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Dejemos al menos flores

Me ha resultado difícil aterrizar un tema para esta columna, debido a los múltiples eventos que se desarrollan a lo largo y lo ancho de este mundo. Hay mucho que decir y, al mismo tiempo, todo parece abrumador. Decir algo, cualquier palabra, parece inútil porque parece que nadie tiene la voluntad de detenerse a escuchar. Peor aún, hay momentos en que contenemos la respiración esperando consecuencias funestas para todos.

Las posibilidades de un conflicto mundial, donde se vuelvan a utilizar armas nucleares, es quizás uno de los grandes temores de la humanidad, una amenaza que, en cada nuevo ataque y discurso altisonante, comprendemos como un peligro real. Con ese contexto, es difícil continuar con nuestra vida cotidiana sin sentirla o pensarla como algo pequeño, algo inútil. Y, sin embargo, es allí donde buscamos una pizca de consuelo, en el abrazo de los nuestros. En la cotidianidad. Tomamos más consciencia de los pequeños detalles y nos preguntamos por nuestra mortalidad, por la fugacidad del mundo.

Por un lado, pareciera que lo que se impone es hablar y comentar sobre dichos eventos, como hace tanta gente. No hacerlo puede parecer evasión, ignorancia o indiferencia. Pero el hecho de no hablar o comentar sobre cierta situación no significa que no estemos al tanto de las cosas o que no nos importe el tema. A veces, simplemente, no se sabe qué decir o escribir.

Leí hace poco, en la revista española Cuadernos Hispanoamericanos, una entrevista con la escritora dominicana Rita Indiana. La publicación destacaba una frase de ella con la que me sentí plenamente identificada. El escritor Munir Hachemi le pregunta sobre la situación política actual, sobre todo en Estados Unidos. Indiana contesta: “Es un momento peligroso y vendrán cosas peores: también es un momento de impotencia que me hace cuestionar la práctica misma de la escritura, hasta qué punto esto no es una rumia superficial en medio de lo que está pasando”.

La frase me llamó la atención porque es algo que también vengo preguntándome. ¿Qué sentido tiene escribir narrativa en momentos difíciles para la humanidad? ¿Sirve para algo la escritura cuando los poderosos del mundo planifican ataques y realizan masacres con toda frialdad y premeditación? ¿Qué puede hacer la escritura de una persona ante otros que asesinan, lanzan balas y bombas sin compasión alguna por el dolor ajeno y que, además, justifican sus acciones destructivas? ¿Para qué escribir novelas, cuentos, poemas, crónicas, columnas si parece que nadie lee, que a nadie le interesa? ¿Para qué escribir si la palabra no mueve a la acción colectiva?

No son sólo los eventos bélicos mundiales los que ponen en duda la necesidad de que sigamos escribiendo. Desde la negativa del dueño de la IA Claude de firmar un contrato con el Pentágono, se ha generado una especie de simpatía masiva del público hacia dicha empresa. Esto ha provocado una mayor visibilidad de sus posibilidades de trabajo, ya que algunos han preferido dejar de usar ChatGPT en favor de Claude. Supongo que piensan que es “más ético”, no lo sé. Para mí ha sido sorprendente encontrarme a diario con entradas en redes sociales que dicen, literal: “El libro que has pospuesto escribir desde hace tres años puede ser terminado en 48 horas. Lo único que te detiene es no conocer estos 9 prompts para Claude”. Una variante promete que Claude no sólo escribirá tu libro, sino que lo diseñará y que lo dejará listo para ser impreso.

Estas promesas desconcertantes de poder escribir una novela en 48 horas con la asistencia de una IA se miran sustentadas con la sobre abundancia de auto publicaciones de libros creados de esta manera (Amazon está inundado de ellas), lo cual además se refuerza con la opinión de algunas personas que piensan que las IA llegarán a escribir mejor que los humanos y que los escritores ya no seremos necesarios. Un temor que, por cierto, se extiende hacia otros oficios, cuyos destinos se sienten frágiles si se comprueba que su labor puede reemplazarse por una IA que realiza la misma tarea en menor tiempo, a menor costo y con mayor ganancia económica.

¿Cuál es la utilidad de la palabra en momentos de tensión para la humanidad, la sociedad y el individuo? ¿Sobre qué se escribe cuando todo parece desmoronarse? Si soy sincera, no lo sé.

Tendemos a pensar que sólo hay una tarea posible, la de denunciar, protestar, informar; escribir sobre lo que ocurre; advertir sobre un futuro oscuro; recordar otros momentos de la historia donde eventos similares dejaron consecuencias devastadoras; hablar sobre el tema, discutirlo, gritarlo, protestar, dedicar todo el esfuerzo narrativo en ello. ¿Pero es efectivo? ¿Sirve para algo? Y, además, ¿cómo hacerlo? ¿Dará tiempo para escribir una novela sobre el tiempo actual, si no sabemos si sobreviviremos de aquí a un mes? Se pudo escribir poesía después de Auschwitz, sí, ¿pero la seguiremos escribiendo después de una nueva bomba atómica?

La literatura no salvará, ni ha salvado al mundo de la barbarie. Sin demeritar, quizás solamente salva a unos cuantos individuos. Quizás alguien, en algún refugio antibombas, burló su miedo con poemas o novelas, leyendo en voz alta para los demás. ¡Cuántos soldados salvaron una parte de su humanidad mientras garrapateaban letras apuradas en libretas y papeles en los campos de batalla! ¡Quiénes, cuántos, habrán salvado algún libro de entre los escombros de los bombardeos!

Puede que escribir encierre algún pequeño, mínimo sentido. Dejar de hacerlo, o limitarse a escribir sobre las tribulaciones del presente, es dejar que ese odio, esos rencores, esas mezquindades, esos fanatismos que mueven las guerras y los conflictos humanos, ganen la batalla. Dejar que nos quiten la capacidad de reír, de imaginar, de ser compasivos, de sentir alegría por un jardín que florece o por un gato que ronronea cuando lo acariciamos, eso es haberlo perdido todo.

Hay que seguir escribiendo, pintando, cantando, bailando. Hay que estar informados, saber lo que pasa en el mundo. Hay que seguir hablando de nuestro quehacer creativo, de lo que vemos y pensamos, de lo que esperamos a futuro, de lo que debería ser la vida de la humanidad. Porque eso, a fin de cuentas, alimenta la esperanza necesaria para confiar en que habrá un mañana mejor y seres humanos que sabrán vivir en forma armoniosa. Eso nos dará el impulso de continuar adelante, un día más, aunque todo parezca tan oscuro a nuestro alrededor.

Esta preocupación del quehacer individual, frente a tiempos de desgracia y, sobre todo, ante la consciencia de nuestra mortalidad, no es nueva ni única. Netzahualcóyotl, tlatoani de Texcoco en el México prehispánico, quien además era estratega militar, legislador, urbanista, ingeniero hidráulico, arquitecto, jurista, filósofo, mecenas de las artes y poeta, dejó unos versos que siempre recuerdo en momentos de desánimo, en momentos en que siento que la escritura es inútil: “¿Con qué he de irme? / ¿Nada dejaré en pos de mí sobre la tierra? / ¿Cómo ha de actuar mi corazón? / ¿Acaso en vano venimos a vivir, / a brotar sobre la tierra? / Dejemos al menos flores / Dejemos al menos cantos”.

Dejemos al menos flores, dejemos al menos cantos; dejemos al menos novelas, cuentos; dejemos algo de poesía en este mundo triste que tanto lo necesita.

(Publicado domingo 8 de marzo, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto propia, tomada en el Jardín Botánico Plan de la Laguna, Antiguo Cuscatlán).

Teatro Nacional, Catedral y Banco Hipotecario, centro de San Salvador

Fuego y olvido

Siento que es obligatorio hablar sobre el reciente incendio en los edificios centenarios del centro de San Salvador. Hay muchas cosas que decir y, sin embargo, me cuesta todavía encontrar las palabras. Mi reacción inicial fue de mucha tristeza, impotencia y preocupación, no sólo por el futuro de la infraestructura histórica del centro, sino incluso por el futuro de sus habitantes.

Hemos sido testigos de numerosos incendios en la ciudad, desde hace años. No sé si me equivoco, pero creo que es la primera vez que, además de la destrucción, el siniestro se cobró la vida de cinco personas. Desde hace años, también, hay quienes opinan que estos incendios son provocados para poder desalojar terrenos con más rapidez y ocuparlos para reconstrucciones que nada tienen que ver con los edificios originales. La poca claridad y la falta de información pública sobre los resultados de las investigaciones pertinentes contribuyen a alimentar dichas sospechas.

Nos hemos mal acostumbrado a estos eventos y, con ello, caemos en la insensibilidad. Poca gente se sorprende ya cuando se da noticia de un incendio. Este último, ocurrido el 13 de febrero en la madrugada, ha quemado lugares emblemáticos de la 6ª. Avenida Sur, la 4ª. Avenida Sur y la 8ª. Calle Oriente. Para quienes conocemos y tenemos parte de nuestra vivencia personal estrechamente ligada al centro, ver las cenizas de la destrucción resulta profundamente triste y doloroso. También fue doloroso conocer las historias personales de quienes perecieron, gente trabajadora que vivía en la zona, como tantos cientos más de habitantes que no tienen otra alternativa.

A la tristeza sobre la tragedia humana se suma la de conocer algunos comentarios, totalmente insensibles y fuera de lugar. “Qué bueno que se quemaron ese montón de tablas viejas”. “Ahora tendremos edificios modernos”. “Eran lugares feos e inútiles, sucios, llenos de ratas y ladrones”. “Nunca iban al centro y ahora están lamentando”. “Ahí sólo había chupaderos, muy bien que ya no existan”, etc. Comentarios como estos nada más reflejan diversos grados de ignorancia y desprecio por su propia historia.

