Instantáneas de Chile (I)

1. Para tomar este avión me levanté a las 3:45 de la mañana y no he podido hacer nada más que dormitar en todo el trayecto. No sé de mí. No he podido leer ni tener pensamientos coherentes. He devorado todo lo que los personeros del avión me han puesto delante. Me ha sabido bien. Luego he vuelto a dormir con la incomodidad que se sufre en los aviones, con la certeza de que la migraña hará su aparición porque uno de mis detonantes personales es el desvelo. Siento ya la presión en el ojo izquierdo, que es el anuncio implacable de la misma. De pronto la voz del capitán dice: “los pasajeros que están sentados a la izquierda del avión podrán asomarse a la ventanilla y ver la Cordillera de Los Andes”. Caigo en la cuenta de que soy uno de esos pasajeros pero voy en el asiento del pasillo así es que medio alcanzo a ver la ventanilla desde donde estoy. En efecto, espléndida, la visión de Los Andes que se extenderá durante una media hora de vuelo antes de llegar a Santiago de Chile, un paisaje montañoso, a veces nevado, a veces no, pero igual de impactante para alguien que, como yo, nunca ha visto tanta montaña junta.

 

2. La Estación Cultural Mapocho es una antigua estación de trenes. Un edificio de estilo neoclásico que ha ganado el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural. Allí se celebra la Feria Internacional del Libro de Santiago.

Cuando nos llevan a los escritores participantes en los Diálogos Narrativos Latinoamericanos, una actividad dentro de la Feria del Libro, pasamos frente al Mercado de Santiago que está a pocos pasos. Nos recomiendan que no vayamos a comer ahí, que puede ser peligroso, estamos en el centro de la ciudad, hay que tener algo de cuidado. Es precisamente lo primero que vamos a hacer aquel mediodía, comer al mercado.

¿Peligroso el centro de Santiago? Yo me río en voz alta y digo que vengo de la ciudad más peligrosa del mundo. No, dice Slavko Zupcic, la ciudad más peligrosa es Caracas. No, dice Andrés Burgos, la más peligrosa está en Colombia. No, dice Tryno Maldonado, la más peligrosa es Ciudad Juárez. Todos reímos disputándonos el dudoso honor de venir del lugar más peligroso del mundo.

Ya en el Mercado me sorprende la higiene, el orden y el relativo silencio que hay ahí. Nada de música estridente ni de gritos a todo pulmón voceando la mercancía. Otro edificio de mucha belleza arquitectónica, similar a la Estación Mapocho, bien conservado, con puestos de ventas de frutas, mariscos frescos, artesanías y comedores.

Nos instalamos a comer en un lugar llamado “La joya del Pacífico” y pedimos variedad de platillos de mariscos fresquísimos de primera calidad, entre ellos las famosas “machas”, una especie de concha con queso parmesano que, en lo personal, no les encontré la mayor gracia. Estuvieron mejor el ceviche y el caldillo de corvina.

 

3. Slavko Zupcic, escritor venezolano, y yo tenemos que dejar al almuerzo pronto pues tenemos una entrevista y nos montamos en un taxi para llegar a una radio. Es la radio de la USACH, la Universidad de Santiago de Chile. La Universidad está tomada por los estudiantes, nos advierte el taxista, no van a poder entrar. Slavko y yo nos miramos y le decimos que tenemos una entrevista concertada. De todos modos nos presentaremos y ya veremos qué hacemos estando allá.

Al llegar, en efecto, el portón principal está cerrado, topado con varios pupitres pero hay una puertecita lateral por la que parece se puede entrar. Pasamos por allí y hay un grupo de estudiantes que nos preguntan, muy amables, lo que deseamos. Les explicamos que tenemos una entrevista en la radio y piden nuestros nombres. Los verifican en una lista donde tienen los nombres de quienes pueden entrar a la Universidad, que está desierta. Apenas se mira una que otra persona que camina de vez en cuando por sus vastas instalaciones.

Pedimos nos indiquen dónde queda exactamente la radio. Una muchacha se aparta del grupo y nos orienta. Entonces le preguntamos que cómo está la cosa. Nos cuenta que la Universidad está tomada por los estudiantes hace tres semanas y que están en paro total. Que hubo una votación para decidir si se sumaban a las protestas y la mayoría de las facultades votó a favor. Desde entonces se suspendieron las clases y los estudiantes se han unido a las protestas generalizadas en el país, en busca de convertir la educación superior en Chile en pública y gratuita.

