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Roma (2018), Alfonso Cuarón

Blues del freelancer

Un día amanecés desempleado. De inmediato comenzás a buscar algo. Te hacés a la idea de trabajar para mientras, por cuenta propia, ser freelancer para poder subsistir un tiempo, porque todo está miserable y no hay trabajo ni abundante ni bien pagado y como vivís a coyol quebrado, coyol comido, no podés darte el lujo de no trabajar.

Aquello se torna en un asunto de angustia permanente. Preocupación, insomnio. Tu currículo circula en todas partes, como si fuera un virus. Se lo mandás incluso a gente que tenés años de no ver. Algunos contestan, prometen que sí, que cualquier cosa te avisan. Otros ni se dignan. Alguno te da una palmadita en la espalda. Te dicen que ni te preocupés, que con tu experiencia encontrarás algo rápido, que siempre hay trabajo para gente como vos, que saldrás adelante. Sabés que la intención es buena, pero también sabés que la realidad es otra.

Comprás periódicos, hacés listas (de gastos, de contactos, de fotocopias que hacer), llamás a Menganito y a Sutanita, tratás de no dar imagen de desesperación. Apenas has pasado un mes y doce días sin trabajo, estás administrando con buen tino lo de tu cancelación. No podés hacer más. La información está circulando. Ya saldrá algo. Te dan un contacto para que llamés porque el amigo de un primo de un conocido avisó que hay una plaza libre en equis lugar, con un salario magro para el nivel de tareas, pero no estás para discriminar, lo agarrarías, pero seguirías buscando algo mejor, algo más de acuerdo con tu experiencia, con tus estudios, con tus cualidades personales. Pero cuando llamás por el empleo, ya está tomado. Desilusión. Escuchás el ruido que hacen tus ilusiones al romperse.

Te da dolor de estómago recordar que casi es fin de mes y que hay que pagar el alquiler y que, si no conseguís dinero pronto, el próximo no vas a tener para pagar los servicios ni tu vivienda y entonces ¿qué? Pensás en la gente que te puede prestar dinero a plazo relajado porque no tenés ni (beep) idea de cuándo te vaya a salir algo y hacés cuentas, pensás qué es lo que vas a cortar. Varios caprichitos quedan suspendidos hasta nuevo aviso.

No. A ver. Tranquilidad. Keep calm y tomate otro café. Hacés cálculos de las reservas de comida que tenés, organizás los diez pesos que te quedan, hacés un cronograma, establecés un plazo antes de entrar en plan emergencia. No sabés cuál es el plan de emergencia, pero esperás no tener que llegar a eso.

Entonces ocurre un milagro. Un trabajito. Un freelance. Lo que te pagarán apenas alcanzará para pasar un par de meses en modo monje trapense y es tedioso y la fecha de entrega es para ayer, es decir, es urgente, pero no estás para exquisiteces porque hay que comer, pagar cuentas. Volvés a fumar del puro estrés, trabajás como poseído, día y noche, picheles de café, ponés una alarma para hacer veinte sentadillas cada hora porque tenés tullidas las nalgas y las piernas de estar sobre una silla y te llama gente que nunca te busca, que mirá, vamos a tomar algo, porque creen que ser freelancer es estar en casa rascándose la panza todo el día porque estás desocupado, y vos: no men, fijate que estoy trabajando en algo urgente que debo entregar mañana.

Te quedás en casa envidiando esa vida que otros tienen, esos rostros felices del Feis, las excursiones, los paisajes, los paseos dominicales, las cervecitas y las ostras, pero concentrate por favor, terminá el trabajo, mañana es el plazo y querés entregar antes de la hora, para impresionar, para que te recomienden, para que te vuelvan a llamar, para seguir la cadena de trabajitos freelance hasta que aparezca alguna cosa estable, con un sueldo que te permita pasar menos angustias y tener la estúpida ilusión de que algún día tendrás el dinero suficiente como para no preocuparte nunca más por plata. Jajajajaja. Eso fue tu risa histérica. Tu risa nerviosa.

Tu risa para disimular la preocupación porque ya entregaste el trabajo y están tardando mucho para pagarte y te quedan tres pesos, pero bueno, con una cora de pan francés y unos frijolitos te alcanza para un par de tiempos al día, por suerte no tenés a nadie que mantener, antojo brutal de cerveza, pero no hay pisto, cantás la canción de JLo, “yo quiero, yo quiero dinero, ay”.

Entrás en modo cobrador, primero escribís correos, luego llamás. Hacés notar que el trabajo fue entregado antes de tiempo y ya han pasado siete semanas y no te dicen nada del pago y sí, pero es que fíjese que falta la firma de Quien Manda, pero dicha persona se encuentra fuera del país y no vuelve hasta dentro de dos semanas. Te imaginás al tal Quien Manda en una playa de arenas blancas en la Polinesia, tomándose una piña colada y soplándose el sudor con un fajo de puros benjamines mientras vos te alegrás como un demente porque encontraste un billete de cinco dólares en el bolsillo del pantalón, te sentís millonario, “¡soy ricooooooo!” gritás histérico, vas a estar bien, todo se va a arreglar, hiperventilás de la emoción, pensás con un positivismo que te desconocés, revisás los bolsillos de todos los pantalones para ver si hay suerte y encontrás otro billete, pero volvés a escuchar el ruido de tus ilusiones rompiéndose.

Con esos cinco dólares podés comer y transportarte para por fin recoger el cheque que trae el descuento de impuestos (aquí emitís profusas y floridas maldiciones contra Hacienda), un cheque cuyo valor sólo sirve para pagar deudas, un dinero al que no le ves ni la vuelta mientras comienza de nuevo el ciclo de buscar, preguntar, mandar currículo, hacer el trabajito, cobrar, ir a buscar el cheque, el ciclo de odiar ese calvario interminable, esa agotadora y absurda carrera de hámster, esa profesionalización de la esclavitud que llamamos “trabajo” y que dicen dignifica al ser humano.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 16 de diciembre, 2018).

Feliz como Lázzaro (2018), Alice Rohrwacher

Vacíos de campaña

Estamos a dos meses de las próximas elecciones presidenciales pero las diferentes candidaturas han planteado propuestas vagas y generales para solucionar los problemas urgentes del país. Parece que los candidatos no aprendieron nada del desencanto y el hartazgo generalizado de la ciudadanía, que ha señalado en diversos espacios las fallas de los gobiernos anteriores y las necesidades reales que tenemos.