Quien piensa de esta manera no sabe que muchas de estas casas antiguas son lugares habitados y no están abandonadas o vacías. Muchas edificaciones, ante el abandono en el que han quedado estas estructuras, fueron reconvertidas en mesones y viviendas, cuyas habitaciones se alquilan por un valor mínimo. Las condiciones para habitarlas no son óptimas, todo lo contrario. Sin embargo, la precariedad obliga a algunas personas a aceptar vivir en dichos lugares, aún a riesgo de su salud, de su dignidad humana e, incluso como ocurrió ahora, de su seguridad personal. Esto pone de manifiesto, además, el grave problema de la falta de vivienda digna para sectores pobres y medios, problema que se agrava con la actual burbuja constructiva e inmobiliaria que ha inflado los precios de alquiler a niveles insostenibles.

Por otra parte, la pérdida de estos y otros inmuebles centenarios (muchos de ellos parte de nuestro patrimonio nacional), se convierte en un evento que amenaza con borrar nuestra historia. Son pocas las personas o instituciones en este país que se han dedicado al estudio, documentación, fotografía y recopilación de testimonios sobre estos inmuebles. Los escasos historiadores y académicos que tenemos no cuentan con las condiciones económicas ni materiales adecuadas para investigar y documentar toda la riqueza de dicho patrimonio.

No sólo es necesario documentar, sino también poner a disposición del conocimiento público dichas investigaciones, porque eso construye no solamente memoria, sino, sobre todo, un sentido de identidad, de orgullo nacional y de arraigo con el país y con nuestros ancestros. Quizás eso ayude a que las personas que opinan, casi diríase con alegría por ver esta destrucción, se den cuenta de que lo quemado no es nada más un montón de casas viejas e inservibles.

Estoy convencida de que ese mismo desconocimiento es el que nos ha hecho despreciar, olvidar y abandonar una ciudad que tuvo momentos de esplendor diverso. Quien tenga la curiosidad de buscar fotografías antiguas de San Salvador podrá comprobar la belleza y la variedad de los diferentes estilos arquitectónicos que ha tenido, así como las dinámicas comerciales y comunitarias pujantes que dieron vida al centro de la ciudad. Recomiendo, por ejemplo, el libro San Salvador: el esplendor de una ciudad 1880-1930, trabajo de Gustavo Herodier, publicado en 1997 por la Fundación María Escalón de Núñez y ASESUIZA.

Hemos pasado por la destrucción, derrumbe y descarte de piezas centenarias, históricas, de un valor único por su manufactura y antigüedad. Ése es nuestro patrimonio cultural. ¿Pero cuánto de ello nos queda? ¿Y qué herramientas técnicas y legales tenemos para protegerlo o para preservar su historia, dado el caso de una futura tragedia? En este sentido, hay un vacío en la documentación de la evolución, no solamente de la capital, sino también de las ciudades y pueblos del país. Esta tarea se plantea ahora como algo importante y urgente, debido a la gentrificación que están sufriendo muchos de nuestros espacios.

Un edificio quemado no es solamente maderas, hierros y láminas que se retuercen y carbonizan. Sus paredes y fachadas nos hablan también de sus habitantes y de las etapas diversas por las que atraviesa una ciudad. Cuando un edificio o parte de una urbe colapsa, sea por acontecimientos naturales, cortocircuitos o mano criminal, se pierde no solamente una infraestructura, sino también y, sobre todo, parte del tejido humano, de las costumbres y de la cultura de sus habitantes, eso que le da vida no sólo a un inmueble sino a sus alrededores.

Una casa como La Concordia, por ejemplo, una de las afectadas en el incendio del 13 de febrero, era sede desde 1872 de la Sociedad de Artesanos y Obreros, una asociación que albergaba a sastres, zapateros, carpinteros, tipógrafos y otros trabajadores manuales de oficios diversos. Su conformación tenía como objetivo “el mejoramiento de la condición moral y material de sus miembros y en general de la clase obrera; fomentando la instrucción de los artesanos, ejerciendo la beneficencia y cultivando la amistad (sic)”, según lo indica el artículo 2 de sus estatutos, publicados en el Diario Oficial el 29 de abril de 1884. Para ello, fundaron una biblioteca, una escuela nocturna y una caja de ahorros para sus miembros, además de participar en diversos festejos públicos.

Es necesario tener claro que las pérdidas que ocasiona un siniestro como este no son sólo materiales, sino que también hay pérdidas intangibles. Ambas son importantes y superan el mero valor material.

Las vulnerabilidades de diversas edificaciones del centro de San Salvador han sido señaladas desde hace años. Por desgracia, no ha habido interés, voluntad política ni gestiones diligentes de ningún gobierno para realizar tareas reales de restauración (las cuales no deben confundirse con la práctica actual de demolición y construcción de algo diferente).

Para quienes trabajamos en cultura, pervive una sensación de impotencia y de pesimismo que nos lleva a temer que eventos como este continuarán ocurriendo. Por ello es urgente conocer lo que todavía está en pie del centro auténtico, documentar, fotografiar, hablar con sus habitantes, crear registros y archivos de esa parte de la ciudad que aún permanece en pie y que lucha para no permitir que su historia quede convertida en carbón y olvido.

(Publicado en sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 22 de febrero, 2026. Foto propia del centro de San Salvador, zona del Teatro Nacional, tomada en 2019).

Lidiando con la IA

Hace unos días, un amigo me envió una revista en PDF para que leyera un par de artículos. Lo primero que noté al abrirlo en línea fue una franja en la parte superior del visor que decía algo así como: “Este documento es muy largo, tiene 47 páginas. Si oprimes aquí, la IA te resumirá su contenido”.

No me había dado cuenta de la longitud de la revista, pero un documento de 47 páginas no me parece particularmente largo. Además, quería examinar el contenido completo y leer los artículos recomendados completos y por mi cuenta. Eliminé la advertencia que, por cierto, volvió a aparecer un par de veces más, insistiendo en ofrecerme un resumen de lo que estaba leyendo.

Pocos días antes, había actualizado el programa de Word en mi laptop. Cada vez que abría un documento, aparecía en la página en blanco un pequeño lápiz con un signo más. En cuanto escribía algo o ponía un punto y aparte, aparecía un globo ofreciéndome la IA para terminar de redactar el documento. “Si me explicas cuál es tu idea, la IA puede redactarlo en cuestión de segundos”. “La IA puede escribir esto de manera más breve y rápida”. La IA puede esto y la IA puede lo otro. Yo solo iba cerrando los mensajes, pero en un momento perdí la paciencia y escribí con letras mayúsculas (que es como gritar): “Soy escritora y no necesito tu ayuda para redactar un texto. Yo puedo pensar y escribir sola. No me molestés más”.

La IA, que suele ser muy cordial para contestar, quedó muda y no replicó. De inmediato me di a la tarea de averiguar cómo eliminar aquel lapicito impertinente y sus mensajes. Tardé un rato, pero lo encontré y deshabilité la función.

Esa experiencia me dejó pensando en lo fácil que es caer en la tentación de la IA. El tipo de textos que escribo (que son opiniones, ficción literaria y textos creativos), necesitan justamente de mi pensamiento y de mi uso particular del lenguaje para convertirlos en algo que pueda llamar mío. Con “mío” me refiero, sobre todo, a un escrito donde pueda reconocer e identificar el eco y el sentido de mis palabras, algo así como verme al espejo y ver mi imagen.

Alguna vez, picada por la curiosidad, le compartí una de mis columnas a la IA para que la revisara. Pensaba, sobre todo, en que detectara repetición de palabras, algo que a veces se me pasa por alto en la prisa de la escritura y la fecha de entrega de esta columna. Lo que la IA me devolvió fue una reescritura completa, un texto frío donde mi manera personal de redacción fue sustituida por oraciones limpias, asépticas y, sobre todo, por un lenguaje convencional y sin personalidad. Sin errores, ajá, pero sin nada que lo identificara como algo propio. Deseché dicha versión y descarté utilizar la IA para dicho propósito.

 En otra ocasión, pensando en que quizás esta vez sí podría ayudarme en algo, le pedí a la IA que me diera ejemplos de buenos comienzos y finales de cuentos en la literatura, a propósito de un taller literario en el que estaba trabajando. Para comenzar, cuando se le hacen preguntas literarias, parece que la IA sólo conoce a un puñado de escritores y, para cualquier y toda solicitud, siempre nombra a los mismos: Isabel Allende, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Charles Dickens y no recuerdo quiénes más.

Lo que me sugirió como buenos comienzos de literatura eran cuentos de dichos escritores. Me llamó la atención uno en particular. Decía que era un cuento de García Márquez llamado algo así como “El almuerzo del día sábado”, pero el párrafo correspondiente que citaba era el inicio de su novela Crónica de una muerte anunciada.

Hice notar a la IA dicho error y, como suele hacer, envió una respuesta cordial y llena de halagos: “Tienes razón, el párrafo pertenece a lo que tú dices. Veo que eres una persona que conoce mucho de literatura, te agradezco la observación, tomaré nota para mis archivos”, etc., etc. Por cierto, el título del supuesto cuento también estaba equivocado pues no existe. Cuando pedí ejemplos de buenos finales, volvió a cometer el mismo fallo: repitió el título que le había rectificado y citó un final que correspondía a algún cuento no identificado.

Detecté esos errores porque conozco las obras y autores con los que la IA amalgamó aquella respuesta. Pero, para quienes no hayan leído los autores y títulos mencionados o, peor aún, para quienes no se toman el trabajo de verificar la información que la IA ofrece, este tipo de resultados tienen numerosas implicaciones.

Ya he comentado en artículos anteriores los problemas que el uso ciego de la IA puede ocasionar. Para mí, la preocupación principal es esa aceptación incuestionable de sus resultados. Hay que tomar en cuenta que los diferentes modelos de IA todavía están en fase de desarrollo. Pese a que su evolución progresa a pasos agigantados, todavía comete errores.

