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El retrato de una mente

¿Qué es lo que define una biblioteca personal? ¿Es una acumulación improvisada de libros o una selección curada con intención? ¿Qué podemos aprender sobre la personalidad de sus dueños revisando los títulos de su biblioteca? ¿Descubriríamos algo sorprendente de ellos o se nos revelarían algunos de sus secretos?

Me hice algunas de estas preguntas luego de ver Umberto Eco: La biblioteca del mundo (2022). El documental, dirigido por Davide Ferreiro, nos lleva a conocer la impresionante colección de aproximadamente 55.000 libros que Eco mantenía entre su casa de Milán y su casa de campo de Monte Cerignone, cerca de Rímini, Italia. (El film completo está disponible en YouTube, si tiene curiosidad de verlo).

Dicha biblioteca consta de una gran cantidad de títulos, que fueron comprados o recibidos como obsequio a lo largo de su vida, pero incluye también una colección de libros antiguos (“apenas” 1.200). Eco pudo darse el lujo de irlos comprando a partir del aumento en sus ingresos económicos, luego del triunfo de sus propias novelas, en particular El nombre de la rosa.

Para cualquier bibliófilo, resulta un auténtico placer ver a Eco desplazándose por largos corredores forrados con estantes llenos de libros, para luego entrar en un salón, repleto de anaqueles y mesas con pilas de más libros encima. Lo curioso es que, para Eco, los ejemplares sin leer (de los cuales tenía, literalmente, miles) eran para él más importantes que los ya leídos. Esos textos representaban todo el conocimiento y las lecturas que todavía le faltaba por conocer, una metáfora de la extensión del saber humano que resulta inabarcable para una sola persona.

A propósito de bibliotecas de escritores, encontré también en YouTube una serie de videos elaborados por el periódico El País, llamada “En la biblioteca de”. Diversos escritores nos muestran sus colecciones y nos hablan de sus libros más preciados, así como de sus consideraciones sobre la lectura y su relación con algunos de sus títulos. Me llamó la atención una anécdota contada por el escritor mexicano Juan Villoro.

En algún momento de su vida, su padre quiso regalar su colección personal a sus hijos y les dijo que podían llevarse los ejemplares que quisieran. Los hermanos Villoro se sorprendieron mucho del ofrecimiento, pero ninguno quiso abusar llevándose demasiado porque, según Juan, “el chiste era que esa biblioteca, que de alguna manera reflejaba el retrato de una mente, se mantuviera unida”. Así es que cuando el padre se mudó a Morelia, no tuvo más remedio que llevársela completa en un camión de mudanza.

Ese concepto, de que una biblioteca es el retrato de la mente de su dueño, me pareció interesante. También me lo pareció el hecho de pensar en ella como en una unidad que no debe desmembrarse, porque conforma un conjunto cuyo sentido puede ser descifrado al analizar sus diferentes componentes.

Quizás, cuando comenzamos a comprar libros, no tenemos una idea clara sobre lo que estamos construyendo. Nada más vamos juntándolos. En algunos casos, acumulamos títulos de acuerdo a nuestros oficios, nuestros intereses de lectura y también, a nuestra capacidad económica. En países como el nuestro, puede ser que nuestras bibliotecas reflejen también un gasto impulsivo. Ya sabemos que, en nuestras escasas librerías, libro que vemos y que nos gusta hay que comprarlo de inmediato (si se tiene la posibilidad), porque lo más seguro es que no lo volvamos a ver de nuevo a la venta.

Con el tiempo y con el aumento de nuestras lecturas, aprendemos a ser algo más selectivos a la hora de comprar. Creo que es allí cuando comienza a formarse en verdad nuestra biblioteca personal, cuando aprendemos a valorar el contenido de lo que leemos, cuando pensamos en adquirir libros sobre ciertos temas, géneros, editoriales o autores. Vamos buscando títulos que tienen un sentido intelectual y un valor emocional para nosotros. Con ellos vamos conformando nuestro canon individual, uno que refleja nuestros intereses, pasiones y descubrimientos.

Más allá de eso, los libros que mantenemos en nuestras bibliotecas reflejan también otras cosas. Algunos ejemplares están asociados a la persona que nos lo regaló o al lugar y al momento en el cual lo compramos. Pueda que el texto no nos haya gustado o que la edición sea de escaso valor, pero si hojear sus páginas o ver su portada nos remite a un momento agradable de nuestro pasado o a una persona a la que queremos mucho, conservarlo es también una forma de almacenar un recuerdo. Esos detalles pueden pasar desapercibidos ante alguien que revise estanterías ajenas.

Si además de lector se es escritor, los libros representan también su material de trabajo. La colección de Julio Cortázar, que está al cuidado de la Fundación Juan March en Madrid, alberga volúmenes que contienen subrayados, dedicatorias, líneas verticales juntos a los párrafos que quería destacar, notas manuscritas a pie de página, índices temáticos y hasta dibujos. Sus libros también servían para guardar objetos y mensajes entre sus páginas.

Que las bibliotecas reflejan a sus dueños también aplica a otro tipo de personas, como los dictadores. En Los libros del gran dictador de Timothy W. Ryback, se nos ofrece un esbozo de los títulos y hábitos de lectura de Adolfo Hitler. El número de los ejemplares que poseía iba variando año con año y de lugar en lugar. Dicha colección fue destruida y dispersada después de la Segunda Guerra Mundial. Mil doscientos libros se encuentran actualmente en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y alrededor de diez mil fueron enviados a Moscú, en 1945. Hitler nunca inventarió su colección, pero el ex corresponsal de United Press, Frederick Oechsner calculó que contaba con unos 16.300 títulos. La mayor parte de ellos tenían que ver con temas históricos y militares, en particular las campañas de Napoleón Bonaparte. También tenía una vasta colección de publicaciones sobre arquitectura, teatro, pintura, escultura, ficción, así como temas religiosos y esotéricos.

