El problema de la inspiración

¿En qué se inspira para escribir su obra? Es una de las preguntas frecuentes que se nos hace a los escritores. Tanto así que entre colegas la tomamos como broma, como una pregunta de cajón que refleja a un entrevistador poco preparado o nada interesado en la obra o en la visión particular de quien se va a entrevistar.

El problema con el concepto de la inspiración es que se cree que es un acto mágico. Se mira una flor, un atardecer, al ser amado y ¡zas!, se nos ocurre un poema, un cuento, una novela completa, a partir de lo cual sólo falta sentarse a trasladar en palabras esa “inspiración” que se nos ocurrió.

Otra versión de este acto mágico de la inspiración en la escritura (o las artes en general) hace creer que basta sentarse, escenificar un ambiente idóneo (velas, incienso, música, té o café) y que en esos momentos provocados por la búsqueda de ideas va a acudir, presta y veloz, un hada invisible que nos tocará con su varita, verterá sus polvillos mágicos sobre nuestra cabeza y nos colmará de un proyecto literario completo, que se escribirá de un tirón y sin ningún tipo de retos o tropiezos. Escritura instantánea y perfecta. Nada más alejado de la realidad.

Esa noción de la literatura como producto de la inspiración se riñe con lo que en realidad ocurre. Menos que una idea que surge de manera mágica en nuestras mentes, lo que hay es una predisposición emocional, pero también cerebral, para la escritura. En el libro The Midnight Disease. The Drive to Write, Writer’s Block, and the Creative Brain (no traducido al español), la neuróloga Alice W. Flaherty, investigadora sobre la biología de la creatividad humana, argumenta que la escritura ocurre debido a la actividad específica de algunas regiones del cerebro. Éste viene conformado de manera que los estímulos externos o internos le brindarán las ideas, pero más importante aún, la estructura intrínseca y la capacidad de trasladar esas ideas y emociones a una forma de lenguaje.

La inspiración no es algo que puede salir a buscarse o provocarse. El escritor debe saber escucharse a sí mismo y saber distinguir dentro del bullicio de su monólogo interno, las frases o las ideas que están allí y que tienen el potencial para representarse por medio de una historia.

Vamos archivando en nuestras mentes muchos pensamientos y recuerdos que de pronto, ante el estímulo más inesperado, nos presenta una película completa. Cuando el estímulo correcto aparece (una suerte de llave que abre ese candado bajo el cual tenemos en silencio esas historias), saltan a primer plano de nuestra mente con una fuerza abrumadora que nos obliga a escucharla y a escribirla.

Muchos escribimos para intentar comprender el mundo y la realidad. Para hacernos preguntas y contestarlas, desde un plano de honestidad que solamente la literatura puede permitir. Escribir historias, contarlas a otros, tiene que ver con nuestros inventarios personales de descubrimientos íntimos, es decir, tiene que ver con nuestra esencia humana, con el resultado de nuestras observaciones sobre la vida. Queremos compartirlo con alguien, con una persona, con alguien que lea y que comprenda exactamente de lo que estamos hablando. En cierta medida, se escribe para sentirnos menos solos en el mundo.

El estímulo más inesperado puede desencadenar una voz interna en el escritor, que empieza a contarse a sí mismo una historia, una larga y compleja historia, a partir de algo que vio, escuchó, leyó, pensó o sintió. Lo que el lector termina leyendo es una ínfima parte de un texto más complicado, que se desarrolla en varios planos de la imaginación y de la psique mientras lo vamos escribiendo.

Los escritores estamos preparados para reconocer esos chispazos o ideas detonadoras de historias en cualquier momento y circunstancia, sin tener que provocar el escenario para ello: en el embotellamiento del tráfico, en el supermercado, en la fila de espera de un banco, en medio de una conversación aburrida o del tedio laboral. La mente creativa no descansa nunca.

Supongo que ese inexplicable destello, esa idea inicial, es de lo que hablan algunos cuando hablan de inspiración. Pero ese destello, ese “¡Eureka!” no sirve para nada si no se traslada a la escritura. Thomas Edison decía: “El genio consta de 1 % de inspiración y 99 % de transpiración”. En dependencia de la intención de quien lo haya escrito, el texto jamás podrá ser tomado como literatura si no pasa por esa transpiración de la que habla Edison, es decir, de un implacable proceso de trabajo.

La escritura tiene momentos misteriosos e inexplicables, no puede negarse. Quienes creen en la inspiración, podrán decir que son mágicos. Como cuando parece que alguien te está dictando un texto y uno se siente médium; o como cuando se nos repite mentalmente una frase extraña en la cabeza durante días y al escribirla, surgen varias páginas de un tirón y no se tiene ni idea de dónde salió todo aquello; o como cuando uno se obsesiona tanto por escribir un texto que no come, no duerme y no para hasta terminar, aún a costa de la misma salud física o mental.

Pero quienes asumimos el oficio de la escritura sabemos que el trabajo no termina ahí. Porque para plasmar en un texto esa misma pasión inicial que sentimos por la historia, se requerirá de un interminable número de revisiones; reescritura de párrafos o capítulos o incluso del libro entero; botar, botar, botar, botar; ser inmisericorde con el texto y dejarlo en su mejor estado posible. Esto puede tardar semanas, meses, años de trabajo de edición, que es la parte más difícil de la escritura.

“Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”, dijo Picasso alguna vez. En la escritura, el ínfimo instante de la inspiración o el surgir de una idea no es tan importante como todo lo que viene después, que no es nada mágico. Porque la chispa de la supuesta inspiración es apenas el comienzo de toda una larga y compleja labor creativa.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 24 de septiembre 2017).

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