Por desgracia, la imposición de su uso, que se expande y se hace presente en casi cualquier programa o aplicación que usamos, está ocurriendo a una velocidad tal que a duras penas nos permite debatir o analizar a profundidad las ventajas y desventajas de su uso. Su fácil acceso puede parecer inofensivo, pero debemos tener cuidado de no considerarlo un sustituto para el aprendizaje ni un atajo para realizar tareas desagradables o para las cuales no somos muy hábiles, como redactar textos, por ejemplo.

Si una persona sabe que tiene limitantes para redactar, encargarle la tarea a una IA no solucionará el problema y sólo funcionará como un parche para disfrazar una habilidad que no se tiene. Leer y redactar, borrar y corregir, quitar y aumentar palabras es lo que verdaderamente nos enseña a construir lenguaje y a transmitir nuestro pensamiento. Irónicamente, si no sé cómo solicitarle a la IA lo que necesito (porque no sé convertir mis pensamientos en palabras y oraciones claras y precisas), ¿cómo será el producto resultante que nos entregue una IA?

La fascinación por los resultados y la rapidez que plantea el uso de la IA debe ir acompañado de un constante proceso educativo y de reflexión, a todo nivel. ¿Para qué queremos utilizar la IA? ¿Para quiénes tiene mayor utilidad? ¿Es una herramienta necesaria para todos los ámbitos de la actividad humana? ¿Cuáles son sus ventajas y desventajas a corto, mediano y largo plazo, en particular en las nuevas generaciones que crecerán y se formarán con su uso? ¿La consideramos una herramienta, un facilitador o un sustituto de nuestros procesos de pensamiento, de lenguaje y de creación de imágenes? ¿Los resultados de la IA en la solución de problemas o tareas compensan el altísimo costo ambiental que acarrea su utilización?

Resulta inevitable la integración de la IA a nuestras vidas. Pelear contra ella o negarse a conocerla sería inútil y absurdo. Lo que sí podemos hacer de manera consciente es evitar convertirnos en dependientes automatizados de las tecnologías modernas y aprender a utilizarlas como apoyo para nuestro propio desarrollo, porque de nada nos servirá tener máquinas y herramientas perfectas si con ello sólo estamos creando humanos más tontos.

(Publicado domingo 8 de febrero, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Toma de pantalla, mostrando la insistencia por el uso de la IA).

Repensar la fotografía

A inicios de este año comencé a leer un libro llamado El uso de la foto, escrito por Annie Ernaux (Premio Nobel de Literatura 2022) y Marc Marie (escritor y periodista francés). El libro fue publicado por la editorial Gallimard, de París, en 2005. Su traducción a nuestro idioma apareció en 2018, en la editorial española Cabaret Voltaire.

La premisa del libro me pareció sugerente. En la introducción, Ernaux cuenta que, desde el comienzo de su relación afectiva con Marc Marie, le llamó la atención ver los restos de comida o la ropa tirada en el suelo, a la mañana siguiente de sus encuentros. A ella le parecieron pequeños paisajes, una especie de naturalezas muertas que le daba tristeza deshacer. Esos montones de ropa, los trastes, la manera en que la luz iluminaba la habitación, todo parecía contar una pequeña historia. Se le ocurrió empezar a fotografiarlos para que quedara un registro de aquellos escenarios. Marie estuvo de acuerdo.

Ernaux tomó algunas de las fotos, pero debido a su poca experiencia, él hizo la mayoría. Para las tomas usaron cámaras Samsung, Minolta y Olympus, todas de rollo. Luego hicieron una selección y cada uno escribió un texto que describe no sólo la escena de la ropa o los muebles sino, sobre todo, la “escena emocional”, las evocaciones y reflexiones a partir de esas imágenes.

Así se conforma este libro que incluye catorce fotos con los mencionados textos, una especie de diario íntimo compartido, de encuentros, mañanas del día siguiente y otros recuerdos, entre ellos, el del cáncer de seno por el que atravesaba Ernaux justo al inicio de su relación con Marie.

La propuesta literaria de Ernaux es interesante, sobre todo por el tratamiento de episodios de su vida que, más allá del retrato personal, apelan a la memoria colectiva con la cual nos podemos identificar. En este libro, el uso y la inclusión de las fotos es un elemento visual que se incorpora a la narrativa literaria y que provoca reflexión, no sólo sobre el contenido de las imágenes y la prosa sino, también, sobre las múltiples posibilidades que ofrece la fotografía como herramienta.

Hoy en día, prácticamente cualquier persona tiene acceso a una cámara, gracias a los teléfonos celulares. Gran parte de nuestra comunicación cotidiana se desarrolla a través de imágenes, de fotos que tomamos y que quieren mostrar algo: un momento de nuestras vidas, personas, algo curioso, cosas que vemos y que queremos atrapar para luego poderlo compartir. Tener siempre una cámara a mano también se ha convertido en una herramienta de denuncia y de información ciudadana, para bien o para mal. Lo cierto es que las fotos mueven mucho de nuestra interacción a través de redes sociales. Tomarlas de manera cotidiana, sin pensarlo, de forma automática, es quizás una acción que deberíamos realizar de manera un poco más consciente.

Antes de la masificación del teléfono celular, la fotografía era un arte, un oficio o un hobby, algo ejecutado en ocasiones puntuales. Algunos dirán que era una afición privilegiada ya que se necesitaba de cámaras y otro equipo, así como de servicios especializados para el revelado. Todo eso implicaba una inversión económica. Además, los rollos tenían tomas contadas y no se podía o no se quería desperdiciar ninguna foto que saliera desenfocada o con encuadres no dignos de conservar. Se pensaba bien la imagen antes de apretar el disparador.

La aparición de las cámaras digitales y las incluidas en los celulares, ha moderado esa tensión. Es decir, no hay que preocuparse por desperdiciar rollo. Eso mismo ha provocado que las posibilidades de la fotografía se diluyan, porque a la facilidad del almacenamiento digital se agrega la reacción condicionada del “me gusta”. Pareciera que hoy en día se toman fotos más para complacer a propios y extraños, que para transmitir algo que se quiere decir a nivel personal.

Pensemos en esos álbumes que están en casa de nuestros mayores, amarillándose y guardando polvo. Ahí, en medio de esas fotos impresas que el tiempo va decolorando y dañando, hay información que trasciende al grupo familiar. Cómo se celebraban las bodas, los bautizos, los cumpleaños, las graduaciones; la evolución de la ropa y de los peinados; los rincones de nuestras ciudades y pueblos que se han transformado o que han desaparecido; los espacios naturales, como playas y montañas, con su belleza original, antes de que fueran depredados por el comercio y el turismo; las comidas y bebidas que se servían en los eventos sociales; las excursiones de colegio o las fiestas de pueblo, etc.

Nunca falta quien se burla de esos álbumes, que se consideren aburridos porque no son “estetic” o instagrameables. Pero en dichas imágenes hay cúmulos de información que, aunque pertenecen al ámbito privado, nutren y forman parte de la vivencia colectiva de un tiempo y de un lugar.

Además de su función documental, de capturar el tiempo y las costumbres de sus habitantes, habría que pensar en la fotografía como una herramienta que nos obliga a estar más presentes. Fuera de la foto casual, la pensada para exhibirse, está la que se toma con intención de contar una historia, de mostrar, de transmitir algo que nos llama la atención, que consideramos curioso o urgente de registrar. Lo grotesco, lo contrastante, lo no armónico, las texturas y las formas caprichosas que sugieren la luz y las sombras, también es parte de una representación de la realidad. Tampoco hay que subestimar su función lúdica, la capacidad de captar el humor, el ridículo y el sinsentido a través de imágenes casuales o premeditadas.

La fotografía entrena nuestro ojo y nos enseña a ver los objetos y lugares de maneras que no hicimos antes. Lo cotidiano, lo obviado por la rutina nos descubre pequeños cuadros, detalles, la estética de la subvalorada cotidianidad de los objetos y espacios privados, como lo hace el libro de Ernaux.

Quien toma una foto también tiene intención de contar, de mostrar. En ese sentido, siento que la fotografía tiene relación con la escritura, aunque las manifestaciones expresivas de ambas utilicen lenguajes diferentes. La imagen también puede contar historias y también necesita de otra persona, del observador, para completar esa narración, así como una novela o un cuento, construidas con palabras, necesitan de un lector para completar su círculo creativo.

El ojo de quien mira quiere compartir algo que bien puede explicarse en palabras, pero cuya reproducción nunca será tan exacta como la lograda mediante una imagen. Si leyéramos el libro de Ernaux sin las fotos, ¿visualizaríamos las mismas escenas y objetos? Posiblemente no.

El fácil acceso a las cámaras obliga a una revalorización de la fotografía, en particular ahora que estamos ante la inevitable masificación de la inteligencia artificial, en que cualquiera será capaz de producir imágenes, no como resultado de su observación o roce con la realidad, sino por saber definir un comando generativo que producirá una imagen que canibaliza el archivo fotográfico de la humanidad.

Sería interesante detenernos a reflexionar sobre lo que fotografiamos, por qué lo hacemos y las funciones varias que ejerce la imagen. Porque la fotografía no sólo es una herramienta de comunicación moderna, sino también una técnica personal para atrapar el tiempo, construir memoria y documentar nuestras vidas.

(Publicada domingo 25 de enero, 2026, sección de opinión La Prensa Gráfica. Foto de Annie Ernaux y Marc Marie, incluida en el libro).

Caminata por la paz

El 2 de enero de este año vi una foto que me llamó la atención: un perro caminando al frente de una fila de monjes budistas. De inmediato busqué información al respecto y descubrí la historia de una iniciativa llamada “Caminata por la Paz” (Walk for Peace, en inglés).

El pasado mes de octubre, un grupo de monjes budistas salieron del centro Vipassana Bhavana de la ciudad de Fort Worth, Texas, hacia la ciudad de Washington, D.C. El recorrido, de poco más de 3.700 kilómetros, concluirá en el mes de febrero y es parte de una serie de caminatas que se desarrollan, desde hace diez años, en varios lugares del mundo.

