Una taza de café

Cuenta la leyenda que un pastor de Abisinia (ahora Etiopía), observó el efecto tonificante que les daba a sus cabras comer unos pequeños frutos rojos de un arbusto. El pastor, supuestamente llamado Kaldi, curioso, probó los frutos y sintió los mismos efectos. Decidió llevar algunos frutos y hojas a un monasterio donde los monjes probaron cocinar aquello con tan malos resultados, que tiraron todo a la hoguera. Sin embargo, a medida que se quemaban los granos, éstos fueron despidiendo un agradable aroma y probaron entonces hacer un brebaje solamente con los granos tostados.

Ése sería a grandes rasgos el origen del café, ese precioso líquido que millones de seres humanos bebemos a toda hora y que ha pasado a formar parte de nuestra rutina cotidiana.

Para muchos es inconcebible comenzar el día sin una buena taza de café. Para otros, el café es el acompañante perfecto e infaltable de cientos de pequeños ritos cotidianos como la lectura del periódico o fumarse un cigarillo. Y para los salvadoreños, beber el café de la tarde es una tradición que, a pesar de las costumbres extranjerizantes que se nos imponen día a día, no ha sido fácil de erradicar.

Los hay para quienes el café no es simplemente una bebida más sino un brebaje que se prepara con implementos profesionales, con cafés de primera crecidos en zonas particulares y tostados a cierto término para obtener el gusto y el resultado ansiado. De un tiempo para acá, además, el gusto por una taza de café de primera calidad se ha generalizado y hay ya diversos lugares que se especializan en servir diversos tipos de bebidas, frías o calientes, de primera calidad, a toda hora. Tan así somos aficionados al café los salvadoreños que es un compatriota, Alejandro Méndez, el mejor barista del mundo, luego de haber ganado el Campeonato Mundial de Barismo en Bogotá en junio de este año (siendo un barista un profesional en la elaboración de una taza de café de cualquier tipo).

Yo misma confieso que no siento que comienzo el día si no me tomo antes una taza de café y si alguien intenta sostener una conversación razonable conmigo antes de eso, seguramente sólo balbuceo incoherencias. El café me aclara la mente, me abre el panorama y me termina de despertar, por decirlo de algún modo.

Acaso por esa cualidad aclaradora de la mente, por lo seductor que es el aroma de un café bien hecho, un café recién tostado o recién molido o por lo acogedor que suelen ser también los locales donde se sirve café, lo cierto es que la literatura y el café también han ido bastante de la mano.

Nada más común que las tertulias de cafetín, cada vez menos frecuentes en nuestro país, pero que en algún tiempo se llevaron a cabo entre poetas y escritores en cafetines como el Bella Nápoles, el café Skandia o el café de Don Pedro. Y cada país del mundo podría mencionar una lista de lugares donde intelectuales y artistas se reunían, o quizás todavía se reúnen, a discutir sus cosas.

Pero también hay famosos bebedores de café. Se dice que Voltaire tomaba entre 50 a 72 tazas de café al día. Edgar Allan Poe tomaba café por galones. Georges Simenon era otro escritor cuya taza de café parecía no tener fondo.

Ernest Hemingway, cuando no se estaba echando los copetines, estaba tomando café. Pero quizás el escritor más famoso de entre los cafeteros fue Honoré de Balzac, quien incluso escribió un ensayo llamado Los placeres y dolores del café. En dicho ensayo da instrucciones de cómo superar la tolerancia a la cafeína: consumiendo broza de café con el estómago vacío (por favor, ¡no intenten esto en casa!). Según Balzac, una vez que la cafeína entra en el sistema sanguíneo “las ideas marchan con rapidez como los batallones de un gran ejército”. Balzac calculaba haber consumido unas 50 mil tazas de café en su vida. Quizás por eso murió a los 51 años, después de haber dejado escritas alrededor de 100 novelas.

