que nosotros sentimos al leer y que perseguimos y añoramos reencontrar en cada nuevo libro.

A mí me encantaría que una niña de hoy se enamorara, como me enamoré yo, del Capitán Nemo. Que añorara la libertad durante aquellos horribles días en la cárcel que sufrió Edmundo Dantés. Que quisiera ser mosquetera. Que volara en globo alrededor del mundo. Que intentara sobrevivir en una isla desierta. Que cambiara el curso de las historias cuando no le gustara alguna e imaginara que las balas nunca mataban a ningún tigre. Que se enamorara de un vampiro, sí, pero de un vampiro elegante como Drácula.

Si bien es cierto que fenómenos como el de Harry Potter dejaron la impresión de que muchos niños y jóvenes se acercaron a la lectura, falta por evaluar si aquellos millones de nuevos lectores perseverarán en el ejercicio. Esto dependerá mucho de lo que los adultos le sigan ofreciendo a los niños a través de las editoriales, la oferta escolar y las lecturas en casa.

(Publicado en la revista Séptimo sentido, La Prensa Gráfica, domingo 27 de enero 2013).

There are 5 comments

  1. licry bicard

    En el colegio que estudiaba nos daban a leer libros, uno que me gusto mucho fue Genoveva de Brabante el que tome para mi como parte de mi niñez y aun conservo, fue el libro de mis primeroas años, le recuerdo mucho. Con los años goze mucho escribiendo historias cortas, hhistorias de familia y poemas cortos en los cuales me gane un premiio para el dia de la madre.
    Siento que tener un libro de papel en las manos es algo magico que nos hace soñar y ver al escritor como un ser de otro mucdo, no es lo mismo electronicamente. Amo mi ordenadora pero el libro es algo mas cercano a lo humano.

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  2. Óscar Perdomo León

    Al final de mi sexto grado escolar me gané el primer lugar en el laboratorio de biología y química, y de premio me obsequiaron algo muy bonito: “Corazón”. Lo leí con interés y me gustó mucho. Me enamoré del libro. Pero no lo he vuelto a leer, y ahora, después de leer su interesante artículo, Jacinta, estoy seguro que ya no me causaría el mismo efecto que me causó cuando yo tenía 12 años de edad, ni tampoco quizás lo tendría en un niño de 12 años de esta época tan “tecnologizada” y digital. Aunque sería interesante hacer un experimento sobre esto. Saludos cordiales.

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    1. Jacinta Escudos

      A mí Corazón me pareció un libro demasiado “llorón”. Por supuesto que hago ese comentario ahora, con mis ojos de adulta, pero recuerdo que en aquel tiempo nunca me gustó ese tono de inminente tragedia y benevolencia moralista que tenía el libro. Eran como muy obvias las intenciones del autor… habían otros autores que aunque escribían libros con “lecciones para los niños”, no eran tan obvios en sus intenciones.
      Y en efecto, me queda la duda si ese tipo de lectura le gustaría a los niños de hoy, tan familiarizados con cosas como los videojuegos, donde la muerte y la violencia son moneda común. Una novela tan sentimental como Corazón no creo que les conmueva como a los niños de antes.
      Saludos.

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