Últimas entradas

Analfabetismo literario

Se habla mucho sobre la importancia de la lectura, pero pocas veces se examina la profundidad y el alcance que tiene esta afirmación. Hay un discurso bonito y romántico en torno a esta actividad: leer te hace vivir otras vidas; leer te hace viajar; quien lee nunca está solo; leer te hace ser mejor persona; leer es mágico, etc.

Sin despreciar dichas afirmaciones, que algunas personas sienten como verdaderas, hay otros aspectos que debemos conocer para promover la lectura en diversas edades, pero sobre todo en la niñez y la adolescencia. Desde la activación de diversos circuitos neuronales del cerebro y el enriquecimiento del vocabulario propio hasta la capacidad de analizar, visualizar y razonar, la lectura es una herramienta vital en la formación del ser humano.

Sin embargo, como mencioné hace un par de columnas (cuando escribí sobre la creación de una mega plataforma de auto publicaciones), la cantidad de lectores no está aumentando al mismo ritmo que aumentan los libros. Tampoco está aumentando la calidad de esos lectores, en el sentido de que muchos no tienen capacidad para comprender lo que leen.

La más reciente campanada de alerta sobre este tema la dio el escritor italiano Antonio Scurati, en su discurso de aceptación de la medalla del Círculo de Bellas Artes de Madrid, en octubre de 2025. Scurati es el autor de M, una pentalogía de excelentes novelas, que describen el ascenso al poder de Benito Mussolini y la conformación del fascismo en Italia. Esta serie le valió varios premios, entre ellos, el Strega (el premio literario más importante de Italia) y el Premio Europeo del Libro.

En su discurso, Scurati sostiene que “durante los últimos cinco siglos, el proceso de alfabetización de masas, combinado con la difusión de la práctica de la escritura y la lectura, creó las condiciones para el nacimiento de la democracia”. Esta relación entre lectura y democracia se da, en buena parte, mediante la existencia de la novela, ya que esta “afirma el principio sin precedentes de que toda vida merece ser contada y, por si fuera poco, en cualquier forma, incluso y sobre todo mediante un lenguaje popular, en consonancia con sus modernos antihéroes”.

Sin embargo, advierte que, en los últimos veinte años de este siglo, “el triunfo de las redes sociales ha generado ya un masivo resurgimiento del analfabetismo literario”, debido a la lectura rápida y la atención superficial que produce la avalancha de contenidos en redes. Esa sobreabundancia hace que muchas personas ya no sean capaces de asimilar, analizar y seleccionar información. Tampoco son capaces de reflexionar sobre los niveles de significado de los contenidos que consumen, lo que les aleja de ejercer el pensamiento crítico. Sometidos a lecturas de narrativas complejas, muchos lectores sienten que no pueden enfocarse durante “demasiadas páginas” pero tampoco pueden identificarse con los personajes o situaciones planteados en las tramas. De remate, las redes sociales encierran a sus consumidores en burbujas donde sus creencias y deseos son reforzados por contenidos afines a su gusto individual, de manera que creen estar viviendo en su cómoda versión de la verdad, como si fuera la única aceptable.

La escritura y publicación de su obra monumental sobre Mussolini no es casual. En su discurso, Scurati recordó que “Benito Mussolini, antes de ser cabecilla de una banda y dictador, fue un periodista brillante y disruptivo. Revolucionó el lenguaje de la comunicación política de la época, imponiendo una simplificación brutal pero tremendamente efectiva”. Esto es algo que ocurre en todo sistema totalitario. Recomiendo leer los diarios de Víctor Klemperer, filólogo judío alemán que, desde su cotidianidad y observación, registró cómo el vocabulario de los alemanes iba cambiando a medida que Adolfo Hitler y su partido se posesionaron de todas las instituciones políticas y del discurso público.

Las advertencias de Scurati se suman a muchas otras, lanzadas en años anteriores pero que, quizás en este 2025, han aumentado su resonancia, gracias a la imposición del uso masivo de la llamada Inteligencia Artificial (IA).

Según el informe PISA de este año, por ejemplo, el 50 % de los alumnos de primaria tienen bajos niveles de comprensión lectora en España, mientras que los niveles de los estudiantes europeos, en general, siguen bajando. Esto se refuerza con un informe de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), que señala las carencias de los jóvenes en cuanto a comprensión lectora, su pobreza de vocabulario, su escaso interés por la literatura y el impacto de la tecnología, entre otros problemas.

Así mismo, profesores universitarios de diferentes países han advertido sobre las limitaciones de lenguaje, la falta de comprensión lectora, problemas de redacción y la poca capacidad de análisis y reflexión con la que los nuevos estudiantes ingresan a los estudios superiores. Ante estas imposibilidades, muchos se apoyan en la IA de tal manera que la utilizan más como un sustituto de su pensamiento y no como una herramienta de trabajo.

Un artículo reciente del escritor español Jorge Corrales mencionó que los niños tienen problemas para visualizar con imágenes lo que van leyendo, es decir, las conexiones neuronales que permiten esa función no están activándose debido a la sobre exposición a pantallas. Parte de lo que hace emocionante la lectura es, precisamente, la película que vamos inventando en nuestra imaginación sobre el texto leído. Pero si alguien no es capaz de visualizar nada, ni tampoco de entender plenamente lo que está leyendo, no es de extrañar que deje abandonada la lectura y que prefiera los resúmenes en videos de un minuto o las películas y series basados en alguna obra literaria.

Se podrá pensar que la imaginación es una característica poco importante en la vida. ¿Pero qué hubiera sido de los científicos, los exploradores y los descubridores de los grandes inventos de la humanidad si no existiera la imaginación? ¿Cómo podríamos sentir empatía por el sufrimiento y las realidades ajenas si no somos capaces de ponemos en los zapatos de los demás para comprender lo que viven otras personas?

La falta de imaginación, de vocabulario, de crear pensamiento lógico y traducirlo en escritura, la incapacidad de leer algo y comprender los diferentes planos de significado que un texto representa, está relacionado con ese analfabetismo literario que se extiende, peligrosamente, en el tiempo actual.

Para Antonio Scurati, la importancia de la lectura y de la escritura queda clara, en cuanto que abarca múltiples funciones como analizar, discernir, criticar, pensar y empatizar. Junto con otras capacidades, como “la memoria del pasado, la inteligencia de las cosas y el fervor de la lucha” podrá, además, salvaguardar la democracia.

Recomiendo leer el discurso completo de Scurati, para conocer todas las ideas planteadas por el escritor. Puede buscarlo en internet bajo el título “Declive de la literatura, amenaza para la democracia”.

Siendo esta mi última columna del año, aprovecho la oportunidad para agradecer su lectura y comentarios. Espero que este espacio haya sido de su agrado y que pueda seguir contando con ustedes en 2026. Les deseo paz, prosperidad, abundancia, amor y mucha buena literatura, cine, música y arte que, en estos tiempos complicados de la humanidad, se constituyen en refugio, consuelo, aliciente, desahogo y esperanza para recordar que también somos capaces de crear belleza.

(Publicada domingo 28 de diciembre, 2025, sección de opinión, La Prensa Gráfica. Fotograma de la serie Mussolini, El hijo del siglo, basada en las novelas de Antonio Scurati. El papel de Mussolini es interpretado por el actor Luca Marinelli).

Lecturas recomendadas

Quiero aprovechar esta época de fin de año, en que tenemos una tendencia natural a hacer recuentos, para recomendar algunos libros que leí en este 2025 y que me parecen bastante excepcionales.

Los dos libros que más me impresionaron tratan, casualmente, un tema muy parecido, pero su abordaje fue totalmente diferente. Me refiero a El jardinero y la muerte del escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov y El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de la escritora moldava-rumana Tatiana Tibuleac.

El libro de Gospodínov nos hace un relato de los últimos días del padre del autor y de los primeros meses del proceso de duelo. El relato está escrito en episodios breves, puntuales, con observaciones que giran alrededor de la huerta sembrada y cuidada por el padre durante buena parte de su vida. Los ciclos de la naturaleza, las plagas, el riego y la cosecha están hilvanadas con el proceso de la enfermedad, decaimiento y fallecimiento del padre.

A través del vínculo del jardín y el hombre, Gospodínov encuentra las metáforas y el lenguaje para hablar de un tema difícil y doloroso, pero también, para reconstruir la biografía del progenitor y la relación familiar. Este libro aprovecha para hacer algunas reflexiones puntuales sobre los recuerdos, el funcionamiento de la memoria, la paternidad (propia y ajena) y, por supuesto, sobre nuestra propia mortalidad.

El jardinero y la muerte es un libro particularmente conmovedor de leer si se ha perdido al padre y si, además, este tenía el hábito de sembrar plantas. Muchos episodios los leí llorando, porque los recuerdos y las analogías con mi experiencia personal fueron inevitables.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una novela narrada en primera persona en la que un narrador, con una serie de angustias y problemas personales, acompaña a su madre a unas vacaciones en un pueblito de Francia. El narrador es un pintor que odia a su progenitora y detesta su presencia, pero durante la estancia con ella, se entera de su enfermedad y se ve obligado a vivir todo el proceso de su deterioro físico.

La historia, pues, es similar a la novela anterior en lo que cuenta, pero se diferencia en cómo lo hace. Aunque también recurre a episodios breves contados, algunos de apenas un par de líneas, la actitud del personaje, al inicio hostil y cínica, va transformándose a medida que la convivencia le devela aspectos y anécdotas de su historia familiar que le eran desconocidos o indiferentes.

Desde otra perspectiva, el libro de Tibuleac también resulta conmovedor. Los personajes pasan por un proceso de transformación, tanto física como emocional. Los secretos de la madre son revelados y, con ello, hay una aproximación a la comprensión de los múltiples enigmas que yacen al fondo de las insatisfacciones individuales de la familia.