Jean Jacques Rosseau, otro gran admirador del café, llegó a escribir algo que podría definirse como una declaración de amor al café. Arthur Conan Doyle, el creador del famoso detective Sherlock Holmes, amaba el café tanto como la cocaína. Anthony Trollope se levantaba a las 5 de la mañana, se tomaba su café y luego se encerraba a escribir durante tres horas de corrido, después de lo cual se iba a su trabajo en la oficina postal.

Se decía que a Beethoven le gustaba el café bien cargado. Y Juan Sebastián Bach le dedicó la sonata BMV 211 a las glorias del café. Otros cafeteros famosos fueron Goya, Kant y Simón Bolivar.

Pero también ha habido escritores opuestos al café. Henry James era un gran bebedor de té. Henry David Thoreau pensaba que “el hombre sabio sólo debería beber agua; el vino no es un licor muy noble; y piensen en destruir las esperanzas de la mañana con una taza de café”.

En lo personal, aunque me encanta el café, solamente me tomo dos tazas al día, una en la mañana y otra en la tarde. Soy de las que muelen el grano y de las que paga un poco más de lo normal por comprar un café de primera calidad pues me gusta paladear una taza con sabor de primera.

De los cafés que he tenido el gusto de probar en mis viajes el que más me gusta es el brasileño, seguido muy de cerca por el colombiano. He tenido oportunidad de probar los cafés africanos pero se acidifican muy rápido y no me gustan mucho por eso. De los centroamericanos, el café costarricense y el guatemalteco son excelentes, pero hay cafés salvadoreños de primera calidad que no tienen nada que envidiarle a nuestros vecinos.

Siempre, desde pequeña, me gustó tomar café. Pero fue en Nicaragua donde dejé de tomarlo durante varios años. Allá siempre me supo tan mal que me cambié al té. Fue en los años 80, cuando no había ni papel higiénico gracias al embargo económico que los estadounidenses impusieron sobre el gobierno sandinista, el de la auténtica revolución. Imposible conseguir un café decente. El poco, buen y mejor café se exportaba. A nosotros nos quedaba “la charbasca” (como dicen los nicas), la basura, los sobrantes, el café de última categoría. Se rumoraba que ese café que tomábamos localmente incluía cáscaras, maíz tostado y quién sabe qué aditamentos raros más. La verdad es que siempre me supo mal.

Tampoco era fácil conseguir té. Así es que siempre les pedía a los amigos que viajaban o que vivían en el extranjero que me lo mandaran. Lo cual me hizo probar toda suerte de variedades y marcas. Y por ahí desarrollé un poco mi amor por el té, que jamás va a compararse con mi pasión por el café.

Irónicamente, sería también en Nicaragua donde me enseñarían a apreciar el sabor del café y a cómo tomarlo de la mejor manera. El último jefe que tuve allá, un coronel del Ejército (de cuando trabajé en el Hospital Militar en Managua, como intérprete para unos asesores canadienses), me vio un día a punto de echarle azúcar a una taza de café. Él sembraba café. Me regañó fuertemente. Me dijo que el café había que tomarlo negro, precisamente para apreciar su sabor. Un buen café pierde su aroma, se disfraza y distorsiona con el azúcar. Desde entonces, obediente, comencé a tomarlo negro.

El amargo del café es en realidad un gusto adquirido, como el del mate, como el del té verde. Un café en su punto, y sin azúcar ni leche, es de un gusto exquisito, si me preguntan. Brebaje de dioses.

Con el tiempo he adquirido también diversos tipos de cafeteras y tengo toda una colección de tazas de todos los tamaños y colores, para servir café, desde espresso hasta capuchino y por supuesto café normal. Y cada vez que se puede, encargo o compro buenos cafés.

Hay un famoso proverbio turco que dice que el café perfecto debe ser “negro como la noche, ardiente como el infierno, fuerte como el pecado y dulce como el amor”. Yo, que lo tomo amargo, parafraseo entonces que el café perfecto debe ser negro como la noche, caliente como el infierno y amargo como la vida.

