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La orgía más cara de la historia

El inicio de año supone un ejercicio casi obligado de repasar lo ya acontecido y pensar en lo que viene. La entrada del 2020 me hizo recordar algunos momentos culturales y sociales importantes de hace cien años y que contrastan con el tiempo actual.

En los años 20 del siglo pasado se respiraba un aire de optimismo y de celebración. La euforia generalizada por el fin de la I Guerra Mundial, provocada sobre todo por el estado de prosperidad económica que ello supuso para algunos países, sumado a los avances tecnológicos de la época, alimentaron una serie de rompimientos y propuestas considerados audaces para su tiempo.

En un artículo titulado “Ecos de la Era del Jazz”, el escritor F. Scott Fitzgerald retrata el espíritu de aquella década que, para él, comenzó con el llamado “Verano rojo” de 1919. En aquel entonces ocurrieron una serie de disturbios raciales entre negros, blancos estadounidenses e inmigrantes europeos en los Estados Unidos. Dichos eventos, que comenzaron en mayo y continuaron durante prácticamente todo el año, dejaron cientos de muertos, en su mayoría hombres y mujeres afroamericanos, que fueron linchados o lapidados, sobre todo en Chicago, Washington D.C. y Elaine (Arkansas), lugares que sufrieron con más fuerza dicha violencia.

“Los acontecimientos de 1919 nos volvieron cínicos más que revolucionarios”, argumenta Fitzgerald y sostiene que una característica generalizada de la década fue que no había interés alguno por la política: “Fue una época de milagros, fue una época de arte, fue una época de excesos, y fue una época de sátira. (…) Éramos la nación más poderosa. ¿Quién podría seguir diciéndonos lo que estaba de moda y qué era divertirse?”.

Los servicios de luz eléctrica, agua potable y aguas servidas comenzaron a masificarse, sobre todo en las ciudades. La naciente industria automotriz popularizó la compra de automóviles. Los postes del tendido telefónico permitieron la expansión de las comunicaciones. La radio se consolidó como un medio de difusión masiva. El cine mudo se popularizó como una forma de entretenimiento y tuvo su transformación definitiva cuando surgió el primer largometraje sonoro, The Jazz Singer. Charles Lindbergh y Amelia Earhart cruzarían el océano en vuelos solitarios, lo que impulsó la aviación comercial de pasajeros.

Las mujeres subieron el ruedo de sus vestidos y lograron votar, aunque muchas siguieron luchando por mejorar sus condiciones de trabajo en las fábricas. Josephine Baker bailó prácticamente desnuda en sus shows del Folies Berg­ère en París y se convirtió en la primera afroamericana en participar en un largometraje. El ánimo de desafío contra las costumbres permitió el surgimiento de las “flappers”, mujeres que llevaban el pelo corto, se pintaban la boca de rojo, bailaban, fumaban y bebían alcohol.

El charlestón, el jazz y el blues dominaban los salones de baile y las fiestas. La prohibición del alcohol (de 1920 a 1933) disminuyó la incidencia de cirrosis en la salud pública, pero el contrabando y la destilación clandestina permitieron el florecimiento del crimen organizado y la expansión de las mafias. Al Capone, Frank Costello y Lucky Luciano se convirtieron en el dolor de cabeza de las autoridades y calaron en el imaginario popular con la figura del gánster.

El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence era el libro escandaloso de su tiempo, gracias a sus descripciones sexuales consideradas como gráficas. Erich Maria Remarque contaba la desolación de la recién terminada guerra en su novela Sin novedad en el frente. El estilo arquitectónico y de diseño de la Bauhaus saltó fronteras y se expandió por el mundo. El edificio Chrysler, construido entre 1928 y 1930 en Nueva York, supuso la culminación del art déco y la ambición del ser humano por escalar los cielos construyendo edificios cada vez más altos. George Gershwin compuso en 1924 Rhapsody in Blue, una pieza orquestal que funde elementos clásicos con jazz y que, para finales de 1927, había vendido un millón de copias en discos de acetato de doce pulgadas. El dadaísmo y el surrealismo rompieron la formalidad y el esnobismo estéticos, dando paso a la exploración del sinsentido y de lo subconsciente.

 Ocurrieron mil cosas más, pero la estrepitosa caída de la bolsa en los Estados Unidos, el “Martes Negro” del 29 de octubre de 1929, rompió con el hechizo de euforia de la década de los 20. Cientos de personas perdieron sus fortunas y los bancos quebraron. Las consecuencias se dejaron percibir en el mundo entero y millones de personas perdieron sus trabajos, entrando en la Gran Depresión de los años 30 y que conduciría, casi como fatalidad, a la II Guerra Mundial.

El artículo de Scott Fitzgerald, escrito en 1931, termina con una reflexión nostálgica de una década que sin duda fue próspera e intensa: “… la orgía más cara de la historia se terminó (…) porque la total confianza, que era su apoyo esencial, recibió una terrible sacudida y a la endeble estructura no le llevó mucho tiempo venirse al suelo. Al cabo de dos años, la Era del Jazz parece tan lejana como los días anteriores a la guerra. Era un tiempo prestado, en cualquier caso. (…) Ahora tenemos apretado el cinturón una vez más y ponemos la expresión de horror adecuada cuando volvemos la vista hacia nuestra desperdiciada juventud. (…) Y todo eso nos parece rosado y romántico a nosotros, que entonces éramos jóvenes, porque no sentiremos tan intensamente lo que nos rodea, nunca más”.

Ahora avanzamos en el siglo XXI, a una nueva década de años 20, con un mundo que arde en llamas (literalmente), donde convivimos con lo tecnológico de maneras que hace cien años no eran ni imaginadas y con un ánimo global de rabia, agitación, insatisfacción y cinismo, con tambores y clarines de guerra sonando siempre fuerte.

¿Que se dirá de nosotros y de este tiempo dentro de cien años? Ojalá que para entonces no hayamos vuelto a la edad de piedra y que la humanidad haya podido evolucionar hacia una realidad más benévola que la del presente.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 12 de enero de 2020. Foto de portada: F. Scott Fitzgerald, tomada de History.com).

Creencias curiosas de fin de año

Algunas tradiciones y creencias de fin de año que todavía se mencionan o practican en algunos países europeos, tienen su origen en tiempos pre cristianos, cuando los pueblos celebraban el solsticio y los ciclos de la siembra y la cosecha. Ni el tiempo ni las prohibiciones sociales o religiosas lograron que dichas creencias fueran borradas del imaginario colectivo. Por el contrario, muchas pervivieron por mandato popular hasta convertirse en parte del folklore de varias regiones, algunas de ellas cumpliendo un evidente propósito didáctico o de control social.

En Austria, Hungría, Croacia, así como en algunas zonas de Alemania y del norte de Italia, las familias se preparan para la llegada de San Nicolás, quien lleva regalos para los niños bien portados. Pero puede llegar acompañado de un siniestro personaje: el Krampus.

Este es un personaje con forma humana pero cuyo cuerpo está cubierto de pelo de cabra negra. Su pierna izquierda termina en una pezuña. Su rostro es el de un demonio. Su lengua es larga y puntiaguda y la enrolla y desenrolla a placer, permitiendo ver sus afilados colmillos. Su cabeza va coronada por dos grandes cuernos.

El Krampus suele llevar consigo una cadena, que hace sonar al caminar. También carga un cesto o un saco de tela en el que irá metiendo a todos los niños mal portados para llevárselos a su guarida en el infierno. Por ello, durante el año, los adultos se la pasan amonestando a los pequeños y amenazándolos con que “se los va a llevar el Krampus” si no se portan bien. En versiones menos siniestras, se dice que el Krampus no se lleva a los niños, pero les da de regalo trozos de carbón y les pega un par de nalgadas con un manojo de ramas de abedul.

En algunas localidades europeas, todavía se hacen desfiles donde la gente se disfraza con máscaras de madera que representan la cara del demonio y al que los adultos creen apaciguar ofreciéndole copas de un brandy casero hecho con frutas. Subsiste también el envío de postales con las imágenes del Krampus, metiendo en su saco a niños con rostros evidentemente aterrorizados.