La primera fue la llamada Ruta Asiática. Los monjes caminaron entre el 2016 y el 2019, de Tailandia hasta Turquía, cruzando siete países, en un recorrido de casi trece mil kilómetros. Mientras los monjes cruzaban la India, notaron que un perro callejero los seguía. Desaparecía en algunos tramos, pero luego volvía a aparecer, como si conociera atajos para adelantárseles. También notaron algo particular: una mancha blanca en forma de corazón en la frente del animal.

Un día, el perro fue golpeado por un vehículo y estuvo al borde de la muerte. Para los monjes, esa fue la señal para adoptarlo. Desde entonces, el perro los acompaña. Fue bautizado como Aloka, que significa “luz” en la lengua india Pali.

Los monjes han realizado varias caminatas. Anduvieron de Turquía a Francia, cruzando diez países, en el 2020. En el 2019, comenzaron a hacerlas en Estados Unidos, recorriendo la famosa Ruta 66, de California a Nueva York. Realizaron una de Melbourne Beach a Clearwater Beach, en Florida y otra, de Key West a las Cataratas del Niágara, en Nueva York, en el 2024-2025.

 Los caminantes llevan consigo lo apenas indispensable. Comen una vez al día y duermen debajo de los árboles o en acomodaciones sencillas. Algunos realizan el recorrido sin zapatos o con calcetas gruesas. Caminan en silencio, meditando. Los hay de varias edades y un par de ellos deben ayudarse con bastones.

Un incidente ocurrido en Houston, Texas, puso en peligro la continuidad de la marcha. Durante su paso por la ciudad, dos de los monjes participantes fueron golpeados en un accidente de tránsito. A uno de ellos se le tuvo que amputar una pierna. Después de algunos días de pausa para acompañar la recuperación de los accidentados, los demás decidieron que debían continuar.

Aloka camina con ellos, incansable. A veces los monjes lo quieren ayudar, colocándolo en un vehículo, para que no se agote, pero el perro comienza a aullar y a ladrar desesperado porque quiere andar con ellos. La determinación del perro es un estímulo para que el grupo continúe adelante.

La iniciativa cuenta con redes sociales donde la gente puede conocer el mapa de su trayecto y su posición actual. Cuando llegan a una población, hay gente esperándolos, ofreciéndoles agua, flores y alimentos. En los lugares donde pernoctan, se realizan reuniones donde se hacen oraciones y meditaciones. En dichas sesiones, el Venerable Bhikku Pannakara, líder del grupo, aclara que la caminata no es una forma de protesta y que su objetivo es “despertar la paz que ya existe dentro de cada uno de nosotros”. En el comunicado de prensa que anunció esta iniciativa, también se subraya que “la paz no es un destino. Es una práctica”.

 Uno de los momentos más emotivos del trayecto fue cuando los monjes cruzaron el puente Edmund Pettus, en la ciudad de Selma, Alabama. En dicho lugar, en marzo de 1965, 600 afroamericanos que protestaban pacíficamente por el derecho al voto de las personas negras fueron atacados con bastones y gases lacrimógenos por la policía local. La inclusión de este puente en la ruta reitera que el impacto de la lucha por los derechos civiles continúa vivo en la memoria colectiva sesenta años después de aquel evento, que llegó a ser conocido como “Domingo Sangriento”.

La Caminata por la Paz es una acción excepcional. Cuando los monjes salen de sus monasterios a realizar una manifestación pública de esta magnitud, es una señal de alarma moral que trasciende cualquier religión o inclinación política, ya que sólo se realiza en momentos de gran conmoción social.

En los años 90, el monje Maha Ghosananda, de la orden Theravada de Camboya, caminó a través de zonas de conflicto y caminos minados, organizando la caminata anual Dhammayietra, que significa “peregrinaje de la verdad”. Era una manera de hacer conciencia en las pequeñas poblaciones donde todavía regía el miedo, luego del genocidio perpetrado por el Khmer Rouge. Su lema era “la paz se construye paso a paso”.

En los años 60 y 70, el maestro Zen vietnamita Thich Nhat Hanh organizó caminatas silenciosas, con el objetivo de romper los ciclos de odio y polarización causados por la guerra de Vietnam. Consideraba el caminar como una forma de meditación. Su lema: “Camina como si estuvieras besando la tierra con tus pies”.

Los monjes budistas japoneses de la orden Mipponzan Myohoji han realizado caminatas desde los años 50, tocando tambores y cantando mantras a favor del desarme nuclear y de la no violencia. Dicha iniciativa surgió luego de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.

Me siento en la obligación de mencionar también al monje budista vietnamita Thích Quảng Đức, aunque su acción no consistió en caminar. Quảng Đức se inmoló en un concurrido cruce de calles en la ciudad de Saigón, el 11 de junio de 1963. Fue su manera de protestar contra la persecución que sufrían los monjes budistas por parte del entonces dictador Ngô Đình Diệm. Su sacrificio fue respaldado por los monjes de su congregación, quienes estuvieron presentes durante la auto inmolación. Las fotografías de dicho evento, tomadas por el periodista Malcolm Browne, son ampliamente conocidas.

Para algunas personas, este tipo de acciones podrán parecer gestos simbólicos que no promueven cambios profundos ni solucionan conflicto alguno. Diecinueve monjes budistas y un perro que caminan por los Estados Unidos no van a cambiar a la humanidad ni van a lograr la paz mundial, dirán los burlones. Hay que comprender que no se trata de eso. Los problemas no pueden solucionarse con una acción o una palabra, ni mucho menos con esos discursos absolutistas y grandilocuentes que aseguran ser “el más grande, el mejor, el único” de todo el mundo y sus alrededores.

Pensar y hablar de paz, reflexionar sobre lo que ello significa para nuestras vidas y nuestros pueblos, es algo vital en estos tiempos que auguran más conflictos, donde los límites jurídicos y morales ya no son respetados. La paz no es solamente ausencia de conflicto. También es compasión y responsabilidad compartida, un proceso que se construye día a día, con acciones, palabras y decisiones conscientes que nos llevan hacia ese propósito.

En la madrugada del día siguiente en que leí sobre estas caminatas, vi las fotos de Caracas siendo atacada por los Estados Unidos, una acción que nos hace recordar guerras y doctrinas políticas que, ingenuamente, creíamos superadas. “El cielo encapotado anuncia tempestad”, cantaban los soldados liberales venezolanos en 1859, antes de ir a la batalla.

Pensé en los monjes, en su gesto silencioso, en Aloka acompañándolos. Y deseé que esos sacrificios de silencio y meditación tengan la fuerza para realizar el milagro de la paz que tanto nos urge en el mundo.

(Publicada domingo 11 de enero, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto: Aloka y el grupo de monjes de la Caminata por la Paz. Tomada de su Facebook oficial).

Analfabetismo literario

Se habla mucho sobre la importancia de la lectura, pero pocas veces se examina la profundidad y el alcance que tiene esta afirmación. Hay un discurso bonito y romántico en torno a esta actividad: leer te hace vivir otras vidas; leer te hace viajar; quien lee nunca está solo; leer te hace ser mejor persona; leer es mágico, etc.

Sin despreciar dichas afirmaciones, que algunas personas sienten como verdaderas, hay otros aspectos que debemos conocer para promover la lectura en diversas edades, pero sobre todo en la niñez y la adolescencia. Desde la activación de diversos circuitos neuronales del cerebro y el enriquecimiento del vocabulario propio hasta la capacidad de analizar, visualizar y razonar, la lectura es una herramienta vital en la formación del ser humano.

Sin embargo, como mencioné hace un par de columnas (cuando escribí sobre la creación de una mega plataforma de auto publicaciones), la cantidad de lectores no está aumentando al mismo ritmo que aumentan los libros. Tampoco está aumentando la calidad de esos lectores, en el sentido de que muchos no tienen capacidad para comprender lo que leen.

La más reciente campanada de alerta sobre este tema la dio el escritor italiano Antonio Scurati, en su discurso de aceptación de la medalla del Círculo de Bellas Artes de Madrid, en octubre de 2025. Scurati es el autor de M, una pentalogía de excelentes novelas, que describen el ascenso al poder de Benito Mussolini y la conformación del fascismo en Italia. Esta serie le valió varios premios, entre ellos, el Strega (el premio literario más importante de Italia) y el Premio Europeo del Libro.

En su discurso, Scurati sostiene que “durante los últimos cinco siglos, el proceso de alfabetización de masas, combinado con la difusión de la práctica de la escritura y la lectura, creó las condiciones para el nacimiento de la democracia”. Esta relación entre lectura y democracia se da, en buena parte, mediante la existencia de la novela, ya que esta “afirma el principio sin precedentes de que toda vida merece ser contada y, por si fuera poco, en cualquier forma, incluso y sobre todo mediante un lenguaje popular, en consonancia con sus modernos antihéroes”.

Sin embargo, advierte que, en los últimos veinte años de este siglo, “el triunfo de las redes sociales ha generado ya un masivo resurgimiento del analfabetismo literario”, debido a la lectura rápida y la atención superficial que produce la avalancha de contenidos en redes. Esa sobreabundancia hace que muchas personas ya no sean capaces de asimilar, analizar y seleccionar información. Tampoco son capaces de reflexionar sobre los niveles de significado de los contenidos que consumen, lo que les aleja de ejercer el pensamiento crítico. Sometidos a lecturas de narrativas complejas, muchos lectores sienten que no pueden enfocarse durante “demasiadas páginas” pero tampoco pueden identificarse con los personajes o situaciones planteados en las tramas. De remate, las redes sociales encierran a sus consumidores en burbujas donde sus creencias y deseos son reforzados por contenidos afines a su gusto individual, de manera que creen estar viviendo en su cómoda versión de la verdad, como si fuera la única aceptable.

