Hoy quiero sugerir dos espacios diferentes para pasar algunas horas disfrutando de un esparcimiento interesante y constructivo. Estos espacios no implican mayor gasto económico, son aptos para toda la familia y no obligan a estar con la mirada fija en pantallas de ningún tipo, sino todo lo contrario: nos permiten desconectar a profundidad de una realidad cada día más estresante.
El primero es el Jardín Botánico Plan de La Laguna. Ubicado en Antiguo Cuscatlán, en lo que fuera un cráter volcánico, el terreno era originalmente la casa de la familia Deininger, quienes tenían como afición coleccionar plantas de todas partes del mundo. Eventualmente donaron el lugar para convertirlo en un jardín botánico y el 13 de julio de 1976 se constituyó la Asociación Jardín Botánico La Laguna, una entidad privada, sin fines de lucro, apolítica y no religiosa. Esta es la institución encargada de velar por el funcionamiento del parque, que se mantiene a través del importe de entrada (1.75 de dólar para adultos y 1.25 para niños de 2 a 12 años). También obtienen ingresos mediante membresías, cursos de jardinería, servicio de mantenimiento de jardines y un vivero.
El Botánico cuenta con una extensión total de 60 manzanas, de las cuales cuatro y media son de uso público. Cuenta con más de 3.500 especies de plantas distribuidas en 32 zonas diferentes, todas debidamente señalizadas. También pueden encontrarse paneles que ilustran el tipo de aves y animales que habitan en el lugar.
Existen senderos y pequeños puentes para caminar entre las plantas. Una de las áreas más populares son las piletas en las cuales viven varios peces, entre ellos algunos koi gigantes. También hay patos, garzas y tortugas. Para los niños es un gozo alimentar a estas especies (el alimento adecuado se vende en el mismo parque). También hay una zona de juegos para los pequeños, justo a la entrada. Dispersas en todo el parque pueden encontrarse bancas y mesas de piedra o de madera, que permiten a los visitantes sentarse a descansar, a contemplar la frondosidad de la vegetación o a compartir algún alimento.
Volví a ir hace un par de semanas y me alegró observar que sigue estando muy bien cuidado. De inmediato se siente la frescura del ambiente. Gracias a las lluvias, las plantas y árboles están florecidos, el follaje es abundante y los olores que desprenden las flores, las hojas y la tierra son intensos. Me pareció un lugar idóneo para reconectar con la naturaleza en un ambiente seguro. Me agradó mucho ver a familias con sus hijos y grupos de niños jugando o cantando canciones, sin llevar puestos audífonos y sin estar viendo pantallas de ningún tipo.
Este tipo de convivencia y reencuentro con la naturaleza me parece importante, tomando en cuenta que la vida en las zonas urbanas está cada vez más rodeada de cemento. Es difícil que las nuevas generaciones aprecien y preserven el medio ambiente si no tienen una relación directa con plantas y animales; si no crecen observando los ciclos de la naturaleza, la transformación de las flores en frutos, la belleza de hojas y árboles, la delicadeza de un pájaro o de pequeños mamíferos como las taltuzas, cada día más elusivos en nuestras áreas naturales debido a la acelerada urbanización.
En ese sentido, el Jardín Botánico cumple una importante misión en la transmisión y conservación de nuestros tesoros naturales. Aparte del parque, el Botánico cuenta con un herbario y una biblioteca especializada, de más de 6.000 títulos. Ambos pueden ser consultados de forma gratuita.
Otro lugar bastante diferente, pero igualmente importante, es el Museo de Arte (MARTE). Este museo mantiene abiertas diferentes exposiciones a lo largo del año. La que recomiendo visitar, en particular, es la exposición de San Avilés, una muestra con obras representativas de las diversas etapas del artista salvadoreño. Aunque desarrolló su oficio y carrera en Europa, Ernesto “San” Avilés (nacido en Santa Ana, en 1932 y fallecido en París en 1991), comenzó sus estudios en la Academia de Dibujo y Pintura del renombrado maestro español Valero Lecha.
El estilo de San Avilés cultiva el detalle de manera hiperrealista. Exploró diversas técnicas como la témpera, el óleo, el acrílico, carboncillo y tinta. Hizo desde miniaturas hasta cuadros de gran formato. Su obra se caracteriza por una meticulosidad en las formas, una paleta de colores tenues y elementos enigmáticos como las moscas o las gotas de sudor, que constituyeron parte de su sello personal.
La exposición cuenta también con una mesa de trabajo, en la cual vemos varias fotografías, bosquejos y recortes, elementos que el visitante puede reconocer como modelos u objetos de estudio para algunas de las obras presentes. Esta exposición estará disponible al público hasta el 8 de septiembre de este año.
También se encuentra en exhibición Refugio, una intervención de Rolando Monterrosa, obra de gran formato con animación y diseño sonoro de Fernando Barrios. Se trata de una figura que va cambiando en el contenido de su forma, gracias a la proyección de diferentes capas visuales, con el ánimo de provocar emociones y reflexiones en los visitantes. Desde la tranquilidad hasta la ansiedad, desde la serenidad de las líneas sencillas hasta el caos y el desdibujamiento de la silueta que representa al sujeto, la obra nos hace fluir por un rango amplio de emociones.
Sigue disponible, además, Puentes telúricos, definida como una muestra audiovisual que concreta el diálogo entre el patrimonio plástico del museo con el lenguaje audiovisual contemporáneo. Acá se encuentran obras de maestros clásicos nacionales como Julia Díaz, Noé Canjura y José Mejía Vides, entre otros. El fluir de la exposición nos lleva hacia obras de autores más actuales como Luis Cornejo, Carmen Elena Trigueros, Gabriela Novoa, Antonio Romero y otros. Aparte de obra pictórica, esta muestra incluye varios videos de performances notables realizados en años recientes por algunos artistas.
Visitar este museo me parece una opción interesante para acercarnos a diversas propuestas artísticas que, a través de sus exposiciones y otro tipo de actividades, invitan a la población al conocimiento, la reflexión y la memoria de nuestros movimientos estéticos.
Ambos, el Jardín Botánico y el MARTE, pese a tener propuestas muy diferentes, tienen en común el ser alternativas para pasar un par de horas agradables y desconectar de la prisa, de las pantallas y del tensionamiento cotidiano. Ambos lugares obligan a bajar la velocidad, a afinar la observación, a hacernos preguntas, a causarnos asombro y, también, a motivar nuestra reflexión. Ambos son espacios que continúan fieles a su misión original de impartir conocimiento, sin ceder a la abrumadora tendencia de la gentrificación.
En ese sentido, son establecimientos que por una módica suma, permiten a los visitantes encontrar un tipo de entretenimiento relajante pero constructivo. Son, además, propicios para generar una sensación de sosiego, algo necesario para el cuidado de nuestra salud mental.
Admirar el tamaño de un árbol o el color de sus hojas y frutos, pero también, admirar la creatividad humana a través de las obras de nuestros artistas, nos recuerda que la vida no es todo números, productividad, dinero, prisa y likes. La naturaleza y el arte se dan la mano para recordarnos que la creatividad está en todas partes y que necesitamos de estos espacios para recordar y admirar su existencia.
(Publicada en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 15 de junio, 2025. Foto propia de plantas vistas en el Jardín Botánico. Más fotos del Botánico en mi Instagram).
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