En Grecia, Bulgaria, Serbia, Albania, Bosnia y zonas vecinas, se cree que los doce días de la Navidad (entre el 25 de diciembre y el 6 de enero), es el tiempo cuando aparecen los kallikantzaros, unos goblins malignos que viven todo el año bajo tierra y cuya tarea es cortar el Árbol del Mundo con una enorme sierra. Este árbol (común en varias culturas del mundo, incluida la Maya) mantiene conectados el cielo, el mundo terrenal y el inframundo. El día que los kallikantzaros terminen su tarea, terminará todo.

Pero durante los días de Navidad, los kallikantzaros se toman una pausa y suben a la tierra para causar mil y un problemas entre los humanos. La descripción física de estos seres puede variar y ser contradictoria, pero en lo que parecen coincidir es que son humanoides pequeñitos, con cola, que tienen mal olor, que les encanta comer sapos y que parecen diablitos negros. Los humanos, advertidos de su existencia, deberán aprender varias tretas para evitar a estos seres y así neutralizar el mal que puedan causar.

En Islandia subsiste la leyenda del jólakötturinn, un gato negro gigante y feroz, que va de pueblo en pueblo, comiéndose a las personas que no han estrenado ropa nueva en Navidad. Se cree que esta leyenda tomó mayor impulso en el siglo XIX, con el propósito de que los granjeros esquilaran a tiempo sus ovejas, para confeccionar con esa lana las prendas de estreno para el fin de año. Pero esta leyenda se remonta a tiempos más lejanos y forma parte de la creencia en los ogros gigantes Gryla, Leppaludi y sus hijos.

Gryla aparece como un antiguo personaje de la mitología nórdica, pero no es hasta el siglo XVII en que se le asocia directamente con la Navidad. Gryla es una mujer gigante y muy fea, que recorre los pueblos pidiendo le sean dados todos los niños mal portados, a quienes se lleva a su cueva para preparar su platillo favorito: un estofado hecho con niños traviesos y malcriados.

Leppaludi es el tercer esposo de Gryla y vive junto con ella, con el gato jólakötturinn (también conocido como gato Yule) y sus trece hijos, conocidos como los muchachos Yule. Todos son gigantes y todos son caníbales. Leppaludi es un haragán que pasa todo el día sin hacer nada pero cuando tiene hambre, se levanta a buscar niños mal portados, aunque también se dice que come adultos malvados.

En Gales subsiste la tradición del Mari Lwyd, donde una persona se disfraza de caballo. El disfraz se hace con una calavera real de caballo, a la que se le atan varias cintas de colores y cascabeles. Esta calavera se amarra a un palo y sobre el palo va una manta blanca, debajo de la cual se esconde una persona. Quien va vestido como Mari Lwyd cuenta con la asistencia de un par de gentes, que deben guiarlo en el camino.

Este pequeño séquito visita varias casas, tocan a la puerta y cantan una copla para pedir la entrada. Los dueños deberán contestar con otra copla y se establece un duelo de versos y cantos. Si los dueños de casa no saben cómo contestar las ingeniosas coplas del caballo, deben hacer pasar a toda la comitiva y darles comida y bebida, ya que se estima de mala suerte no alimentar al Mari Lwyd y sus acompañantes.

 Aunque son costumbres lejanas, no es difícil relacionarlas con algunas creencias y tradiciones nuestras. La perpetua lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre la bondad y la crueldad, se imponen como temas claves en estas leyendas, muchas de las cuales han funcionado como fuente de inspiración para diversas manifestaciones del arte y la literatura.

Sirvan hoy para reflexionar sobre nuestro futuro, y también para transmitirles mis mejores deseos para el nuevo año.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 29 de diciembre de 2019. Foto de portada: «Mari Lwyd» pintado por Rhŷn Williams, Wikimedia).

Nombrar y respetar el dolor

El 6 de diciembre de este año, Wilfredo Medrano, representante de Tutela Legal “Dra. María Julia Hernández”, denunció que el Instituto de Medicina Legal (IML) no mantuvo en buenas condiciones las muestras de ADN de los familiares sobrevivientes de la masacre de El Mozote y cantones aledaños. Dichas muestras, tomadas desde hacía tres años y que permitirían confirmar la identificación de 29 osamentas exhumadas en el 2016, se habían estropeado. Esto obligó a que los familiares tuvieran que someterse a nuevas pruebas de ADN.

Algunos de dichos familiares se manifestaron molestos, porque esperaban poder recibir los restos de sus fallecidos durante la conmemoración del aniversario de la matanza. Hacer las nuevas pruebas implica que comenzará otro ciclo de espera para culminar el trámite de la identificación.

Aparte de la inoperancia del IML, lo primero que pensé es que ese descuido en el mantenimiento de las muestras es una profunda falta de respeto hacia los familiares y su dolor. Es no reconocer ni dar importancia a ese dolor. Y menciono estos aspectos subjetivos, el respeto y el dolor, porque creo que nos hace falta mucha humanidad en lo que al tema de la masacre de El Mozote, y a todas las demás matanzas de la guerra, se refiere. ¿Por qué, durante tres años, nadie se dio cuenta de que esas muestras no estaban siendo conservadas de la mejor manera posible? ¿No se considera un caso urgente y prioritario lo de El Mozote?

Un par de días después de la noticia del ADN, el periódico digital El Faro y el programa Focos presentaron tres extensos reportajes sobre otras masacres ocurridas en el país durante la guerra. Uno de esos reportajes habla sobre uno de los temas tabú dentro de la ex guerrilla salvadoreña: los asesinatos ordenados por el comandante Mayo Sibrián contra gente de su misma organización, entre 1986 y 1991.

El abogado Pablo Parada Andino, ex comandante de la Fuerzas Populares de Liberación (FPL) y una de las cinco organizaciones que conformaron el FMLN durante la guerra, lleva años empeñado en dar a conocer estas muertes. Ha logrado juntar y unirse a deudos de los ajusticiados por Sibrián para impulsar la denuncia correspondiente ante la Fiscalía General de la República.

Para el FMLN, el tema de Sibrián siempre resultó incómodo. Se dijo que había perdido la razón y que por eso mandó a matar a cientos de guerrilleros, colaboradores y pobladores de las zonas de control, porque veía espías y enemigos en todas partes. El asunto se dio por zanjado con el fusilamiento de Sibrián en 1991, cinco años después de que comenzaran las muertes.

Otro de los reportajes de El Faro/Focos, “La masacre ignorada del río Lempa”, habla de la muerte y desaparición de casi 200 personas, la mayoría población civil, por parte de miembros del ejército que habían sido enviados para eliminar una célula guerrillera de 40 miembros, ubicada en Santa Marta. Sobre estas muertes en el Lempa, la Comisión de la Verdad apenas escribió tres líneas en su informe final sobre la guerra en el país. Otras masacres, con menor número de muertes, ni siquiera fueron registradas en dicho informe.

Los habitantes de Santa Marta realizan en marzo de cada año una peregrinación desde el pueblo al lugar en el río donde se dio el suceso. Es un día de convivencia entre la comunidad, pero también un día de dolor y recuerdos que todavía humedecen los ojos de quienes lo pueden contar. Estas masacres son menos conocidas, pero su dolor y su realidad siguen teniendo el mismo efecto entre los sobrevivientes y las generaciones que crecieron a su sombra.

Somos un país donde los vivos nos dedicamos a buscar los huesos de muchos muertos. Muertos de hoy y muertos de ayer. Los de las masacres de la guerra. Los de los desaparecidos. Los de los cementerios clandestinos. Un país lleno de huesos. Un país lleno de dolor. Un país lleno de memorias difíciles que deben ser nombradas para poder ser expiadas.

Si en El Salvador aprendiéramos a respetar el dolor ajeno, podríamos tener un ambiente menos ideologizado para crear espacios colectivos y hablar de esos traumas, dejando de lado las diferencias y partiendo de lo común: el dolor que nos une. Identificar los dolores que nos causó la guerra, nombrarlos. Asumir la responsabilidad ética de los mismos. Hablar sobre ello, que las víctimas puedan nombrar su dolor en voz alta, ponerle palabras, nombres y apellidos. Hablar de la culpa, de la rabia, de las pérdidas. Hablar de nuestra guerra y del por qué nos matamos de la manera en que lo hicimos, muchas veces con toda crueldad.