Al momento de su muerte en 1953, la biblioteca de José Stalin constaba con 25.000 ejemplares, publicaciones periódicas y revistas, con intereses similares a los de Hitler. Stalin apreciaba tanto sus libros que contrató a un bibliotecario, inventó su propio sistema de clasificación y convirtió la pieza central de su dacha (casa de campo) en una gran sala-biblioteca. El libro Stalin’s Library. A Dictator and His Books de Geoffrey Roberts, analiza en detalle sus títulos y sus hábitos lectores.

En el 2006, peritos judiciales que investigaban a Augusto Pinochet, valoraron su biblioteca de 55.000 volúmenes en 2.560.000 dólares. Esta incluía piezas únicas de primeras ediciones, libros autografiados y un patrimonio bibliográfico que debió estar (pero nunca llegó), en la Biblioteca Nacional de Chile. Al igual que Hitler, tenía fijación con Napoleón, pero también tenía gran cantidad de libros marxistas, posiblemente para conocer mejor a sus enemigos. El periodista chileno Juan Cristóbal Peña explora los detalles de sus gustos y los títulos que guardaba, en su libro La secreta vida literaria de Augusto Pinochet.

No cabe duda que las bibliotecas encierran un factor identitario. Los gustos, las obsesiones, las etapas de vida, las aficiones, la necesidad de conocimiento y las curiosidades diversas de un ser humano están reflejadas en esa multitud de ejemplares en papel y también los libros digitales y hasta audiolibros.

No debe causar sorpresa que, para sus dueños, la biblioteca que vamos juntado con los años, termina convertida, no sólo en una posesión valiosa sino, sobre todo, en una especie de testimonio de nuestra vida y quehaceres.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 21 de septiembre, 2025. Foto  de uno de mis libreros).

La memoria de todos

El ser humano está hecho de recuerdos. ¿Cuántas veces al día recordamos algo del pasado, cercano o lejano? ¿Qué sería de nosotros si olvidáramos cosas que, aunque relacionadas con el aprendizaje y la repetición, siguen funcionando porque recordamos cómo hacerlas?

 Cuando hablamos de memoria, se piensa que está limitado a un concepto colectivo, de trascendencia masiva. Que la memoria solamente es importante para nuestras sociedades cuando se refiere a eventos nacionales, regionales o globales; eventos que ocurrieron a gran número de personas o que constituyen los capítulos de la historia, enredados con los nombres de quienes consideramos “las personas importantes” de un país.

Pero la memoria existe para todos. El recuerdo cotidiano e individual de los eventos familiares o personales forma también parte de esa gran memoria colectiva y, por tanto, es un elemento importante en la formación de nuestra identidad individual, familiar y social.

La memoria personal, representada en cartas, diarios, fotografías, recetas de cocina, conmemoraciones, tradiciones y objetos guardados, hablan de una época, del estado de cosas alrededor de quien las vivió. Su valor no es económico, sino afectivo y psicológico que debe (o debería) ser mejor apreciado, no sólo por las familias sino también por la sociedad, ya que son puntos de referencia de cómo la sociedad vivió y sobrevivió a las diferentes etapas de su historia.

Pensé en estas cosas al conocer el proyecto del “Club de las abuelas”, una iniciativa del fotógrafo Roberto Anaya y la antropóloga Alexandra Golcher, que busca examinar y conformar un registro de esas memorias personales, a partir de los objetos y entornos de sus propias abuelas. El proyecto fue presentado el pasado 28 de agosto en panadería Luma y comprende una exposición fotográfica que espera generar conversación y reflexión sobre el mundo de las personas mayores, en particular, las de la cuarta edad, donde sus objetos personales, su estética, el recuerdo y la pervivencia de sus tradiciones y ritos, componen parte de una identidad que se extingue en silencio, sin ser documentada.

Según una entrevista concedida por Anaya y Golcher a este periódico el 30 de agosto, el “Club de las abuelas” busca celebrar la diversidad de experiencias y reconocer en estas mujeres “un archivo vivo de la historia social y cultural”. Tiene como objetivos documentar la vida cotidiana de las abuelas; generar un archivo que asegure la preservación de dichos registros para que sean útiles en la investigación y el análisis de procesos culturales y sociales más amplios; y compartir dichos hallazgos para fomentar el diálogo y la reflexión intergeneracional.

Este último elemento es el que me parece más valioso y urgente. Vivimos en una época donde se exalta el valor de la juventud y la belleza física, al tiempo que se subestima e invisibiliza a las personas mayores, sus desafíos y su herencia, que va mucho más allá del mero legado material.

Así como nos preocupamos por estudiar a detalle las etapas de la infancia y la adolescencia, es importante estudiar las edades adultas, sobre todo a partir de los 60 años. Por mucha experiencia que se dice haber acumulado, lo cierto es que la tercera y cuarta edad son etapas nuevas de la vida, que muchas veces transcurren en soledad, desconcierto y silencio debido, justamente, a esa falta de diálogo intergeneracional. Pocas veces escuchamos a nuestros mayores y comprendemos la dimensión de sus preocupaciones y ansiedades. Algunos viven esta etapa agobiados por enfermedades; otros, por la pobreza económica, la falta de independencia y de dignidad en la toma de decisiones sobre su propio cuerpo y su bienestar a nivel social.

Lo que muchos interpretan como “manía de viejos” de acumular cosas sin sentido, para las personas mayores es el museo personal de sus recuerdos y valores íntimos. Objetos, creencias y tradiciones que no deberían ser motivo de burla ni de desprecio, sino de respeto, gratitud y afecto.