Hubo otros tres libros que me conmovieron y cuyas propuestas utilizan herramientas literarias para narrar historias verídicas. Me refiero a Autoretrato de Édouard Levé, El desierto y su semilla de Jorge Barón Biza y La llamada de Leila Guerriero.

El francés Édouard Levé, quien además de escritor era fotógrafo, tiene una obra muy breve y peculiar. Sus libros están escritos en una secuencia de frases, en apariencia desordenadas, pero cuyo conjunto ilustra la intención de sus títulos. Su obra más conocida es Suicidio, un registro de los recuerdos del autor sobre su mejor amigo, que se suicidó años antes. Levé entregó el manuscrito a su editor en el 2007 y diez días después se quitó la vida también.

Autoretrato está escrito en el mismo estilo que Suicidio, con frases que tratan de emular los procesos de la memoria, en un texto continuo, con oraciones breves separadas por punto y seguido, sin respetar un orden o detonante particular. Es una lectura que fascina al lector por el azar inesperado de cada enunciado y que, sin duda, le lleva a recordar su propia vida. Al final del libro tenemos una buena idea de las características de quien lo escribió.

El desierto y su semilla también se relaciona con suicidios, aunque de otra manera. Su autor, el argentino Jorge Barón Biza, narra en esta novela con evidentes tintes autobiográficos, la historia de su madre, cuyo rostro fue desfigurado por el ácido que le fue arrojado por su esposo, el padre del autor, en una de las reuniones para finalizar el divorcio entre ambos. La novela detalla el proceso de recuperación de la madre, que viaja acompañada por su hijo a diferentes países y clínicas en busca de tratamiento.

El evento de la desfiguración no afectó sólo a la madre, sino a todo el grupo familiar. En la vida real, el padre, Raúl Barón Biza, se suicidó momentos después del atentado a su esposa. La madre, hermana y el propio autor terminaron suicidándose también, años después. Por ello, la lectura de El desierto y su semilla conlleva un regusto amargo y angustioso. Esta fue la única novela de Barón Biza.

La llamada, de la periodista argentina Leila Guerriero, reconstruye la vida de Silvia Labayru, militante de los Montoneros, quien fuera secuestrada por militares a finales de 1976 y trasladada a la temida ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada argentina, donde fue torturada y retenida durante un par de años. La historia de Labayru no termina con su liberación de la ESMA y su vida en el exilio, ya que, después, llegó a ser repudiada y acusada de traidora por sus ex compañeros de organización.

Toda la complejidad de aquellos eventos es abordada por Guerriero a través de numerosas entrevistas, tanto a Labayru misma, como a familiares, ex parejas y amigos sobrevivientes.

Otras lecturas sobresalientes fueron El adversario de Emmanuel Carrére, La zona de interés de Martin Amis y La maleta de Serguei Dovlátov.

Mi mayor decepción de lectura de este año fue la brevísima El hombre joven de Annie Ernaux, premio Nobel de Literatura 2022. Una publicación de apenas 32 páginas (aunque en algunas ediciones alcanza las 42), que pretende rememorar la relación de Ernaux con un hombre mucho más joven que ella. Por desgracia, la narración (que está muy lejos de ser una crónica o una novela breve), pierde la oportunidad de profundizar en un tema que daría para analizar muchos aspectos interesantes sobre las relaciones afectivas entre personas de diferentes edades. Da la impresión de que fue un libro escrito aprisa, para sacar una publicación justo después de recibir el Nobel y que, en realidad, no quiere contar ni profundizar en nada.

Como suele ocurrir, no todos los libros nos gustan o impactan por igual. Hay temporadas en que parece que no leímos nada significativo ni importante, o en que varias lecturas (a las que entramos con altas expectativas), resultan decepcionantes o desconcertantes. También hay épocas en que nada nos engancha o nos llama la atención. Pero en otros períodos, hay libros que renuevan nuestra esperanza en la inventiva y las posibilidades que ofrecen las propuestas de la literatura actual.

Al hacer la selección de estas recomendaciones, llego a la conclusión que el 2025 fue para mí un año de buenas lecturas y que los libros decepcionantes fueron pocos.

Ojalá haya sido así para todos y que el próximo año nos traiga más y mejores libros.

(Publicada en La Prensa Gráfica, sección de opinión, domingo 14 de diciembre, 2025. Foto propia).

Demasiados libros

A comienzos de noviembre se dio a conocer la noticia de que Lantia Publishing había comprado la empresa Círculo Rojo, una de las grandes marcas de autoedición en España. Con esta compra, Lantia Publishing se convierte en la mayor editorial española en el segmento de la autoedición.

Círculo Rojo fue fundada en Almería en 2008 y, desde entonces, ha consolidado un catálogo de alrededor de 40.000 libros publicados por 36.000 autores de diversas nacionalidades. Por su parte, Lantia se suma con un catálogo que supera los cien mil títulos, escritos por 110.000 autores de 50 nacionalidades. Para hacernos una idea del volumen de libros que ambas editoriales producen, el Grupo Planeta publica anualmente alrededor de 2.500 libros repartidos entre todos sus sellos, mientras que Penguin Random House publica casi 2.000.

Esta noticia es relevante para el mundo editorial y literario ya que demuestra algo: las empresas de autoedición publican más libros que la industria editorial formal. Las plataformas de auto publicación (entre ellas, el programa de Kindle Direct Publishing, de Amazon) ha permitido que toda persona que se propone escribir algo, pueda ver su texto convertido en libro. Esto promete aumentar con la masificación de la IA, que facilita generar textos con rapidez, según la demanda del “escritor”.

Recordemos que las plataformas de auto publicación no cuentan con editores ni intermediarios que funcionen como filtro para velar por la calidad o autenticidad de los contenidos a publicar. ¿Pero por qué hay tanta gente ávida de escribir novelas, cuentos y poemas? ¿Está viviendo la literatura un momento de gloria sin igual en cuanto a producción? ¿Tienen estos nuevos escritores una historia fascinante que contar?

Me atrevo a decir que esta explosión de auto publicaciones tiene muy poco que ver con la Literatura, y más con ideas y nociones distorsionadas, alimentadas por el espejismo de las redes sociales. Hace un par de años, Remitly (un servicio de remesas en línea, con sede en Estados Unidos) publicó un informe que reveló que la mayoría de jóvenes latinoamericanos aspiran a tener carreras como influencers, youtubers y escritores, dejando de lado las más tradicionales como medicina, ingeniería o administración de empresas. La motivación detrás de ello es alcanzar fama y dinero, de manera rápida y supuestamente sin mayor esfuerzo.

Pero el tipo de escritor al que se refería este informe no tiene nada que ver con la literatura, sino con esa idea del bestseller de las listas de auto publicación en Amazon o de plataformas como Wattpad. Esta última ha servido de catapulta para algunos autores que han sido publicados por grandes editoriales, con generosos adelantos y contratos, todo basado en los millones de vistas y lecturas de sus perfiles. Por eso no es raro encontrar personas que nos son desconocidas y que dicen tener 24 novelas publicadas y otras 16 inéditas. La calidad literaria es lo de menos.

A esto hay que sumar otra realidad: el número de lectores no crece al mismo ritmo. Esto ocurre no sólo porque hay una sobre oferta de publicaciones, pero también por la avalancha de materiales de lectura en redes sociales, películas y series en plataformas de streaming y videojuegos de todo tipo. La lectura compite contra todo tipo de productos para recuperar un lugar predominante como actividad de entretenimiento, frente a otras opciones consideradas como “fáciles” o que exigen menor esfuerzo intelectual que leer algo de más de 100 páginas.

El lector también lucha contra la capacidad de discernir sobre la calidad de los libros. Con el exceso de influencers, que en videos de un minuto condenan un libro por “largo y aburrido” o lo declaran como la obra maestra indiscutible de la semana, resulta confuso orientarse para encontrar buenas lecturas, de acuerdo a nuestros intereses.

Lo único que nos queda por hacer es acudir a nuestro propio discernimiento y abstraernos de la masificación de la publicación y de los videos críticos fugaces, realizados para satisfacer el despotismo de los algoritmos. Así, quizás, podemos volver a lo que siempre ha sido la lectura: una aventura para descubrir historias que nos agraden, que tengan sentido y que nos reten a nivel intelectual.

(Publicada domingo 30 de noviembre, 2025, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de portada: Dim Hou via Pixabay).

Veo cosas maravillosas

Hussein Abdel Rasoul tenía 12 años de edad cuando se integró al equipo de trabajadores egipcios que, en 1922, realizaban excavaciones en el Valle de Los Reyes. Ubicado en una zona desértica de la orilla occidental del río Nilo, frente a Tebas (la actual Luxor), se creía que en dicho valle podrían estar enterrados varios faraones con sus correspondientes ajuares funerarios.

Hussein era el aguador de los trabajadores. Dos veces al día debía llevar varias ánforas llenas de agua hacia el sitio de las excavaciones. Las transportaba amarradas a un burro. Cuando llegaba al sitio, hacía pequeños agujeros en la arena para colocar los recipientes y que estos quedaran seguros, en una posición estable, para que no se derramara el agua.

Fue así como el 4 de noviembre de 1922, al hacer uno de dichos agujeros, se topó con una piedra que le llamó la atención. Era lisa y ancha, nada parecida a todas las demás. Hussein tenía ojo para esos detalles. Era miembro de una familia que se había dedicado a las excavaciones y venta de antigüedades egipcias desde hacía décadas. De hecho, uno de sus abuelos, Ahmed Adbel Rasoul, había encontrado un tesoro real en la tumba que ahora se conoce como TT320, en la Necrópolis de Tebas. Esta familiaridad con los artefactos antiguos le permitió al niño Hussein saber que aquella piedra era algo importante.

Corrió gritando a todo pulmón que había encontrado algo. El jefe de las excavaciones, el arqueólogo y egiptólogo de origen inglés Howard Carter, se apuró para ver de qué se trataba el hallazgo. Apartando la arena con cuidado, los excavadores dejaron al descubierto una escalinata que culminaba en una puerta de barro, sellada con cartuchos egipcios que contenían jeroglíficos.