Hay dolores que jamás terminan, que no podrán sanar jamás. Hay dolores demasiado profundos y complejos, que dejan secuelas interiores con las cuales sólo queda aprender a convivir, porque estarán ahí siempre. Hay dolores que incluso se heredan, de generación en generación, a través de conductas condicionadas, de silencios, de secretos familiares o de verdades dichas a medias.

Hablar del dolor, señalarlo, implica también sacudir la culpa del sobreviviente. Es otorgar dignidad a eventos que, de manera personal o colectiva, hemos aprendido a callar o nos han obligado a callar.

No sé qué tan cierta sea la premisa de que al conocer la historia podremos evitar que ocurra de nuevo. Esto lo digo a la luz de los eventos mundiales que nos hacen ver un lamentable auge de movimientos neo nazis, autoritarios y fascistas, como si volviéramos a comenzar todo de nuevo. Como si no existiera el pasado. Como si no hubiéramos aprendido nada de la historia. Hay quienes niegan el Holocausto y también hay quienes niegan El Mozote o quienes justifican aquellas crueles acciones.

Como sociedad, tenemos que reconocer lo acontecido en nuestra historia. Nombrarlo. Dignificarlo reconociendo su existencia. Respetar la memoria de tantas personas que murieron muertes indignas, crueles, atroces. No importa de qué bando. No importa de qué ideología.

Daríamos un primer gran paso con sólo practicar el respeto al dolor ajeno.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 15 de diciembre, 2019. Foto de portada: exhumación realizada este año de personas asesinadas en el Cerro Ortiz de Cacaopera, Morazán, comprendidas dentro de la masacre de El Mozote y lugares aledaños. Foto tomada del Twitter de Tutela Legal «María Julia Hernández»).

Book covers of different literary diaries.

Tribulaciones compartidas

La reciente publicación del libro Lo que fue presente (Diarios 1985-2006), del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, me dejó pensando en lo que me parece es un tipo de género literario que iremos viendo cada vez con menor frecuencia: los diarios personales.

He sido lectora de diarios de escritores desde hace años, porque busco en ellos la tribulación compartida de un oficio ingrato y poco estimado. Conocer algo de la vida o la manera de pensar y reaccionar del escritor en su entorno cotidiano, puede dar elementos para comprender o valorar aún más su obra.

Muchos escritores han ocupado sus diarios como semillero de ideas para sus textos, como ocurrió con los Carnets de Albert Camus o El oficio de vivir de Cesare Pavese. Los múltiples volúmenes de diarios de Anaïs Nin, permiten conocer facetas de otros artistas o escritores con los que Nin pudo relacionarse, así como las reflexiones sobre el arte y la literatura de una mujer que siempre estuvo a la vanguardia de su tiempo. Los cuadernos de Lanzarote de José Saramago, son oportunos para conocer con mayor profundidad el pensamiento del escritor, pero también para conocer la agobiante rutina de compromisos públicos a la que se mira enfrentado un autor reconocido y el cansancio que eso puede llegar a generar.

No es extraño encontrar diarios que parecen ignorar o minimizar eventos históricos y que se concentran sobre todo en los eventos privados, esos que marcan a todo ser humano y que pueden ser algo así como terremotos emocionales, que sacuden la personalidad de quien escribe, marcándole para bien o para mal. Pero como lectora de diarios de escritores, siempre encuentro que estos tienen el punto común de largas y profundas reflexiones sobre el oficio, que es lo que más me atrae de ellos.

Las dudas sobre el talento propio; las ideas que en un momento se convierten casi en obsesión y que luego, por el impedimento de desarrollarlas, pierden su importancia; la lectura de otros escritores donde se encuentran palabras o ideas mejor expresadas que las propias; la escritura como una especie de columna vertebral, de estructura que sostiene la vida y la psique del escritor, son todos elementos que siempre están ahí y que pueden servir de bálsamo y aliento para quienes nos desmotivamos con nuestro oficio en más de alguna etapa de la vida.

Ciertos escritores llevaron disciplinadamente la escritura de sus diarios con la clara intención de que, algún día serían publicados. Es el caso de los Diarios de John Cheever, quien dejó instrucciones a su familia de publicar sus diarios, como lo aclaró su hijo Benjamin, en la introducción de los mismos. La intención de publicar sus diarios no le impidió a Cheever escribir honestas confesiones sobre su bisexualidad y la lucha con su alcoholismo.

Por su parte, Ricardo Piglia, a pesar de estar enfermo de esclerosis lateral amiotrófica, pasó los últimos tres años de su vida trabajando con la ayuda de su asistente, Luisa Fernández, para seleccionar el material de sus diarios, que comenzó a escribir desde que tenía 16 años. Así pudo conformar los tres volúmenes de Los diarios de Emilio Renzi. Casi puede decirse que sus diarios son el retrato de la formación de un escritor y de su visión sobre la literatura, que se fue desarrollando a lo largo de toda su existencia.

Para otros autores, el diario es un acompañante de vida que queda interrumpido por la muerte. Los diarios de las suicidas Silvia Plath y Alejandra Pizarnik, por ejemplo, fueron descubiertos por sus familias y editados en el peor sentido posible, es decir, censurándolos y cortándolos para dizque proteger la memoria de las fallecidas, por temas que podrían causar vergüenzas familiares. Sólo el correr de los años y la magnitud que ambas escritoras alcanzaron en el concierto de la literatura universal, permitieron revisiones y nuevas ediciones íntegras del material original.

Parecerá un sinsentido que alguien que escribe textos de diferentes géneros, desde novelas hasta artículos, tenga todavía tiempo o deseos de escribir algo que no necesariamente resultará en su publicación inmediata o que, incluso, nunca será publicado. Pero la redacción de un diario, aparte de ser un desahogo o un recuento periódico de eventos y reflexiones, es un gran ejercicio de escritura, que obliga a mantener “la mano caliente”. Cuando se escribe con honestidad, el diario obliga a encontrar la definición adecuada de sentimientos y sensaciones; a nombrar lo indecible ante los demás; de ejecutar descripciones de situaciones, objetos y personas o, simplemente, de mejorar las habilidades de redacción, lograr fluidez e ir al grano de lo que se quiere decir, sin rodeos o evasiones. Ejercitar dicho tipo de redacción contribuye, sin duda alguna, a la escritura de los diversos tipos de géneros literarios y a hacerlo con mayor precisión y claridad.

Es posible que, con el tiempo, los diarios de escritores se conviertan en una curiosidad que llame la atención, sobre todo para escritores incipientes, para admiradores de la obra de sus autores y para lectores que buscan algo más allá de sus lecturas acostumbradas.

La masiva utilización de las redes sociales como destinatario de desahogos y frivolidades por parte de todo tipo de personas, da la sensación de que la intimidad y la privacidad, necesarios para la escritura de un diario, son asuntos sobrevalorados e inexistentes. El ruido de las redes explota el morbo, el egocentrismo y el facilismo, dando incluso la impresión distorsionada de que lo que se redacta “es bueno” porque acumula miles de “likes”, haciéndole pensar a algunos que ello los convierte en poetas o escritores, pese a no contar con un oficio regular como tal, publicaciones en papel o lo más necesario para serlo: calidad literaria y algo que decir.

Los diarios de escritores son, en ese sentido, un recordatorio vital de que la escritura no es una pose pública sino una forma de vida que, una vez asumida, encarnaremos hasta la muerte. La simbiosis entre la intimidad y el oficio, reflejada en tantos diarios literarios, así lo demuestra.

(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 1 de diciembre, 2019. Foto propia).

Me gustaría cambiar el mundo

Cada vez que escucho la expresión “golpe de estado”, recuerdo las incontables ocasiones en que mi padre aparecía a media tarde en casa, con un par de bolsas del supermercado, llenas de provisiones.

Un amigo de la familia, que era coronel, advertía a mi padre que dejara la oficina y volviera a casa cuando se esperaba que hubiera “problemas”. Mi padre trabajaba en el pasaje Montalvo, en pleno centro de San Salvador, y salir de ahí en medio de balaceras o manifestaciones era difícil y peligroso.