Hay muchos temas que han quedado fuera y que deberían de tomarse en cuenta, si pretenden lograr el voto de ese amplio sector de la población que está harto de promesas no cumplidas, de abusos, sinvergüenzadas e ineptitudes. Se habla de defender el medio ambiente, por ejemplo, pero lo que dicen todos es que habrá campañas de reforestación sembrando equis cantidades de árboles, cuando el problema ambiental es mucho más complejo y grave.

En tiempos de cambio climático y de contaminación ambiental crítica, ¿cuáles son las medidas que se tomarán para reducir el impacto de los fenómenos naturales? ¿Qué se le exigirá a las empresas, establecimientos comerciales y ciudadanía para reducir sustancialmente la producción y uso de plásticos y otros contaminantes? ¿Cómo se va a proteger el bosque existente en el segundo país más deforestado en América Latina, después de Haití? ¿Cómo se van a proteger las fuentes de agua de los desechos de las industrias contaminantes? ¿Qué se hará con las empresas mineras? ¿Se seguirán aprobando indiscriminadamente construcciones de edificios, carreteras, centros comerciales, campos de golf, residenciales y monumentos que destruyan las reservas naturales del país y nuestro patrimonio arqueológico? ¿Dónde están los programas de preservación de nuestra fauna?

Tampoco se escucha ninguna palabra sobre un sector poblacional con una problemática propia como es la de las personas mayores, y no me refiero estrictamente al adulto mayor (de los 65 años en adelante), sino a la franja de personas que son despedidas a partir de los 45 años de sus empleos, porque las empresas e instituciones prefieren contratar a personal más joven.

El enfoque casi exclusivo de la solución de problemas nacionales sobre la juventud, si bien es importante, ha dejado en el descuido a una amplia franja de población que se ve obligada al auto empleo, con consecuencias económicas duras. El fracaso del plan de pensiones obliga a muchos a continuar trabajando o a buscar otras formas de ingreso económico. Gente que ganaba un sueldo promedio de mil dólares mensuales, recibe una pensión de entre 230 a 300 dólares. En otras palabras, pensionarse es sinónimo de pobreza, de degradar la calidad de vida del ciudadano, en un país con un altísimo costo de subsistencia, con servicios públicos deficientes, salarios miserables y un sistema bancario que no premia el ahorro sino que estimula el endeudamiento.

Mucho se habla de las pensiones, pero más grave es el hecho de que la mayoría de la población no cotiza ni para el seguro social ni para el retiro. Debe trabajar hasta morir. ¿Por qué nadie se preocupa por esa mayoría? ¿Por qué se le anula y expulsa de la vida económica, cuando todavía hay muchos que están en capacidad de trabajar o emprender? ¿Por qué en los discursos de gobierno esta gente es invisible y no existente? ¿Por qué no se asume que esa población no atendida está en peligro de pobreza real?

Si a esto sumamos la fragmentación familiar, heredada desde la guerra e intensificada por los fenómenos migratorios y delincuenciales que atravesamos, no se puede confiar en que las personas mayores tendrán amparo en sus familias al llegar los años finales. Fíjese cuántos están pidiendo en los semáforos o en otros lugares. Fíjese también en las ofertas de empleo, limitadas hasta los 35 años, las más generosas. ¿Quién dignifica a las personas mayores de 45 años? ¿Dónde están las organizaciones que trabajan para ellas? ¿Dónde los programas que no sean recreativos o de terapia ocupacional para un segmento de población que sigue lúcido, saludable, con necesidades y con deseos, no sólo de trabajar, sino de compartir ideas y propuestas de acuerdo a su experiencia? ¿Dónde están los programas educativos y sociales que terminen con el prejuicio y el estigma de que las personas mayores son enfermas, tontas, inútiles y que todo lo que dicen y hacen es intrascendente?

Por último, aunque no por ello menos importante, ningún candidato ha hablado sobre el tema cultural. Un par lo ha mencionado de manera veloz, pero siempre con el limitado enfoque de utilizar el arte como herramienta preventiva de la violencia o como terapia ocupacional, cuando cultura es un tema transversal que impregna todo nuestro quehacer cotidiano y no se limita a lo artístico.

El tema es tanto más importante porque existen un ministerio y una Ley de Cultura, fundados por el gobierno actual, que si bien es cierto no han funcionado como deberían y tienen toda suerte de limitantes y carencias, están ahí y han sido resultado de los esfuerzos de un gremio que lo viene empujando y discutiendo desde hace años. Lo logrado, aunque deficiente, debe seguirse desarrollando y consolidando. No lo podemos dejar perder.

Sigue pendiente la promesa de campaña del actual presidente, de conceder seguro social y pensión para los artistas, un gremio que suele tener graves altibajos económicos. Numerosos son los casos de artistas que murieron en la pobreza y el abandono, para que después, con la hipocresía social que nos caracteriza, alabemos su obra sin habernos preocupado por ellos en vida. El patrimonio cultural (material e intangible), los pueblos indígenas, la literatura y la memoria son algunos de los muchos temas pendientes de atención en lo cultural.

El trabajo y las soluciones para estas áreas no pueden seguirse posponiendo hasta un hipotético mañana que nunca llega. Un buen gobernante debe ser capaz de comprender que el entramado de la problemática nacional es complejo y que los temas mencionados son transversales a toda nuestra realidad.

Subestimar la importancia de estos temas, es como pegarle un tiro en el pie al país. Siempre andaremos cojos, caminando en desequilibrio, si no los atendemos con la prioridad que merecen.

(Publicada domingo 2 de diciembre de 2018 en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador).  

Balada de Lisa Island, René Rodas

(Falleció ayer en México el poeta salvadoreño René Rodas. Nunca nos conocimos, aunque creo haber intercambiado un par de correos con él. Autor de varios poemarios, el que leí y me impresionó mucho fue «Balada de Lisa Island», publicado por la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) en el 2004. En aquel entonces tenía una modesta columna de 300 palabras en la desaparecida sección cultural de La Prensa Gráfica. La columna se llamaba «Vicio-nes». A finales de agosto del 2004, publiqué mis impresiones sobre aquellos poemas que ahora reproduzco, a forma de homenaje).

