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Cosas que pienso mientras espero que caiga el agua

Lo primero que hago al levantarme cada mañana es abrir el grifo del baño para ver si hay agua. Casi nunca hay. Se ha convertido en un hábito eso de abrir y cerrar grifos a cada rato. Desde hace dos años, el abastecimiento se desmejoró en la zona donde vivo y cada día empeora.

Tengo diez años de vivir en la misma colonia de Antiguo Cuscatlán. Nunca se iba el agua. Tanto así que las casas no tienen tanques ni cisternas. Nunca hubo necesidad. El agua se iba muy rara vez y nunca un día entero. Eso ocurría unas 3 o 4 veces al año, sobre todo en verano. Supuse que era una de las ventajas de vivir a la vuelta de un plantel de ANDA.

Por eso, cuando comenzó a faltar el agua, no me extrañé mucho. Pero cuando esas faltas comenzaron a ser más frecuentes, cuando pasaron de ser una tarde sin agua a ser el día completo y a veces hasta 36 o 48 horas sin nada, confirmé que el problema había llegado para quedarse.

Al comienzo, el agua regresaba en la tarde, tipo 5 o 6. Eso permitía hacer algo de limpieza por la noche. Pero desde hace dos o tres meses, ya es casi costumbre de que el agua regrese a las 11 de la noche, a veces más tarde. A las 6 y media de la mañana, ya no hay agua o el chorrito está muy débil, señal de que la cortarán prontísimo. Temo que llegaremos al tiempo en que tendremos servicio sólo de madrugada o días de por medio.

Los cortes de agua de la colonia no tienen patrón alguno y, por lo tanto, es difícil organizarse en torno al momento en que cae el líquido. Durante algunos meses por lo menos nos perdonaban el domingo y teníamos agua todo el día. Ahora ni eso. A veces hay agua viernes en la tarde o martes en la mañana. Pero nunca se sabe.

No soy nueva en estos problemas de carencia del agua. Me crié y viví muchos años en Los Planes de Renderos. Siempre, desde que tengo memoria, tuvimos problemas. Caía agua desde las 4 o 5 de la mañana hasta eso de las 10 a.m., en un buen día. Nada más. Fue así siempre, durante los 18 años que viví en casa de mi padre. Teníamos un tanque que se llenaba con el agua que caía. Esa provisión podía durar durante una semana, bien administrada, para una familia de 4 personas. Eso lo comprobábamos cada vez que nuestro imperio doméstico se ponía en estado de emergencia si pasaban más de dos días sin caer agua. Entonces nos bañábamos con huacal y esponja. No se lavaba ropa. Se pasaba un trapeador seco. No echábamos agua en los inodoros si sólo orinábamos. Lavábamos los trastes enjuagando con la misma agua jabonosa todos los demás y luego, esa agua se le echaba a las plantas del jardín. Rezábamos que a ninguno de nosotros nos diera diarrea.

Alguna vez se nos acabó el agua del tanque y recurrimos a la última reserva que teníamos en una pila. Había que cargar el agua en balde y subir varias gradas para llevarla a la casa. Esos días sin gota alguna de agua eran desesperantes, sobre todo porque no sabíamos cuándo volveríamos a tenerla. Cuando al fin escuchábamos caer el chorro dentro del tanque, entrábamos en una euforia acuática colectiva. Nos bañábamos como elefantes, salpicando agua en todo el cuarto de baño, lavábamos hasta lo que no estaba sucio, se trapeaba con manía obsesiva y volvíamos a nuestra cotidianidad de siempre.

La falta de agua y su ocasional aparición me ha hecho reacomodar las tareas domésticas en horarios anodinos. Si el agua cae, de pronto, en horas del día, dejo todo lo que estoy haciendo para lavar trastes pendientes, limpiar la cocina, regar las plantas. Muchas veces, me quedo hasta las 9 o 10 de la noche, haciendo tareas que normalmente haría en horas diurnas, pero no hay alternativa.

Para paliar un poco el asunto, salí a buscar un barril con tapa. Lo hice (sin intención, por casualidad), el 22 de marzo, Día Mundial del Agua. Mi búsqueda fue infructuosa, o mejor dicho, sólo encontré dos opciones a un precio que no puedo permitirme en estos momentos. Tendré que seguir llenando huacales y recipientes con agua, hasta juntar algunos centavos y hacer dicha compra.

Los habitantes de la colonia están en una suerte de conformidad. Sabemos el país en el que vivimos. Sabemos que hay estrés hídrico y que hay otros lugares donde el agua no llega a ninguna hora, ningún día, durante semanas e incluso meses. Tantos años después, por ejemplo, Los Planes de Renderos sigue con sus dramáticos problemas de abastecimiento de agua. Mi padre, que vivió en la misma casa hasta morir, me contaba que a veces pasaba hasta un mes sin una gota de agua.

He ido aceptando esta situación, aunque por dentro, una parte de mí se niega a hacerlo. Me digo que no se puede aceptar ni tolerar tanta deficiencia en un servicio que incide en toda actividad de la vida humana. A fin de cuentas, no es un favor el que nos hacen, no es una caridad. Es un servicio que se paga. Es un derecho humano. Resignarse no es opción. Pero nadie parece escuchar ni solucionar la carencia.

Sé que hay gente que la tiene mil veces peor. Comunidades que, en su desesperación, salen cada tanto tiempo a tomarse calles y hacer protestas que se suspenden, luego de negociaciones y acuerdos con autoridades de ANDA. Acuerdos que, nos damos cuenta luego, nunca prosperan.

Que esto sea un problema común en el país no justifica el desabastecimiento, que día a día empeora. Si a esto sumamos las noticias de concesiones de construcción en lugares que afectan la renovación de los recursos hídricos, más la voraz depredación del medio ambiente en el segundo país más deforestado de América Latina, el futuro que nos espera a nosotros, pero sobre todo a las nuevas generaciones, será todavía más complicado.

1 Comment

  1. Sama says

    Que falte la energía eléctrica que falte el servicio telefónico pero que nunca falte el agua.

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