Eso podía ocurrir durante las elecciones o cuando se hacían públicos los resultados de las mismas, cuando medio país clamaba fraude electoral y los cuarteles estaban en estado de alerta máxima. Yo era una niña y no comprendía muy bien qué pasaba. Tengo recuerdos borrosos de algunos eventos de los 70. Pero lo que no he olvidado, y recuerdo con toda claridad, es el sentimiento que aquello provocaba.

La actitud misteriosa de mi padre. Las preparaciones logísticas para encerrarse en casa un par de días, por si había problemas. La radio encendida para estar enterados de los eventos. Baterías, candelas y gas para los quinqués. Los juegos de mesa para pasar la oscuridad de las noches. La angustia, la sensación de peligro inminente. Mi preocupación de niña al pensar que algo malo pudiera ocurrirle a mi padre en medio de alguna balacera. Los muertos vistos en las calles, desde la ventanilla del carro, cuando íbamos al colegio. La tensión de los días inmediatos. Fingir que todo estaba bien a sabiendas de que no lo estaba. La incertidumbre de lo que iría a pasar y de cómo afectaría eso nuestras vidas. La sensación de tragedia inminente y de que todo se iba a descalabrar. En pocas palabras, el miedo.

En los dos o tres años previos a la guerra, entre 1977 y 1979, esta sensación no sólo se convirtió en un estado de ánimo permanente, sino que se agravó con el transcurrir de los eventos, muchos de los cuales sólo nos enterábamos por rumores, porque los periódicos no hablaban de ello. Las páginas de eventos sociales seguían llenas con fotos de baby-showers, bodas y fiestas de quinceañeras, con rostros sonrientes y magníficos peinados, como si todo estuviera bien. Nada de qué preocuparse. Nada que nos advirtiera que el país colapsaba a gran velocidad. Con una fuerte censura, cuya violación implicó la muerte para algunos periodistas, la única fuente algo confiable de noticias era el boca a boca.

Poco a poco, el fuego en el cañal ardió. Y el incendio se tornó incontrolable. Comenzó la guerra. Y la vida nunca volvió a ser la misma.

Desde hace varias semanas vengo recordando los años previos a la guerra con demasiada frecuencia, gracias a una serie de noticias, tanto nacionales como internacionales. Me siento de nuevo en los años 70, con una sensación de que todo esto ya fue vivido, ya lo pasamos, ya había sido superado. Es un viaje al pasado, pero al mismo tiempo no lo es, porque el contexto, las herramientas de la ciudadanía, los personajes y la coyuntura global son diferentes. Aunque hay ingredientes y causas nuevas, en el fondo parece que se sigue luchando y reclamando lo mismo que hace tantos años.

Quizás lo que más me impresiona es algo que en los setenta era impensable. Como ya dije, en aquel entonces vivíamos la realidad de rumor en rumor o por experiencia personal directa. Hoy, la saturación informativa de los diversos medios de comunicación y redes sociales, nos hace no sólo dudar de la verdad, sino que, a la vez, deja al descubierto el descaro de muchas personas que no dudan en justificar sus actos o su forma de pensar, claramente atentatorios contra los derechos humanos de quienes no comparten su ideología, creencias o puntos de vista. Algunos le llaman “libertad de expresión”, pero la manera en que se plantean las cosas, de forma tan virulenta, lo acercan más a la categoría del fanatismo y de las verdades absolutas, donde quien no está de acuerdo con su opinión resulta linchado en los medios electrónicos. No hay voluntad ni de diálogo ni de intercambio de ideas, sino simple y llanamente de imponer la razón de unos sobre la de otros. Es gente con la cual resulta imposible razonar ni conversar de forma civilizada.

El descaro de la impunidad, de la corrupción, de la violencia (no sólo física, sino también mediática), ciertos discursos, ciertas palabras y actitudes, todo me ha hecho recordar esa aprehensión que sentí de niña, ese vivir en un mundo que aparenta estar bien cuando, en el fondo, sabemos que no es así.

Otra diferencia con los setenta, acaso la peor, es la indiferencia colectiva salvadoreña, que parece incapaz de reaccionar ante evidentes injusticias como el fallo en el caso del Magistrado Escalante, el asesinato con lujo de tortura de dos mujeres trans, la filtración de información personal a Casa Presidencial o esa dimensión paralela donde fluyen ríos de miles de dólares que se comisionan para impactar en la opinión pública, a favor o en contra de ciertos funcionarios. Todo lo cual es una burla y una bofetada en la cara para quienes intentamos vivir la vida de forma honesta y digna, aunque tengamos que fajarnos con dos o tres trabajos diferentes y a duras penas logremos irla pasando.

Con demasiada frecuencia en estos días recuerdo una canción de 1971 del grupo de rock británico Ten Years After, “I’d Love To Change The World”. “Me gustaría cambiar el mundo, pero no sé qué hacer”, dice el estribillo de la canción, compuesta por el líder del grupo, Alvin Lee, para describir el estado de agobio que provocaba la guerra de Vietnam, la desigualdad económica, la sobrepoblación mundial y la contaminación ambiental.

Por desgracia, la canción y su contenido siguen vigentes. Como si estuviéramos viviendo en los años 70. Como si no se hubiera luchado nunca. Como si, a pesar de las lecciones de la historia, no hubiéramos aprendido absolutamente nada.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 17 de noviembre, 2019. Foto de portada: Non Violence [The Knotted Gun], estatua de bronce del artista sueco Karl Fredrik Reuterswärd, frente al edificio de Naciones Unidas. Foto de Flavio Botana en Pixabay).

Activismo o literatura

Al concluir la 71ª Feria del Libro de Frankfurt quedó clara una cosa: los lectores contemporáneos tienen una creciente necesidad de buscar libros que puedan dar explicación sobre el presente caótico que vivimos. Ensayos, géneros de no ficción y distopías sobre el cambio climático, feminismo e historia, fueron el tipo de libros que mostraron un aumento significativo en las contrataciones internacionales realizadas. Son también el tipo de libros que han tenido un aumento significativo en sus ventas en el último año, sobre todo en Europa.

Pensada como un gran mercado editorial (donde se negocian publicaciones, traducciones y representaciones literarias), la Feria del Libro de Frankfurt suele ser un buen termómetro para comprender por dónde van las tendencias de publicación y el interés de los lectores. Recién clausurada su más reciente edición el 20 de octubre pasado, también quedó claro que hay preferencia por la novela que retrata las crisis de nuestras diferentes realidades o segmentos poblacionales. Según Pilar Beltrán, responsable literaria de Edicions 62, un sello del grupo Planeta, “se le pide a la novela que apele al presente, que aporte más pensamiento y reflexión que evasión”.

Ese reflejo de la realidad en la ficción novelística parece ser también algo que se le impone a los autores, en general. Hoy en día, da la impresión que el valor de un escritor radica en sus niveles de popularidad en las redes sociales, pero también en su activismo y el apoyo manifiesto a una u otra causa. Las virtudes literarias de sus obras quedan relegadas a un segundo plano. Esto fue notorio este año, luego de la entrega de los premios Nobel de Literatura a la polaca Olga Tokarczuk y al austríaco Peter Handke.

En el caso de Tokarczuk, se destacó su feminismo, su compromiso con el medio ambiente y la incomodidad de su militancia de izquierda ante el gobierno de su país. Aunque a Handke se le destaca como alguien hábil para retratar “la periferia y la condición humana” (según el comunicado de adjudicación de su Nobel), ha sido imposible ocultar la amistad personal que tuvo el austríaco con Slobodan Milosevic y su negación del genocidio y los campos de concentración en Bosnia y Herzegovina.

La presión de los periodistas sobre Handke fue tal, que el flamante Nobel anunció a los pocos días de ganar su premio, que no respondería más preguntas a la prensa. “De ninguna persona que se me acerca oigo que ha leído algo de mi obra, que sabe lo que he escrito”, comentó defraudado el escritor durante una rueda de prensa, agregando fuera de cámara que, a pesar del premio, ningún periodista está interesado en realidad en sus libros.

En su columna del 26 de octubre pasado, titulada “Opiniones” y publicada en el diario El País, el escritor Antonio Muñoz Molina hace un par de reflexiones importantes sobre este asunto. “A los escritores ya casi no les preguntan en las entrevistas por los libros que han escrito. Les preguntan por Cataluña, si son españoles, o por el Brexit, si son británicos, o por Donald Trump, si vienen de Estados Unidos”, argumenta Muñoz desde el inicio de su texto.