Carter realizaba excavaciones en la zona desde 1914, gracias al generoso mecenazgo de George Herbert de Carnarvon, pero éste comenzó a impacientarse por la falta de resultados. Después de muchas discusiones, Lord Carnarvon aceptó financiar un último año de búsqueda. Carter estaba presionado para encontrar algo fabuloso que justificara el financiamiento, pero los meses pasaban y seguía sin resultados.

Al encontrar la escalinata y la puerta, Carter ordenó rellenar el sitio. Era imprescindible contar con la presencia de su mecenas antes de continuar. Envió un telegrama a Londres para avisar a lord Carnarvon, quien llegó un par de semanas después a Egipto, acompañado de su hija Evelyn Herbert. El 24 de noviembre de 1922 limpiaron la totalidad de la escalinata. Constataron que el cartucho tenía el nombre de Tutankamón, conocido como el Rey Niño. Se removió esa puerta de barro y tardaron un par de días más despejando el pasadizo, hasta topar con otra puerta que, pensaron, sería la entrada verdadera a la tumba.

El 26 de noviembre, Carnarvon, su hija y Arthur Callender, asistente en las excavaciones, acompañaron a Carter hasta la puerta. Carter hizo una perforación en una esquina, con un cincel que le había regalado su abuela cuando él cumplió 17 años. Al terminar el agujero, auxiliado por la luz de una vela, Howard Carter vio hacia dentro. No dijo nada. Todos estaban en suspenso. Carnarvon, ansioso, preguntó: “¿Puedes ver algo?”. Y Carter, después de unos segundos de silencio, respondió: “Sí… veo cosas maravillosas”.

Lo que Carter vio fue un puñado de muebles y objetos hechos de maderas preciosas, alabastro y oro, pero lo que más le impresionó fue un par de figuras de casi dos metros, colocadas de tal manera que parecían hacer guardia ante otra puerta. No podrían proseguir sin la presencia de las autoridades egipcias, algo que estaba estipulado en los permisos concedidos para las excavaciones.

El 29 de noviembre de 1922, con la presencia de varios funcionarios locales y algunos invitados, se abrió la puerta para entrar en aquella antesala. Los objetos fueron retirados y catalogados para su estudio y preservación. Carter buscó apoyo de Albert Lythgoe, del Museo Metropolitano, que se encontraba trabajando en los alrededores, para continuar lo que prometía ser una tarea mayúscula, ya que faltaba entrar a la cámara fúnebre.

Por fin, el 16 de febrero de 1923, Howard Carter rompió la puerta con el sello del faraón. Entró a la cámara que contenía el sarcófago de Tutankamón y una serie de objetos que, no sólo eran valiosos por el predominio del oro, piedras preciosas y otros materiales con los que estaban elaborados, sino porque era la primera vez que se podía acceder a una tumba prácticamente intacta desde hacía tres mil años y a la cual no habían entrado ni siquiera los saqueadores.

Carter pasaría los siguientes diez años de su vida estudiando y catalogando los 5.398 objetos encontrados en todo el complejo que constituía la tumba, desde el pasaje de entrada, hasta los espacios anexos y la cámara fúnebre. Máscaras, joyas, estatuas de dioses, el trono real, muebles, bastones, armas, vasos canopos, jarrones, juguetes y variados objetos más constituían todo el ajuar funerario del jovencísimo faraón, que se calcula murió a los 18 años. Todavía hay polémicas sobre la causa de muerte de Tutankamón, pero diversos estudios realizados a su momia indican que falleció de malaria y de una fractura en su pierna, agravado por sus múltiples problemas de salud. Como era tradición, los antiguos egipcios incluyeron en su tumba los objetos que el faraón necesitaría en su viaje al otro mundo. Hay que recordar que los faraones eran considerados seres semi divinos, que servían de puente entre los humanos y los dioses, por lo que todo estaba elaborado con la mayor riqueza y perfección posibles.

Como muestra de agradecimiento, Howard Carter le permitió al niño Hussein ponerse un pectoral con el escarabajo sagrado. Harry Burton le tomó una foto con la prenda (se calcula que en 1925), y es la única fotografía que existe de Hussein Abdel Rasoul. Dicha foto ha permanecido en posesión de su familia desde entonces.

Howard Carter murió en Londres, en 1939, de la enfermedad de Hodgkin, un tipo de linfoma maligno. Aunque escribió varios libros sobre sus excavaciones y la tumba del faraón, jamás nombró a Hussein como el personaje clave que descubrió la primera piedra de la escalinata, atribuyendo ese hallazgo a “uno de los trabajadores” o a “el niño aguador”.

 Se desconoce el año del fallecimiento de Hussein Abdel Rasoul. La última noticia que se tuvo de él fue en 1992, cuando ya tenía 82 años. Fue entrevistado en aquel entonces por el periódico Tampa Bay Times. Se supo que Hussein vivía en Ramesseum (en las cercanías del templo funerario de Ramsés II), y que se dedicó a vender té y a contar historias a los turistas sobre los recuerdos de aquellas excavaciones, hasta el final de sus días.

El pasado 1 de noviembre de 2025, como parte de la ceremonia de inauguración del Gran Museo Egipcio, hubo un segmento para honrar a los cientos de trabajadores anónimos egipcios que participaron, y continúan participando al día de hoy, en las excavaciones arqueológicas.

Particular mención tuvo Hussein Abdel Rasoul, quien gracias a la intervención del reconocido egiptólogo Zahi Abass Hawass, por fin pudo ser nombrado y reconocido como el primero en encontrar el escalón que llevaría a Carter a descubrir la tumba de Tutankamón y las cosas maravillosas con las que el Rey Niño viajó al otro mundo.

(Publicado en sección editorial, La Prensa Gráfica, domingo 16 de noviembre, 2025. Foto de portada: Howard Carter y un asistente, examinando la momia de Tutankamón  en 1925. Foto del archivo de The New York Times, dominio público).

Nombrar a la naturaleza

¿Hay una relación entre el lenguaje y la naturaleza? ¿Qué pasaría si se dejaran de usar las palabras con las cuales nombramos a las plantas, los animales o los ciclos naturales? ¿Reflejan las palabras nuestra relación, positiva o negativa, con nuestro entorno?

Un estudio realizado por el psicólogo Miles Richardson, profesor de la Universidad de Derby, en el Reino Unido, estableció que el uso de palabras relacionadas con la naturaleza había declinado en más del 60 % entre los años de 1850 a 2019. Richardson desarrolló un modelo computacional para establecer el alcance de este declive en varias generaciones de anglo parlantes así como del uso de dichas palabras en libros publicados durante ese período. Hay que notar que el inicio del fenómeno coincide con el establecimiento de la Revolución Industrial, cuando los habitantes de las zonas rurales se vieron seducidos por el trabajo en las fábricas, abandonando sus lugares de origen en busca de mejores oportunidades en las ciudades.

El estudio de Richardson, que fue publicado en la revista Earth en julio de este año, señala que este declive de palabras refleja la desconexión que tenemos los seres humanos con la naturaleza. La creciente urbanización, los cambios en los estilos de vida, el modelo de plazas comerciales y espacios públicos encementados, así como la afectación que se produce en la transmisión intergeneracional de las palabras, son todos factores que contribuyen a dichos cambios en el lenguaje.

A esto podemos agregar el avance de la tecnología y su presencia abrumadora en los espacios de ocio, algo que se hace más evidente en la rotación de las palabras que entran y salen de los diccionarios. En 2007, por ejemplo, la edición del Diccionario Oxford Junior, el más usado en las aulas de clase del Reino Unido, removió docenas de palabras relacionadas con la naturaleza. Estas eran, sobre todo, nombres de plantas y aves como “acorn” (bellota), “bluebell” (campanilla) y “magpie” (urraca). Lo triste es que, así como salieron esas palabras “por falta de uso”, se incorporaron docenas de palabras de invención más reciente, relacionadas con la tecnología: blog, chat y MP3 player, entre otras. Por cierto, estas palabras tienen una suerte de significado universal, ya que se utilizan de la misma manera en inglés, español y diversos idiomas más.

Pese a numerosas críticas y a una campaña de recolección de firmas, encabezada por varios escritores (entre ellos, Margaret Atwood), los editores del diccionario se negaron a reincorporar las palabras retiradas, argumentando que su labor es retratar el lenguaje tal como está en uso y no el lenguaje que deseamos fuera usado.

Aunque estos ejemplos se refieren al inglés, es fácil suponer que el fenómeno está ocurriendo también en otros idiomas. Haciendo una búsqueda por internet sobre esta problemática encontré, además, la preocupación de diversos sectores por la extinción de las lenguas de los pueblos indígenas. En ellas se reflejan no solamente los nombres de muchas especies naturales, sino también de prácticas y conceptos que, si fueran aplicados a otras culturas, nos ayudarían a comprender ideas importantes sobre la relación entre los humanos y la naturaleza.

El proyecto Living-Language-Land seleccionó 26 palabras de varias lenguas indígenas del mundo, que señalan la conexión de dichos pueblos con sus tierras. Por ejemplo, la palabra itrofillmongen, en idioma mapudungun, de la región del lago Budi, del territorio Mapuche en Chile, significa “los elementos tangibles e intangibles de la diversidad de vida”. La palabra sardak, del idioma ladakhi, de la India, significa “los antepasados y dueños de la tierra”. O la palabra napuro, en idioma cuyonon, de las islas Cuyo de Filipinas, que significa “un bosque que parece una isla dentro de una isla”.

Estas palabras fueron presentadas en la COP26 (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático del 2021), para provocar en los participantes la reflexión sobre la conexión de la humanidad con el mundo natural.

