Columna de opinión
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Lo que callamos los peatones

Hace pocas semanas hubo un pequeño escándalo debido a la falta de acera en un recién inaugurado edificio. Para quienes solemos andar a pie, esto no fue novedad alguna. De hecho, podemos señalar múltiples situaciones existentes que complican la circulación de los peatones en el espacio público desde hace años.

San Salvador no es una ciudad amigable con quienes andamos a pie. No sólo se trata de la falta de aceras. Hay aceras quebradas, que se encharcan y enmohecen con cada lluvia, que tienen agujeros profundos o desniveles que pueden producir accidentes o caídas graves. En algunas esquinas, se retiraron antiguas señales de tránsito, cortándolas desde la base pero dejando unos centímetros de metal, donde más de alguno se tropieza. Esto lo sé porque una vez, andando en sandalias, pegué contra alguna de esas bases cortadas y me hice una herida en el pie de la cual hasta me quedó cicatriz. Suerte que cuento con vacuna anti tetánica.

Al deficiente estado de las aceras hay que sumar el mal uso que se hace de las mismas. En muchas zonas, son invadidas por negocios (como talleres, llanteras y ventas de cualquier cosa), que las utilizan como una extensión de su propiedad, entorpeciendo el paso de quienes tenemos que andar por ahí. Ni qué decir de quienes utilizan las aceras como parqueo y que topan sus vehículos contra las paredes de las casas o negocios que visitan, obligando a los peatones a caminar sobre el asfalto. Me han escapado de golpear vehículos, me han insultado a gritos y me han pitado “la vieja” por tener que caminar sobre la calle.

Si se protesta al respecto, la respuesta que se recibe es que se trata de zonas comerciales prioritarias, donde los negocios pagan impuestos y se les permite dicho uso, pese a existir ordenanzas municipales que lo prohíben. Se le olvida a quienes son responsables de estas decisiones, que quienes caminamos también pagamos impuestos y que, por lo tanto, también tenemos derecho al uso de espacios públicos libres, limpios y seguros.

Las personas con problemas de visión, que usan silla de ruedas, que tienen limitaciones físicas o que lleven algo de carga consigo, tienen retos cotidianos en nuestras calles. Ya no se diga si andan con niños pequeños o adultos mayores con problemas de movilidad. También hay que lidiar con el humo de los vehículos y la contaminación sónica de negocios que ponen en la acera parlantes a volúmenes estruendosos para anunciar sus servicios.

Por desgracia, en nuestro país hay una fuerte cultura de desprecio hacia los peatones. Para los conductores, quienes andamos a pie somos estorbos o tiros al blanco con quienes jugar y divertirse. Cuántas veces ha pasado que, al cruzar una calle, los carros aceleran para alcanzar al peatón y burlarse de nuestras afligidas carreras para no ser golpeados. Cuántas veces alguno de estos vehículos atropella a alguien y lo deja tirado a su suerte. Ese desprecio puede encontrarse incluso en redes sociales, como un tuit que leí hace poco de una mujer que decía que los peatones somos unos imbéciles que cruzamos las calles “corriendo como chuchos”.

Cruzar las calles en las esquinas o en las zonas peatonales tampoco es garantía de seguridad. Son escasos los conductores que se detienen cuando hay personas caminando sobre ellas. Quienes andamos a pie tenemos que ver a ambos lados de la calle durante todo el proceso de cruzar, aunque el tráfico esté detenido, porque siempre hay algún vivián que viene en contrasentido o incluso en retroceso. En las bocacalles hay que cuidarse además de motociclistas y ciclistas, que vienen en la orilla de la cuneta o que manejan sobre las aceras.

Con frecuencia escucho que se habla de la imprudencia de los peatones y que muchos de estos son atropellados por su propia culpa. Se les acusa de no utilizar las pasarelas y que si son golpeados es por su negligencia. No negaré que hay gente que cruza las calles en cualquier lugar, en zonas de tráfico de mucha velocidad o desorden vehicular, como la carretera Panamericana o la zona de El Poliedro. Pero también hay que preguntarse si hay suficientes pasarelas y si éstas se encuentran en los lugares necesarios.

El diseño de las pasarelas es todo un reto para personas con poca movilidad. Para los adultos mayores, subir y bajar sus gradas es algo impensable. Hay pasarelas a las que les falta mantenimiento y otras que albergan vendedores ambulantes, asaltantes y basura.

No cabe duda que hace falta una campaña permanente de educación vial que aleccione, tanto a conductores como a peatones, a adoptar conductas seguras y cordiales. Esto podrá reducir el nivel de vulnerabilidad y de estrés a los que nos exponemos al recorrer la ciudad. También es necesario que se tome en cuenta a los peatones en los diseños urbanísticos de nuestras ciudades y carreteras. Porque no se trata solamente de los atropellamientos, los accidentes por caminar en aceras mal conservadas y la inevitable delincuencia.

Nuestras ciudades no están pensadas para promover la caminata ni mucho menos para disfrutarla. No hay espacios verdes, no hay bancas para sentarse a descansar, no hay árboles que den sombra, no hay fuentes donde refrescarse. Las personas que no tenemos vehículo propio nos vemos obligadas a caminar en espacios donde reina la agresividad, la suciedad, la malacrianza y la violencia verbal y hasta física. Caminamos en permanente estado de alerta y tomando múltiples precauciones, rogando no sufrir percance alguno para poder llegar a nuestros destinos.

Ojalá que, así como se comienza a promover el uso de la bicicleta, se incentive la caminata como un medio alternativo de movilidad. Sin embargo, una ciudad amigable no podrá construirse nunca si los peatones, que sumamos un alto número de personas, no somos tomados en cuenta en las planificaciones urbanas.

Haciendo esos ajustes de diseño y conducta colectiva, podremos comenzar a convertir nuestras ciudades en un espacio armonioso y menos hostil para todos.

(Publidado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 17 de julio, 2022. Foto propia, Centro Histórico de San Salvador).

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