 

Pensé que nada más hojearía sus poemas, con el cansancio de quien, durante años, ha tenido que digerir y decepcionarse ante la constante/común/creciente avalancha de malos versos que algunos tienen la pretensión de llamar “poesía”. Pero pasó un milagro.

Pasó de alguien que me cuenta una historia de amor en poemas, casi todos de cuatro líneas. Este poeta me habla de alguien llamada Lisa y me deja atisbar en la vida de esta mujer, de sus padres, de su guitarra, de los ires y venires de ambos. Porque cuando se ama, hay alguien que se abre y alguien que recibe el agua de los recuerdos; y porque cuando se ama se aprende a ver en las tragedias del otro, en los detalles cotidianos, grandes y pequeños, motivos para amar. Y motivos para ser mejor y motivos, por supuesto, para escribir.

Con una capacidad de síntesis asombrosa, con una claridad de lenguaje que borra la frontera entre la poesía y la narración para crear un ambiente cálido y personalísimo, con evocaciones de la música folk estadounidense (no por gusto acuden a mi mente Leonard Cohen, Bob Dylan o Arlo Guthrie), el salvadoreño René Rodas ha plasmado en Balada de Lisa Island (publicado por la Dirección de Publicaciones e Impresos) un mundo poético exquisito, donde el amor y la melancolía se encuentran, alejándonos aunque sea por unos instantes del mundo de shock y de grotesco en el que naufraga nuestra cordura todos los días.

Pensé, al terminar de leer, hechizada, que el libro era un imán que no podía destrabarme de las manos. Hacía años, literalmente, que no me entusiasmaba un poemario de esa manera. Y pensé también que cada hombre que lea estos versos querrá encontrar a una Lisa. Y que cada mujer que lo lea, querrá ser amada como esa Lisa.

«Nothing to Hide», recomendación de cine

Naturaleza versus cemento

El 5 de noviembre pasado comenzaron las labores de “Mejoramiento y acondicionamiento del Parque Recreativo Puerta del Diablo”, un proyecto impulsado por el Ministerio de Turismo y que ha causado molestias entre vendedores, visitantes, vecinos de la zona y ciudadanía en general, por diversos motivos.

  El video con la animación de la obra programada es preocupante. El “mejoramiento” pretende construir una explanada de concreto, donde se ubicarán el parqueo, negocios, servicios higiénicos y miradores. Viendo el video da la impresión que también serán afectados los senderos metiéndoles cemento, pero no encontré información que confirme esto. Construir la explanada significará derribar una buena cantidad de árboles. Según la maqueta presentada en el video del MITUR, toda la explanada, que incluye la zona comercial y el parqueo, estarán bajo pleno sol.

Aunque el proyecto dice incluir una reforestación del lugar, es un oxímoron pensar que un espacio natural puede “mejorarse” botando árboles y sustituirlos por varios metros de concreto, cuando justamente el atractivo del lugar tiene que ver con la vegetación, con el micro clima creado por la misma, que además sirve de hábitat para especies de animales, aves e insectos. Para el visitante y los comerciantes que se mantienen en el lugar, proveen también sombra y frescura. Los árboles sirven como barrera natural para evitar los deslizamientos y derrumbes de tierra, frecuentes en la zona debido al alto nivel de humedad. Cabe agregar que los árboles también alimentan los mantos acuíferos, que en dicho lugar son escasos y que es parte del histórico problema de desabastecimiento de agua en Los Planes de Renderos.

No hay absolutamente nada de malo en la idea de querer acondicionar el espacio. ¿Pero por qué, en vez de pensar en un “parque recreativo”, no se piensa mejor en un “jardín botánico” o en un “parque natural”, para resaltar y preservar justamente la flora y fauna del lugar? ¿Por qué no se formuló un proyecto con remodelaciones integradas al espacio, utilizando materiales como la piedra y el bambú, sin afectar tan drásticamente el preciso motivo por el cual nos gusta ir a la Puerta del Diablo?

Lo incomprensible de este proyecto es que se nos quiere imponer (¡de nuevo!) un espacio público encementado que atenta contra la esencia del lugar, y que a su vez contradice lo que escuchamos del mismo gobierno sobre la preservación del medio ambiente. Este tipo de decisiones desvirtúa dicho discurso y confirman que es pura retórica. De hecho, no se han conocido (hasta el momento de escribir esta columna) las reacciones del Ministerio de Cultura ni del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales ante esta obra.

El Salvador es, después de Haití, uno de los tres países más deforestados de Latinoamérica. Somos además el país con el mayor nivel de estrés hídrico en la región centroamericana. El cambio climático nos está afectando más cada año y de diferentes maneras. Este 2018 tuvimos sequía e inundaciones en una misma temporada.

A pesar del discurso sobre la preservación de los espacios naturales y de la urgencia de reconsiderar nuestros hábitos y nuestra relación con el entorno, vemos cómo se aprueba y emprende la ejecución de proyectos que no toman en cuenta la preservación del medio ambiente. Las regulaciones sobre la tala de árboles y la conservación de los espacios naturales no corresponden al nivel de gravedad de la emergencia real que estamos enfrentando.

Hay numerosos parques naturales alrededor del mundo, que ofrecen a los visitantes espacios donde la intervención humana garantiza al visitante una experiencia de inmersión en el entorno, sin por ello sacrificar las áreas adecuadas para su bienestar. En algunos parques se han diseñado y construido obras arquitectónicas sorprendentes, como miradores o puentes hechos de vidrio y acero, que procuran líneas modernistas en espacios como el Gran Cañón en los Estados Unidos, el Glacier Skywalk en Canadá o el Parque Nacional Longgang en China. La utilización de dicho tipo de materiales permite el flujo del aire y la visibilidad continua. A la distancia, su vista resulta curiosa, pero el tipo de arquitectura desentona menos con el espacio gracias a la no disrupción del paisaje que brindan los materiales y los diseños utilizados.

A pesar de numerosos reclamos sobre el proyecto de la Puerta del Diablo, el Ministerio de Turismo se mostró inflexible en torno a la prórroga de la obra. Dicen tener ya contratada a la empresa constructora y que si no se empezaba el día 5, el gobierno tendría que ir pagando una multa diaria por retrasos o incumplimiento de contrato.