Después de describir el trabajo de la novela como muy complicado, Muñoz dice: “Uno comprende que leer un libro entero puede ser fastidioso, pero quizá quien lo ha escrito, cuando va a ser entrevistado, merece la cortesía de que el entrevistador haya leído con algo de atención eso que a él, al autor, le costó tanto, y que sienta curiosidad por saber cómo se hizo”.

Utiliza como ejemplo sobre su argumento novelas recién publicadas por John Le Carré, Ian McEwan y Javier Cercas, reconociendo que si bien una novela puede incluir exposiciones y debates de ideas, debe hacerse desde el pacto de la ficción, para no convertir a los personajes en meros portavoces del autor. Puede haber escritores que sientan la urgencia de denunciar algo, concluye Muñoz, pero para ello también existen el ensayo, el artículo y el panfleto. “La novela rara vez puede ser un instrumento de intervención inmediata: sus materiales proceden de una larga maduración en gran medida inconsciente, casi tan lenta como la que convierte en suelo fértil la materia vegetal en el suelo de un bosque”, recuerda el autor.

La 71ª Feria del Libro de Frankfurt hizo por su parte un llamamiento a todo el sector librero: “El libro y los media tienen la responsabilidad de analizar y cuestionar críticamente los paradigmas que definen el siglo XXI: la diversidad debe ser protegida, necesitamos autores que clamen contra las injusticias y asuman riesgos y, claro, editores comprometidos con este contenido y que encuentren los formatos para ello”.

Si bien es cierto los lectores buscan libros y géneros que les permita comprender el momento actual, hay quienes exaltan en demasía las opiniones y la imagen de un escritor por encima de sus textos. Lo que no debería olvidarse es que hay una diferencia entre literatura y activismo, y que este último (por muy noble y valiosa que sea la causa en lucha) no es disculpa para publicar una obra mediocre o regular ni tampoco, por el contrario, para exaltarla, a sabiendas de que es una obra oportunista cuya vigencia perecerá pronto.

Todo esto recuerda a la vieja discusión del escritor comprometido y la validez o no de obras que no estén alineadas con las exigencias del momento político o histórico que vive el autor. Sigue existiendo una expectativa de buena conducta y de calidad moral notoria sobre el escritor, como si eso fuera una garantía para escribir una obra de calidad.

Estas son decisiones que, al final del día, le corresponde tomar al escritor, quien deberá valorar si quiere escribir una obra inmediatista, para retratar las inquietudes contemporáneas urgentes y colmar así la expectativa social, o esperar al mejor momento para hacerlo, sabiendo que la literatura es un potaje de cocimiento lento, sobre todo cuando se trata de retratar una época en cuyo torbellino todavía vamos dando tumbos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 3 de noviembre de 2019. Foto: mural de Bansky en los territorios palestinos).

El rompecabezas de nuestra historia

Por asuntos de trabajo, me ha tocado hacer una investigación que me obliga a repasar y profundizar en la historia salvadoreña de los últimos 50 años, un período importante y determinante para el país, que involucra sucesos políticos, catástrofes naturales, la guerra y la posguerra, con todas sus causas y consecuencias.

Es un trabajo interesante pero también agotador. Es fascinante reconstruir la narrativa histórica nacional y darse cuenta de cómo las decisiones o la desidia de los gobernantes, los políticos y la sociedad en su conjunto, se fueron acumulando hasta arrastrarnos a consecuencias inimaginables. Por ejemplo, la falta de atención y reparación adecuada de los daños del terremoto de 1965 a la infraestructura afectada en aquel entonces, fue uno de los antecedentes por los cuales los daños del terremoto de 1986 en el centro de San Salvador fueron tan grandes. Estructuras viejas y averiadas, que sólo recibieron renovaciones cosméticas se desplomaron, borrando o inutilizando muchos de los edificios emblemáticos del centro de la ciudad.

No es posible dejar de conmoverse o indignarse ante varios eventos históricos y el manejo que se ha hecho de los mismos. Pero quizás lo más desconcertante es darse cuenta de la enorme cantidad de carencias de las fuentes investigativas con las que se cuenta en el país.

Quienes nos vemos en la necesidad de hacer trabajos de investigación debemos convertirnos en auténticos detectives, no sólo para cotejar y verificar fuentes y versiones, sino sobre todo para rastrear y encontrar la documentación que se necesita. Esto es alarmante si se piensa que se trata de la historia contemporánea reciente. Mientras más antiguos sean los documentos que se buscan, más compleja y extensa se torna la investigación y más brumosa se torna la realidad.

Hay grandes vacíos de información y de documentos que respalden, analicen y sirvan para comprender nuestro devenir social. Nos hemos tragado las versiones oficiales de nuestra historia, sin tomarnos la molestia de cuestionar, verificar o ahondar en ellas, poniéndonos en riesgo de ser manipulados ideológicamente, según conveniencias coyunturales.

Esto obliga al investigador a consultar numerosas fuentes para terminar con fragmentos que se deben armar, como un rompecabezas. Es parte de la tarea, claro, pero en El Salvador las dificultades para ello se multiplican. Aparte de la dispersión y escasez de fuentes, uno de los problemas es el estado de conservación del material bibliográfico y documental, archivos visuales (fotográficos o filmados) y archivos sonoros (entrevistas, discursos, programas de radio, etc.). Muchos están en deterioro y no han recibido restauración alguna, o no son mantenidos en las condiciones adecuadas, sufriendo el peligro de perderse para siempre. Vea cualquiera el video de la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec y sabrá a lo que me refiero.

Cuesta encontrar documentos en sus versiones íntegras. Ya que estamos con el ejemplo, un documento vital como los Acuerdos de Paz completos, que consta de 98 páginas, no es fácilmente localizable en internet. Lo cual nos lleva al problema del acceso y la digitalización. Hay escasas iniciativas por digitalizar el patrimonio documental y ponerlo a disposición de la población. Muchas instituciones carecen del equipo, el financiamiento y el personal para realizarlo de la mejor manera, pero también da la impresión de que hay personas que prefieren que los documentos se pierdan o los guardan con un celo mezquino incomprensible, sin tomar en consideración que la documentación histórica de un país no puede ser privilegio de unos cuantos. Dicha documentación es parte de nuestro patrimonio cultural material e inmaterial y tiene un valor que trasciende lo económico y lo ideológico.

Igual de valiosas son las fuentes vivas, personas que vivieron y fueron partícipes o testigos de momentos fundamentales de nuestra historia, que guardan no sólo recuerdos importantes, sino que también, a veces, conservan objetos, recortes de periódicos, cartas, diarios y otros materiales que por ser personales se consideran subjetivos pero que pueden contribuir a complementar las narrativas oficiales o académicas y dar un color humano a los sucesos.

Dentro de este contexto, hay instituciones que llevan adelante iniciativas de carácter independiente, cuyo trabajo tampoco es valorado en toda su magnitud. El Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), las bibliotecas y centros de documentación de universidades e instituciones independientes, como la UCA y FUNDASAL (que, por cierto, alberga documentación valiosa sobre uno de los temas menospreciados del país: la vivienda, y en particular, la vivienda popular y asentamientos humanos), son algunos ejemplos. Recordemos la inundación que sufrió la Biblioteca Nacional a fines de abril de este año y la afectación de cientos de periódicos y otros documentos que fueron rescatados de manera oportuna gracias a las diligencias de su director, del personal y de grupos de voluntarios que apoyaron dicha labor. Este tipo de riesgos y peligros son una amenaza real permanente a nuestro acervo cultural.

Todas estas carencias terminan reflejadas en la evidente subestimación y desprecio de la importancia de nuestra historia, de la construcción de una narrativa objetiva y equilibrada de la misma, no sólo para comprender cómo los vaivenes de nuestro quehacer a lo largo del tiempo han marcado y determinado buena parte de los eventos que nos atormentan en el tiempo presente, sino también para comprender en qué consiste y de dónde proviene lo que consideramos nuestra salvadoreñidad.

