La invisibilización de la cultura

El once de enero de este año, el escritor salvadoreño Mauricio Orellana Suárez ganó el Premio Centroamericano de Novela “Mario Monteforte Toledo” 2010. Este es el más importante premio literario de la región centroamericana debido a la proyección regional que sus ganadores logran alcanzar y a la oportunidad, que el mismo concede, de poder publicar con editoriales de prestigio.

Por detalles que quizás tienen que ver con la modesta circulación de sus bases, desde el 2002 (año en que se convirtió en regional), el premio ha sido ganado exclusivamente por autores guatemaltecos con dos excepciones, ambos, por casualidad, salvadoreños.

Pese a la importancia del evento, al momento de entregar esta columna a edición, la prensa salvadoreña apenas ha sacado alguna nota al respecto. Tanto los medios escritos como los electrónicos han optado por darle un perfil muy bajo a esta noticia o incluso por no decir absolutamente nada, en contraste con las extensas notas de prensa que se han publicado en los medios guatemaltecos y hasta en una página web española. Recuérdese que entrego esta nota una semana antes de su publicación, así es que guardo la esperanza de que quizás, durante esta semana, algún periódico diga algo a destiempo. Pero aunque eso ocurra, no anularía todo lo que estoy por plantear.

La noticia se ha compartido sobre todo en las redes sociales y hasta donde sé, en tres blogs salvadoreños. Ya para el viernes 14, muchas personas comenzaron a preguntar en los comentarios a las notas y los enlaces, por qué la prensa salvadoreña no había dicho nada de la concesión de este premio.

No es la primera ni la única, y por desgracia estoy segura que no será la última vez, que en nuestro país informaciones culturales son invisibilizadas o minimizadas en su importancia. Tengo otro caso: en el mes de diciembre del 2010, Foreign Policy, una de las revistas de análisis socio-político más importantes del mundo, dio a conocer la lista de los 25 libros publicados a nivel mundial que son de lectura imprescindible para entender las relaciones internacionales actuales.

En dicha lista solamente están incluidos tres libros latinoamericanos y uno de ellos es de un salvadoreño, Oscar Martínez, con Los migrantes que no importan: en el camino con los centroamericanos indocumentados en México, publicado por la Editorial Icaria de Barcelona.

En su libro, que no he tenido el gusto de leer, el periodista salvadoreño reunió una serie de crónicas que escribió sobre las fronteras sur y norte de México, cubriendo casi todas las rutas de los emigrantes centroamericanos para alcanzar Estados Unidos, retratando con ello el drama que viven para lograr completar su viaje.

Pero ya sabemos que en El Salvador, el tema de las migraciones es algo espinoso. No se fomenta a nivel masivo la información de lo peligroso que resulta dicho viaje ni tampoco se abren espacios de oportunidades y empleo cuya falta es, lo que en última instancia, empuja a miles de nuestros compatriotas a abandonar el país en busca de mejor suerte.

Solemos comportarnos alrededor de este tema de manera contradictoria: nos dan lástima los migrantes, casi los consideramos héroes y nos rasgamos las vestiduras, indignados, cuando nos enteramos de hechos como la masacre de Tamaulipas; pero en cuanto se aplacan los lamentos volteamos hacia otro lado, como si esa realidad no estuviera ocurriendo a diario y como si ignorar la gravedad y la magnitud del problema de la emigración de nuestros compatriotas, lo borrara y lo hiciera inexistente.

La novela ganadora de Orellana Suárez, llamada Heterocity, toca un tema todavía más incómodo para las susceptibilidades nacionales. Según la propia definición dada por el autor para el periódico guatemalteco Prensa Libre: “en esta novela he tratado de tejer un tapiz literario que refleje —con historias que se entrecruzan—, algunas de las distintas actitudes características de un grupo histórico y culturalmente vulnerable y marginado, el de la comunidad LGBT (lésbico gay bisexual transexual) en una sociedad predominantemente machista”.

Según me comentó Orellana, esta novela nació a partir de las discusiones que tuvieron lugar hace unos años en torno a la aprobación del matrimonio homosexual en El Salvador y a los argumentos enarbolados en aquellos días en contra de dicha ley.

Quizás fueran estos detalles los que incomodaran a algunos medios nacionales a informar sobre estos logros de nuestros compatriotas. Además, suelen haber noticias más importantes. El día que ganó el premio Orellana, murió el padre de Paulina Rubio, Messi metió un gol no sé dónde y los novios reales ingleses anunciaron que desfilarían por Londres luego de su boda. Esas noticias, por supuesto, son de vital trascendencia para la sociedad salvadoreña.

Un amigo mío está convencido de que hay una sistemática invisibilización de la noticia cultural en nuestro medio. Yo más bien me inclino a creer que el problema de fondo está en que hacen falta periodistas formados y especializados en periodismo cultural, una rama que en las carreras de comunicaciones de nuestras universidades ni siquiera existe.