Con esto podemos entender que para el gobierno, el valor de la Puerta del Diablo, una de nuestras joyas naturales y culturales, no merece ni la multa de postergación de la obra para escuchar a la ciudadanía que se pronuncia, no en contra de una mejora del espacio, sino de reconsiderar la naturaleza de estas obras, tan faltas de consideraciones ambientales y de gusto arquitectónico alguno. Es imposible creer que en este país no hay arquitectos con imaginación y criterio ambiental como para hacer una propuesta más atractiva y menos agresiva contra el paisaje.

Las pocas zonas naturales que todavía quedan en el país deben ser protegidas y no trasquiladas para su explotación económica. La esencia del lugar debe ser preservada y no transformada en lo que fácilmente puede encontrarse en cualquier espacio urbano, es decir, otro centro comercial, otro food court, otro parlante escupiendo reggaetón. En un país sobrepoblado, con poca extensión territorial, con alto nivel de deforestación y con propensión a deslaves e inundaciones, es imperativo que los espacios públicos sean convertidos en parques y áreas verdes, que sirvan como pulmones de nuestras ciudades, donde la población pueda convivir con la naturaleza y encontrar lugares de sosiego entre el bullicio urbano.

Valoremos todos, gobierno y ciudadanía, los lugares que aún quedan intactos. La vida también habita ahí, en las sorprendentes bellezas naturales de nuestra tierra, espacios que debemos defender y preservar.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, noviembre 18, 2018. En la foto de portada, imagen comparativa del lugar en la actualidad y del proyecto que está proyectado).

Los caminantes

Escribo esta columna justo el domingo en que una caravana de compatriotas emprende caminata hacia la frontera con Guatemala. Se sumarán al camino que ya emprendieron miles de hondureños en semanas recientes. El viaje al norte en busca de otra vida, porque la que aquí nos toca no es realmente vida.

Por aquí pasaron, los caminantes. A la orilla de la Panamericana. Eran muchos. Cientos. De todas las edades. Con todo tipo de equipaje. Carritos para niños, muñecos, pichingas de agua, toallas, cachuchas, mochilas, bolsas plásticas. Hombres y mujeres, niños y adolescentes, personas mayores, alguno en silla de ruedas, con bastón o con muletas.

Hay que estar muy desesperado para pensar que se va a llegar desde San Salvador hasta los Estados Unidos en silla de ruedas o caminando con un bebé de meses o caminar tanta distancia a los setenta y pico de años. Muy desesperado. Quien se acerca a escuchar sus historias, escuchará lo mismo, repetido hasta el cansancio: no hay trabajo, no hay oportunidades, la violencia nos agobia, la extorsión de las maras es impagable, o nos hacemos de la mara o nos matan, nos sacaron de nuestra casa, perdimos la cosecha, no tenemos nada.

Es inevitable ver en ello un gesto de desesperación. Un poderoso grito de protesta e inconformidad contra los gobiernos del Triángulo Norte de Centroamérica. Un grito en contra de un sistema que, a pesar de guerras y gobiernos con retórica conciliatoria pero falaz, no hace nada para lograr que la desigualdad social sea reducida. Un grito contra una sociedad que critica desde su sofá pero que no se moviliza para reclamar sus derechos ni para protestar frente a tanta porquería que vemos ocurrir porque lo único que le preocupa es su propia satisfacción.

Mientras políticos corruptos hicieron fiesta con los fondos públicos, estos caminantes, esos mismos que hoy se van, no tuvieron para comer o para comprar una medicina, vieron sus casas caerse en pedazos con las primeras tormentas, vieron a sus hijas violadas o a sus hijos asesinados por la violencia de las pandillas, vieron perdidas sus cosechas por las sequías. Mientras los corruptos negociaron y lograron una pena mínima y la no devolución de millones de dólares saqueados de nuestro erario, los que robaron una gallina o un canasto de jocotes fueron refundidos en la cárcel con penas máximas y sin derecho a negociación alguna, como si se tratara de criminales altamente peligrosos.

Es contradictorio que los informes y números de gobierno emitan cifras triunfales de creación de empleos y a la baja en violencia, mientras miles de salvadoreños tienen como única expectativa de futuro largarse del país. Pese a los riesgos. Pese a que muchos se endeudan y prácticamente se esclavizan para poder pagar un coyote.

Estas caravanas de migrantes dicen mucho de nuestro fracaso como país. De cómo esta nación es incapaz de garantizarle una vida digna a todos los sectores de la población, en particular a los menos favorecidos. De cómo nuestros gobiernos han sido incapaces de trascender lo estrictamente partidario y trabajar por el bien común. De cómo las instituciones públicas no han sido capaces de ofrecer respuestas ni alternativas concretas, estables o dignas a problemas que, desde hace décadas, sólo reciben tratamientos cosméticos pero que no llegan a la raíz, ahí donde deben atacarse, ahí donde deben solucionarse.

Esto debería calar hondo en la clase política salvadoreña. La caravana de migrantes debería hacerlos tomar consciencia de que no basta con tirar migajas, mentiras y placebos a la gente. No es suficiente prometer cientos de empleos, cuando los salarios son menores que el mínimo establecido, que por cierto no alcanza para cubrir una canasta básica. No basta enfocar todo el esfuerzo de gobierno solamente en la juventud, porque en este país también vivimos personas de diferentes edades que necesitamos trabajar hasta la muerte, venga a la edad que venga, porque no hay un sistema público de salud ni de pensiones que vele por la ciudadanía adulta. Nuestros problemas son económicos y de falta de empleo, sí, pero también están cruzados por múltiples formas de violencia, colectivas o individuales, públicas y privadas, que afectan nuestra calidad de vida y también nuestra salud mental y emocional.

Este flujo incontenible de nuestra gente saliendo del país debe parar. Es natural pensar en quedarse, en hacer vida en su tierra, en dedicarse a sus cosas, en salir adelante. Pero también es natural decidir irse si el entorno es hostil y si pasa el tiempo sin mejoría alguna de su situación o problemas. No hay argumentos para pedir que se queden cuando aquí no encuentran lo que necesitan para continuar con sus vidas.

La gente está harta. No sólo de no encontrar trabajo, de ser extorsionada y asesinada por las pandillas y de sentirse defraudada por las instituciones estatales, sino también por no ser escuchados, porque sus dificultades no son reconocidas en su gravedad y porque por más que se haga y se diga, las soluciones nunca llegan.