Los pueblos indígenas tienen una concepción integral sobre la naturaleza. Alessandra Korap Munduruku, líder del pueblo Munduruku en Brasil y ganadora del premio Goldman Environmental, afirma: “para nosotros, el bosque es una familia, es una madre, un hermano, un padre”. Aracely Riascos Piaguaje, del pueblo siona de Colombia afirma que los bosques “son los espacios espirituales, son la vida y son la cosmovisión de nosotros”.

Y de seguro es ahí donde se debe comenzar a buscar una solución a los problemas climatológicos y la depredación del mundo natural: en la concepción que tenemos sobre la naturaleza y en cómo nos referimos a ella. Porque cuando la consideramos un “recurso”, la reducimos a algo con valor de uso y explotación infinitos. Hacemos una clara separación entre la naturaleza y los seres humanos, porque no nos consideramos una parte integral del mundo natural.

Esto refleja también lo que el estudio de Richardson llama “la desconexión profunda” que tenemos con la naturaleza. El avance de los núcleos urbanos, donde se impulsa un tipo de vivienda vertical (en apartamentos) o la concentración de viviendas sin espacio para cultivar un jardín o una huerta casera, así como la pavimentación de los espacios públicos (plazas, parqueos), contribuyen a dicha desconexión. Se desconocen no sólo las palabras para nombrar plantas, animales y espacios geográficos, sino que, al no convivir con ellos, es casi imposible tener consciencia de que una planta, animal o río es un ser vivo que conforma parte de una red interconectada.

Para quienes viven en espacios urbanos, la relación con los animales se limita, en muchos casos, a la convivencia con animales domésticos como perros y gatos. Aun así, se les obliga a vivir en entornos no aptos para ellos y son forzados a portarse en formas contrarias a su naturaleza animal.

El desconocimiento de los nombres propios relacionados con la naturaleza impide que los adultos transmitan ese conocimiento, en apariencia inútil, a sus hijos o nietos. Pero al no saber nombrar plantas o animales, vamos también borrando sus atributos y sus ciclos de vida. Ese olvido contribuye a la indiferencia sobre su posible extinción y perpetúa un ciclo generacional de desconocimiento.

Frente a la acelerada degradación ecológica, que se extiende incluso al idioma, Miles Richardson concluye que es imprescindible restituir la conexión entre los seres humanos y la naturaleza, integrando dicho concepto en los procesos educativos y la planificación urbana. Esto permitirá que las sociedades puedan enfrentar los cambios ambientales globales con mayor acierto y promoverá comportamientos en favor del ambiente. Dicho cambio debe ser sistémico para alinearse con la necesidad urgente que tiene la sociedad de restaurar la relación entre humanos y naturaleza, garantizando así socioecosistemas prósperos y sostenibles.

¿Qué podemos hacer? Tengamos la curiosidad de preguntar y conocer más sobre nuestro entorno natural. Existen varias aplicaciones y cuentas en redes sociales, que permiten identificar plantas y animales locales. Demandemos el respeto de los espacios y reservas naturales, como un eslabón importante para paliar los efectos del cambio climático, que ya estamos viviendo. Sembremos un jardín, aunque ese jardín consista en sólo un par de macetas. Para nuestras actividades vacacionales o de ocio, prioricemos la asistencia a lugares como jardines botánicos, parques con vegetación, reservas naturales, granjas, etc.

Nombrar a la naturaleza no es sólo un asunto lingüístico. También es parte de un proceso que nos enseñará a conservarla, respetarla y reconocerla como una parte indiscutible e importante de nuestras propias vidas y de nuestro futuro como especie.

(Publicado domingo 2 de noviembre, 2025, sección de opinión de La Prensa Gráfica, El Salvador. Foto propia, tomada en el Jardín Botánico La Laguna, Antiguo Cuscatlán).

El escritor del fracaso

Hay películas que funcionan como puertas que, al ser vistas, abren todo un mundo desconocido. Un mundo que te lleva a más filmografía e, incluso, a la literatura.

Me pasó con El caballo de Turín (2011) de los cineastas húngaros Béla Tarr y Ágnes Hranitzky. Rodada en blanco y negro, la historia gira alrededor de un hombre, su hija y un caballo. Los tres viven en un lugar agreste, árido, alejado de otras personas. Sopla un viento constante e inclemente que arrastra hojas, frío y resequedad. Todos los días, estos tres personajes repiten la misma rutina. Escasos de palabras y afectos, de alegrías y esperanzas, los días transcurren en una pesadez sin sentido.

No debo decir más, para no arruinar el visionado de quien quiera verla a futuro. Nada más diré que cuando terminó, me dejó sin palabras. Lo primero que hice fue buscar al escritor del guion. Aparte de Tarr y Friedrich Nietzsche, estaba László Krasznahorkai. Este nombre me era conocido, aunque nunca había leído sus novelas. Pero la impresión que me causó la película me llevó por dos caminos simultáneos: el de ver más cine de Tarr y el de leer los libros de Krasznahorkai.

La colaboración entre ambos húngaros ha dejado productos extraordinarios. Tarr ha tomado como base algunas novelas de Krasznahorkai y ha sabido retratar a cabalidad el ambiente y los personajes de sus historias. Las armonías de Werckmeister, La condena, El hombre de Londres y la mencionada El caballo de Turín, son algunas de las colaboraciones entre ambos. Pero quizás sea Sátántango el producto excepcional de esta dupla.

Cuando Tarr leyó dicha novela, de unas 300 páginas, buscó a Krasznahorkai para decirle que quería filmarla. El escritor se negó, decía no interesarle el asunto. Tarr insistió. El otro seguía negándose. Tarr le dijo, muy confiado, palabras más, palabras menos: “mirá mis películas y vas a comprender por qué quiero filmarla”. Krasznahorkai así lo hizo. El resultado fue no sólo que se sentó con el director a escribir la adaptación al cine, sino que fue el inicio de su fructífera colaboración.

La película Sátántango (1994) es todo un tour de force. Confieso que no he terminado de verla, no por falta de ganas, sino por falta de tiempo. La cinta dura 7 horas y 19 minutos (sí, leyó bien, siete horas) y quiero dedicarme a verla de un tirón, ojalá algún día de las próximas vacaciones.

El libro fue publicado en 1985 y fue la primera novela escrita por Krasznahorkai, tarea que emprendió cuando trabajaba como vigilante nocturno en una granja lechera. Lo del tango en el título no es casual, ya que su estructura semeja la del género musical, con seis pasos hacia adelante y seis hacia atrás, que en el texto se convierten en capítulos cuyos hechos van hacia adelante y atrás en la trama. Cada capítulo es un largo párrafo sin puntos y aparte, una construcción de lenguaje que es una característica esencial de este escritor.

Sátántango (publicada en español como Tango satánico) presenta también esos contenidos que se ven con frecuencia en su obra, personajes que se reconocen derrotados ante la vida, desolados emocionalmente, sin ningún tipo de esperanza para superar su precariedad humana, habitando espacios y pueblos que reflejan esa misma desolación. En ese sentido, no es de extrañar que Laszlo Krasznahorkai se defina a sí mismo como “el escritor del fracaso”, tomando en cuenta los vaivenes socio históricos de Hungría (un país que sobrevive a la II Guerra Mundial, que forma parte del bloque socialista, que sufre dictaduras y que afronta con carencias el final de la guerra fría, cambios que dejan desposeídos, desgastados y empobrecidos a sus habitantes).

Pero no hay que dejarse engañar por esa auto definición que hace el escritor sobre sí mismo, como tampoco hay que quedarse en la superficie de sus personajes desesperanzados y lugares hostiles. Porque aún dentro de la oscuridad, hay belleza. Krasznahorkai llega hasta el fondo de la condición humana, donde también hay humor y donde la capacidad de encontrar belleza, aún en el más extremo de los escenarios, nos es dada a los lectores a través de un vaivén de palabras y oraciones que nos hacen bailar, junto al autor, sin dejarnos tomar aire, envolviéndonos en la red de los personajes que retrata, para luego dejarnos sin aliento, pensativos, añorando otra vuelta en sus palabras e historias, tejidas con la habilidad de quien sabe observar el alma humana, para luego traducirla en su original construcción de lenguaje.

Para muchos, su obra podrá ser densa y, por lo tanto, les causará rechazo. Con el poco rango de atención que tienen algunos lectores hoy en día, el sumergirse en un libro que no ofrece pausa y que no permite distracciones podrá resultar poco atractivo. Pero para quienes desean una lectura diferente, con sustancia, este escritor no sólo colmará sus expectativas. Podrá servir también como estímulo para atreverse a la lectura de muchos escritores de Europa del este que tienen trabajos valiosos y que, poco a poco (gracias a editoriales independientes como Impedimenta, Acantilado y otras más pequeñas), van sumando traducciones bien trabajadas que nos permiten su acceso. Danilo Kiŝ, Daŝa Drndić, Tatiana Țîbuleac, Magda Szabo, Sasa Stanisic, Milorad Pavić y el inefable Mircea Cartarescu, son algunos autores con los que se puede entrar en ese mundo narrativo.

En el caso de Krasznahorkai, su obra al español está publicada en Acantilado y ha sido traducida de manera estupenda por Adan Kovacsics. Es necesario señalar que su labor no debe haber sido sencilla, debido a esa cadena de frases que se entrelazan y que poco a poco nos van revelando su sentido. Parte del mérito de la visibilidad del escritor húngaro también le corresponde.

A raíz del Premio Nobel de Literatura que se le otorgó a Krasznahorkai en días recientes, algunas personas me han preguntado por dónde comenzar a leerlo. No sé qué recomendar, porque cada libro es algo diferente. Quizás lo lógico es comenzar por Tango satánico, su primera novela, y de ahí derivar a la que muchos consideran su (otra) obra maestra, Melancolía de la resistencia. Por cierto, cuenta el autor en una entrevista que no quedó satisfecho con el inicio del capítulo dos de Sátántango y que comenzó a escribir una especie de corrección del mismo. Ese fue el origen de su segunda novela Melancolía de la resistencia.