Por ejemplo, en los 2 o 3 balances de fin de año que hubo en algunos periódicos sobre los eventos culturales más importantes del año pasado, nadie mencionó el premio “Jaime Gil de Biedma” ganado por el poeta Jorge Galán en España y que le valió la publicación de su excelente poemario El estanque colmado en Visor, la meca de las editoriales en poesía para idioma español.

Tampoco se mencionó en esos balances que la poeta Carmen González Huguet ganó, en una misma semana, los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango y el Premio Centroamericano de Poesía “Rafaela Contreras”, organizado en Nicaragua.

Hace algunos días, alguien me dijo que yo debería escribir más sobre política en esta columna. La sugerencia me quedó resonando y la tomé en consideración, sobre todo porque viene de alguien a quien respeto y quiero muchísimo.  Pero la verdad es que este tipo de situaciones me reiteran que debo seguir escribiendo precisamente sobre cultura, en su concepto más amplio, porque por desgracia vivimos en un país donde no se valora y donde los espacios culturales, lejos de crecer, se reducen.

Hay suficiente y quizás hasta demasiada gente escribiendo sobre política. La tendencia general de los blogs salvadoreños es escribir sobre política, aunque lamentablemente la mayoría lo hace desde la crítica emocional, el insulto, la queja y no desde un punto de vista propositivo, respetuoso, analítico y bien fundamentado para construir una cultura de diálogo.

En cambio, la noticia cultural está diluida en las secciones del espectáculo, donde la vida personal de los hoy llamados “artistas” internacionales es más importante que el trabajo del artista nacional. Son más importantes las borracheras de Lindsay Lohan que las exposiciones de Verónica Vides. Es más importante el perfume de Justin Bieber que las puestas en escena de Roberto Salomón.

El argumento que se esgrima a veces para no darle espacio a la noticia cultural en los medios es que “no atrae a los anunciantes”. Pero si se pueden financiar páginas enteras de suplementos deportivos, algo de la ganancia económica que dejan bien podría subsidiar una o dos paginitas dedicadas exclusivamente a la noticia cultural del país, sin que esté metida entre los calzones de Britney Spears, los hijos de Angelina Jolie o el cáncer de Michael Douglas.

Alguna vez, alguien de estos medios me dijo que por lo demás, el público lector “no está interesado” en esos temas y que en las encuestas de opinión, lo cultural es lo menos leído. Pero esa percepción se contradice con la afluencia que están teniendo en los últimos años las actividades culturales. Las salas de teatro se llenan cuando toca la Sinfónica o se presenta una obra. Cuando se presentó el teatro Kabuki japonés, la cola de gente que quería entrar al Teatro Nacional daba la vuelta a la manzana y cientos, literalmente, se quedaron afuera. Las presentaciones de libros ya no son como antes, cuando sólo llegaban unas 5 o 6 personas.

Es obvio que nuestra sociedad tiene hambre de cultura. Y esto no es de sorprenderse. En un país donde nos abruma la violencia, el desempleo, el alto costo de la vida y la falta de perspectivas de un futuro que nos brinde una retribución justa en correspondencia a nuestros esfuerzos individuales, los espacios y las manifestaciones culturales son necesarios para no perder la cordura ni la esperanza.

Pero, amigos lectores, les tengo una buena noticia: en este país se hace cultura, tenemos artistas de primera, obtenemos logros y resultados sobresalientes con nuestro trabajo. Aunque la falta de apoyo y la apatía de algunos sectores nos obligan a ser profetas en otras tierras.

Así sea pues. No por eso dejaremos de realizar bien nuestro trabajo. Y mis felicitaciones personales a los compañeros aquí mencionados por sus triunfos internacionales.

(Publicada domingo 23 de enero 2011 en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, El Salvador).

There are 5 comments

  1. Jacinta Escudos

    Estimada Carmen: precisamente eso es lo que no debemos dejar que ocurra, acostumbrarnos a ser invisibles.
    Seguro que se me quedaron muchos casos fuera del tintero, pero no me hubiera alcanzado el espacio.

    Saludos y gracias a todos por sus comentarios.

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  2. Carmen González Huguet

    Gracias por mencionarme. Francamente, no me lo esperaba. Hace tiempo que me acostumbré a ser invisible. Saludos

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  3. Óscar Perdomo León

    Pienso que mantener “al pueblo” lejos del conocimiento de los grandes logros de sus propios artistas, debilita la identidad nacional. Creo que esa es una política deliberada de los grandes medios de comunicación salvadoreños.

    Excelente artículo, Jacinta.

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  4. Henry Espinoza

    Hasta hace muy poco he creído en una frase mía de que “el gran enemigo del pueblo salvadoreño se llama el pueblo salvadoreño” y todavia creo pero con cierta reserva…

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  5. Antonio

    La verdad es que Mauricio es un excelente escritor, encima sencillo y dedicado; bien merecido tiene el premio, ojalá eso permita una mayor difusión de su obra.

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