Cuando estos caminantes ya no contaron con nadie, cuando reconocieron que lo único que podían hacer era buscar soluciones propias, se echaron al camino. Como los miles de hondureños que también salieron en caravana. Como miles de africanos. Como miles de asiáticos. Como miles de personas de todas partes que buscan una vida digna, y una forma de brindársela a los suyos. ¿Acaso es demasiado pedir? ¿No es lo mínimo que merecemos todos?

El país se desangra en ríos de gente que se va todos los días. En avión o en bus, y ahora hasta en caravanas. Son cientos. Lo que está ocurriendo casi no sorprende. Por algún lado tenía que explotar la insatisfacción pública. Estas personas que marcharon en la caravana hacia el norte no tienen ni la paciencia ni el tiempo ni la ilusión de esperar un nuevo gobierno para ver si les cambia la suerte.

Ya no más. Ya no pueden esperar más. Para muchos es, literalmente, un asunto de vida o muerte.

(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 4 de noviembre, 2018. Foto de portada de agencia EFE).

Cultura sí, censura no

A fines de septiembre pasado, la Asamblea Legislativa emitió un recomendable al Ministerio de Gobernación, para que a través de la Dirección de Medios y Espectáculos Públicos, se negara autorización para la realización de un concierto del grupo sueco Marduk.

Entre los argumentos esgrimidos por los diputados se consideró que el contenido de las canciones y la propaganda visual del grupo de black metal eran “lesivos al honor de nuestros compatriotas, agrediendo los principios, valores y creencias de los salvadoreños”.

Black Moon Shows, la productora encargada del concierto, aseguró que la banda se presentaría pese a todo. Cuando los fanáticos llegaron al concierto, se les informó que Marduk no tocaría debido a la enfermedad de uno de sus miembros. Al día siguiente, en la página oficial del grupo en Facebook, los músicos dijeron que ninguno de ellos estuvo enfermo, que el grupo estaba presente y listo para su presentación, pero “su gobierno corrupto nos lo impidió”.

La gira actual de Marduk generó reacciones similares en otros lugares de Latinoamérica. El Congreso guatemalteco le prohibió la entrada a aquel país. En Colombia, el concierto que tenían programado realizar en Bogotá fue cancelado por las autoridades municipales y trasladado a otra ciudad. En Chile, Ecuador, Panamá, Costa Rica y México hubo iniciativas similares desde instancias gubernamentales pero también desde el seno de grupos religiosos, que comenzaron a circular peticiones de firmas, pidiendo se prohibieran los conciertos.

Un par de días después de generada la recomendación de la Asamblea, Arístides Valencia, Ministro de Gobernación, presentó ante la misma el nuevo reglamento de espectáculos públicos. Sobre el tema, la jefa de la fracción del FMLN, diputada Nidia Díaz, expresó ante la prensa que con dicha reglamentación se busca regular la programación que se transmite en los medios nacionales, “incluyendo televisión por cable y Netflix”, ya que los contenidos violentos de algunas películas o series, como las de narcotráfico, pueden “promover la violencia entre nuestra juventud”.

En esos días se dio otro incidente que llama la atención. Un paquete con veinte ejemplares del libro El niño de Hollywood, (una investigación periodística realizada por los hermanos Óscar y Juan José Martínez, sobre la vida de un pandillero de la Mara Salvatrucha 13), fue retenido en la aduana del aeropuerto de Comalapa, por considerar que el libro tenía “contenido pernicioso”, según palabras textuales del funcionario que tomó la decisión.

Estas situaciones son todas preocupantes. Aunque las autoridades han insistido en que no se trata de censura, la reiteración de “velar por la moral y el orden público” mediante la limitación de nuestro acceso a productos culturales diversos es una pretensión arrogante y peligrosa.

Los gustos musicales, culturales o de entretenimiento de la población son un asunto de la esfera privada de las personas. Cuando un gobierno adopta acciones disfrazadas con un lenguaje condescendiente que pretende velar por nuestro bienestar moral, se entromete en ese ámbito privado. Reglamentar los contenidos que podemos ver y escuchar, seleccionando los que supone son convenientes para el bien común es una forma de manipulación ideológica y de censura.

Que los contenidos de las letras del grupo Marduk resulten ofensivas para algunos creyentes religiosos es normal. Hay muchas manifestaciones artísticas y culturales que nos pueden causar rechazo y hacernos sentir insultados, de una manera u otra. Pero impedir que la ciudadanía tenga acceso a contenidos culturales polémicos o incómodos agrede la libertad de pensamiento y de auto manifestación.

El arte y la cultura siempre son las primeras violentadas por gobiernos y políticos que pretenden controlar y manipular el pensamiento, el discurso y hasta los gustos de la ciudadanía. El arte, en todas sus variadas y complejas manifestaciones, representa los espacios de libertad plena del ser humano, el reflejo de nuestras verdades subjetivas, las que no nos atrevemos o podemos plantear, compartir o representar si no es a través de algún filtro o disfraz. Ésa es una de las tantas funciones del arte.

Un concierto de música no supone una incitación intrínseca a la violencia y al desorden público. Más violentos se ponen nuestros partidos de fútbol. Marduk ya se había presentado en el Gimnasio Nacional, en el 2005, con la única limitante de que el ingreso fue para mayores de 18 años. No hubo hordas de muchachitos ingenuos convertidos de inmediato al satanismo o a las pandillas por asistir a aquel concierto. No hubo consecuencias que lamentar ni supuso un aumento visible en los hechos de violencia a nivel nacional.

La construcción de valores morales y espirituales es un asunto que se origina en la familia y cuya opción final radica en el individuo mismo. Ni el gobierno, ni el Estado laico en el que se supone vivimos, ni ningún político, deben o pueden imponer códigos de moralidad y conducta colectiva. Dicha preocupación por nuestros valores sería más creíble si los políticos dieran el ejemplo a través de su conducta, honradez e integridad personales. Pero si no pregonan con el ejemplo, ¿por qué o cómo se sienten con la solvencia de proteger la moralidad de la ciudadanía?