La idea es que al proyecto puedan sumarse otras personas que permitan el registro de los espacios de sus mayores (definidas como “abuelas y abuelos”, aunque también incluye el entorno de personas sin descendencia). Para ello, los invito a visitar la exposición y a comunicarse con los impulsores de esta iniciativa, a través de su cuenta en Instagram @clubdelasabuelas.

(Publicado domingo 7 de septiembre, 2025, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de Roberto Anaya, tomada del Instagram del Club de las abuelas. La exposición estará abierta hasta octubre).

El hombre de terciopelo

El 1 de julio de 1925, a las 8 de la noche, fallecía el compositor francés Erik Satie, de 59 años, en el hospital Saint-Joseph, en las afueras de París. Satie había estado ingresado desde hacía cinco meses antes a causa de una cirrosis de hígado y de pleuresía, resultado de décadas de fuerte consumo de alcohol. Su entierro tuvo lugar el 6 de julio en el cementerio de Arcueil, donde aún descansan sus restos.

Después del funeral, su hermano Conrad, junto con tres amigos, se dirigieron al lugar donde el difunto había vivido desde 1898. Era un departamento de dos cuartos en el segundo piso de un edificio situado en el no. 22 de la rue Cauchy de Arcueil (Val-de-Marne), pequeña comuna a diez kilómetros de París. Valga decir que Erik Satie no permitía que nadie lo visitara. Nadie, ni siquiera su hermano, con quien tenía una relación bastante cercana, habían entrado jamás a aquel apartamento. Por ello, cuando acudieron para disponer de sus pertenencias y desalojar el inmueble, la sorpresa de lo que encontraron fue mayúscula.

Lo primero que les llamó la atención fue el miserable aspecto del lugar. Satie sufría de un afán acumulador que le impedía deshacerse de nada. Los amigos tuvieron que sacar dos carretadas de basura, antes de encontrar lo verdaderamente valioso. Había dos pianos desafinados con los pedales amarrados, uno encaramado encima del otro, hecho que llevó a concluir que Satie componía sus piezas sin utilizar ningún instrumento. Debajo de las tapas de los pianos había cientos de papeles de todo tamaño, donde estaban escritas composiciones musicales, muchas de las cuales permanecían inéditas. También había pañuelos, dibujos y anotaciones guardados en los bolsillos de los trajes, cartas y paquetes postales sin abrir, periódicos apilados en columnas y cajas de puros que guardaban tarjetitas con dibujos y descripciones de máquinas voladoras y seres fantásticos que habitaban los mundos imaginarios de la mente de Satie.

Fueron encontrados, además, alrededor de cien paraguas, siete trajes idénticos, de terciopelo gris, e igual número de sombreros. Estas últimas prendas eran una especie de uniforme para Satie, ya que siempre se vestía igual. Eso lo hacía fácilmente identificable a la distancia. Siempre salía con un paraguas, sin importar el clima. Otros objetos que portaba consigo eran un martillo, metido en un bolsillo interior de su abrigo, y que sería usado si tenía necesidad de defenderse, así como un pequeño cuaderno de solfeo, donde anotaba todas sus ocurrencias musicales, incluidas instrucciones para los músicos que fueran a ejecutar sus piezas y otras cosas que le pasaran por la cabeza.

Satie solía caminar la distancia entre su “armario” (como llamaba a su vivienda) y los cabarets de Montmartre, entre ellos el célebre Le Chat Noir, donde tocaba para ganarse la vida. Los niños, al verlo pasar siempre vestido igual, lo bautizaron como “le gentilhomme de velours”, el caballero de terciopelo. Varios de sus amigos concluyeron que eran esas larguísimas caminatas las que le dieron el espacio mental y las ideas para crear muchas de sus composiciones. Pero quien sabe.

Años antes, en 1888, cuando tenía apenas 22 años, compuso las piezas para piano conocidas como Gnossiennes y Gymnopédies, temas que lo hicieron famoso y que son muy utilizadas en bandas sonoras de películas u otro tipo de obras hasta el día de hoy. Las piezas fueron consideradas altamente experimentales para su tiempo, por su forma, su ritmo y su estructura, al punto que no se supo bien cómo clasificarlas. Algunos las denominaron “danzas”, pero Satie se empeñó en que las palabras para nombrarlas eran lo que él consideraba un nuevo género musical y no un título de las piezas.

Desde la manera de escribir su nombre (Erik, con k al final), hasta el detalle del paraguas, Satie era un personaje único, considerado un excéntrico por muchos. Aparte de su manía de acumulador, en alguno de sus escritos afirmó llevar una dieta donde sólo comía alimentos de color blanco: claras de huevo, azúcar, grasa animal, ternera, sal, coco, pollo hervido, arroz, cierto tipo de salchichas, repostería y quesos, además de vino blanco.

Pero además de excéntrico, Satie fue definido como un tipo arrogante, susceptible, irascible, una especie de “niño triste” que sólo se mostraba algo optimista cuando estaba bajo los efectos del alcohol, según aseguró el pintor Francis Picabia. Era lo que se llama “un ladrillo seco”, porque a pesar de las cantidades y las mezclas de licores que tomaba, nunca perdía la compostura. Sus bebidas de preferencia: ajenjo, vino y, años después, cerveza mezclada con cognac.

Sus relaciones con otras personas siempre fueron complicadas. Fue amigo de Georges Auric, Claude Debussy y Maurice Ravel, entre otros famosos de su tiempo, pero luego se enemistó con ellos. Fue también muy amigo de varios artistas del dadaísmo y del surrealismo, como Tristán Tzara, Jean Cocteau y Pablo Picasso, con quienes colaboró en algunas puestas en escena diseñando lo que llamó “musique d’ameublement”, música de mobiliario, que es lo que hoy llamamos “música de fondo”.