Es imprescindible pensar en fundar instituciones, desde la sociedad civil, que financien y fomenten la investigación, la preservación y digitalización del patrimonio documental, así como la redacción y publicación de estudios y ensayos que ahonden en nuestro pasado, de manera veraz, objetiva y no ideologizada.

También se necesita fomentar los estudios humanísticos a nivel universitario y de bachillerato, para crear ciudadanía crítica, pensante y con capacidad de análisis, que sepa discriminar y reconocer los vacíos, contradicciones y peligros en la narrativa manipulada de las versiones de nuestra historia, que venimos tragando pasivamente desde antes de la guerra.

 Quizás así podamos tener, algún día, un cuadro realista y equilibrado de lo que por ahora continúa siendo el rompecabezas de nuestra historia nacional.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 20 de octubre de 2019).

Mucho más que palabras

El 2019 fue declarado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas. Un comunicado emitido por la organización a inicios de año, detalla que el objetivo de ello es “sensibilizar a la opinión pública sobre los riesgos que enfrentan estas lenguas y su valor como vehículos de la cultura, los sistemas de conocimiento y los modos de vida”.

Las lenguas indígenas son una forma de patrimonio inmaterial que va más allá de una forma de hablar, ya que cada lengua implica en sí la carga de un largo y extenso bagaje de experiencia y conocimientos humanos. Estamos hablando de sistemas de información, de formas de construir pensamiento y la comprensión y asimilación del mundo mismo. Por ello, si se piensa que de las 6.700 lenguas que se hablan en el mundo, la mitad de ellas desaparecerá antes del fin de siglo, comprenderemos que lo que se pierde es algo más profundo y complejo que un grupo de palabras, y que esas pérdidas afectan al conjunto de la humanidad.

De esas 6.700 lenguas, el 96 % son habladas por apenas el 3 % de la población mundial, en su mayoría pueblos indígenas. Precisamente el racismo y la discriminación a los que son sometidos estos pueblos es uno de los factores por los cuales estas lenguas tienden a desaparecer. En sus comunidades, los más jóvenes prefieren aprender las lenguas dominantes, lo que les brindará ventajas al intentar integrarse a la sociedad globalizada. Eso va limitando y reduciendo al número de personas que hablan lenguas originarias, en su mayoría personas mayores.

La sobrevivencia de dichas lenguas en el tipo de sociedad que estamos viviendo lo tiene todo en su contra. El español, el inglés, el ruso y el mandarín se expanden como idiomas dominantes no sólo en amplios territorios geográficos, sino también en el mundo virtual. Se da además una penetración peligrosa que va desplazando palabras de idiomas originales como, por ejemplo, los términos en inglés que se vienen infiltrando en el español centroamericano de manera intensiva desde hace poco más de una década.

Si consideramos que cada lengua indígena implica en sí formas ancestrales de conocimiento, es posible comprender la riqueza que representan para el tejido social de una región. Esto puede comprenderse fácilmente en nuestro propio país, cuando pensamos en la herida profunda a la identidad nacional que significó la masacre de 1932. Murieron miles de indígenas, pero la persecución de los cuerpos represivos continuó después contra quienes continuaran hablando su lengua, utilizaran sus indumentarias típicas y practicaran sus ritos y tradiciones. Para sobrevivir, nuestros indígenas tuvieron que invisibilizarse, hablar su lengua a escondidas o no enseñársela a sus hijos y nietos. El atrevimiento de desobedecer podía costar la vida misma.

Melanesia, el África Subsahariana y Latinoamérica son las regiones con el mayor número de lenguas en peligro de desaparecer. En El Salvador, el náhuat pipil se encuentra en estado crítico de extinción, según la UNESCO. Sin embargo, se realizan loables esfuerzos por parte de algunas instituciones y personas, como el etnolingüista Jorge Lemus, reconocido por ello con el Premio Nacional de Cultura 2010. A pesar de lo difícil que resulta intentar difundir el habla de una lengua que no tiene un uso más expandido, el Proyecto de la Revitalización de la Lengua Náhuat, impulsado desde la Universidad Don Bosco, cosecha algunos frutos al ir enseñando la lengua en un lugar como Santo Domingo de Guzmán, donde viven la mayoría de sus hablantes. Esto permite que los estudiantes puedan practicar un poco más, en su contexto cotidiano.

En El Salvador, el Decreto Legislativo No. 528 estableció que, a partir de 2017, cada 21 de febrero se celebrará el Día Nacional de la Lengua Náhuat. La fecha coincide con la celebración del Día Internacional de la Lengua Materna, proclamado por las Naciones Unidas en 1999. El mencionado decreto reconoce a la lengua náhuat como parte del patrimonio cultural inmaterial salvadoreño, pero continúa siendo insuficiente como mecanismo para la sobrevivencia de uno de nuestros idiomas originarios.

Cuando muere el último hablante de una lengua y ésta se da por extinta, se pierde para siempre todo un bagaje de conocimientos y tradiciones ancestrales. Pensemos en las leyendas que contaban nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos. Pensemos en los alimentos que comían, en las canciones que cantaban, en los poemas que recitaban. Pensemos en cómo se transmitían las instrucciones de una receta o de la ejecución de un rito sagrado, palabras que nacieron para describir lo cotidiano, intentar comprender lo inexplicable o admirar con asombro y humildad la belleza del mundo.

Quién sepa algo de historia podrá comprender el valor que tienen las lenguas que lograron sobrevivir a las diferentes colonizaciones, en todos los continentes. Sabrá que, en toda colonización, se impone borrar la lengua del vencido, como una manera de imponer silencio y censura, de agredir y de borrar la identidad ajena y, por ende, de humillar, rendir, vulnerar y finalmente exterminar al caído. En nuestro continente, se impuso la lengua del hombre blanco, y con ello también se impusieron su religión, su forma de vida y sus jerarquías sociales.

Fomentar el estudio y la preservación de las lenguas indígenas es una forma de reconocimiento de nuestra diversidad como seres humanos y de comprender que no existen pueblos únicos, mejores o peores. Existe la humanidad, con todas sus formas, colores y atributos. La diversidad es, precisamente, uno de los elementos que enriquece nuestra experiencia humana. Proteger una lengua implica también protección para sus hablantes, para sus derechos humanos y para la construcción de sociedades respetuosas e inclusivas. También reafirma una continuidad lingüística y, por lo tanto, cultural.

Para leer más sobre este tema, puede visitar la página web del Año Internacional de las Lenguas Indígenas en https://es.iyil2019.org, que ofrece de manera gratuita ensayos, actividades, material didáctico e información diversa sobre cómo otros pueblos encuentran estrategias novedosas para proteger y salvar sus lenguas alrededor del mundo.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 6 de octubre de 2019. Ilustración de portada: en la escritura ideográfica de los códices y murales de los pueblos mesoamericanos, la palabra hablada era representada por una voluta saliendo de la boca de los hablantes).

Abriendo paquetitos

Pequeños actos de resistencia

En agosto del año pasado decidí hacer un experimento: dejé de dar “me gusta” o “likes” en las pocas redes sociales que mantengo. Estaba fastidiada de ver los contenidos a los que la gente que sigo daba like y que aparecían en el TL de mi Twitter. Por lo general eran contenidos que me resultaban indiferentes o hasta desagradables. Lo peor era la sensación de ser una fisgona, una entrometida involuntaria en la privacidad ajena.

También hubo otros motivos para hacerlo. Nuestras interacciones en redes alimentan algoritmos que toman decisiones sobre lo que aparece o no en nuestros correspondientes muros o líneas de tiempo, a veces con resultados espeluznantes. No entraré en detalles, pero tuve una de esas experiencias. El algoritmo no comprende ni respeta sensibilidades ni corazones rotos y algunas veces te impone ver o enterarte de cosas que preferirías no saber.

El resultado de ello fue tan brutal que ese día cerré casi todas las redes que tenía, comenzando por Facebook y terminando por LinkedIn, una red para profesionales y que se supone puede servir para encontrar trabajo, pero que para lo único que me sirvió fue para que alguien intentara estafarme. A regañadientes mantengo Twitter, que he usado sobre todo como un lector de noticias y una forma de difundir esta columna, así como información cultural y las convocatorias de mis talleres literarios.