Si al gobierno tanto le preocupan nuestros valores personales, debería emprender una reforma educativa profunda que permita la formación de una ciudadanía pensante, que tenga el criterio propio para decidir si exponerse ante cualquier tipo de contenidos culturales, afectará su moral o insultará sus creencias. Así, educando para formar ciudadanos con criterio propio y de moral sólida, no habrá que preocuparse de que alguien vaya a convertirse al satanismo sólo por ir a un concierto o a robarse millones de dólares sólo porque llegó a la silla presidencial.

No se puede uniformar ni imponer la virtud a un país a través de prohibiciones que impidan el libre acceso a productos culturales incómodos. Nosotros, como ciudadanía, debemos estar expectantes y no dejarlo pasar. Hoy se comienza con la prohibición de un concierto de black metal. Mañana censurarán nuestras lecturas y nuestro acceso a internet. Pasado mañana nos matarán por escribir o decir verdades.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 21 de octubre, 2018).

Más allá del título

El pasado 18 de septiembre, el diputado Ricardo Velásquez Parker presentó ante la Asamblea Legislativa una iniciativa de ley para reformar el Código Electoral. La reforma pretende que se establezca como requisito para ser candidato a la Presidencia y Vice Presidencia de la República, poseer un título universitario.

Según el diputado de ARENA, los estudios mencionados deberían de ser afines a las ciencias económicas. Si la carrera del candidato no comprendiera esas áreas, debería de poseer una maestría, una especialización o un doctorado en dichas ciencias. Al momento de entregar la petición, Parker manifestó a la prensa que el país no podía seguir teniendo presidentes “sin las credenciales, sin las actitudes profesionales, académicas y la experiencia requerida mínima para poder conducir los destinos de una nación”.

Si bien es cierto que sería de suprema utilidad que los candidatos tengan estudios superiores, estos no garantizan que se conviertan en un buen presidente. Los estudios universitarios no garantizan calidad ética ni humana así como tampoco otras cualidades sutiles que ignoramos y que deberían de ser imprescindibles para el cargo.

Integridad, sensatez, honestidad, disciplina, honradez, eficiencia, ética, capacidad de liderazgo, visión de futuro, sentido del bien común, respeto a los demás (incluidos los enemigos políticos), son algunos de esos atributos adicionales que deberíamos exigir en los candidatos. Tampoco estaría demás que sepan escuchar a todos los estratos de la ciudadanía, que sepan dialogar y no mantenerse a la defensiva, que sepan ser directos y claros cuando se les hace una pregunta difícil, que sepan dialogar, que no se sientan atacados u ofendidos cada vez que son criticados o cuestionados, y que estén convencidos de que las decisiones de país deben tomarse trascendiendo los intereses partidarios o sectoriales porque sirven para el bienestar de la nación.

Una formación en ciencias económicas tampoco garantiza una solución o un mejor manejo de los problemas del país. Lo económico es un factor importante para el gobierno de una nación, sin duda alguna. Pero las soluciones no pueden enfocarse ni limitarse a ser tratados estrictamente desde lo económico. Administrar una empresa y administrar un país son dos cosas muy diferentes.

¿Por qué impedir que acceda a la presidencia alguien que, por ejemplo, tenga una formación en ciencias humanísticas? Nadie gobierna solo. Un presidente no puede saberlo ni controlarlo todo. Debe tener una visión del conjunto y tiene que descansar su gobierno en colaboradores que conozcan sus áreas de experticia. Para eso conforma un gabinete de gobierno y se rodea de asesores que sabrán explicar la información necesaria para que presidencia tome las mejores decisiones. Es a todo este cuerpo de funcionarios de quienes se debe esperar estudios específicos, experiencia y conocimiento de campo para las áreas requeridas y no otorgarse cargos por ser parientes o amigos de alguien con o cercano al poder.

Por lo demás, un título universitario no garantiza una personalidad sólida a nivel psicológico, que no se verá afectada ante las presiones permanentes del cargo y las consabidas tentaciones del poder. Vamos, un título universitario ni siquiera garantiza que la persona sea realmente inteligente.

Esto de la titulación es un tema recurrente en nuestra sociedad. Pero siempre que sale a luz termina convertido en un insulto colectivo para quienes no tenemos estudios superiores, porque se generaliza el prejuicio de que alguien sin título no tiene capacidad de trabajo, aprendizaje, conocimiento, inteligencia, etc.

En el país esto es tan extremo que hoy en día es difícil encontrar empleos que no exijan estudios superiores. En muchos lugares, para los puestos secretariales se piden por lo menos dos o tres años de universidad, por ejemplo. Muchísimas personas realizan sacrificios inmensos para seguir estudiando, convencidos de que el diploma garantizará un trabajo de calidad o por lo menos, la facilidad continua de obtener alguno. Los titulados desempleados que me estén leyendo saben que eso es una falacia.

En mi caso, mi padre estudió hasta tercer grado y desde niño tuvo que trabajar con su madre para subsistir económicamente y mantener a un par de hermanos menores. Su ambición era que yo fuera a la universidad, un sueño que compartí con entusiasmo. Pero entonces pasó la guerra, que provocó muchísimos cambios en mi vida y que, al igual que a mi padre, me obligó a trabajar para mi subsistencia desde entonces.

Nunca entré a una universidad. Pero conociendo mi limitación, me dediqué al auto estudio, según lo necesitaba para los trabajos que iba realizando. Hay gente que me llama “licenciada” y hasta “doctora”. Lamento mucho la expresión de desilusión y estupefacción que les causo cuando aclaro que “sólo soy bachiller”. Nunca lo he negado ni me da vergüenza decirlo. Tampoco me siento inferior por ello. Es mi realidad. Soy auto didacta, y a toda honra. Nunca lo he visto como limitante más que a la hora de buscar trabajo, porque en este país se cree más en papeles, cartones y nombramientos “al dedo” que en las habilidades manifiestas de las personas.

El artículo 151 de la Constitución de la República establece como requisito “la moralidad e instrucción notoria” para desempeñar el cargo presidencial, términos que resultan vagos y que pueden interpretarse y manipularse de muchas maneras.

Ahí es donde la ciudadanía juega un papel importante. Se necesita a una población pensante, que actúe por convicción y no por reacción, que tenga capacidad de observación y análisis pero sobre todo, que tenga la independencia de tomar sus propias conclusiones sin dejarse arrastrar por las mareas ideológicas o partidarias ni tampoco por la rabia e insatisfacción social que se viene percibiendo desde hace algunos años.