La única relación amorosa que se le conoció fue con la pintora impresionista Suzanne Valadon. Después de la primera noche que pasaron juntos, Satie le propuso matrimonio. Eso ocurrió, según sus escritos, el 14 de enero de 1893. Ella no aceptó, pero se mudó a un cuarto que estaba junto al de Satie, en la rue Cortot, cerca de la iglesia de Sacre-Couer, en Montmartre. El músico se obsesionó tanto con ella, que compuso sus Danses gothiques como una manera de serenarse a sí mismo. Valadon pintó un retrato de él y se lo obsequió. Pero después de cinco meses de relación, el sábado 17 de junio, todo terminó. Ella se mudó lejos y él quedó devastado.

Durante sus últimos meses de vida en el hospital, algunos fieles amigos, como Jean Cocteau, Darius Milhaud, Georges Braque y el joven compositor Robert Caby, así como su hermano Conrad, lo asistieron y acompañaron hasta el final.

Como parte de las conmemoraciones del centenario de su muerte, la BBC de Londres estrenó este año 27 piezas inéditas de Erik Satie, las cuales serán editadas en un disco titulado Satie: Discoveries. Estas piezas incluyen canciones de cabaret y nocturnos minimalistas que fueron reconstruidas por James Nye, musicólogo y compositor británico, y Sato Matsui, compositor y violinista japonés, quienes rastrearon el material perdido en varias colecciones de archivo, incluida la Biblioteca Nacional de Francia.

Algunos de los escritos y dibujos de Erik Satie están recopilados en Memorias de un amnésico y Cuadernos de un mamífero, títulos con los que publicó algunos textos en revistas literarias de vanguardia, en el París de los años veinte. Dichos textos incluyen crítica musical e instrucciones para los músicos al tocar sus piezas. Son escritos breves, lúdicos, irreverentes que, quizás, reflejan una suerte de diálogo interior interminable que tenía Satie consigo mismo y, para lo cual, cargaba siempre consigo aquellos cuadernitos de música en su abrigo, con los que caminaba kilómetros de ida y vuelta entre París y el refugio de su armario en Arcueil.

Cien años después de su muerte, muchos artistas y críticos reconocen el carácter innovador de sus creaciones musicales. Se le considera un precursor de géneros como el jazz, un hombre con una actitud punk, décadas antes de que el punk existiera formalmente como movimiento cultural. Un innovador solitario empeñado en seguir su instinto creativo, cuya música nos seguirá fascinando durante años por venir.

(Publicada domingo 24 de agosto de 2025, sección de opinión, La Prensa Gráfica. Foto: Claude Debussy (izq.) y Erik Satie (der.), en la casa de Debussy. Foto tomada por Igor Stravinsky en junio de 1910).

La llegada del mundo invisible

Hace un par de semanas terminé de leer La llegada del mundo invisible del escritor salvadoreño Pedro Romero Irula. El libro, publicado a inicios de este año por la editorial salvadoreña Índole, reúne siete cuentos cortos en una edición de 66 páginas.

Romero Irula no es un desconocido en el mundo de las letras. En años recientes comenzó a publicar algunas de sus narraciones en las revistas digitales Café irlandés, La piscucha, La Zebra, Literariedad y El escarabajo. En el 2019, junto con Luis Contreras, contribuyó como compilador de la publicación Lados B, de la editorial Los Sin Pisto, una selección de cuentos escritos por un grupo de voces emergentes en la literatura salvadoreña. Así mismo, publicó Dos bolos, un libro electrónico gratuito, con la Editorial Entre Tejas de Chiapas, México, en 2022.

En una nota al final de La llegada del mundo invisible, Pedro explica que todos los relatos se originan en la cultura popular salvadoreña. Algunos vienen de la tradición oral o son una adaptación libre de fuentes de archivos históricos. Este elemento me parece un detalle importante. En nuestro país circulan múltiples leyendas y creencias populares que no han sido documentadas debidamente. Se transmiten por la vía oral o fueron mencionadas en pequeñas ediciones de monografías municipales, muchas de ellas ya desaparecidas. Su conocimiento está limitado a lugares específicos y no son del alcance general, precisamente porque no hay investigaciones ni registro, sea antropológico o literario, que las recopile y las ponga a disposición de lectores e investigadores. Con el flujo migratorio de nuestros compatriotas y la inevitable muerte de nuestros mayores, estos relatos se van perdiendo, dejando vacíos en la construcción de nuestra memoria e identidad.

Otro de los valores de este libro es la incursión en una forma de escritura que rompe con el costumbrismo tradicional de nuestra cuentística y también con la tendencia de la narrativa contemporánea de retratar conflictos sociales. Romero Irula se atreve a hacer un remix de lo urbano y de lo rural, combinando elementos del horror, el misterio y el terror psicológico, sin ahondar en un contexto social o histórico específico.

El resultado de dicha mezcla son estos textos cuya lectura no está limitada a la violencia urbana como tal; nos propone una realidad alterna, quizás tan o más oscura, asfixiante y atemorizante que la que creemos conocer y que los personajes de estos cuentos tienen la mala suerte de experimentar en carne propia.

Mi favorito de este libro es “Pájaro bofe”, el primero de esta colección. Según la nota, su origen es de San Miguel, quizás de Sesori. El autor la conoció porque le fue contada a su mejor amigo por su abuela (demostrando la importancia de la tradición oral en la transmisión y rescate de estas creencias). Otros cuentos que me gustaron fueron “Blackout” y “La casa denegrida”. Varios tienen elementos con los que el lector puede identificarse o que remiten al recuerdo de relatos de fantasmas que nos fueron contados por alguien, en un pasado que ahora parece demasiado lejano o que, quizás, hasta soñamos.