Mi experimento fue silencioso. Ni siquiera tenía claro cuánto tiempo lo haría. Simplemente dejé de ceder al impulso automático de gustar lo posteado en alguna red u otras publicaciones electrónicas. Fue algo difícil al comienzo. A fin de cuentas, un “me gusta”, dentro de este contexto, puede tener varias lecturas y no siempre es literal. Muchas veces es un acuse de lectura, una muestra de apoyo, un dejar el texto marcado para leerlo más adelante, un signo de complicidad con alguien, un levantar la mano y decir “aquí estoy”. Para solventar eso, sobre todo con los conocidos reales, contestaba con algún emoji o comentario.

Poco a poco comencé a ver una mejoría en el contenido del TL y los likes ajenos desaparecieron por completo. También dejé de seguir docenas de cuentas cuyo contenido en realidad nunca leía o que ya no me interesaba. Eso comenzó a darme la sensación de estar burlando un poco a los tan odiados algoritmos, de asumir un actuar más consciente en redes y no un dejarse llevar en automático por una conducta programada, que es lo que las redes quieren lograr. A cada estímulo se espera que haya una reacción determinada y mientras más reaccionemos, contarán con mejor información para engancharte y perpetuar el hábito.

Comprendo que mi experimento puede estarme dando la falsa sensación de tener algo de control sobre los contenidos de mis redes. Estoy clara de que no es así. Cada movimiento que hacemos en la web, sea desde nuestras computadoras o desde nuestros dispositivos portátiles, cada navegación, cada página visitada, guardada, comentada o eliminada, todo va siendo registrado en alguna parte. Compartimos información que pensamos no le interesa a nadie, pero resulta que al hacerlo regalamos a otros una materia prima con la que algunos se están haciendo millonarios y que otros están utilizando para manipular nuestras decisiones y nuestra percepción sobre temas varios, desde preferencias electorales hasta problemas globales o regionales.

Existen empresas de diferente índole que necesitan esa información, en apariencia banal e inútil, pero que, utilizada y explotada de manera adecuada, puede servir para muchos fines: desde vendernos un producto de una marca determinada hasta manipular emociones colectivas a favor o en contra de alguna causa.

En el documental de Netflix The Great Hack (2019), conocido en español como Nada es privado, los directores Karim Amer y Jehane Noujaim examinan el escándalo en torno a la empresa Cambridge Analytica, una consultora política que recopiló en secreto información de millones de usuarios de Facebook, que luego fue utilizada para influenciar los resultados de las campañas de Trump y el Brexit. De hecho, el documental comienza con la demanda del profesor universitario estadounidense David Carroll, quien exigió saber de Cambridge Analytica los datos que la empresa había recopilado sobre él, metiéndose a un larguísimo y complicado procedimiento legal para lograrlo.

Es recomendable ver dicho documental para darnos cuenta del alcance y el valor que tiene nuestra información y nuestros movimientos en la red y cómo nosotros, de manera ingenua y voluntaria, ponemos en bandeja de plata los datos que servirán para dejarnos manipular según antojos y conveniencias de terceros.

Lo que podemos hacer al respecto es poco, sobre todo en países como el nuestro donde no existen leyes que defiendan nuestros derechos digitales, entre ellos el derecho al olvido, es decir, de solicitar que información específica que circula en internet sobre nosotros sea borrada de los servidores de los grandes consorcios informáticos.

Por motivos laborales y sociales, las diferentes aplicaciones y dispositivos que utilizamos para informarnos y comunicarnos con los demás son de uso inevitable. El simple hecho de tener un teléfono, con sensores de geolocalización, cámaras y micrófonos que están emitiendo una constante serie de señales, nos hace fácilmente rastreables, ubicables y hasta predecibles. La vida actual está impregnada del quehacer por vía electrónica o digital y, aunque eliminemos todas nuestras redes sociales, la huella que dejamos por otras vías (como las tarjetas de crédito) queda registrada en varias partes.

Acaso pronto tendremos que luchar por el derecho de recuperar nuestra privacidad íntegra o recurrir a mecanismos extremos como “los desconectados”, gente que ha optado por no conectarse a la red, no tener redes sociales o utilizar esos medios al mínimo.

Puede que mi pequeño experimento sea completamente inútil. Pero zafarme del movimiento automático del like es como un pequeño acto de resistencia personal, la negación a realizar la reacción esperada y, ojalá, una forma de desconcertar a los malditos algoritmos, que se supone nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 22 de septiembre, 2019. Foto de portada de Geralt, vía Pixabay).

El subestimado oficio de la traducción literaria

Hace un par de meses, le pedí a alguien que viajaba a Brasil que me trajera una novela de Hilda Hilst. Había leído un artículo sobre el carácter experimental de su obra y quise leerla. Hilst es considerada una de las escritoras más importantes de aquel país. Escribió poesía, dramaturgia, ensayo y también narrativa.

Al buscar sus títulos en español no encontré ninguno. Solamente los había en inglés. Me pareció insólito que una escritora de la altura de Hilda Hilst no esté disponible en español. Aunque me causó rechazo la idea de leer a una escritora brasileña traducida al inglés, no tenía otra opción. Temí que algo de la cadencia y el ritmo del portugués se perderían en la traducción, como en efecto sentí cuanto terminé de leer With My Dog Eyes (Com meu olhos de cão en su título original). De ahí mi idea de conseguirlo en portugués, que medio leo. Aunque no lo comprendiera totalmente, podría tener una mejor percepción de su trabajo.

Esto me hizo pensar mucho en el asunto de las traducciones literarias. Si lo analizamos, buena parte de lo que leemos es traducción. Lo cual impone sobre el libro un doble trabajo: el del autor y el de quien traduce, aunque muchas veces, los traductores son casi invisibles y no reciben el crédito ni los honorarios debidos por su trabajo.

Una buena traducción termina siendo una versión del original en otro idioma. Para lograr eso, es imprescindible que el traductor comprenda no sólo las palabras y significados del texto sino también las sutilezas implícitas en el tono, los juegos de palabras, las referencias culturales, el contexto de la historia y la intención del autor al usar un término específico y no alguno de sus sinónimos. A partir de ello, deberá encontrar la expresión adecuada en el idioma en el que se trabaja. Dicha búsqueda puede llegar a ser tan complicada como la escritura del libro original. Ambos, escritor y traductor, siempre buscan el término exacto que permanezca fiel al espíritu de lo que se quiere decir.

La traducción permite también presentar ante lectores de otros países libros y autores a los cuales no se podría tener acceso de otra manera. Sin embargo, las demandas del mercado editorial internacional obran como filtro para la publicación de traducciones. Es conocido que en la industria editorial estadounidense se publican poco. Lo mismo pasa con el mercado europeo. La única excepción son las editoriales con intereses y audiencias específicas que, con mucho esfuerzo, financian y encargan alguna eventual traducción para su publicación. Editoriales más grandes no arriesgan en ello a menos que el autor ya sea un éxito de ventas en su país o que su obra suscite interés por algún asunto coyuntural regional o global.

Pensando en El Salvador, la traducción literaria es un oficio poco ejercido, pese a que algunas universidades donde se estudia idiomas tienen como opción la especialidad de traducción, aunque no con énfasis en literatura. No tenemos en el país agencias de traductores literarios ni tampoco de agentes literarios, quienes serían las personas encargadas de colocar dichos trabajos en las editoriales internacionales. Los pocos autores salvadoreños que han sido traducidos lo han logrado, en su mayoría, como resultado de gestiones personales.

Cuando el amigo volvió de Brasil, no sólo me trajo la novela solicitada, sino que me trajo la narrativa completa de Hilda Hilst, editada bellamente el año pasado por la editorial Companhia Das Letras de Sao Paulo, en una caja que trae dentro dos tomos con todas sus novelas y cuentos. Es la primera vez que se publica la prosa completa de Hilst y es la única manera de conseguir sus novelas, ya que no hay en existencia ediciones individuales. Las ediciones están además ilustradas con dibujos hechos por la autora. Es un auténtico tesoro.