La escritura y publicación de su obra monumental sobre Mussolini no es casual. En su discurso, Scurati recordó que “Benito Mussolini, antes de ser cabecilla de una banda y dictador, fue un periodista brillante y disruptivo. Revolucionó el lenguaje de la comunicación política de la época, imponiendo una simplificación brutal pero tremendamente efectiva”. Esto es algo que ocurre en todo sistema totalitario. Recomiendo leer los diarios de Víctor Klemperer, filólogo judío alemán que, desde su cotidianidad y observación, registró cómo el vocabulario de los alemanes iba cambiando a medida que Adolfo Hitler y su partido se posesionaron de todas las instituciones políticas y del discurso público.

Las advertencias de Scurati se suman a muchas otras, lanzadas en años anteriores pero que, quizás en este 2025, han aumentado su resonancia, gracias a la imposición del uso masivo de la llamada Inteligencia Artificial (IA).

Según el informe PISA de este año, por ejemplo, el 50 % de los alumnos de primaria tienen bajos niveles de comprensión lectora en España, mientras que los niveles de los estudiantes europeos, en general, siguen bajando. Esto se refuerza con un informe de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), que señala las carencias de los jóvenes en cuanto a comprensión lectora, su pobreza de vocabulario, su escaso interés por la literatura y el impacto de la tecnología, entre otros problemas.

Así mismo, profesores universitarios de diferentes países han advertido sobre las limitaciones de lenguaje, la falta de comprensión lectora, problemas de redacción y la poca capacidad de análisis y reflexión con la que los nuevos estudiantes ingresan a los estudios superiores. Ante estas imposibilidades, muchos se apoyan en la IA de tal manera que la utilizan más como un sustituto de su pensamiento y no como una herramienta de trabajo.

Un artículo reciente del escritor español Jorge Corrales mencionó que los niños tienen problemas para visualizar con imágenes lo que van leyendo, es decir, las conexiones neuronales que permiten esa función no están activándose debido a la sobre exposición a pantallas. Parte de lo que hace emocionante la lectura es, precisamente, la película que vamos inventando en nuestra imaginación sobre el texto leído. Pero si alguien no es capaz de visualizar nada, ni tampoco de entender plenamente lo que está leyendo, no es de extrañar que deje abandonada la lectura y que prefiera los resúmenes en videos de un minuto o las películas y series basados en alguna obra literaria.

Se podrá pensar que la imaginación es una característica poco importante en la vida. ¿Pero qué hubiera sido de los científicos, los exploradores y los descubridores de los grandes inventos de la humanidad si no existiera la imaginación? ¿Cómo podríamos sentir empatía por el sufrimiento y las realidades ajenas si no somos capaces de ponemos en los zapatos de los demás para comprender lo que viven otras personas?

La falta de imaginación, de vocabulario, de crear pensamiento lógico y traducirlo en escritura, la incapacidad de leer algo y comprender los diferentes planos de significado que un texto representa, está relacionado con ese analfabetismo literario que se extiende, peligrosamente, en el tiempo actual.

Para Antonio Scurati, la importancia de la lectura y de la escritura queda clara, en cuanto que abarca múltiples funciones como analizar, discernir, criticar, pensar y empatizar. Junto con otras capacidades, como “la memoria del pasado, la inteligencia de las cosas y el fervor de la lucha” podrá, además, salvaguardar la democracia.

Recomiendo leer el discurso completo de Scurati, para conocer todas las ideas planteadas por el escritor. Puede buscarlo en internet bajo el título “Declive de la literatura, amenaza para la democracia”.

Siendo esta mi última columna del año, aprovecho la oportunidad para agradecer su lectura y comentarios. Espero que este espacio haya sido de su agrado y que pueda seguir contando con ustedes en 2026. Les deseo paz, prosperidad, abundancia, amor y mucha buena literatura, cine, música y arte que, en estos tiempos complicados de la humanidad, se constituyen en refugio, consuelo, aliciente, desahogo y esperanza para recordar que también somos capaces de crear belleza.

(Publicada domingo 28 de diciembre, 2025, sección de opinión, La Prensa Gráfica. Fotograma de la serie Mussolini, El hijo del siglo, basada en las novelas de Antonio Scurati. El papel de Mussolini es interpretado por el actor Luca Marinelli).

Lecturas recomendadas

Quiero aprovechar esta época de fin de año, en que tenemos una tendencia natural a hacer recuentos, para recomendar algunos libros que leí en este 2025 y que me parecen bastante excepcionales.

Los dos libros que más me impresionaron tratan, casualmente, un tema muy parecido, pero su abordaje fue totalmente diferente. Me refiero a El jardinero y la muerte del escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov y El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de la escritora moldava-rumana Tatiana Tibuleac.

El libro de Gospodínov nos hace un relato de los últimos días del padre del autor y de los primeros meses del proceso de duelo. El relato está escrito en episodios breves, puntuales, con observaciones que giran alrededor de la huerta sembrada y cuidada por el padre durante buena parte de su vida. Los ciclos de la naturaleza, las plagas, el riego y la cosecha están hilvanadas con el proceso de la enfermedad, decaimiento y fallecimiento del padre.

A través del vínculo del jardín y el hombre, Gospodínov encuentra las metáforas y el lenguaje para hablar de un tema difícil y doloroso, pero también, para reconstruir la biografía del progenitor y la relación familiar. Este libro aprovecha para hacer algunas reflexiones puntuales sobre los recuerdos, el funcionamiento de la memoria, la paternidad (propia y ajena) y, por supuesto, sobre nuestra propia mortalidad.

El jardinero y la muerte es un libro particularmente conmovedor de leer si se ha perdido al padre y si, además, este tenía el hábito de sembrar plantas. Muchos episodios los leí llorando, porque los recuerdos y las analogías con mi experiencia personal fueron inevitables.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una novela narrada en primera persona en la que un narrador, con una serie de angustias y problemas personales, acompaña a su madre a unas vacaciones en un pueblito de Francia. El narrador es un pintor que odia a su progenitora y detesta su presencia, pero durante la estancia con ella, se entera de su enfermedad y se ve obligado a vivir todo el proceso de su deterioro físico.

La historia, pues, es similar a la novela anterior en lo que cuenta, pero se diferencia en cómo lo hace. Aunque también recurre a episodios breves contados, algunos de apenas un par de líneas, la actitud del personaje, al inicio hostil y cínica, va transformándose a medida que la convivencia le devela aspectos y anécdotas de su historia familiar que le eran desconocidos o indiferentes.

Desde otra perspectiva, el libro de Tibuleac también resulta conmovedor. Los personajes pasan por un proceso de transformación, tanto física como emocional. Los secretos de la madre son revelados y, con ello, hay una aproximación a la comprensión de los múltiples enigmas que yacen al fondo de las insatisfacciones individuales de la familia.

Hubo otros tres libros que me conmovieron y cuyas propuestas utilizan herramientas literarias para narrar historias verídicas. Me refiero a Autoretrato de Édouard Levé, El desierto y su semilla de Jorge Barón Biza y La llamada de Leila Guerriero.

El francés Édouard Levé, quien además de escritor era fotógrafo, tiene una obra muy breve y peculiar. Sus libros están escritos en una secuencia de frases, en apariencia desordenadas, pero cuyo conjunto ilustra la intención de sus títulos. Su obra más conocida es Suicidio, un registro de los recuerdos del autor sobre su mejor amigo, que se suicidó años antes. Levé entregó el manuscrito a su editor en el 2007 y diez días después se quitó la vida también.

Autoretrato está escrito en el mismo estilo que Suicidio, con frases que tratan de emular los procesos de la memoria, en un texto continuo, con oraciones breves separadas por punto y seguido, sin respetar un orden o detonante particular. Es una lectura que fascina al lector por el azar inesperado de cada enunciado y que, sin duda, le lleva a recordar su propia vida. Al final del libro tenemos una buena idea de las características de quien lo escribió.

El desierto y su semilla también se relaciona con suicidios, aunque de otra manera. Su autor, el argentino Jorge Barón Biza, narra en esta novela con evidentes tintes autobiográficos, la historia de su madre, cuyo rostro fue desfigurado por el ácido que le fue arrojado por su esposo, el padre del autor, en una de las reuniones para finalizar el divorcio entre ambos. La novela detalla el proceso de recuperación de la madre, que viaja acompañada por su hijo a diferentes países y clínicas en busca de tratamiento.

El evento de la desfiguración no afectó sólo a la madre, sino a todo el grupo familiar. En la vida real, el padre, Raúl Barón Biza, se suicidó momentos después del atentado a su esposa. La madre, hermana y el propio autor terminaron suicidándose también, años después. Por ello, la lectura de El desierto y su semilla conlleva un regusto amargo y angustioso. Esta fue la única novela de Barón Biza.

La llamada, de la periodista argentina Leila Guerriero, reconstruye la vida de Silvia Labayru, militante de los Montoneros, quien fuera secuestrada por militares a finales de 1976 y trasladada a la temida ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada argentina, donde fue torturada y retenida durante un par de años. La historia de Labayru no termina con su liberación de la ESMA y su vida en el exilio, ya que, después, llegó a ser repudiada y acusada de traidora por sus ex compañeros de organización.

Toda la complejidad de aquellos eventos es abordada por Guerriero a través de numerosas entrevistas, tanto a Labayru misma, como a familiares, ex parejas y amigos sobrevivientes.

Otras lecturas sobresalientes fueron El adversario de Emmanuel Carrére, La zona de interés de Martin Amis y La maleta de Serguei Dovlátov.

Mi mayor decepción de lectura de este año fue la brevísima El hombre joven de Annie Ernaux, premio Nobel de Literatura 2022. Una publicación de apenas 32 páginas (aunque en algunas ediciones alcanza las 42), que pretende rememorar la relación de Ernaux con un hombre mucho más joven que ella. Por desgracia, la narración (que está muy lejos de ser una crónica o una novela breve), pierde la oportunidad de profundizar en un tema que daría para analizar muchos aspectos interesantes sobre las relaciones afectivas entre personas de diferentes edades. Da la impresión de que fue un libro escrito aprisa, para sacar una publicación justo después de recibir el Nobel y que, en realidad, no quiere contar ni profundizar en nada.