(Publicado en Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 13 de noviembre 2011).

There are 8 comments

  1. Guillermo Anderson

    Gracias Jacinta por este excelente artículo . Lo comparto con amigos amantes del café. En mi próximo viaje a El Salvador le llevo café de Honduras que hoy alcanza primerísimos lugares en concursos de calidad.!
    Guillermo -Cofilover

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  2. Guarnieri

    El islam cuenta una leyenda distinta acerca del origen del café. Pero la que cuenta usted es, por su veta laica, la más popular. De cualquier manera el tema del café nos apasiona a muchos. Su postura al respecto es interesante porque exalta su preparación amarga.

    A mi juicio la mayoría de grandes escritores incluyen en su obra, esté ésta escrita en verso o en prosa, más referencias sobre el glorioso té y el descocado alcohol, que sobre el café. Bukowski escribió el poema ‘Beer’, mientras el obispo John Still el poema ‘The Beer Song’. Un buen poema sobre el café, y no solo una máxima, nunca lo he leido. Gógol, Chejov,Turguéniev, Pushkin, etc., se afanan con el té y el vodka en sus novelas, antes que con el café. Pero, los recién nombrados, ¿podrían haber escrito su obra sin el café como intermediario? Supongo que sí, pero…¡quién sabe!.

    Mi coyuntura lectora es tal, que no puedo abrogar el papel que jugó el café en el proceso creativo de los autores de cuya mano camino. Su columna no es una coincidencia, Jacinta. La escritora Teresa de la Parra mantuvo, a inicios del siglo XX en Venezuela, un fuerto vínculo con la cultura agrícola del café y con sus hábitos bebestibles entre la gente. El escritor multinacional Lafcadio Hearn era, como decía mi abuelita, muy contumerioso al momento de escoger los granos para preparar su café. Además, en sus escritos hizo anotaciones sobre los usos médicos y culinarios del café así como de la preparación y del rol de mesa o de sobremesa de la bebida extraida de su grano, tanto en Irlanda, Japón, Grecia, y entre la población Criolla de New Orleans. Por último, el gran escritor estadounidense Stephen Crane no fue quisquilloso, así como Hearn, con eso de la calidad del grano de café ni con la preparación de su infusión, pero, sí que lo tomaba degeneradamente. Balzac se queda pachito.

    Uno de los libros más aburridamente maravillosos que he leido es, el ‘Walden’ de Thoreau. Grandes libros pueden escribirse basandose en ideas de verdad extrañas. En ‘Walden’, una de esas ideas consiste en no tomar café.

    La vida no es amarga. Mas sí me gusta el café amargo, aunque no siempre. Soy, al igual que usted, de los que muelen el grano. Aunque prefiero el café mexicano y el africano, especialmente el que se cultiva alrededor de los grandes volcanes de aquellas tierras. Por razones de funcionalidad, calidad y portabilidad, prefiero las cafeteras y molinos marca Krups. Perdón por el comercial.

    Solo un humor cafeinómano como el de Voltaire pudo haber escrito esta frase: ‘Dios ha hecho el hombre a su imagen, pero el hombre se lo ha devuelto con creces.’ ¿Alguien sabe cuál es el término para describir la fobia al café?

    Disfruté mucho su columna, Jacinta.

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  3. carlosmgod

    Que reanimante este cafetero-literario artículo! y que estupendos proverbios al final, me encantaron ambos, tanto el original turco como el tuyo; son frases que voy a recordar toda la vida cada vez que me tome una taza de café ya que también a mi me fascina. Igual que tú me tomo 2 tazas diarias, máximo 3 y lo disfruto así, fuerte y hecho en máquina.
    Salud! con café, Jacinta…

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  4. Bitacoras.com

    Información Bitacoras.com…

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