La canción del vagabundo (entrevista con Richard Gwyn)


-¿Cómo se le aparecen las ideas?
-Generalmente, las ideas se me presentan como frases, una frase simple, que se desarrolla en otras frases. A pesar de que tengo muchas teorías sobre los procesos creativos, trato de no analizar demasiado esos procesos en relación conmigo mismo. Es una aversión fundada en una especie de superstición: me da miedo exponer esos procesos a la luz del sol porque pienso que puede matarlos.

-Imagino que, al publicar libros que responden a distintos géneros, también tiene distintos públicos. ¿Qué sabe o imagina de esos lectores?
-Viviendo en Gales, que es un país pequeño, tengo una idea muy clara de mis lectores más inmediatos y a muchos de ellos los conozco personalmente. Empiezo a perderme cuando considero un público anglófono más grande que excede las fronteras de mi propia patria –digamos, el resto del Reino Unido, los Estados Unidos o Australia– y, por supuesto, las traducciones de mis libros. En uno y otro caso la noción de “lector típico” –si es que esta especie existe– comienza a desdibujarse en incertidumbre. Por ejemplo, mi primera novela fue traducida al castellano; luego, al ruso, y pronto va a salir en chino y en árabe. Si uno suma los lectores potenciales son ilimitados. Uno puede conocer a unos pocos y a los otros, con suerte, imaginárselos.

-¿Cómo se siente ante esos lectores que conoce?
-Siempre resulta una sorpresa agradable cuando personas que corresponden a un origen y una educación muy distintos de los propios, viene y dice que lo que uno escribió les gustó. Ese tipo de intercambio mantiene viva la vaga y machacada creencia en el mundo escrito, idea desafiada por la dominación masiva de los medios audiovisuales y digitales. La mayoría de los escritores hoy es consciente de que el mundo de la edición está atravesando un cambio radical y que, para ser leídos, tenemos que emplear los canales disponibles en Internet, lo que incluye presencia en las redes sociales, escribir blogs y mantener actualizados las páginas web, por ejemplo. Por supuesto que los escritores no estamos obligados a hacer esas cosas, pero si no lo hacemos, no tiene sentido quejarnos de que nadie nos lee o de que nadie compra nuestros libros. Personalmente, yo disfruto escribiendo un blog. Me gusta el desafío que me plantea escribir algo más o menos espontáneamente cada día, y me gusta también esa sensación de continuo compromiso con el público lector.

Texto completo: La canción del vagabundo.

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