Como suele ocurrir, no todos los libros nos gustan o impactan por igual. Hay temporadas en que parece que no leímos nada significativo ni importante, o en que varias lecturas (a las que entramos con altas expectativas), resultan decepcionantes o desconcertantes. También hay épocas en que nada nos engancha o nos llama la atención. Pero en otros períodos, hay libros que renuevan nuestra esperanza en la inventiva y las posibilidades que ofrecen las propuestas de la literatura actual.

Al hacer la selección de estas recomendaciones, llego a la conclusión que el 2025 fue para mí un año de buenas lecturas y que los libros decepcionantes fueron pocos.

Ojalá haya sido así para todos y que el próximo año nos traiga más y mejores libros.

(Publicada en La Prensa Gráfica, sección de opinión, domingo 14 de diciembre, 2025. Foto propia).

Demasiados libros

A comienzos de noviembre se dio a conocer la noticia de que Lantia Publishing había comprado la empresa Círculo Rojo, una de las grandes marcas de autoedición en España. Con esta compra, Lantia Publishing se convierte en la mayor editorial española en el segmento de la autoedición.

Círculo Rojo fue fundada en Almería en 2008 y, desde entonces, ha consolidado un catálogo de alrededor de 40.000 libros publicados por 36.000 autores de diversas nacionalidades. Por su parte, Lantia se suma con un catálogo que supera los cien mil títulos, escritos por 110.000 autores de 50 nacionalidades. Para hacernos una idea del volumen de libros que ambas editoriales producen, el Grupo Planeta publica anualmente alrededor de 2.500 libros repartidos entre todos sus sellos, mientras que Penguin Random House publica casi 2.000.

Esta noticia es relevante para el mundo editorial y literario ya que demuestra algo: las empresas de autoedición publican más libros que la industria editorial formal. Las plataformas de auto publicación (entre ellas, el programa de Kindle Direct Publishing, de Amazon) ha permitido que toda persona que se propone escribir algo, pueda ver su texto convertido en libro. Esto promete aumentar con la masificación de la IA, que facilita generar textos con rapidez, según la demanda del “escritor”.

Recordemos que las plataformas de auto publicación no cuentan con editores ni intermediarios que funcionen como filtro para velar por la calidad o autenticidad de los contenidos a publicar. ¿Pero por qué hay tanta gente ávida de escribir novelas, cuentos y poemas? ¿Está viviendo la literatura un momento de gloria sin igual en cuanto a producción? ¿Tienen estos nuevos escritores una historia fascinante que contar?

Me atrevo a decir que esta explosión de auto publicaciones tiene muy poco que ver con la Literatura, y más con ideas y nociones distorsionadas, alimentadas por el espejismo de las redes sociales. Hace un par de años, Remitly (un servicio de remesas en línea, con sede en Estados Unidos) publicó un informe que reveló que la mayoría de jóvenes latinoamericanos aspiran a tener carreras como influencers, youtubers y escritores, dejando de lado las más tradicionales como medicina, ingeniería o administración de empresas. La motivación detrás de ello es alcanzar fama y dinero, de manera rápida y supuestamente sin mayor esfuerzo.

Pero el tipo de escritor al que se refería este informe no tiene nada que ver con la literatura, sino con esa idea del bestseller de las listas de auto publicación en Amazon o de plataformas como Wattpad. Esta última ha servido de catapulta para algunos autores que han sido publicados por grandes editoriales, con generosos adelantos y contratos, todo basado en los millones de vistas y lecturas de sus perfiles. Por eso no es raro encontrar personas que nos son desconocidas y que dicen tener 24 novelas publicadas y otras 16 inéditas. La calidad literaria es lo de menos.

A esto hay que sumar otra realidad: el número de lectores no crece al mismo ritmo. Esto ocurre no sólo porque hay una sobre oferta de publicaciones, pero también por la avalancha de materiales de lectura en redes sociales, películas y series en plataformas de streaming y videojuegos de todo tipo. La lectura compite contra todo tipo de productos para recuperar un lugar predominante como actividad de entretenimiento, frente a otras opciones consideradas como “fáciles” o que exigen menor esfuerzo intelectual que leer algo de más de 100 páginas.

El lector también lucha contra la capacidad de discernir sobre la calidad de los libros. Con el exceso de influencers, que en videos de un minuto condenan un libro por “largo y aburrido” o lo declaran como la obra maestra indiscutible de la semana, resulta confuso orientarse para encontrar buenas lecturas, de acuerdo a nuestros intereses.

Lo único que nos queda por hacer es acudir a nuestro propio discernimiento y abstraernos de la masificación de la publicación y de los videos críticos fugaces, realizados para satisfacer el despotismo de los algoritmos. Así, quizás, podemos volver a lo que siempre ha sido la lectura: una aventura para descubrir historias que nos agraden, que tengan sentido y que nos reten a nivel intelectual.

(Publicada domingo 30 de noviembre, 2025, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de portada: Dim Hou via Pixabay).

Veo cosas maravillosas

Hussein Abdel Rasoul tenía 12 años de edad cuando se integró al equipo de trabajadores egipcios que, en 1922, realizaban excavaciones en el Valle de Los Reyes. Ubicado en una zona desértica de la orilla occidental del río Nilo, frente a Tebas (la actual Luxor), se creía que en dicho valle podrían estar enterrados varios faraones con sus correspondientes ajuares funerarios.

Hussein era el aguador de los trabajadores. Dos veces al día debía llevar varias ánforas llenas de agua hacia el sitio de las excavaciones. Las transportaba amarradas a un burro. Cuando llegaba al sitio, hacía pequeños agujeros en la arena para colocar los recipientes y que estos quedaran seguros, en una posición estable, para que no se derramara el agua.

Fue así como el 4 de noviembre de 1922, al hacer uno de dichos agujeros, se topó con una piedra que le llamó la atención. Era lisa y ancha, nada parecida a todas las demás. Hussein tenía ojo para esos detalles. Era miembro de una familia que se había dedicado a las excavaciones y venta de antigüedades egipcias desde hacía décadas. De hecho, uno de sus abuelos, Ahmed Adbel Rasoul, había encontrado un tesoro real en la tumba que ahora se conoce como TT320, en la Necrópolis de Tebas. Esta familiaridad con los artefactos antiguos le permitió al niño Hussein saber que aquella piedra era algo importante.

Corrió gritando a todo pulmón que había encontrado algo. El jefe de las excavaciones, el arqueólogo y egiptólogo de origen inglés Howard Carter, se apuró para ver de qué se trataba el hallazgo. Apartando la arena con cuidado, los excavadores dejaron al descubierto una escalinata que culminaba en una puerta de barro, sellada con cartuchos egipcios que contenían jeroglíficos.

Carter realizaba excavaciones en la zona desde 1914, gracias al generoso mecenazgo de George Herbert de Carnarvon, pero éste comenzó a impacientarse por la falta de resultados. Después de muchas discusiones, Lord Carnarvon aceptó financiar un último año de búsqueda. Carter estaba presionado para encontrar algo fabuloso que justificara el financiamiento, pero los meses pasaban y seguía sin resultados.

Al encontrar la escalinata y la puerta, Carter ordenó rellenar el sitio. Era imprescindible contar con la presencia de su mecenas antes de continuar. Envió un telegrama a Londres para avisar a lord Carnarvon, quien llegó un par de semanas después a Egipto, acompañado de su hija Evelyn Herbert. El 24 de noviembre de 1922 limpiaron la totalidad de la escalinata. Constataron que el cartucho tenía el nombre de Tutankamón, conocido como el Rey Niño. Se removió esa puerta de barro y tardaron un par de días más despejando el pasadizo, hasta topar con otra puerta que, pensaron, sería la entrada verdadera a la tumba.

El 26 de noviembre, Carnarvon, su hija y Arthur Callender, asistente en las excavaciones, acompañaron a Carter hasta la puerta. Carter hizo una perforación en una esquina, con un cincel que le había regalado su abuela cuando él cumplió 17 años. Al terminar el agujero, auxiliado por la luz de una vela, Howard Carter vio hacia dentro. No dijo nada. Todos estaban en suspenso. Carnarvon, ansioso, preguntó: “¿Puedes ver algo?”. Y Carter, después de unos segundos de silencio, respondió: “Sí… veo cosas maravillosas”.

Lo que Carter vio fue un puñado de muebles y objetos hechos de maderas preciosas, alabastro y oro, pero lo que más le impresionó fue un par de figuras de casi dos metros, colocadas de tal manera que parecían hacer guardia ante otra puerta. No podrían proseguir sin la presencia de las autoridades egipcias, algo que estaba estipulado en los permisos concedidos para las excavaciones.

El 29 de noviembre de 1922, con la presencia de varios funcionarios locales y algunos invitados, se abrió la puerta para entrar en aquella antesala. Los objetos fueron retirados y catalogados para su estudio y preservación. Carter buscó apoyo de Albert Lythgoe, del Museo Metropolitano, que se encontraba trabajando en los alrededores, para continuar lo que prometía ser una tarea mayúscula, ya que faltaba entrar a la cámara fúnebre.

Por fin, el 16 de febrero de 1923, Howard Carter rompió la puerta con el sello del faraón. Entró a la cámara que contenía el sarcófago de Tutankamón y una serie de objetos que, no sólo eran valiosos por el predominio del oro, piedras preciosas y otros materiales con los que estaban elaborados, sino porque era la primera vez que se podía acceder a una tumba prácticamente intacta desde hacía tres mil años y a la cual no habían entrado ni siquiera los saqueadores.

