“Viaje a Tijuana”, Sándor Márai

Rosarito está oscuro como una boca de lobo pero encuentro alojamiento en dirección del ladrido de los perros. La habitación es gélida. En una esquina, sobre el piso de tierra, hay un horno de gas natural. Hace todo menos calentar.
Por la mañana me despierta el brillo del sol que resplandece con toda franqueza. Olvidé bajar la cortina de la ventana y el sol se lanza desde el océano como un latigazo. Directo frente a la puerta ruge la marea matutina del océano Pacífico y el golpe de las olas esparce espuma en el umbral. La luz es tan salvaje que debo regresar a la sombra: me quema los ojos.
La costa está desierta. Sólo hay algunas palmeras y casas de barro. El sol quema ya desde temprano, pero el viento y el aliento del océano hormiguean fríos como una ducha helada sobre un traje de baño muy caliente. En el comedor vacío del hotel me anima amistoso a comer y beber un cocinero chino, viejo y gruñón, que se contonea como un pato.
Me advierte que sus guisos son limpios y no debo temer la “venganza de Moctezuma”, la infección intestinal que ataca a los extranjeros. Es un hombre experimentado que sabe por qué los turistas le temen a los productos del campo local, abonados con excrementos humanos. El cocinero sonríe burlonamente cuando lo tranquilizo diciéndole que no dudo de la limpieza de su cocina, pero que las moscas de América Central aún no conocen las medidas higiénicas y ensucian todo con sus contagiosos excrementos, no sólo los granos y las frutas, sino hasta los cubos de hielo.