Leerla será más bien ir estudiando el texto, pero no me desanima. Estoy consciente de que quizás no lo entenderé plenamente, por ser un idioma que no domino, pero habrá otras impresiones que me dejará su lectura y que también forma parte de una experiencia lectora válida.  Hace años, por ejemplo, se me antojó comprar una edición de la poesía completa de Cesare Pavese en italiano. Algo que me sorprendió al leer sus poemas, pese a no entenderlo por completo, era el ritmo y la sonoridad que tenían gracias a la pronunciación del idioma original, un ritmo que siento no está bien logrado en algunas de sus traducciones.

Ese tipo de sutilezas sólo es posible descubrirlas leyendo una obra en su idioma original. Comprender, capturar y transmitir esas percepciones en una traducción es parte del reto del oficio de la traducción literaria, para que los lectores se acerquen lo mejor posible a la concepción original de quien escribió el texto.

La traducción de obra literaria es una profesión valiosa pero muchas veces invisibilizada. No apreciamos su valor ni su importancia para el intercambio de ideas y pensamiento entre culturas, continentes y épocas diferentes. Nuestro bagaje cultural y nuestro conocimiento del mundo serían mucho más pobres sin la existencia de dicha profesión.

A finales de agosto pasado, en el suplemento cultural Confabulario del periódico El Universal de México, la traductora Edith Verónica Luna publicó un artículo titulado “Del traductor traidor al traductor autor” donde profundiza mucho sobre varias vicisitudes de este oficio, a las que ahora se suma la amenaza de que los traductores de carne y hueso sean sustituidos, en un futuro cercano, por inteligencia artificial.

Pensar que una máquina podrá ejercer un mejor trabajo haciendo una traducción literaria es algo que Luna no considera pueda ocurrir: “(…) alimentar la memoria de un traductor automático la enriquece y perfecciona, pero una máquina difícilmente será capaz de traducir una metáfora, identificar el sarcasmo, reconocer una cita o referencia de otro libro, o detectar un cambio de registro, entre otras cosas”.

Esperemos que así sea, por el bien de los lectores del futuro.

(Publicado en revista Séptimo Sentido del periódico La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 8 de septiembre, 2019. Foto de portada: La prosa de Hilda Hilst, edición de Companhia Das Letras, Sao Paulo. Foto propia).

Cuerpo de polluelo de albatros, lleno de plástico. Foto de Chris Jordan.

Lluvia plástica

A mediados de este mes de agosto, la revista Science Advances publicó un estudio que demuestra que la contaminación por plástico está presente no sólo en el fondo de los mares sino también en los lugares más remotos e inhabitados del planeta.

Entre los años 2015 a 2017, un grupo de investigadores tomó muestras de nieve en tres lugares diferentes de Alemania, en los Alpes suizos y en el Ártico que, tras ser analizadas, mostraron presencia de microplásticos. Debido a su tamaño y ligereza, dichas partículas pueden moverse con facilidad en la atmósfera e incluso viajar y llegar a lugares con escasa presencia humana, como el Ártico.

Los tipos de plástico encontrados en las muestras tenían diferentes orígenes y provienen de objetos como pintura, llantas, mangueras, empaques de hule y otros de uso industrial.

Por su parte, el Servicio Geológico de los Estados Unidos analizó también de forma reciente, muestras de agua de lluvia recolectadas en las Montañas Rocosas del estado de Colorado. Detectaron que el 90 % de las muestras tomadas tenía presencia de microplásticos. El hallazgo fue accidental, ya que lo que se buscaba era estudiar la contaminación por nitrógeno, pero al analizar las muestras, la presencia de fibras y fragmentos multicolores inusuales obligaron a investigar su origen. De la misma manera que con las muestras de nieve, se concluyó que los materiales llegaron a la lluvia porque su tamaño les permitió moverse libremente en la atmósfera.

Este tipo de contaminación, no tan evidente por su tamaño, ha puesto en alerta a la comunidad científica que desconoce los efectos que los microplásticos tendrán en la salud humana, ha medida que dicha contaminación aumente. Debido a que el plástico ya se encuentra como elemento contaminante en los océanos, una persona promedio ingiere ya alrededor de 100 partículas de plástico anuales tan sólo por consumir crustáceos. Pero las investigaciones demuestran que no sólo estamos comiendo plástico y absorbiéndolo a través de la piel debido al uso de numerosos productos, sino que ahora también lo estamos respirando.

Una señal de que estamos siendo abrumados por la presencia del plástico es que las empresas globales que lo producen no han reducido sus porcentajes de producción sino más bien todo lo contrario. Diversas organizaciones estiman que en el 2016 se produjeron 335 millones de toneladas de plástico. Se calcula que para el próximo año 2020, la producción superará los 500 millones de toneladas anuales.

Es necesario mencionar que el plástico es prácticamente eterno y puede tardar cientos y hasta mil años en degradarse total y efectivamente. Como demuestran también los estudios citados al inicio, el plástico se termina fragmentando en partículas micro y nanoscópicas que siguen presentes y propagándose, ahora hasta en la lluvia, la nieve y el aire. También hay que mencionar que el plástico, al ser expuesto a la radiación solar, emite metano y etileno, dos potentes gases que crean el efecto invernadero y que son buena parte de los culpables del actual cambio climático.

Tampoco podemos limitarnos a creer que la solución del problema es el reciclaje. Una investigación realizada por la National Geographic indicó que en los últimos sesenta años se han producido 8.300 millones de toneladas métricas de plástico, la mayoría de ellas de objetos desechables. De esa cifra apenas se ha reciclado el 9 %. El resto va a parar a los rellenos sanitarios o a los océanos, donde la basura acumulada se convierte en islas flotantes o es consumida por los organismos vivos. Recordemos los numerosos casos de ballenas y otros animales muertos que aparecen en las playas con sus estómagos llenos de bolsas y otros objetos.

Por lo general, cuando se difunde este tipo de estudios, las recomendaciones finales insisten en orientarse hacia los consumidores y sugerir cambio en los hábitos de compra y consumo. Pero la verdad es que el entorno no ayuda a efectuar esos cambios de manera que tengan un impacto significativo. Si pensamos que la mayoría de productos vienen empacados, tienen componentes o están hechos totalmente de plástico, los esfuerzos individuales por minimizar su uso son bastante inocuos, sobre todo en países como el nuestro donde no existen normativas ni leyes para regular la producción, disposición y mucho menos el reciclaje de este tipo de material.

Aunque el cambio de hábitos de consumo de las personas es imprescindible para poder reducir de manera significativa este tipo de contaminación, los esfuerzos deben enfocarse también y sobre todo en los negocios, empresas y grandes corporaciones que fabrican y ofrecen sus productos finales empaquetados o producidos con plásticos de diverso tipo. Los gobiernos y políticos también deben ser presionados para implementar medidas, leyes y sobre todo sanciones ejemplarizantes que impidan la creciente contaminación.

Pero dichos cambios tienen que ser, sobre todo, culturales. Es imprescindible cambiar la costumbre de lo desechable, del comprar y botar, del uso único. Se debe pensar en un regreso a otro tipo de materiales cien por ciento biodegradables (como el papel) o reutilizables (como el vidrio y los envases metálicos). La fabricación de plástico, lejos de aumentar cada año, debe disminuir.

Para lograr estos cambios, todos deberemos hacer sacrificios, grandes y pequeños, pero ahí reside buena parte del problema. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a sacrificar un poco de nuestra pequeña comodidad personal y andar cargando con pajillas de metal, bolsas de tela y otros recipientes cada vez que vayamos a comprar comida? ¿Cuándo se inaugurarán en el país supermercados y almacenes que vendan productos a granel y con cero uso de plástico? ¿Cuántos de esos grandes consorcios y corporaciones están dispuestos a modificar sus ingresos económicos y cesar o reducir al mínimo imprescindible la fabricación de plástico y su utilización como empaque para miles de productos de la vida cotidiana?

No sólo los consumidores debemos cambiar nuestros hábitos. También debe cambiar el diseño de una economía que no es amigable más que para el bolsillo de unos pocos pero que nos está matando lenta y silenciosamente a todos, personas, animales, plantas y hasta al planeta mismo.

(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, El Salvador, domingo 25 de agosto de 2019. Foto de portada: restos de un polluelo de albatros, lleno de plástico. Foto de Chris Jordan, tomada en el Atolón de Midway, Océano Pacífico).