Carter pasaría los siguientes diez años de su vida estudiando y catalogando los 5.398 objetos encontrados en todo el complejo que constituía la tumba, desde el pasaje de entrada, hasta los espacios anexos y la cámara fúnebre. Máscaras, joyas, estatuas de dioses, el trono real, muebles, bastones, armas, vasos canopos, jarrones, juguetes y variados objetos más constituían todo el ajuar funerario del jovencísimo faraón, que se calcula murió a los 18 años. Todavía hay polémicas sobre la causa de muerte de Tutankamón, pero diversos estudios realizados a su momia indican que falleció de malaria y de una fractura en su pierna, agravado por sus múltiples problemas de salud. Como era tradición, los antiguos egipcios incluyeron en su tumba los objetos que el faraón necesitaría en su viaje al otro mundo. Hay que recordar que los faraones eran considerados seres semi divinos, que servían de puente entre los humanos y los dioses, por lo que todo estaba elaborado con la mayor riqueza y perfección posibles.

Como muestra de agradecimiento, Howard Carter le permitió al niño Hussein ponerse un pectoral con el escarabajo sagrado. Harry Burton le tomó una foto con la prenda (se calcula que en 1925), y es la única fotografía que existe de Hussein Abdel Rasoul. Dicha foto ha permanecido en posesión de su familia desde entonces.

Howard Carter murió en Londres, en 1939, de la enfermedad de Hodgkin, un tipo de linfoma maligno. Aunque escribió varios libros sobre sus excavaciones y la tumba del faraón, jamás nombró a Hussein como el personaje clave que descubrió la primera piedra de la escalinata, atribuyendo ese hallazgo a “uno de los trabajadores” o a “el niño aguador”.

 Se desconoce el año del fallecimiento de Hussein Abdel Rasoul. La última noticia que se tuvo de él fue en 1992, cuando ya tenía 82 años. Fue entrevistado en aquel entonces por el periódico Tampa Bay Times. Se supo que Hussein vivía en Ramesseum (en las cercanías del templo funerario de Ramsés II), y que se dedicó a vender té y a contar historias a los turistas sobre los recuerdos de aquellas excavaciones, hasta el final de sus días.

El pasado 1 de noviembre de 2025, como parte de la ceremonia de inauguración del Gran Museo Egipcio, hubo un segmento para honrar a los cientos de trabajadores anónimos egipcios que participaron, y continúan participando al día de hoy, en las excavaciones arqueológicas.

Particular mención tuvo Hussein Abdel Rasoul, quien gracias a la intervención del reconocido egiptólogo Zahi Abass Hawass, por fin pudo ser nombrado y reconocido como el primero en encontrar el escalón que llevaría a Carter a descubrir la tumba de Tutankamón y las cosas maravillosas con las que el Rey Niño viajó al otro mundo.

(Publicado en sección editorial, La Prensa Gráfica, domingo 16 de noviembre, 2025. Foto de portada: Howard Carter y un asistente, examinando la momia de Tutankamón  en 1925. Foto del archivo de The New York Times, dominio público).

Nombrar a la naturaleza

¿Hay una relación entre el lenguaje y la naturaleza? ¿Qué pasaría si se dejaran de usar las palabras con las cuales nombramos a las plantas, los animales o los ciclos naturales? ¿Reflejan las palabras nuestra relación, positiva o negativa, con nuestro entorno?

Un estudio realizado por el psicólogo Miles Richardson, profesor de la Universidad de Derby, en el Reino Unido, estableció que el uso de palabras relacionadas con la naturaleza había declinado en más del 60 % entre los años de 1850 a 2019. Richardson desarrolló un modelo computacional para establecer el alcance de este declive en varias generaciones de anglo parlantes así como del uso de dichas palabras en libros publicados durante ese período. Hay que notar que el inicio del fenómeno coincide con el establecimiento de la Revolución Industrial, cuando los habitantes de las zonas rurales se vieron seducidos por el trabajo en las fábricas, abandonando sus lugares de origen en busca de mejores oportunidades en las ciudades.

El estudio de Richardson, que fue publicado en la revista Earth en julio de este año, señala que este declive de palabras refleja la desconexión que tenemos los seres humanos con la naturaleza. La creciente urbanización, los cambios en los estilos de vida, el modelo de plazas comerciales y espacios públicos encementados, así como la afectación que se produce en la transmisión intergeneracional de las palabras, son todos factores que contribuyen a dichos cambios en el lenguaje.

A esto podemos agregar el avance de la tecnología y su presencia abrumadora en los espacios de ocio, algo que se hace más evidente en la rotación de las palabras que entran y salen de los diccionarios. En 2007, por ejemplo, la edición del Diccionario Oxford Junior, el más usado en las aulas de clase del Reino Unido, removió docenas de palabras relacionadas con la naturaleza. Estas eran, sobre todo, nombres de plantas y aves como “acorn” (bellota), “bluebell” (campanilla) y “magpie” (urraca). Lo triste es que, así como salieron esas palabras “por falta de uso”, se incorporaron docenas de palabras de invención más reciente, relacionadas con la tecnología: blog, chat y MP3 player, entre otras. Por cierto, estas palabras tienen una suerte de significado universal, ya que se utilizan de la misma manera en inglés, español y diversos idiomas más.

Pese a numerosas críticas y a una campaña de recolección de firmas, encabezada por varios escritores (entre ellos, Margaret Atwood), los editores del diccionario se negaron a reincorporar las palabras retiradas, argumentando que su labor es retratar el lenguaje tal como está en uso y no el lenguaje que deseamos fuera usado.

Aunque estos ejemplos se refieren al inglés, es fácil suponer que el fenómeno está ocurriendo también en otros idiomas. Haciendo una búsqueda por internet sobre esta problemática encontré, además, la preocupación de diversos sectores por la extinción de las lenguas de los pueblos indígenas. En ellas se reflejan no solamente los nombres de muchas especies naturales, sino también de prácticas y conceptos que, si fueran aplicados a otras culturas, nos ayudarían a comprender ideas importantes sobre la relación entre los humanos y la naturaleza.

El proyecto Living-Language-Land seleccionó 26 palabras de varias lenguas indígenas del mundo, que señalan la conexión de dichos pueblos con sus tierras. Por ejemplo, la palabra itrofillmongen, en idioma mapudungun, de la región del lago Budi, del territorio Mapuche en Chile, significa “los elementos tangibles e intangibles de la diversidad de vida”. La palabra sardak, del idioma ladakhi, de la India, significa “los antepasados y dueños de la tierra”. O la palabra napuro, en idioma cuyonon, de las islas Cuyo de Filipinas, que significa “un bosque que parece una isla dentro de una isla”.

Estas palabras fueron presentadas en la COP26 (Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático del 2021), para provocar en los participantes la reflexión sobre la conexión de la humanidad con el mundo natural.

Los pueblos indígenas tienen una concepción integral sobre la naturaleza. Alessandra Korap Munduruku, líder del pueblo Munduruku en Brasil y ganadora del premio Goldman Environmental, afirma: “para nosotros, el bosque es una familia, es una madre, un hermano, un padre”. Aracely Riascos Piaguaje, del pueblo siona de Colombia afirma que los bosques “son los espacios espirituales, son la vida y son la cosmovisión de nosotros”.

Y de seguro es ahí donde se debe comenzar a buscar una solución a los problemas climatológicos y la depredación del mundo natural: en la concepción que tenemos sobre la naturaleza y en cómo nos referimos a ella. Porque cuando la consideramos un “recurso”, la reducimos a algo con valor de uso y explotación infinitos. Hacemos una clara separación entre la naturaleza y los seres humanos, porque no nos consideramos una parte integral del mundo natural.

Esto refleja también lo que el estudio de Richardson llama “la desconexión profunda” que tenemos con la naturaleza. El avance de los núcleos urbanos, donde se impulsa un tipo de vivienda vertical (en apartamentos) o la concentración de viviendas sin espacio para cultivar un jardín o una huerta casera, así como la pavimentación de los espacios públicos (plazas, parqueos), contribuyen a dicha desconexión. Se desconocen no sólo las palabras para nombrar plantas, animales y espacios geográficos, sino que, al no convivir con ellos, es casi imposible tener consciencia de que una planta, animal o río es un ser vivo que conforma parte de una red interconectada.

Para quienes viven en espacios urbanos, la relación con los animales se limita, en muchos casos, a la convivencia con animales domésticos como perros y gatos. Aun así, se les obliga a vivir en entornos no aptos para ellos y son forzados a portarse en formas contrarias a su naturaleza animal.

El desconocimiento de los nombres propios relacionados con la naturaleza impide que los adultos transmitan ese conocimiento, en apariencia inútil, a sus hijos o nietos. Pero al no saber nombrar plantas o animales, vamos también borrando sus atributos y sus ciclos de vida. Ese olvido contribuye a la indiferencia sobre su posible extinción y perpetúa un ciclo generacional de desconocimiento.

Frente a la acelerada degradación ecológica, que se extiende incluso al idioma, Miles Richardson concluye que es imprescindible restituir la conexión entre los seres humanos y la naturaleza, integrando dicho concepto en los procesos educativos y la planificación urbana. Esto permitirá que las sociedades puedan enfrentar los cambios ambientales globales con mayor acierto y promoverá comportamientos en favor del ambiente. Dicho cambio debe ser sistémico para alinearse con la necesidad urgente que tiene la sociedad de restaurar la relación entre humanos y naturaleza, garantizando así socioecosistemas prósperos y sostenibles.

¿Qué podemos hacer? Tengamos la curiosidad de preguntar y conocer más sobre nuestro entorno natural. Existen varias aplicaciones y cuentas en redes sociales, que permiten identificar plantas y animales locales. Demandemos el respeto de los espacios y reservas naturales, como un eslabón importante para paliar los efectos del cambio climático, que ya estamos viviendo. Sembremos un jardín, aunque ese jardín consista en sólo un par de macetas. Para nuestras actividades vacacionales o de ocio, prioricemos la asistencia a lugares como jardines botánicos, parques con vegetación, reservas naturales, granjas, etc.

Nombrar a la naturaleza no es sólo un asunto lingüístico. También es parte de un proceso que nos enseñará a conservarla, respetarla y reconocerla como una parte indiscutible e importante de nuestras propias vidas y de nuestro futuro como especie.