También recomiendo Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río. Guerra y guerra es uno que tengo pendiente de lectura, pero que me entusiasma comenzar. Y luego de leerlo, vale la pena adentrarse en las películas de Béla Tarr, con una filmografía impresionante y que, en efecto, ha sabido traducir en imágenes (en ese blanco y negro saturado de sus composiciones) el espíritu de las novelas de Krasznahorkai.

La designación del Premio Nobel de Literatura nunca será de entera satisfacción para todas las personas. Aunque sea considerado el premio cumbre en su ramo, haremos bien en tomarlo como una propuesta para conocer a autores que, de otra manera, quizás no tendríamos oportunidad de leer. A fin de cuentas, el gusto literario es subjetivo y la escritura no es un campeonato para coronarse como “el mejor”.

Con o sin premio, la obra de Laszlo Krasznahorkai es de primera y de lectura imprescindible.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 19 de octubre, 2025. Fotograma de la película Sátántangó de Béla Tarr).

una superficie cubierta de muchos libros abiertos.

La huella oscura de los libros

Hace un par de semanas hablaba en este espacio sobre las bibliotecas personales. No cabe duda que tener una, además de reflejar los gustos y preocupaciones intelectuales de sus dueños, implica una labor acumulativa. Pero detrás de nuestra compra de libros también hay otras reflexiones, nada literarias, a tomar en cuenta.

Si juntáramos todos los libros que tenemos y sumáramos su valor en moneda, estoy segura de que nos sorprenderíamos del valor total de la inversión hecha. No todos los libros valen lo mismo. Ediciones antiguas o de pasta dura, libros raros o de ciertas editoriales cuestan más que otros, que tienen tapa blanda o que son ediciones de bolsillo. Ni hablemos de libros de arte, de fotografía o ediciones especiales de lujo sobre cualquier variedad de temas.

A esa conclusión me hizo llegar mi padre hace años, cuando sabiendo de mi gusto por los libros, me decía que todos esos ejemplares representaban una pequeña fortuna que hubiera podido invertir en cosas “más útiles”. El comentario era raro viniendo de una persona que siempre estaba leyendo pero que, ahora que lo pienso, no acumuló muchos libros. Creo que los terminaba vendiendo o cambiándolos por otros en las ventas de usados que había antes en el centro de San Salvador y que a él le gustaba visitar.

Ahora, en el primer cuarto del siglo XXI, a ese valor en moneda de los libros debe sumarse el costo ecológico, su huella en el medio ambiente y su incidencia en el cambio climático. Según datos de la UNESCO, cada año se publican alrededor de 2.2 millones de libros en el mundo. La industria de las publicaciones consume alrededor de 16 millones de toneladas de papel cada año. Esto implica la tala de aproximadamente 32 millones de árboles, cantidad que, sin duda, contribuye a la deforestación a nivel mundial.

El uso del papel en todo lo relacionado con la impresión y la escritura comprende un aproximado del 24 % a nivel global. Esto abarca libros, periódicos, revistas, publicaciones impresas de todo tipo, así como material de oficina. Este porcentaje es superado solamente por el uso de productos de embalaje (52 % global) usados en el comercio electrónico y la distribución de productos de toda índole.

La fabricación de los componentes del libro impreso genera unas 8.85 libras de dióxido de carbono (CO2), por lo que el libro impreso se convierte en un objeto con una huella ecológica negativa. A esto debemos sumar las emisiones industriales que se producen durante la fabricación del papel, el blanqueo del mismo mediante procesos que utilizan cloro (lo cual genera dioxinas, un elemento carcinógeno muy persistente en el medio ambiente) y el uso de grandes cantidades de agua y energía en toda la cadena de producción.

El problema no se limita a los libros en papel. Los libros digitales también tienen su impacto ecológico, el cual comienza con la producción de los diferentes tipos de dispositivos de lectura (que requieren de cobalto y litio), así como la energía necesaria para mantener activos los servidores y el almacenamiento en la nube de los archivos electrónicos. Aunque el ebook puede parecer menos contaminante y más sostenible, un dispositivo de lectura electrónico produce unos 168 kg. de dióxido de carbono. El solo proceso de impresión de un libro de tapa dura (de unas 300 páginas), genera alrededor de 1.2 kg. de CO2.

Tomando en consideración que los dispositivos electrónicos tienen una vida útil limitada (aproximadamente de tres a cinco años), sería necesario que el usuario leyera 33 libros en doce meses para que su impacto ambiental sea menor que el generado por los libros impresos.

Aliviar este problema es algo complejo. Por una parte, estas cifras van en aumento cada año, debido al incremento de las novedades editoriales y de las metas de producción de los diferentes componentes de la cadena del libro. Así mismo, aumenta la cantidad de lectores y nuevos escritores. Todo esto genera demandas y aumentos en la fabricación de ejemplares.

También está de por medio la lógica capitalista: el sector editorial (que incluye un variado rango de actores como impresores, distribuidores, libreros, etc.) necesita vender más libros para crecer o mantenerse como industria. Vender más libros significa una mayor huella ecológica en un mundo que, ya de por sí, está tensionado en la explotación de sus recursos naturales que son (no lo olvidemos) finitos.

 Este es un problema que tiene alternativas, siempre y cuando los actores involucrados tomen consciencia del problema e implementen opciones que, aunque no solucionarán el asunto por completo, sí podrán contribuir a reducir sustancialmente la huella ecológica. Ya se habla de la ecoedición, es decir, de la producción de un libro con criterios de sostenibilidad que introducen, a lo largo de toda la cadena, medidas para reducir su impacto ambiental.

Algunos de los cambios importantes que incluye la ecoedición son el uso de papel reciclado (lo que reduce la necesidad de talar árboles, y también el consumo de agua y energía en el proceso de fabricación); la impresión bajo demanda (medida que reduce las devoluciones y evita la sobreproducción); y el transporte optimizado, es decir, la disminución de la distancia que debe recorrer el producto antes de llegar al consumidor final.

Nosotros, los lectores y amantes de los libros, también podemos contribuir un poco en el alivio de este problema. Podemos ser más razonables y selectivos en las compras de nuestros libros, es decir, no hacer compras impulsivas de títulos que después ni leemos, sea porque su contenido o edición es de mala calidad, o porque el tema o autor respectivo pasaron de moda. También podemos (en los países y ciudades en que esto es una opción mejor organizada) comprar libros usados.

Otra práctica es el bookcrossing, que consiste en dejar un libro en un lugar público para que algún interesado se lo lleve, lo lea y vuelva a dejarlo en otro espacio, según las instrucciones que son detalladas en el ejemplar. También se pueden organizar jornadas de intercambio de libros y así ir refrescando nuestra propia biblioteca, al mismo tiempo que compartimos títulos que sabemos no vamos a volver a leer o que no nos interesa mantener con nosotros. Esto puede favorecer a quienes tienen un presupuesto limitado y no pueden darse el lujo de comprar libros nuevos. Además, contribuye a que un libro sea leído varias veces por diferentes usuarios, ayudando también a socializar lecturas y a formar comunidad, algo que se está perdiendo en medio de sociedades gentrificadas, que están más enfocadas en actividades consumistas de recreación.

No hay duda de que el libro es uno de los objetos más valiosos de nuestras sociedades, no solamente por el objeto en sí. Cuando su contenido es uno de calidad (ya sea literaria, científica, educativa o estética) su valor trasciende lo monetario. Los libros han contribuido a la democratización del saber y a la expansión de la cultura. Muy difícilmente la sociedad renunciará a seguir escribiendo y produciendo libros, sin importar que el formato sea electrónico, sonoro o en papel.

Su existencia nos recuerda que tenemos sed de ideas, de conocimiento e imaginación. Pero dicha sed terminará creando desiertos en la tierra, si no encontramos formas de equilibrar su producción con el futuro de nuestros bosques y recursos naturales.

(Publicado domingo 28 de septiembre, 2025, en la sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de Patrick Tomasso en Unsplash).

El retrato de una mente

¿Qué es lo que define una biblioteca personal? ¿Es una acumulación improvisada de libros o una selección curada con intención? ¿Qué podemos aprender sobre la personalidad de sus dueños revisando los títulos de su biblioteca? ¿Descubriríamos algo sorprendente de ellos o se nos revelarían algunos de sus secretos?

Me hice algunas de estas preguntas luego de ver Umberto Eco: La biblioteca del mundo (2022). El documental, dirigido por Davide Ferreiro, nos lleva a conocer la impresionante colección de aproximadamente 55.000 libros que Eco mantenía entre su casa de Milán y su casa de campo de Monte Cerignone, cerca de Rímini, Italia. (El film completo está disponible en YouTube, si tiene curiosidad de verlo).

Dicha biblioteca consta de una gran cantidad de títulos, que fueron comprados o recibidos como obsequio a lo largo de su vida, pero incluye también una colección de libros antiguos (“apenas” 1.200). Eco pudo darse el lujo de irlos comprando a partir del aumento en sus ingresos económicos, luego del triunfo de sus propias novelas, en particular El nombre de la rosa.

Para cualquier bibliófilo, resulta un auténtico placer ver a Eco desplazándose por largos corredores forrados con estantes llenos de libros, para luego entrar en un salón, repleto de anaqueles y mesas con pilas de más libros encima. Lo curioso es que, para Eco, los ejemplares sin leer (de los cuales tenía, literalmente, miles) eran para él más importantes que los ya leídos. Esos textos representaban todo el conocimiento y las lecturas que todavía le faltaba por conocer, una metáfora de la extensión del saber humano que resulta inabarcable para una sola persona.