Romero Irula forma parte de un grupo de nuevos escritores salvadoreños que, poco a poco, están gestando una renovación del cuento nacional a través de sus temas, historias y formas de contar. Benjamín Silva, Luis Contreras, Carlos González Portillo, Andreas Portillo, Michelle Recinos y Felipe García son algunos de ellos.

Pese a las dificultades de difusión literaria en un país con escasas editoriales, con poco hábito de lectura y, sobre todo, con mínimo aprecio por la literatura nacional, estos nuevos narradores han sabido trabajar en sus propuestas sin la presión o la prisa a la que parecen estar sometidos algunos escritores noveles, en cuyas publicaciones es demasiado evidente su deseo de popularidad. Pareciera que escriben solamente para complacer a un público, pero no aspiran a comprender las técnicas literarias o, sencillamente, no tienen una buena historia que contar.

En medio de las dificultades mencionadas, la aparición del libro de Pedro Romero Irula merece ser celebrado. Lo considero un buen augurio, no solamente para esperar su próxima publicación con ansias, sino también para aplaudir a esta nueva horneada de escritores que, esperamos, serán la próxima generación de talentos de la literatura nacional.

(Publicado en sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 10 de agosto de 2025. Foto propia de la portada del libro).

Un tal Pedro Páramo

En mayo de 1954, un hombre llamado Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno compró un cuaderno escolar sencillo, de esos que van unidos al centro por un par de grapas. En dicho cuaderno este hombre, conocido simplemente como Juan Rulfo, fue anotando el primer capítulo de una novela que le andaba dando vueltas en la cabeza desde hacía varios años.

En 1947 se había casado con Clara Angelina Aparicio Reyes. Al poco tiempo, se fueron a vivir al número 84 de la calle Río Tigris, en la colonia Cuauhtémoc de la ciudad de México. Ahí, Rulfo comenzó a trabajar en la idea de una novela cuya redacción no terminaba de aterrizar. En una carta dirigida a Clara, cuando todavía eran novios, le confiesa: “he estado fallando en eso de escribir. No me sale lo que yo quiero. Además, se me van por otro lado las ideas. Y todo, al final, se echa a perder”. Lo único que parecía tener claro era el título de esa novela, Una estrella junto a la luna.

Para esa época recién comenzaba a trabajar para la compañía Goodrich-Euzkadi. Era agente viajero. Eso le permitió conocer toda la república mexicana y alimentar una de sus grandes aficiones: la fotografía. Sin embargo, esa misma movilidad le hacía dificultosa la concentración y la disciplina para escribir. Ya había publicado algunos cuentos en suplementos literarios, gracias a la mediación de sus amigos Efrén Hernández, Juan José Arreola y Antonio Alatorre. Pero en su mente iba armando una historia más larga y compleja, que sería su segunda novela (eliminó la primera porque le pareció muy mala).

En 1952, cuando se inauguró la serie “Letras mexicanas” en la editorial del Fondo de Cultura Económica, le pidieron una colección de sus cuentos. Así fue como apareció publicado, al año siguiente, su libro El llano en llamas.

Por esa misma época, la escritora estadounidense Margaret Shedd fundó el Centro Mexicano de Escritores (CME), gracias al apoyo de la Fundación Rockefeller, quien veía en esta iniciativa la oportunidad de mejorar las relaciones entre los Estados Unidos y México. El CME otorgaba becas bajo una serie de cláusulas estrictas en cuanto a tiempos de entrega e informes de avance de las obras. Este programa fue el que le permitió a Rulfo concentrarse y avanzar con su nueva novela.

Cuando compró el cuaderno escolar mencionado al inicio, Rulfo escribió a mano el primer capítulo. Según contó después, sintió que ya había encontrado el tono y la atmósfera que buscaba. Durante el día apuntaba sus ideas en papelitos azules y verdes. Después de su trabajo en la Goodrich, pasaba los apuntes al cuaderno. Le gustaba escribir a mano, con una pluma Schaeffer y con tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de manera que pudiera retomar el hilo al día siguiente. Luego los fue pasando a máquina y, a medida que avanzaba, destruía las hojas manuscritas. Fue así como en cuatro meses, entre abril y agosto de 1954, Rulfo escribió un primer manuscrito de 300 páginas.

Algunos avances de ese texto fueron publicados en las revistas Las Letras Patrias, Universidad de México y Dintel. Los títulos y algunos detalles de la obra iban variando. En la primera de estas publicaciones, el fragmento se tituló “Un cuento”. Luego se llamó “Los murmullos” y finalmente, se tituló “Comala”, cuando Rulfo decidió cambiar el nombre del lugar donde ocurría la historia, antes llamado Tuxcacuexco.

El manuscrito de 300 páginas fue trabajado de enero a septiembre de 1954 y sufrió no sólo numerosas modificaciones sino, sobre todo, grandes recortes. Rulfo fue implacable consigo mismo. Eliminó cien páginas en la primera sentada. Luego fue eliminando la mayoría de los adjetivos, cuyo uso estaba muy de moda en la escritura de la época. Finalmente, la historia quedó reducida a poco más de cien páginas y fue publicada en marzo de 1955 (aunque en algunas fuentes se cita julio del 55 como fecha de publicación). El título definitivo de esta publicación fue Pedro Páramo y su tiraje constó de dos mil ejemplares.

Las primeras reacciones fueron negativas. Alí Chumacero, amigo de Rulfo y jefe de producción del Fondo, comentó en la Revista de la Universidad que a la novela le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas. Para Rulfo, este comentario era incompresible, pues sentía que había trabajado muchísimo la estructura.