Sería preferible que en vez de ciencias económicas, los candidatos tuvieran estudios de administración pública o de ciencias políticas, carreras que por desgracia no existen en nuestro país. Se debería de considerar como algo urgente fundarlas, ya que sin duda esto contribuiría a ampliar el espectro social de quienes acceden a la participación política en El Salvador, y mejoraría la administración pública, renovando y enriqueciendo nuestra forma de hacer y vivir la política.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 7 de octubre, 2018).

Nuestra forma de escribir

Leer y escribir son dos caras de la misma moneda. Leer abre la posibilidad de la escritura. Para el escritor, leer es parte inequívoca de su oficio. Es un método de auto aprendizaje, de diálogo intelectual e intercambio humano. Es un carburante que alimenta nuestro motor narrativo, que lo mantiene activo.

Esta fusión entre la lectura y la escritura supone que así como los medios tecnológicos están transformando nuestra forma de leer, también están modificando nuestra forma de escribir y podrán impactar a futuro en nuestra concepción de la literatura, del oficio del escritor y de la industria editorial.

Gran parte de nuestra interacción tecnológica se realiza de forma escrita. Desde la mensajería privada hasta las más diversas redes sociales, practicamos un hábito de escritura cotidiana. Pero más allá de compartir artículos o información, hay personas que han encontrado en estos medios las herramientas para dar a conocer sus ficciones. Se definen como escritores, aunque su medio de publicación no sea el papel.

En columnas anteriores he mencionado Wattpad, una plataforma donde se pueden leer historias y publicar textos propios. Los lectores pueden comentar e interactuar con el escritor. Wattpad cuenta con más de 65 millones de usuarios y ha publicado más de 400 millones de historias desde su fundación en 2006. Esto llamó la atención de algunas editoriales estadounidenses, que tiene personal dedicado a leer esos textos y dar seguimiento a los más populares, en busca de posible material de publicación. Es conocido el caso de Anna Todd, autora de la serie After, que fue descubierta en Wattpad luego que la primera de sus novelas lograra millones de lecturas.

La inmediatez de la publicación y la interacción con quienes leen y comentan pueden ser estímulos suficientes para que un novato se anime a escribir. Algunas plataformas pueden ser una herramienta útil, una especie de taller literario virtual, no programado, donde los textos se ponen a prueba directa del lector, sin la mediación de un trabajo editorial.

Los géneros de las historias son variados: desde historias reales hasta ficciones de todo tipo. El hecho de publicar por entregas sumado a la reacción de los lectores, estimula la publicación espontanea y provoca modificaciones en la historia según los comentarios o “likes” ajenos, y no de acuerdo a una estructura planificada de antemano.

En el 2012, la escritora canadiense Margaret Atwood sorprendió a muchos al abrir una cuenta en Wattpad. Con más de 111 mil seguidores, Atwood ha compartido 15 de sus obras de forma gratuita, entre ellas una novela colaborativa, un libro de poemas y algunos cuentos.

La autora fue cuestionada por hacerlo. Nadie entendía qué necesidad tenía de estar en Wattpad, ella que ha sido considerada para el Premio Nobel de Literatura. En un artículo publicado en The Guardian ese mismo año, Atwood explicaba lo valioso que le parecen este tipo de espacios y reflexionaba sobre los cambios que ha visto en la industria editorial desde los tiempos en que, para comenzar a dar a conocer sus escritos, los escribía a mano y los repartía entre sus familiares. Su perfil de Wattpad la define como ansiosa por explorar la manera en que se conectan lectores y escritores.

 En un artículo titulado “Escritores y Facebook: cuando la red social funciona como probeta de historias y nuevos personajes”, publicado el pasado 15 de septiembre en el periódico La Nación de Argentina, su autor Daniel Gigena menciona varios casos de personas que comenzaron escribiendo en redes sociales y que luego dieron el salto al papel.

Félix Bruzzone, Julián López y Virginia Feinmann son algunos de estos casos. Utilizaron sus muros de Facebook para dar a conocer sus textos literarios. La cantidad de comentarios y de “me gusta” que generaron, llamó la atención de las editoriales. Los tres han publicado en papel y no son los únicos.

Para Cristian Godoy, ocurrió algo más complejo. Según el artículo, estaba bloqueado con la escritura y el único lugar donde podía escribir de manera fluida era en la red social. “Creo que me sucede eso porque desacraliza el acto de escribir, porque todo lo que se publica ahí está atado a lo inmediato y a los cinco minutos ya es tema viejo de conversación”. Esa relajación de la solemnidad de la escritura se produce por el fácil acceso a instrumentos y aplicaciones que usan la escritura como medio fundamental para interactuar con los demás.

Las redes pueden servir como tarima de exposición y como un termómetro de lo que se escribe, pero también como una herramienta de trabajo. El ya mencionado Félix Bruzzone escribía y publicaba en los momentos en que se le ocurría alguna idea, mientras trabajaba como limpiador de piscinas, porque no le gusta cargar consigo una libreta de apuntes. Así nació su libro Piletas.

Estaremos en problemas si quienes se consideran escritores no se exigen un nivel superior de calidad en cada nuevo proyecto que emprendan, aunque su medio de publicación sigan siendo las redes sociales. Los lectores también estaremos en apuros si las editoriales tienen preferencia por publicar y visibilizar libros facilones que, aunque populares en otras plataformas, no contribuyen a construir diálogo, a formar criterio propio o por lo menos a entretener exigiendo de sus lectores una atención menos superficial, y sin repetir fórmulas argumentales que ya fueron mejor escritas.

No creo que el libro ni los escritores vayan a desaparecer. Es posible que sufran algún tipo de metamorfosis para adaptar el oficio tanto a la tecnología como a las nuevas costumbres lectoras. Pero esta adaptación no debería de sacrificar la calidad.

La tecnología ha permitido cierta horizontalidad en la escritura y la publicación. Eso hará más difícil detectar la Literatura, con ele mayúscula, entre los millones de productos que se publican en papel o en internet. Eso será como separar la paja del trigo.

