El ser humano está hecho de recuerdos. ¿Cuántas veces al día recordamos algo del pasado, cercano o lejano? ¿Qué sería de nosotros si olvidáramos cosas que, aunque relacionadas con el aprendizaje y la repetición, siguen funcionando porque recordamos cómo hacerlas?
Cuando hablamos de memoria, se piensa que está limitado a un concepto colectivo, de trascendencia masiva. Que la memoria solamente es importante para nuestras sociedades cuando se refiere a eventos nacionales, regionales o globales; eventos que ocurrieron a gran número de personas o que constituyen los capítulos de la historia, enredados con los nombres de quienes consideramos “las personas importantes” de un país.
Pero la memoria existe para todos. El recuerdo cotidiano e individual de los eventos familiares o personales forma también parte de esa gran memoria colectiva y, por tanto, es un elemento importante en la formación de nuestra identidad individual, familiar y social.
La memoria personal, representada en cartas, diarios, fotografías, recetas de cocina, conmemoraciones, tradiciones y objetos guardados, hablan de una época, del estado de cosas alrededor de quien las vivió. Su valor no es económico, sino afectivo y psicológico que debe (o debería) ser mejor apreciado, no sólo por las familias sino también por la sociedad, ya que son puntos de referencia de cómo la sociedad vivió y sobrevivió a las diferentes etapas de su historia.
Pensé en estas cosas al conocer el proyecto del “Club de las abuelas”, una iniciativa del fotógrafo Roberto Anaya y la antropóloga Alexandra Golcher, que busca examinar y conformar un registro de esas memorias personales, a partir de los objetos y entornos de sus propias abuelas. El proyecto fue presentado el pasado 28 de agosto en panadería Luma y comprende una exposición fotográfica que espera generar conversación y reflexión sobre el mundo de las personas mayores, en particular, las de la cuarta edad, donde sus objetos personales, su estética, el recuerdo y la pervivencia de sus tradiciones y ritos, componen parte de una identidad que se extingue en silencio, sin ser documentada.
Según una entrevista concedida por Anaya y Golcher a este periódico el 30 de agosto, el “Club de las abuelas” busca celebrar la diversidad de experiencias y reconocer en estas mujeres “un archivo vivo de la historia social y cultural”. Tiene como objetivos documentar la vida cotidiana de las abuelas; generar un archivo que asegure la preservación de dichos registros para que sean útiles en la investigación y el análisis de procesos culturales y sociales más amplios; y compartir dichos hallazgos para fomentar el diálogo y la reflexión intergeneracional.
Este último elemento es el que me parece más valioso y urgente. Vivimos en una época donde se exalta el valor de la juventud y la belleza física, al tiempo que se subestima e invisibiliza a las personas mayores, sus desafíos y su herencia, que va mucho más allá del mero legado material.
Así como nos preocupamos por estudiar a detalle las etapas de la infancia y la adolescencia, es importante estudiar las edades adultas, sobre todo a partir de los 60 años. Por mucha experiencia que se dice haber acumulado, lo cierto es que la tercera y cuarta edad son etapas nuevas de la vida, que muchas veces transcurren en soledad, desconcierto y silencio debido, justamente, a esa falta de diálogo intergeneracional. Pocas veces escuchamos a nuestros mayores y comprendemos la dimensión de sus preocupaciones y ansiedades. Algunos viven esta etapa agobiados por enfermedades; otros, por la pobreza económica, la falta de independencia y de dignidad en la toma de decisiones sobre su propio cuerpo y su bienestar a nivel social.
Lo que muchos interpretan como “manía de viejos” de acumular cosas sin sentido, para las personas mayores es el museo personal de sus recuerdos y valores íntimos. Objetos, creencias y tradiciones que no deberían ser motivo de burla ni de desprecio, sino de respeto, gratitud y afecto.
La idea es que al proyecto puedan sumarse otras personas que permitan el registro de los espacios de sus mayores (definidas como “abuelas y abuelos”, aunque también incluye el entorno de personas sin descendencia). Para ello, los invito a visitar la exposición y a comunicarse con los impulsores de esta iniciativa, a través de su cuenta en Instagram @clubdelasabuelas.
(Publicado domingo 7 de septiembre, 2025, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de Roberto Anaya, tomada del Instagram del Club de las abuelas. La exposición estará abierta hasta octubre).
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