A propósito de bibliotecas de escritores, encontré también en YouTube una serie de videos elaborados por el periódico El País, llamada “En la biblioteca de”. Diversos escritores nos muestran sus colecciones y nos hablan de sus libros más preciados, así como de sus consideraciones sobre la lectura y su relación con algunos de sus títulos. Me llamó la atención una anécdota contada por el escritor mexicano Juan Villoro.

En algún momento de su vida, su padre quiso regalar su colección personal a sus hijos y les dijo que podían llevarse los ejemplares que quisieran. Los hermanos Villoro se sorprendieron mucho del ofrecimiento, pero ninguno quiso abusar llevándose demasiado porque, según Juan, “el chiste era que esa biblioteca, que de alguna manera reflejaba el retrato de una mente, se mantuviera unida”. Así es que cuando el padre se mudó a Morelia, no tuvo más remedio que llevársela completa en un camión de mudanza.

Ese concepto, de que una biblioteca es el retrato de la mente de su dueño, me pareció interesante. También me lo pareció el hecho de pensar en ella como en una unidad que no debe desmembrarse, porque conforma un conjunto cuyo sentido puede ser descifrado al analizar sus diferentes componentes.

Quizás, cuando comenzamos a comprar libros, no tenemos una idea clara sobre lo que estamos construyendo. Nada más vamos juntándolos. En algunos casos, acumulamos títulos de acuerdo a nuestros oficios, nuestros intereses de lectura y también, a nuestra capacidad económica. En países como el nuestro, puede ser que nuestras bibliotecas reflejen también un gasto impulsivo. Ya sabemos que, en nuestras escasas librerías, libro que vemos y que nos gusta hay que comprarlo de inmediato (si se tiene la posibilidad), porque lo más seguro es que no lo volvamos a ver de nuevo a la venta.

Con el tiempo y con el aumento de nuestras lecturas, aprendemos a ser algo más selectivos a la hora de comprar. Creo que es allí cuando comienza a formarse en verdad nuestra biblioteca personal, cuando aprendemos a valorar el contenido de lo que leemos, cuando pensamos en adquirir libros sobre ciertos temas, géneros, editoriales o autores. Vamos buscando títulos que tienen un sentido intelectual y un valor emocional para nosotros. Con ellos vamos conformando nuestro canon individual, uno que refleja nuestros intereses, pasiones y descubrimientos.

Más allá de eso, los libros que mantenemos en nuestras bibliotecas reflejan también otras cosas. Algunos ejemplares están asociados a la persona que nos lo regaló o al lugar y al momento en el cual lo compramos. Pueda que el texto no nos haya gustado o que la edición sea de escaso valor, pero si hojear sus páginas o ver su portada nos remite a un momento agradable de nuestro pasado o a una persona a la que queremos mucho, conservarlo es también una forma de almacenar un recuerdo. Esos detalles pueden pasar desapercibidos ante alguien que revise estanterías ajenas.

Si además de lector se es escritor, los libros representan también su material de trabajo. La colección de Julio Cortázar, que está al cuidado de la Fundación Juan March en Madrid, alberga volúmenes que contienen subrayados, dedicatorias, líneas verticales juntos a los párrafos que quería destacar, notas manuscritas a pie de página, índices temáticos y hasta dibujos. Sus libros también servían para guardar objetos y mensajes entre sus páginas.

Que las bibliotecas reflejan a sus dueños también aplica a otro tipo de personas, como los dictadores. En Los libros del gran dictador de Timothy W. Ryback, se nos ofrece un esbozo de los títulos y hábitos de lectura de Adolfo Hitler. El número de los ejemplares que poseía iba variando año con año y de lugar en lugar. Dicha colección fue destruida y dispersada después de la Segunda Guerra Mundial. Mil doscientos libros se encuentran actualmente en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y alrededor de diez mil fueron enviados a Moscú, en 1945. Hitler nunca inventarió su colección, pero el ex corresponsal de United Press, Frederick Oechsner calculó que contaba con unos 16.300 títulos. La mayor parte de ellos tenían que ver con temas históricos y militares, en particular las campañas de Napoleón Bonaparte. También tenía una vasta colección de publicaciones sobre arquitectura, teatro, pintura, escultura, ficción, así como temas religiosos y esotéricos.

Al momento de su muerte en 1953, la biblioteca de José Stalin constaba con 25.000 ejemplares, publicaciones periódicas y revistas, con intereses similares a los de Hitler. Stalin apreciaba tanto sus libros que contrató a un bibliotecario, inventó su propio sistema de clasificación y convirtió la pieza central de su dacha (casa de campo) en una gran sala-biblioteca. El libro Stalin’s Library. A Dictator and His Books de Geoffrey Roberts, analiza en detalle sus títulos y sus hábitos lectores.

En el 2006, peritos judiciales que investigaban a Augusto Pinochet, valoraron su biblioteca de 55.000 volúmenes en 2.560.000 dólares. Esta incluía piezas únicas de primeras ediciones, libros autografiados y un patrimonio bibliográfico que debió estar (pero nunca llegó), en la Biblioteca Nacional de Chile. Al igual que Hitler, tenía fijación con Napoleón, pero también tenía gran cantidad de libros marxistas, posiblemente para conocer mejor a sus enemigos. El periodista chileno Juan Cristóbal Peña explora los detalles de sus gustos y los títulos que guardaba, en su libro La secreta vida literaria de Augusto Pinochet.

No cabe duda que las bibliotecas encierran un factor identitario. Los gustos, las obsesiones, las etapas de vida, las aficiones, la necesidad de conocimiento y las curiosidades diversas de un ser humano están reflejadas en esa multitud de ejemplares en papel y también los libros digitales y hasta audiolibros.

No debe causar sorpresa que, para sus dueños, la biblioteca que vamos juntado con los años, termina convertida, no sólo en una posesión valiosa sino, sobre todo, en una especie de testimonio de nuestra vida y quehaceres.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 21 de septiembre, 2025. Foto  de uno de mis libreros).

La memoria de todos

El ser humano está hecho de recuerdos. ¿Cuántas veces al día recordamos algo del pasado, cercano o lejano? ¿Qué sería de nosotros si olvidáramos cosas que, aunque relacionadas con el aprendizaje y la repetición, siguen funcionando porque recordamos cómo hacerlas?

 Cuando hablamos de memoria, se piensa que está limitado a un concepto colectivo, de trascendencia masiva. Que la memoria solamente es importante para nuestras sociedades cuando se refiere a eventos nacionales, regionales o globales; eventos que ocurrieron a gran número de personas o que constituyen los capítulos de la historia, enredados con los nombres de quienes consideramos “las personas importantes” de un país.

Pero la memoria existe para todos. El recuerdo cotidiano e individual de los eventos familiares o personales forma también parte de esa gran memoria colectiva y, por tanto, es un elemento importante en la formación de nuestra identidad individual, familiar y social.

La memoria personal, representada en cartas, diarios, fotografías, recetas de cocina, conmemoraciones, tradiciones y objetos guardados, hablan de una época, del estado de cosas alrededor de quien las vivió. Su valor no es económico, sino afectivo y psicológico que debe (o debería) ser mejor apreciado, no sólo por las familias sino también por la sociedad, ya que son puntos de referencia de cómo la sociedad vivió y sobrevivió a las diferentes etapas de su historia.

Pensé en estas cosas al conocer el proyecto del “Club de las abuelas”, una iniciativa del fotógrafo Roberto Anaya y la antropóloga Alexandra Golcher, que busca examinar y conformar un registro de esas memorias personales, a partir de los objetos y entornos de sus propias abuelas. El proyecto fue presentado el pasado 28 de agosto en panadería Luma y comprende una exposición fotográfica que espera generar conversación y reflexión sobre el mundo de las personas mayores, en particular, las de la cuarta edad, donde sus objetos personales, su estética, el recuerdo y la pervivencia de sus tradiciones y ritos, componen parte de una identidad que se extingue en silencio, sin ser documentada.

Según una entrevista concedida por Anaya y Golcher a este periódico el 30 de agosto, el “Club de las abuelas” busca celebrar la diversidad de experiencias y reconocer en estas mujeres “un archivo vivo de la historia social y cultural”. Tiene como objetivos documentar la vida cotidiana de las abuelas; generar un archivo que asegure la preservación de dichos registros para que sean útiles en la investigación y el análisis de procesos culturales y sociales más amplios; y compartir dichos hallazgos para fomentar el diálogo y la reflexión intergeneracional.

Este último elemento es el que me parece más valioso y urgente. Vivimos en una época donde se exalta el valor de la juventud y la belleza física, al tiempo que se subestima e invisibiliza a las personas mayores, sus desafíos y su herencia, que va mucho más allá del mero legado material.

Así como nos preocupamos por estudiar a detalle las etapas de la infancia y la adolescencia, es importante estudiar las edades adultas, sobre todo a partir de los 60 años. Por mucha experiencia que se dice haber acumulado, lo cierto es que la tercera y cuarta edad son etapas nuevas de la vida, que muchas veces transcurren en soledad, desconcierto y silencio debido, justamente, a esa falta de diálogo intergeneracional. Pocas veces escuchamos a nuestros mayores y comprendemos la dimensión de sus preocupaciones y ansiedades. Algunos viven esta etapa agobiados por enfermedades; otros, por la pobreza económica, la falta de independencia y de dignidad en la toma de decisiones sobre su propio cuerpo y su bienestar a nivel social.

Lo que muchos interpretan como “manía de viejos” de acumular cosas sin sentido, para las personas mayores es el museo personal de sus recuerdos y valores íntimos. Objetos, creencias y tradiciones que no deberían ser motivo de burla ni de desprecio, sino de respeto, gratitud y afecto.

La idea es que al proyecto puedan sumarse otras personas que permitan el registro de los espacios de sus mayores (definidas como “abuelas y abuelos”, aunque también incluye el entorno de personas sin descendencia). Para ello, los invito a visitar la exposición y a comunicarse con los impulsores de esta iniciativa, a través de su cuenta en Instagram @clubdelasabuelas.