Porque para hacer Literatura, no basta con tener una buena historia. Hay que saber escribirla bien y tener lectores con el conocimiento y la sensibilidad necesarios para descubrirla.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 23 de septiembre de 2018. Foto de portada: FirmBee, dominio público, Pixabay).

Nuestra forma de leer

Va en aumento el número de estudios e investigaciones sobre el impacto que las nuevas tecnologías tienen y tendrán en los hábitos de lectura de las actuales y futuras generaciones. Desde lo más obvio, como la poca lectura de libros en papel, hasta otros aspectos menos analizados, como lo que podrá ser considerado literatura a futuro o la evolución misma del cerebro, las consecuencias de la omnipresencia de la tecnología son todavía impredecibles.

En un artículo publicado en agosto en el periódico The Guardian, Maryanne Wolf, profesora de UCLA, sostiene que es importante analizar la forma en que la tecnología modifica nuestra lectura comprensiva. La saturación informativa provoca una presión y un sentido de prisa o de urgencia en leer textos, de preferencia cortos, en las redes sociales. Ese sentido de inmediatez hace que adoptemos el hábito de leer por encima, pasando la vista por las líneas para distinguir las palabras claves y terminar pronto.

Wolf sostiene que la lectura superficial incide en el desarrollo de algunos de nuestros más importantes procesos intelectuales y afectivos como internalizar conocimiento, hacer análisis crítico, generar empatía y construir una opinión propia. Una investigación mencionada por Wolf en su artículo agrega que la lectura superficial impide percibir la profundidad del texto o captar su belleza.

Cabe preguntarse qué pasará a futuro con lo que entendemos hoy por literatura, uno de cuyos atributos es precisamente la belleza, sea a través del lenguaje o de la manera de contar una historia. En una columna de meses atrás, comenté ya cómo la tendencia de los adolescentes actuales es leer historias en aplicaciones telefónicas, siendo el celular algo así como la central de mando de gran parte de su actividad pública y privada. Es común que cuando se les pregunta a los jóvenes si leen responden que sí, argumentando que lo leído en pantallas también cuenta como lectura. Su interés más grande es encontrar historias con las cuales sentirse identificados, que reflejen su cotidianidad. La forma, es decir, las sutilezas de las técnicas literarias, son relegadas a un segundo plano. Para ellos predomina el contenido.

El artículo de Wolf también menciona la incidencia que tiene para el proceso cognitivo leer en papel o en dispositivos digitales. El tacto y la vista activan otras funciones que complementan la experiencia mental. Estudios hechos con grupos que leyeron el mismo libro pero en medios de lectura diferente demostraron que quienes leyeron en papel no sólo habían comprendido y asimilado mejor el texto, sino que habían disfrutado la experiencia más que quienes leyeron a través de una pantalla.

Este tipo de información es útil para sustentar la necesidad de emprender reformas educativas radicales, de manera que las futuras generaciones no pierdan funciones cognitivas y sensibilidades importantes. Se debe pensar en una nueva forma de enseñar materias como lenguaje, lectura y literatura. Lo vital durante los años formativos es seducir a los futuros lectores permitiéndoles acceso a todo tipo de libros, aún aquellos que puedan parecer demasiado complicados para determinadas edades. Pero su libre acceso a textos, les permitirá encontrar las lecturas adecuadas para su nivel de entendimiento e interés.

Alguien que lea de manera superficial en primaria y secundaria tendrá muchas dificultades para realizar estudios superiores, no solamente en su habilidad lectora, sino también en su desenvolvimiento académico. Sin duda, esto afectará su desempeño laboral y por ende, su calidad de vida.

Deberán implementarse métodos pedagógicos que permitan a los maestros tomar ventaja plena de los dispositivos y aplicaciones necesarios no sólo para seducir al estudiantado, sino también y sobre todo, para construir hábitos de lectura comprensiva y analítica, condiciones necesarias para la formación de adultos pensantes, críticos y propositivos.

Como escritora, estas consideraciones siempre me hacen cuestionar y poner en perspectiva los temas de mi narrativa y la forma de abordarlos. ¿Debe el escritor enfocarse en escribir según los nuevos paradigmas? ¿Debe el escritor sacrificar la profundidad y la belleza del lenguaje de una obra para limitarse a contar una historia en términos menos complicados pero de mejor entendimiento para el común de las personas? ¿O debe continuar adelante con su proceso y sus búsquedas personales, sin tomar en cuenta este tipo de demandas?

Vivo y concibo el ejercicio de la escritura como una forma de vida y de pensamiento. El escritor plantea dudas, busca respuestas, encuentra belleza en el sonido de una palabra o desahoga rabias, ambiciones, imaginaciones y deseos sobre el papel. Aunque dicho “papel” resulte ser una pantalla. Desviar la narrativa personal para adaptarla y complacer el gusto lector mayoritario sería, según mi perspectiva, contravenir la esencia misma de la escritura.

En el artículo, Wolf menciona algo escrito por Sherry Turkle, académica de MIT: “No erramos como sociedad cuando innovamos, sino cuando ignoramos lo que interrumpimos o disminuimos”.

Pensemos en cómo el cerebro humano fue evolucionando hasta convertirse en lo que es hoy. Cómo ciertas partes del cerebro fueron cambiando de tamaño y adaptando sus circuitos nerviosos, y cómo el mismo cuerpo físico se fue adaptando y modificando a sí mismo para llegar a lo que somos hoy en día. Pasaron años de evolución para que dejáramos de emitir gruñidos y fuéramos capaces de articular lenguaje, pensamiento y escritura, todo por la necesidad de mejorar la comunicación a medida que el entorno y la sobrevivencia así lo demandaban.

Pienso en las pinturas rupestres, en las imágenes y las técnicas utilizadas para hacerlas. Estoy convencida de que para nuestros ancestros, aquellos dibujos eran una forma primaria de contar algo. O quizás era un ejercicio de asombro al descubrir o probar las propiedades de algunos pigmentos y lo que se podía lograr con ellos, convirtiendo las rocas en los lienzos de sus pinturas, como ocurrió en la cueva de Chauvet, en Francia, y la Cueva de las Manos en río Pintura, Argentina.

Que la tecnología sirva para construir mentes críticas, socializar el conocimiento y mejorar nuestras condiciones de vida. No para mutarnos en zombis obedientes y sin criterio propio.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 9 de septiembre de 2018. Foto de portada: dominio público, Pixabay).