La novela apenas se vendió, quizás por los comentarios negativos, quizás porque su estructura planteaba nuevas formas de escritura y retos para su lectura. Pasaron cuatro años para que pudieran venderse 1.500 ejemplares. Los restantes quinientos, fueron regalados por el autor a quien se los pidiera.

Rulfo pasó un par de años en Veracruz, trabajando en la comisión de Papaloapan. La ciudad de México, que era el centro de la actividad literaria y cultural, estaba demasiado lejos y las noticias no volaban rápido. Así es que cuando volvió a la capital, Juan Rulfo se encontró con buenas noticias. Gente como Carlos Fuentes y Octavio Paz habían escrito comentarios muy favorables a la novela. Además, estaba siendo traducida al alemán, inglés, francés y holandés. Poco a poco, Pedro Páramo fue siendo conocida fuera de las fronteras mexicanas. Escritores como Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges no tuvieron más que palabras de admiración por dicha obra.

El reconocimiento trajo consigo múltiples entrevistas, aunque Rulfo, hombre tímido y de muy pocas palabras, prefería rehuirlas. El éxito también traía presiones. Se le vivía preguntando cuándo publicaría más cuentos o una nueva novela. Rulfo se zafaba de las explicaciones diciendo que se le había muerto su tío Celerino, que era quien le contaba las historias. Si este tío era real o ficticio, nunca se supo.

En una entrevista de 1977, concedida a Joaquín Soler Serrano para el programa “A fondo” de la Radiotelevisión Española, Juan Rulfo dijo que Pedro Páramo es una novela difícil de leer, pero que fue escrita con esa intención y que se necesitan, por lo menos, tres lecturas para llegar a comprenderla. La novela rompe las reglas de tiempo y espacio porque todos los personajes están muertos. “Es una novela de fantasmas”, según definió del escritor.

Setenta años después de su publicación, Pedro Páramo se ha convertido en uno de los referentes ineludibles de la novela latinoamericana. Es una lectura obligada para los estudiantes de secundaria en la mayoría de países de Latinoamérica. Ha sido llevada al cine en tres ocasiones: en 1967, dirigida por Carlos Velo; en 1977, dirigida por José Bolaños; y en 2024, bajo la dirección de Rodrigo Prieto.

Al hacer una lectura que trasciende su regionalismo, es fácil darse cuenta de que Pedro Páramo toca temas de preocupación universal como la búsqueda del padre ausente, el duelo y la muerte, así como el amor irrealizable. Además, la idea de una población habitada por fantasmas nos confronta a temas tan actuales como la memoria y los pueblos que van siendo abandonados debido a que sus habitantes parten en busca de mejores oportunidades económicas en los núcleos urbanos.

En ese sentido, la obra de Juan Rulfo sigue siendo leída ya que, gracias a la complejidad de su propuesta, nuevas generaciones de lectores encuentran entre sus líneas las preocupaciones vitales que resuenan en los conflictos humanos actuales. Cada una de esas numerosas lecturas nos seguirá permitiendo descubrir y comprender los múltiples secretos que guarda ese misterioso lugar llamado Comala.

(Publicado en la sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 27 de julio, 2025. En la foto, mi edición de Pedro Páramo, Fondo de Cultura Económica, 1977. La ando cargando desde mis días de colegio. Foto propia).

Audiolilbros

Hace poco escuché el audiolibro de El cartero siempre llama dos veces, la novela breve del estadounidense James M. Cain. Esta historia es uno de los clásicos de la literatura negra. Sirvió de base para la película del mismo nombre, estrenada en 1946, dirigida por Tay Garnett y protagonizada por Lana Turner y John Garfield. También existe una versión fílmica de 1981 (protagonizada por Jack Nicholson y Jessica Lange) y hasta una ópera que debutó en 1982.

Tuve suerte de encontrar una versión del audiolibro en su original en inglés, leído nada menos que por el actor Stanley Tucci. Dicha versión fue la ganadora del premio AudioFiles Earphones Award de 2005, un premio concedido por la revista AudioFile a los mejores audiolibros en varios géneros literarios. Para otorgarlo, los organizadores toman en cuenta la calidad de la lectura, dicción clara y si el material seleccionado aplica para dicho formato. Leer más

El arte en tiempos de crisis

Muchas veces me pregunto cuál es la función del arte en medio de un mundo en crisis. Estoy segura de que es una pregunta que nos hacemos muchas de las personas que nos dedicamos a las diferentes actividades creativas e, incluso, quienes trabajan en la gestión cultural.

¿De qué sirve una exposición de pintura, un concierto de piano, una novela de ficción o una película mientras, en varios lugares del mundo, están cayendo bombas, se masacran personas, hay hambrunas, se cometen injusticias de todo tipo? ¿Cómo ignorar que miles de personas deben migrar de sus lugares de origen y que lo hacen en condiciones extremas para huir y salvarse de una tierra que se ha tornado violenta o que está siendo lentamente destruida por un cambio climático que nadie está dispuesto a detener? ¿Cómo no conmoverse ante los cuadros comparativos del antes y el después de la destrucción de las bombas en Gaza o Ucrania? ¿Cómo no sentir nada cuando vemos niños desangrados y mutilados gritando de dolor? ¿Cómo ser indiferente ante los llamados de auxilio de las organizaciones humanitarias que buscan mitigar, in situ, el dolor interminable de miles de víctimas? Leer más

Naturaleza y arte

Hoy quiero sugerir dos espacios diferentes para pasar algunas horas disfrutando de un esparcimiento interesante y constructivo. Estos espacios no implican mayor gasto económico, son aptos para toda la familia y no obligan a estar con la mirada fija en pantallas de ningún tipo, sino todo lo contrario: nos permiten desconectar a profundidad de una realidad cada día más estresante.