Mientras la muchacha nos explica los motivos de la lucha estudiantil, se nos suma otro joven y un perro que lo acompaña y hacemos preguntas para comprender mejor el proceso por el que están pasando. Nos despedimos con palabras de ánimo y apoyo y hacemos la entrevista de radio muy animados.

 

4. Justo cuando vamos saliendo de la Universidad logramos tomar un taxi que nos lleva de vuelta al hotel. El taxista parecía intuir dos cosas: que veníamos de la Universidad y que Slavko es psiquiatra. Se pasó todo el camino quejándose de la situación chilena, de lo mal que está todo, de cómo iban a progresar sus hijos, sobre todo el que todavía se encuentra estudiando en la universidad si seguían los paros y si las cuotas estaban tan altas que, cuando terminara su carrera, estaría endeudado muchísimos años para poder pagar su crédito profesional.

En un semáforo nos pide que veamos a la gente que está en una parada de buses: “¿Miran a alguien feliz entre todas esas caras?” nos pregunta con insistencia, hasta que Slavko se atreve a contestarle que no, mientras yo pienso que si alguien es feliz o infeliz muchas veces puede no notársele en la cara, y mucho menos en una parada de buses.

El taxista continúa quejándose todo el camino cuando comienza a hablar de la criminalidad y de las drogas. Estoy segura que, tanto Slavko como yo, que ya habíamos tenido el debate de cuál era el país más violento de entre los latinoamericanos, nos estamos riendo internamente y pensando que la criminalidad en Chile no es nada serio en comparación. Hemos andado por sus calles, en el centro de la ciudad, caminado de noche y francamente no se siente ese ambiente que se siente por ejemplo en San Salvador, donde la tensión es palpable en la manera de andar de la gente, en la mirada, en su manera de tomar la cartera o la mochila, en lo que se pone o deja de poner. Pienso que este taxista chileno se moriría a la semana en San Salvador de la pura desesperación.

Y luego remata con lo peor: “Por lo menos cuando estaba Pinochet no había criminales, los tenía todos a raya”.

Habla de los demás presidentes también. “La Michelle hizo lo que pudo, pero a Piñera nadie lo quiere”. Nos pasamos cuadras enteras escuchando lo mal que está haciendo todo Piñera, de cómo ha quitado los bonos que Bachelet había asignado a las familias más pobres. Está claro que Piñera no es un presidente popular.

Por suerte ya estamos a las puertas del hotel. “Tranquilo, tranquilo” le dice Slavko, poniéndole la mano al hombro. “Es que me siento muy frustrado por la situación” le confiesa el taxista alteradísimo, que ya nos había comentado en la esquina que en algún momento había sido empresario y ahora ha visto su reino reducido a un taxi.

 

5. La Chascona es la casa de Pablo Neruda en Santiago. Llamada así en honor a la cabellera rojiza y despeinada de Matilde Urrutia, su amor secreto de entonces. Es una encantadora casa construida en tres niveles diferentes, diseñada por Neruda mismo y pensada para aprovechar los desniveles del terreno y sobre todo para apreciar la vista que desde allí se podía tener de la cordillera de Los Andes, algo que con los años se aprecia menos debido a que la ciudad se ha tragado la casa. La contaminación permite ver la cordillera con visibilidad variable. Unos días se ve mejor que otros.

Los espacios son estrechos, pensados como para sentirse en un barco. La mesa del comedor es angosta. El bar, al igual que muchas de las piezas que hay por toda la casa, fue comprado en deshuesaderos de barco a precios de risa. (…)

(Publicada hoy en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica).

There are 4 comments

  1. Susana

    He leído de madrugada (fría y con nieve afuera)las dos partes y casi he podido ver lo que cuentas :me he quedado con una gana inmensa de leer tu libro sobre los regresos a casa.
    Gracias por compartir esta hermosa experiencia y los detalles sobre Neruda

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  2. Alex Ávalos (@avalosjoya)

    Siempre es un gusto leerte Jacinta, y apesar de lo cansado que estoy y del sueño que tengo en este momento. Me lei el post de corrido, con una sonrisa, y hasta me quedan ganas de dejarte este comentario 😀 En verdad gracias por compartir.

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  3. marielos3

    Muy amena su crónica. Cuando la leía pensaba, si hubiera estado un guatemalteco seguro también reclama que su ciudad es la más violenta. Yo estuve unos días del año pasado en San Salvador y recuerdo haber salido con una amiga a comer pupusas a un lugar cercano. Tomamos buses para ir y para regresar y aunque yo iba con algo de preocupación le veía a ella la cara de tranquilidad y pensaba, yo no estaría haciendo esto en Guatemala. Saludos.

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