(Publicado domingo 7 de septiembre, 2025, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de Roberto Anaya, tomada del Instagram del Club de las abuelas. La exposición estará abierta hasta octubre).

El hombre de terciopelo

El 1 de julio de 1925, a las 8 de la noche, fallecía el compositor francés Erik Satie, de 59 años, en el hospital Saint-Joseph, en las afueras de París. Satie había estado ingresado desde hacía cinco meses antes a causa de una cirrosis de hígado y de pleuresía, resultado de décadas de fuerte consumo de alcohol. Su entierro tuvo lugar el 6 de julio en el cementerio de Arcueil, donde aún descansan sus restos.

Después del funeral, su hermano Conrad, junto con tres amigos, se dirigieron al lugar donde el difunto había vivido desde 1898. Era un departamento de dos cuartos en el segundo piso de un edificio situado en el no. 22 de la rue Cauchy de Arcueil (Val-de-Marne), pequeña comuna a diez kilómetros de París. Valga decir que Erik Satie no permitía que nadie lo visitara. Nadie, ni siquiera su hermano, con quien tenía una relación bastante cercana, habían entrado jamás a aquel apartamento. Por ello, cuando acudieron para disponer de sus pertenencias y desalojar el inmueble, la sorpresa de lo que encontraron fue mayúscula.

Lo primero que les llamó la atención fue el miserable aspecto del lugar. Satie sufría de un afán acumulador que le impedía deshacerse de nada. Los amigos tuvieron que sacar dos carretadas de basura, antes de encontrar lo verdaderamente valioso. Había dos pianos desafinados con los pedales amarrados, uno encaramado encima del otro, hecho que llevó a concluir que Satie componía sus piezas sin utilizar ningún instrumento. Debajo de las tapas de los pianos había cientos de papeles de todo tamaño, donde estaban escritas composiciones musicales, muchas de las cuales permanecían inéditas. También había pañuelos, dibujos y anotaciones guardados en los bolsillos de los trajes, cartas y paquetes postales sin abrir, periódicos apilados en columnas y cajas de puros que guardaban tarjetitas con dibujos y descripciones de máquinas voladoras y seres fantásticos que habitaban los mundos imaginarios de la mente de Satie.

Fueron encontrados, además, alrededor de cien paraguas, siete trajes idénticos, de terciopelo gris, e igual número de sombreros. Estas últimas prendas eran una especie de uniforme para Satie, ya que siempre se vestía igual. Eso lo hacía fácilmente identificable a la distancia. Siempre salía con un paraguas, sin importar el clima. Otros objetos que portaba consigo eran un martillo, metido en un bolsillo interior de su abrigo, y que sería usado si tenía necesidad de defenderse, así como un pequeño cuaderno de solfeo, donde anotaba todas sus ocurrencias musicales, incluidas instrucciones para los músicos que fueran a ejecutar sus piezas y otras cosas que le pasaran por la cabeza.

Satie solía caminar la distancia entre su “armario” (como llamaba a su vivienda) y los cabarets de Montmartre, entre ellos el célebre Le Chat Noir, donde tocaba para ganarse la vida. Los niños, al verlo pasar siempre vestido igual, lo bautizaron como “le gentilhomme de velours”, el caballero de terciopelo. Varios de sus amigos concluyeron que eran esas larguísimas caminatas las que le dieron el espacio mental y las ideas para crear muchas de sus composiciones. Pero quien sabe.

Años antes, en 1888, cuando tenía apenas 22 años, compuso las piezas para piano conocidas como Gnossiennes y Gymnopédies, temas que lo hicieron famoso y que son muy utilizadas en bandas sonoras de películas u otro tipo de obras hasta el día de hoy. Las piezas fueron consideradas altamente experimentales para su tiempo, por su forma, su ritmo y su estructura, al punto que no se supo bien cómo clasificarlas. Algunos las denominaron “danzas”, pero Satie se empeñó en que las palabras para nombrarlas eran lo que él consideraba un nuevo género musical y no un título de las piezas.

Desde la manera de escribir su nombre (Erik, con k al final), hasta el detalle del paraguas, Satie era un personaje único, considerado un excéntrico por muchos. Aparte de su manía de acumulador, en alguno de sus escritos afirmó llevar una dieta donde sólo comía alimentos de color blanco: claras de huevo, azúcar, grasa animal, ternera, sal, coco, pollo hervido, arroz, cierto tipo de salchichas, repostería y quesos, además de vino blanco.

Pero además de excéntrico, Satie fue definido como un tipo arrogante, susceptible, irascible, una especie de “niño triste” que sólo se mostraba algo optimista cuando estaba bajo los efectos del alcohol, según aseguró el pintor Francis Picabia. Era lo que se llama “un ladrillo seco”, porque a pesar de las cantidades y las mezclas de licores que tomaba, nunca perdía la compostura. Sus bebidas de preferencia: ajenjo, vino y, años después, cerveza mezclada con cognac.

Sus relaciones con otras personas siempre fueron complicadas. Fue amigo de Georges Auric, Claude Debussy y Maurice Ravel, entre otros famosos de su tiempo, pero luego se enemistó con ellos. Fue también muy amigo de varios artistas del dadaísmo y del surrealismo, como Tristán Tzara, Jean Cocteau y Pablo Picasso, con quienes colaboró en algunas puestas en escena diseñando lo que llamó “musique d’ameublement”, música de mobiliario, que es lo que hoy llamamos “música de fondo”.

La única relación amorosa que se le conoció fue con la pintora impresionista Suzanne Valadon. Después de la primera noche que pasaron juntos, Satie le propuso matrimonio. Eso ocurrió, según sus escritos, el 14 de enero de 1893. Ella no aceptó, pero se mudó a un cuarto que estaba junto al de Satie, en la rue Cortot, cerca de la iglesia de Sacre-Couer, en Montmartre. El músico se obsesionó tanto con ella, que compuso sus Danses gothiques como una manera de serenarse a sí mismo. Valadon pintó un retrato de él y se lo obsequió. Pero después de cinco meses de relación, el sábado 17 de junio, todo terminó. Ella se mudó lejos y él quedó devastado.

Durante sus últimos meses de vida en el hospital, algunos fieles amigos, como Jean Cocteau, Darius Milhaud, Georges Braque y el joven compositor Robert Caby, así como su hermano Conrad, lo asistieron y acompañaron hasta el final.

Como parte de las conmemoraciones del centenario de su muerte, la BBC de Londres estrenó este año 27 piezas inéditas de Erik Satie, las cuales serán editadas en un disco titulado Satie: Discoveries. Estas piezas incluyen canciones de cabaret y nocturnos minimalistas que fueron reconstruidas por James Nye, musicólogo y compositor británico, y Sato Matsui, compositor y violinista japonés, quienes rastrearon el material perdido en varias colecciones de archivo, incluida la Biblioteca Nacional de Francia.

Algunos de los escritos y dibujos de Erik Satie están recopilados en Memorias de un amnésico y Cuadernos de un mamífero, títulos con los que publicó algunos textos en revistas literarias de vanguardia, en el París de los años veinte. Dichos textos incluyen crítica musical e instrucciones para los músicos al tocar sus piezas. Son escritos breves, lúdicos, irreverentes que, quizás, reflejan una suerte de diálogo interior interminable que tenía Satie consigo mismo y, para lo cual, cargaba siempre consigo aquellos cuadernitos de música en su abrigo, con los que caminaba kilómetros de ida y vuelta entre París y el refugio de su armario en Arcueil.

Cien años después de su muerte, muchos artistas y críticos reconocen el carácter innovador de sus creaciones musicales. Se le considera un precursor de géneros como el jazz, un hombre con una actitud punk, décadas antes de que el punk existiera formalmente como movimiento cultural. Un innovador solitario empeñado en seguir su instinto creativo, cuya música nos seguirá fascinando durante años por venir.

(Publicada domingo 24 de agosto de 2025, sección de opinión, La Prensa Gráfica. Foto: Claude Debussy (izq.) y Erik Satie (der.), en la casa de Debussy. Foto tomada por Igor Stravinsky en junio de 1910).

La llegada del mundo invisible

Hace un par de semanas terminé de leer La llegada del mundo invisible del escritor salvadoreño Pedro Romero Irula. El libro, publicado a inicios de este año por la editorial salvadoreña Índole, reúne siete cuentos cortos en una edición de 66 páginas.

Romero Irula no es un desconocido en el mundo de las letras. En años recientes comenzó a publicar algunas de sus narraciones en las revistas digitales Café irlandés, La piscucha, La Zebra, Literariedad y El escarabajo. En el 2019, junto con Luis Contreras, contribuyó como compilador de la publicación Lados B, de la editorial Los Sin Pisto, una selección de cuentos escritos por un grupo de voces emergentes en la literatura salvadoreña. Así mismo, publicó Dos bolos, un libro electrónico gratuito, con la Editorial Entre Tejas de Chiapas, México, en 2022.

En una nota al final de La llegada del mundo invisible, Pedro explica que todos los relatos se originan en la cultura popular salvadoreña. Algunos vienen de la tradición oral o son una adaptación libre de fuentes de archivos históricos. Este elemento me parece un detalle importante. En nuestro país circulan múltiples leyendas y creencias populares que no han sido documentadas debidamente. Se transmiten por la vía oral o fueron mencionadas en pequeñas ediciones de monografías municipales, muchas de ellas ya desaparecidas. Su conocimiento está limitado a lugares específicos y no son del alcance general, precisamente porque no hay investigaciones ni registro, sea antropológico o literario, que las recopile y las ponga a disposición de lectores e investigadores. Con el flujo migratorio de nuestros compatriotas y la inevitable muerte de nuestros mayores, estos relatos se van perdiendo, dejando vacíos en la construcción de nuestra memoria e identidad.