El primero es el Jardín Botánico Plan de La Laguna. Ubicado en Antiguo Cuscatlán, en lo que fuera un cráter volcánico, el terreno era originalmente la casa de la familia Deininger, quienes tenían como afición coleccionar plantas de todas partes del mundo. Eventualmente donaron el lugar para convertirlo en un jardín botánico y el 13 de julio de 1976 se constituyó la Asociación Jardín Botánico La Laguna, una entidad privada, sin fines de lucro, apolítica y no religiosa. Esta es la institución encargada de velar por el funcionamiento del parque, que se mantiene a través del importe de entrada (1.75 de dólar para adultos y 1.25 para niños de 2 a 12 años). También obtienen ingresos mediante membresías, cursos de jardinería, servicio de mantenimiento de jardines y un vivero. Leer más

Guardianas

El próximo 17 de junio aparecerá a la venta en los Estados Unidos el libro Guardianas: Despachos de la Asociación de Parteras Rosa Andrade (APRA). Publicado por la editorial Seven Stories Press de Nueva York, el libro es una colección de testimonios de parteras salvadoreñas, muchas de las cuales comenzaron su experiencia como tales en los años de la guerra civil.

La edición bilingüe, de 272 páginas, fue traducida por Emma Lloyd e incluye una sección de fotografías. Los testimonios fueron recopilados en el 2019 por la salvadoreña-estadounidense Noemí Delgado, quien convivió durante diez meses con mujeres pertenecientes a APRA. Esto fue posible gracias a la beca “Public Health Fullbright Fellowship”. Delgado fue también codirectora, junto a Shara Lili, del cortometraje documental Matronas: The Struggle to Protect Birth in El Salvador (2021). Leer más

Memorias de un navegante del porvenir

En la Nochebuena de 1977, los guardias del centro clandestino de detención, tortura y exterminio conocido como El Vesubio, ubicado en un predio del Servicio Penitenciario Federal de Buenos Aires, Argentina, se mostraron generosos con los prisioneros. Esa noche les dieron permiso de quitarse las capuchas y fumarse un cigarrillo. También les permitieron hablar entre ellos durante cinco minutos.

Ese tiempo fue aprovechado por uno de los prisioneros, el de mayor edad, para saludar y darle la mano a cada uno de los detenidos que se encontraban ahí. El hombre en cuestión tenía casi 60 años. Estaba muy flaco. Se le veía adolorido. Cada movimiento que hacía le suponía un pesado esfuerzo, pero sacó ánimo para apretar la mano de todos. Leer más

Duelos

Dolor. Tristeza. Llanto. Vacío. Soledad. Ausencia. Añoranza. Desconcierto. Dolor físico. Dolor de pecho, del alma. El cuerpo como un cajón vaciado. El silencio en la cabeza, en las habitaciones, en la vida cotidiana. La falta como una ausencia que cala. Recuerdos como cuchillos afilados azuzando el dolor. La lágrima fácil e interminable.

La Real Academia de la Lengua Española tiene dos definiciones para la palabra “duelo”. Una se refiere a un combate o pelea entre dos personas, a consecuencia de un reto o desafío. La otra definición, la que hoy me ocupa dice, textual: “Dolor, lástima, aflicción o sentimiento”. Y sí, nuestra gente pueblo adentro dice “me dio sentimiento” cuando quiere expresar una tristeza muy honda, que no sabe cómo explicar y que parece abarcar todas las formas posibles del sentir. Una tristeza revuelta con dolor que lo barre todo, como una escoba destructora, como un viento terminal.

También dice la RAE que duelo son las demostraciones que se hacen para manifestar el sentimiento que se tiene por la muerte de alguien y la reunión de parientes, amigos o invitados que asisten a la casa mortuoria, a la conducción del cadáver al cementerio o a los funerales. Luego vienen otras definiciones y usos particulares, incluso un platillo llamado “duelos y quebrantos”, preparado antiguamente para guardar la abstinencia parcial que se decretaba por precepto eclesiástico en los reinos de Castilla los días sábado.

Pensé que hoy me era casi obligatorio escribir algo sobre este tema, porque los últimos quince días han estado llenos de muertos, públicos y privados. La muerte no deja de estar ahí, presente en la vida de todos. La muerte de otros es nuestro constante memento mori. Lo curioso es que, aunque la única certeza que tenemos en nuestras vidas es la de la muerte, hablamos poco sobre ella. Es un tema que evadimos, que nos causa aprensión, que no nos gusta tocar, quizás porque no nos gusta recordar ni que nos recuerden que nuestro tiempo acá es finito, contado y, de remate, una sorpresa fatal. Lo mismo podemos morir niños que ancianos, enfermos o sanos, de súbito o como resultado de un largo calvario de salud. Nunca se sabe.

Los muertos públicos han sido el escritor peruano español Mario Vargas Llosa, fallecido el 13 de abril, y el papa Francisco, fallecido el 21 de abril. Ambos de 88 años. Ambos amados por unos e insultados por otros. Ambos sometidos a juicios minuciosos sobre sus faltas, sus errores, su no hacer, sus posturas políticas y también lo bien hecho. Con Vargas Llosa, se reavivó la discusión de intentar separar a la obra del autor, de salvar sus libros del fuego mientras se insultaban sus posturas frente a diversos temas sociales. Con el papa fue más o menos lo mismo. Mientras miles enumeraban sus cambios y posturas inclusivas, otras personas decían que no había hecho lo suficiente. Una periodista que respeto escribió artículos sobre cada uno, exaltando al escritor y destrozando al papa. Me quedó claro que, con los muertos públicos, lo que ocurre es que cada quien proyecta en el muerto sus propias creencias y afectos, sin poder ser objetivos ni respetuosos con el dolor ajeno.

