Burbuja rota

Hay demasiadas cosas pasando al mismo tiempo, cosas de las cuales resulta difícil abstraerse. Hasta el fondo de la burbuja que cada quien ha creado para protegerse de la pandemia, llegan las noticias de otras burbujas, comunicados asépticos y fríos por la falta de un cara a cara, de la mirada no pixeleada por alguna aplicación.

Por mensajería electrónica, confesamos nuestras preocupaciones en confianza. Un amigo dice estar desesperado, ansioso por salir a la calle, abrumado por convivir tanto tiempo, todo el tiempo, con su grupo familiar. Pelean por cualquier cosa. Otro me dice que ha bajado mucho de peso, una talla completa de pantalón, para ser exactos, porque cada quien maneja sus tensiones de otra manera. Algunos comen por ansiedad. A otros, se nos cierra el estómago de la preocupación.

Algunos, demasiados, se aburren con el súbito tiempo libre del cual disponen. Otros se abruman por la soledad. Hay quienes pueden abstraerse del estado de ánimo general e inventan sus propias formas de evasión, utilizando el tiempo para leer, tomar cursos, ver películas o explorar la sobre oferta de actividades en internet, pensadas para acompañar la cuarentena. Para otros, esa misma oferta nos ha terminado causando empacho.

Tres amigos han sufrido de Covid 19. Una amiga en España, quien tuvo una versión leve, posiblemente porque en su infancia sufrió de tuberculosis, hecho que parece haberle dado algo de resistencia. Otro amigo en los Estados Unidos, que pasó una semana difícil, pero que se recuperó bien. Otro, acá en el país, me contó que su familia entera se vio afectada y que siguen en estupor por la rápida e inesperada muerte del padre, ellos, quienes tomaron todas las medidas necesarias para no infectarse. Siguen sin comprender cómo se les coló el virus.

A otra persona se le murió un familiar, por algo no relacionado con el Covid 19. Me contó después que mientras esperaba en el cementerio privado pudo observar a varias personas que iban a enterrar a sus deudos muertos por coronavirus. Según el protocolo, sólo podían entrar cinco personas para enterrar a gente muerta por otras causas, dos personas si el difunto era por coronavirus. A partir de ese día se nos hizo evidente que hay un subregistro en el número oficial de defunciones. En lo personal, vomito cada vez que escucho la palabra “protocolo”.

Hay una desconcertante y tácita obligación de pensar que el encierro debe ocuparse en cosas útiles, que debemos ser productivos a toda costa. Circula en internet un meme que dice que si no aprendiste nada nuevo, no leíste varios libros o no comenzaste un negocio (o transformaste el actual a su versión electrónica) no fue por falta de tiempo, sino por falta de dedicación, porque sos un indisciplinado, porque te faltó inventiva. Se me hace un comentario grosero, disfrazado de positividad. Uno de nuestros principales errores es querer uniformar la experiencia humana. No entendemos que cada quien está viviendo este momento de la manera que mejor puede.

No menos abrumador resulta reconocer todas las formas de crueldad de las que somos capaces, muchas de ellas reflejadas en comentarios crueles e insensibles hacia cómo los demás vivimos el encierro y las perspectivas de futuro. Es inhóspita esa falsa forma de optimismo que insiste en que hay que innovar según los tiempos. Es cruel esa pose de que debemos salir a la calle y adaptarnos, “porque la selección natural hará lo suyo”. Es violento que personas extrañas tengan la potestad de tomar la temperatura de tu cuerpo, sobre todo si son personas armadas con un fusil, como me pasó hace un par de semanas, cuando quise entrar a la tienda de una gasolinera para ir al cajero. Nuestra dignidad y privacidad son mancilladas de varias maneras en nombre del bien colectivo y de la salud pública.

También están los malditos. Los que saben hacer negocio con nuestros miedos, nuestras enfermedades y nuestra muerte. Los aprovechados. Los que comercian con la miseria ajena. Los que nos meten miedo para manipularnos a su conveniencia. Los oportunistas y los rateros sin alma, aquellos que sólo buscan cómo sacarte ventaja para hacer ganancia propia, que sólo te ven como material explotable y descartable. Esos que creen que el dinero lo compra y lo vende todo, que el dinero los protegerá de todo mal, incluso de la muerte. Para ellos, mi desprecio infinito.

Cada quien vive sus paranoias en íntimo secreto. ¿Ese estornudo es el virus? ¿Y esa tos? Tosemos o estornudamos a escondidas para que no nos escuche ningún vecino porque tememos ser delatados. Enfermar te convierte en paria. Todas las enfermedades han sido canceladas hasta nuevo aviso. No pueden darte alergias, rinitis, conjuntivitis, infecciones, dolor de muelas, dengue, intoxicación alimenticia, migraña, nada. Todo es sospechoso de un único virus y aunque usted conozca sus procesos corporales mejor que nadie, para otros usted es un sospechoso, potencial propagador pandémico, aliado del virus de la muerte. Nos fumigan como cucarachas.

 Todo se ha tornado impredecible. Los pequeños detalles cobran un valor trascendental, imperecedero. La sonrisa que adivinamos en los ojos de alguien cubierto por una mascarilla. El “cuidate mucho, por favor”, como otra manera de decir “te quiero”. La pureza de nuestros compañeritos animales quienes, intuyendo nuestro desánimo, se nos arriman para el juego o la caricia.

Un virus microscópico ha sido capaz de alterar todo en nuestras vidas. Es inevitable pensar más en nuestra propia mortalidad. En la mortalidad de nuestros seres queridos. En nuestra fragilidad.

Habrá que construir una nueva realidad. Construirla mejor. Porque si hay algo que debemos aprender de la pandemia es que hemos vivido con las prioridades sociales equivocadas. Que la salud, la educación y la calidad de vida no pueden ser el privilegio de unos cuantos. Que el Estado debe ampararnos y no amedrentarnos. Que la decencia es una cualidad esencial para todos los quehaceres humanos.

Si no asimilamos eso, si no luchamos para cambiar esos valores, toda esta experiencia habrá sido en vano. No lo olvidemos.

(Publicada domingo 28 de junio, 2020, en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto de Rodrigo González en Unsplash).