Otro de los valores de este libro es la incursión en una forma de escritura que rompe con el costumbrismo tradicional de nuestra cuentística y también con la tendencia de la narrativa contemporánea de retratar conflictos sociales. Romero Irula se atreve a hacer un remix de lo urbano y de lo rural, combinando elementos del horror, el misterio y el terror psicológico, sin ahondar en un contexto social o histórico específico.

El resultado de dicha mezcla son estos textos cuya lectura no está limitada a la violencia urbana como tal; nos propone una realidad alterna, quizás tan o más oscura, asfixiante y atemorizante que la que creemos conocer y que los personajes de estos cuentos tienen la mala suerte de experimentar en carne propia.

Mi favorito de este libro es “Pájaro bofe”, el primero de esta colección. Según la nota, su origen es de San Miguel, quizás de Sesori. El autor la conoció porque le fue contada a su mejor amigo por su abuela (demostrando la importancia de la tradición oral en la transmisión y rescate de estas creencias). Otros cuentos que me gustaron fueron “Blackout” y “La casa denegrida”. Varios tienen elementos con los que el lector puede identificarse o que remiten al recuerdo de relatos de fantasmas que nos fueron contados por alguien, en un pasado que ahora parece demasiado lejano o que, quizás, hasta soñamos.

Romero Irula forma parte de un grupo de nuevos escritores salvadoreños que, poco a poco, están gestando una renovación del cuento nacional a través de sus temas, historias y formas de contar. Benjamín Silva, Luis Contreras, Carlos González Portillo, Andreas Portillo, Michelle Recinos y Felipe García son algunos de ellos.

Pese a las dificultades de difusión literaria en un país con escasas editoriales, con poco hábito de lectura y, sobre todo, con mínimo aprecio por la literatura nacional, estos nuevos narradores han sabido trabajar en sus propuestas sin la presión o la prisa a la que parecen estar sometidos algunos escritores noveles, en cuyas publicaciones es demasiado evidente su deseo de popularidad. Pareciera que escriben solamente para complacer a un público, pero no aspiran a comprender las técnicas literarias o, sencillamente, no tienen una buena historia que contar.

En medio de las dificultades mencionadas, la aparición del libro de Pedro Romero Irula merece ser celebrado. Lo considero un buen augurio, no solamente para esperar su próxima publicación con ansias, sino también para aplaudir a esta nueva horneada de escritores que, esperamos, serán la próxima generación de talentos de la literatura nacional.

(Publicado en sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 10 de agosto de 2025. Foto propia de la portada del libro).

Un tal Pedro Páramo

En mayo de 1954, un hombre llamado Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno compró un cuaderno escolar sencillo, de esos que van unidos al centro por un par de grapas. En dicho cuaderno este hombre, conocido simplemente como Juan Rulfo, fue anotando el primer capítulo de una novela que le andaba dando vueltas en la cabeza desde hacía varios años.

En 1947 se había casado con Clara Angelina Aparicio Reyes. Al poco tiempo, se fueron a vivir al número 84 de la calle Río Tigris, en la colonia Cuauhtémoc de la ciudad de México. Ahí, Rulfo comenzó a trabajar en la idea de una novela cuya redacción no terminaba de aterrizar. En una carta dirigida a Clara, cuando todavía eran novios, le confiesa: “he estado fallando en eso de escribir. No me sale lo que yo quiero. Además, se me van por otro lado las ideas. Y todo, al final, se echa a perder”. Lo único que parecía tener claro era el título de esa novela, Una estrella junto a la luna.

Para esa época recién comenzaba a trabajar para la compañía Goodrich-Euzkadi. Era agente viajero. Eso le permitió conocer toda la república mexicana y alimentar una de sus grandes aficiones: la fotografía. Sin embargo, esa misma movilidad le hacía dificultosa la concentración y la disciplina para escribir. Ya había publicado algunos cuentos en suplementos literarios, gracias a la mediación de sus amigos Efrén Hernández, Juan José Arreola y Antonio Alatorre. Pero en su mente iba armando una historia más larga y compleja, que sería su segunda novela (eliminó la primera porque le pareció muy mala).

En 1952, cuando se inauguró la serie “Letras mexicanas” en la editorial del Fondo de Cultura Económica, le pidieron una colección de sus cuentos. Así fue como apareció publicado, al año siguiente, su libro El llano en llamas.

Por esa misma época, la escritora estadounidense Margaret Shedd fundó el Centro Mexicano de Escritores (CME), gracias al apoyo de la Fundación Rockefeller, quien veía en esta iniciativa la oportunidad de mejorar las relaciones entre los Estados Unidos y México. El CME otorgaba becas bajo una serie de cláusulas estrictas en cuanto a tiempos de entrega e informes de avance de las obras. Este programa fue el que le permitió a Rulfo concentrarse y avanzar con su nueva novela.

Cuando compró el cuaderno escolar mencionado al inicio, Rulfo escribió a mano el primer capítulo. Según contó después, sintió que ya había encontrado el tono y la atmósfera que buscaba. Durante el día apuntaba sus ideas en papelitos azules y verdes. Después de su trabajo en la Goodrich, pasaba los apuntes al cuaderno. Le gustaba escribir a mano, con una pluma Schaeffer y con tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de manera que pudiera retomar el hilo al día siguiente. Luego los fue pasando a máquina y, a medida que avanzaba, destruía las hojas manuscritas. Fue así como en cuatro meses, entre abril y agosto de 1954, Rulfo escribió un primer manuscrito de 300 páginas.

Algunos avances de ese texto fueron publicados en las revistas Las Letras Patrias, Universidad de México y Dintel. Los títulos y algunos detalles de la obra iban variando. En la primera de estas publicaciones, el fragmento se tituló “Un cuento”. Luego se llamó “Los murmullos” y finalmente, se tituló “Comala”, cuando Rulfo decidió cambiar el nombre del lugar donde ocurría la historia, antes llamado Tuxcacuexco.

El manuscrito de 300 páginas fue trabajado de enero a septiembre de 1954 y sufrió no sólo numerosas modificaciones sino, sobre todo, grandes recortes. Rulfo fue implacable consigo mismo. Eliminó cien páginas en la primera sentada. Luego fue eliminando la mayoría de los adjetivos, cuyo uso estaba muy de moda en la escritura de la época. Finalmente, la historia quedó reducida a poco más de cien páginas y fue publicada en marzo de 1955 (aunque en algunas fuentes se cita julio del 55 como fecha de publicación). El título definitivo de esta publicación fue Pedro Páramo y su tiraje constó de dos mil ejemplares.

Las primeras reacciones fueron negativas. Alí Chumacero, amigo de Rulfo y jefe de producción del Fondo, comentó en la Revista de la Universidad que a la novela le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas. Para Rulfo, este comentario era incompresible, pues sentía que había trabajado muchísimo la estructura.

La novela apenas se vendió, quizás por los comentarios negativos, quizás porque su estructura planteaba nuevas formas de escritura y retos para su lectura. Pasaron cuatro años para que pudieran venderse 1.500 ejemplares. Los restantes quinientos, fueron regalados por el autor a quien se los pidiera.

Rulfo pasó un par de años en Veracruz, trabajando en la comisión de Papaloapan. La ciudad de México, que era el centro de la actividad literaria y cultural, estaba demasiado lejos y las noticias no volaban rápido. Así es que cuando volvió a la capital, Juan Rulfo se encontró con buenas noticias. Gente como Carlos Fuentes y Octavio Paz habían escrito comentarios muy favorables a la novela. Además, estaba siendo traducida al alemán, inglés, francés y holandés. Poco a poco, Pedro Páramo fue siendo conocida fuera de las fronteras mexicanas. Escritores como Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges no tuvieron más que palabras de admiración por dicha obra.

El reconocimiento trajo consigo múltiples entrevistas, aunque Rulfo, hombre tímido y de muy pocas palabras, prefería rehuirlas. El éxito también traía presiones. Se le vivía preguntando cuándo publicaría más cuentos o una nueva novela. Rulfo se zafaba de las explicaciones diciendo que se le había muerto su tío Celerino, que era quien le contaba las historias. Si este tío era real o ficticio, nunca se supo.

En una entrevista de 1977, concedida a Joaquín Soler Serrano para el programa “A fondo” de la Radiotelevisión Española, Juan Rulfo dijo que Pedro Páramo es una novela difícil de leer, pero que fue escrita con esa intención y que se necesitan, por lo menos, tres lecturas para llegar a comprenderla. La novela rompe las reglas de tiempo y espacio porque todos los personajes están muertos. “Es una novela de fantasmas”, según definió del escritor.

Setenta años después de su publicación, Pedro Páramo se ha convertido en uno de los referentes ineludibles de la novela latinoamericana. Es una lectura obligada para los estudiantes de secundaria en la mayoría de países de Latinoamérica. Ha sido llevada al cine en tres ocasiones: en 1967, dirigida por Carlos Velo; en 1977, dirigida por José Bolaños; y en 2024, bajo la dirección de Rodrigo Prieto.

Al hacer una lectura que trasciende su regionalismo, es fácil darse cuenta de que Pedro Páramo toca temas de preocupación universal como la búsqueda del padre ausente, el duelo y la muerte, así como el amor irrealizable. Además, la idea de una población habitada por fantasmas nos confronta a temas tan actuales como la memoria y los pueblos que van siendo abandonados debido a que sus habitantes parten en busca de mejores oportunidades económicas en los núcleos urbanos.

En ese sentido, la obra de Juan Rulfo sigue siendo leída ya que, gracias a la complejidad de su propuesta, nuevas generaciones de lectores encuentran entre sus líneas las preocupaciones vitales que resuenan en los conflictos humanos actuales. Cada una de esas numerosas lecturas nos seguirá permitiendo descubrir y comprender los múltiples secretos que guarda ese misterioso lugar llamado Comala.

(Publicado en la sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 27 de julio, 2025. En la foto, mi edición de Pedro Páramo, Fondo de Cultura Económica, 1977. La ando cargando desde mis días de colegio. Foto propia).