Quizás el silencio sería mejor en el caso de estos muertos, si lo único que va a hacerse es insultarlos cuando ellos ya no pueden replicar, cuando nunca se les espetó en público, en su cara. Es parte de las costumbres sociales del duelo. Se exalta sólo lo bueno, se trata de obviar lo negativo, se entierra y es olvidado el difunto, aunque entre corrillos se siga hablando de sus defectos, algo que se impone desde la sentencia del “descanse en paz”. Una expresión que siempre me causa problemas, porque leo entrelíneas un “ya no hablemos de esta persona nunca más”. La condena del olvido. ¡Ay, todas esas frases seudo poéticas o filosóficas, todos esos clichés que inventamos para consolarnos de la muerte!

Hace pocos días hablé con una pareja de amigos. Tuvieron que dormir a su perra, por alguna enfermedad. Comentamos esa pena, esa ausencia, eso que problematiza tanto a los demás como es la pérdida de un compañero animal. Lo poco respetado, lo poco comprendido que es el duelo por nuestros peluditos. Se convive cuatro, diez, varios años con un perro, un gato, cualquier animal. Nos entregan un cariño y una lealtad ilimitadas, a toda prueba. Su muerte nos causa, por supuesto, un vacío emocional enorme, un dolor que no es menor ni de segunda categoría. Merecen todas y cada una de nuestras lágrimas, porque la calidad de su afecto es muchas veces superior al de los humanos.

En esa plática sobre el duelo, comentábamos cómo parece que sólo los hijos, padres y madres merecen ser llorados y dolidos. La sociedad tiene muchos problemas para aceptar que también otros familiares, sanguíneos o políticos, nos pueden doler tanto igual o más. Incomprensible resulta también para muchos el duelo por los amigos muertos. Lo de los amigos vino a cuento porque habían perdido también a alguien, de súbito, por un infarto. Habían hablado pocas horas antes con él. El fallecido se sintió mal de pronto, se acostó en la hamaca y murió.

Eso me recordó a una amiga muy querida y cercana que murió el año pasado. Una muerte que sigo procesando, doliendo, pensando, recordando. Sueño con ella con regularidad. Y en los sueños, como un puente con mi realidad, siempre hay un momento en que la abrazo y le digo que la quiero mucho y que la extraño. Ella me mira en silencio, me sonríe y continuamos lo que sea que estemos haciendo en el sueño.

Pienso que insisto en decirle que la quiero, en sueños, porque me queda la sensación de que no se lo dije o demostré lo suficiente en vida. También me pasa cuando sueño con mi padre, que lo abrazo y le digo que lo quiero. Muchas veces damos por sentado de que otras personas saben que los queremos, que no necesitamos decirlo porque el acuerdo tácito de afecto es un sobreentendido, que lo demostramos en hechos, en detalles. Pero que nos digan un “te quiero”, un “me hacés falta”, un “te extraño”, nunca sobra.

Llorar a nuestros muertos, no importando su relación con nosotros, no es una muestra de debilidad. Por el contrario, es una forma de honrar y reconocer la relación, la profundidad del afecto y la importancia que ha tenido en nuestra vida. El duelo es una forma de amor y de dar las gracias. Sólo dejamos partir con apatía lo que nos es indiferente, en esa despedida definitiva que es el morir.

Solemos vivir nuestros duelos en silencio, en privado, porque no queremos que alguien insulte no sólo la memoria del ser fallecido (humano o animal), sino lo que ese ser significa para nosotros, lo que nos ha dado a nivel fundamental para nuestra vida y formación. Nadie (o casi nadie) puede comprender a plenitud lo que nos significa un escritor, un papa, un amigo, un perro, un gato. Nadie quiere vernos y mucho menos escucharnos durante días, semanas, meses, hablando de la falta que nos hace alguien. Nadie quiere vernos llorar. La sociedad nos exige fortaleza, compostura y actitud positiva. Sonreír y pasar la página, como si nuestros amores, grandes o pequeños, pudieran olvidarse con tanta facilidad.

La muerte no destruye el amor. Ese amor es lo que permanece, ante una partida, como algo fundamental de lo que somos, algo que nadie nos podrá arrancar jamás. Que nos quede esa certeza, aunque lloremos en silencio.

(Publicado en La Prensa Gráfica, sección de opinión, domingo 4 de mayo, 2025. Foto propia).

Escritora Flannery O'Connor, en muletas, mirando a dos pavos reales.

Una escritora en estado de gracia

“Ayúdame, querido Dios, a ser una buena escritora y a que me acepten algo más (para ser publicado)”. Esta petición puede leerse varias veces en el libro Diario de oración, de la escritora estadounidense Flannery O’Connor.

El libro fue escrito por la autora entre 1946 y 1947, durante su decisiva estadía en la Universidad de Iowa. Llegó hasta allá con la idea de estudiar periodismo, pero su contacto con otros escritores y la negativa o poco interés que recibían sus pinturas y caricaturas, la llevaron a tantear los rumbos de la escritura literaria.

O’Connor, de ascendencia irlandesa, era católica hasta la médula e iba a misa todos los días. Pero el ambiente intelectual de la universidad, la lectura de Franz Kafka, James Joyce y William Faulkner, el conocimiento de otras filosofías y las conferencias de escritores como Robert Penn Warren y Andrew Lytle, ponían a prueba sus convicciones religiosas, por lo que necesitaba de una comunicación directa con su creador.

Concibió la idea de escribir una carta diaria a Dios mismo, como una forma de hablar con Él, sin intermediarios. La escritura en dicho cuaderno era una forma suya de orar y aferrarse a su fe, aunque los textos no siempre fueran formas convencionales de oración. Leer más