(Publicado domingo 2 de noviembre, 2025, sección de opinión de La Prensa Gráfica, El Salvador. Foto propia, tomada en el Jardín Botánico La Laguna, Antiguo Cuscatlán).

El escritor del fracaso

Hay películas que funcionan como puertas que, al ser vistas, abren todo un mundo desconocido. Un mundo que te lleva a más filmografía e, incluso, a la literatura.

Me pasó con El caballo de Turín (2011) de los cineastas húngaros Béla Tarr y Ágnes Hranitzky. Rodada en blanco y negro, la historia gira alrededor de un hombre, su hija y un caballo. Los tres viven en un lugar agreste, árido, alejado de otras personas. Sopla un viento constante e inclemente que arrastra hojas, frío y resequedad. Todos los días, estos tres personajes repiten la misma rutina. Escasos de palabras y afectos, de alegrías y esperanzas, los días transcurren en una pesadez sin sentido.

No debo decir más, para no arruinar el visionado de quien quiera verla a futuro. Nada más diré que cuando terminó, me dejó sin palabras. Lo primero que hice fue buscar al escritor del guion. Aparte de Tarr y Friedrich Nietzsche, estaba László Krasznahorkai. Este nombre me era conocido, aunque nunca había leído sus novelas. Pero la impresión que me causó la película me llevó por dos caminos simultáneos: el de ver más cine de Tarr y el de leer los libros de Krasznahorkai.

La colaboración entre ambos húngaros ha dejado productos extraordinarios. Tarr ha tomado como base algunas novelas de Krasznahorkai y ha sabido retratar a cabalidad el ambiente y los personajes de sus historias. Las armonías de Werckmeister, La condena, El hombre de Londres y la mencionada El caballo de Turín, son algunas de las colaboraciones entre ambos. Pero quizás sea Sátántango el producto excepcional de esta dupla.

Cuando Tarr leyó dicha novela, de unas 300 páginas, buscó a Krasznahorkai para decirle que quería filmarla. El escritor se negó, decía no interesarle el asunto. Tarr insistió. El otro seguía negándose. Tarr le dijo, muy confiado, palabras más, palabras menos: “mirá mis películas y vas a comprender por qué quiero filmarla”. Krasznahorkai así lo hizo. El resultado fue no sólo que se sentó con el director a escribir la adaptación al cine, sino que fue el inicio de su fructífera colaboración.

La película Sátántango (1994) es todo un tour de force. Confieso que no he terminado de verla, no por falta de ganas, sino por falta de tiempo. La cinta dura 7 horas y 19 minutos (sí, leyó bien, siete horas) y quiero dedicarme a verla de un tirón, ojalá algún día de las próximas vacaciones.

El libro fue publicado en 1985 y fue la primera novela escrita por Krasznahorkai, tarea que emprendió cuando trabajaba como vigilante nocturno en una granja lechera. Lo del tango en el título no es casual, ya que su estructura semeja la del género musical, con seis pasos hacia adelante y seis hacia atrás, que en el texto se convierten en capítulos cuyos hechos van hacia adelante y atrás en la trama. Cada capítulo es un largo párrafo sin puntos y aparte, una construcción de lenguaje que es una característica esencial de este escritor.

Sátántango (publicada en español como Tango satánico) presenta también esos contenidos que se ven con frecuencia en su obra, personajes que se reconocen derrotados ante la vida, desolados emocionalmente, sin ningún tipo de esperanza para superar su precariedad humana, habitando espacios y pueblos que reflejan esa misma desolación. En ese sentido, no es de extrañar que Laszlo Krasznahorkai se defina a sí mismo como “el escritor del fracaso”, tomando en cuenta los vaivenes socio históricos de Hungría (un país que sobrevive a la II Guerra Mundial, que forma parte del bloque socialista, que sufre dictaduras y que afronta con carencias el final de la guerra fría, cambios que dejan desposeídos, desgastados y empobrecidos a sus habitantes).

Pero no hay que dejarse engañar por esa auto definición que hace el escritor sobre sí mismo, como tampoco hay que quedarse en la superficie de sus personajes desesperanzados y lugares hostiles. Porque aún dentro de la oscuridad, hay belleza. Krasznahorkai llega hasta el fondo de la condición humana, donde también hay humor y donde la capacidad de encontrar belleza, aún en el más extremo de los escenarios, nos es dada a los lectores a través de un vaivén de palabras y oraciones que nos hacen bailar, junto al autor, sin dejarnos tomar aire, envolviéndonos en la red de los personajes que retrata, para luego dejarnos sin aliento, pensativos, añorando otra vuelta en sus palabras e historias, tejidas con la habilidad de quien sabe observar el alma humana, para luego traducirla en su original construcción de lenguaje.

Para muchos, su obra podrá ser densa y, por lo tanto, les causará rechazo. Con el poco rango de atención que tienen algunos lectores hoy en día, el sumergirse en un libro que no ofrece pausa y que no permite distracciones podrá resultar poco atractivo. Pero para quienes desean una lectura diferente, con sustancia, este escritor no sólo colmará sus expectativas. Podrá servir también como estímulo para atreverse a la lectura de muchos escritores de Europa del este que tienen trabajos valiosos y que, poco a poco (gracias a editoriales independientes como Impedimenta, Acantilado y otras más pequeñas), van sumando traducciones bien trabajadas que nos permiten su acceso. Danilo Kiŝ, Daŝa Drndić, Tatiana Țîbuleac, Magda Szabo, Sasa Stanisic, Milorad Pavić y el inefable Mircea Cartarescu, son algunos autores con los que se puede entrar en ese mundo narrativo.

En el caso de Krasznahorkai, su obra al español está publicada en Acantilado y ha sido traducida de manera estupenda por Adan Kovacsics. Es necesario señalar que su labor no debe haber sido sencilla, debido a esa cadena de frases que se entrelazan y que poco a poco nos van revelando su sentido. Parte del mérito de la visibilidad del escritor húngaro también le corresponde.

A raíz del Premio Nobel de Literatura que se le otorgó a Krasznahorkai en días recientes, algunas personas me han preguntado por dónde comenzar a leerlo. No sé qué recomendar, porque cada libro es algo diferente. Quizás lo lógico es comenzar por Tango satánico, su primera novela, y de ahí derivar a la que muchos consideran su (otra) obra maestra, Melancolía de la resistencia. Por cierto, cuenta el autor en una entrevista que no quedó satisfecho con el inicio del capítulo dos de Sátántango y que comenzó a escribir una especie de corrección del mismo. Ese fue el origen de su segunda novela Melancolía de la resistencia.

También recomiendo Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río. Guerra y guerra es uno que tengo pendiente de lectura, pero que me entusiasma comenzar. Y luego de leerlo, vale la pena adentrarse en las películas de Béla Tarr, con una filmografía impresionante y que, en efecto, ha sabido traducir en imágenes (en ese blanco y negro saturado de sus composiciones) el espíritu de las novelas de Krasznahorkai.

La designación del Premio Nobel de Literatura nunca será de entera satisfacción para todas las personas. Aunque sea considerado el premio cumbre en su ramo, haremos bien en tomarlo como una propuesta para conocer a autores que, de otra manera, quizás no tendríamos oportunidad de leer. A fin de cuentas, el gusto literario es subjetivo y la escritura no es un campeonato para coronarse como “el mejor”.

Con o sin premio, la obra de Laszlo Krasznahorkai es de primera y de lectura imprescindible.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 19 de octubre, 2025. Fotograma de la película Sátántangó de Béla Tarr).

una superficie cubierta de muchos libros abiertos.

La huella oscura de los libros

Hace un par de semanas hablaba en este espacio sobre las bibliotecas personales. No cabe duda que tener una, además de reflejar los gustos y preocupaciones intelectuales de sus dueños, implica una labor acumulativa. Pero detrás de nuestra compra de libros también hay otras reflexiones, nada literarias, a tomar en cuenta.

Si juntáramos todos los libros que tenemos y sumáramos su valor en moneda, estoy segura de que nos sorprenderíamos del valor total de la inversión hecha. No todos los libros valen lo mismo. Ediciones antiguas o de pasta dura, libros raros o de ciertas editoriales cuestan más que otros, que tienen tapa blanda o que son ediciones de bolsillo. Ni hablemos de libros de arte, de fotografía o ediciones especiales de lujo sobre cualquier variedad de temas.

A esa conclusión me hizo llegar mi padre hace años, cuando sabiendo de mi gusto por los libros, me decía que todos esos ejemplares representaban una pequeña fortuna que hubiera podido invertir en cosas “más útiles”. El comentario era raro viniendo de una persona que siempre estaba leyendo pero que, ahora que lo pienso, no acumuló muchos libros. Creo que los terminaba vendiendo o cambiándolos por otros en las ventas de usados que había antes en el centro de San Salvador y que a él le gustaba visitar.

Ahora, en el primer cuarto del siglo XXI, a ese valor en moneda de los libros debe sumarse el costo ecológico, su huella en el medio ambiente y su incidencia en el cambio climático. Según datos de la UNESCO, cada año se publican alrededor de 2.2 millones de libros en el mundo. La industria de las publicaciones consume alrededor de 16 millones de toneladas de papel cada año. Esto implica la tala de aproximadamente 32 millones de árboles, cantidad que, sin duda, contribuye a la deforestación a nivel mundial.

El uso del papel en todo lo relacionado con la impresión y la escritura comprende un aproximado del 24 % a nivel global. Esto abarca libros, periódicos, revistas, publicaciones impresas de todo tipo, así como material de oficina. Este porcentaje es superado solamente por el uso de productos de embalaje (52 % global) usados en el comercio electrónico y la distribución de productos de toda índole.

La fabricación de los componentes del libro impreso genera unas 8.85 libras de dióxido de carbono (CO2), por lo que el libro impreso se convierte en un objeto con una huella ecológica negativa. A esto debemos sumar las emisiones industriales que se producen durante la fabricación del papel, el blanqueo del mismo mediante procesos que utilizan cloro (lo cual genera dioxinas, un elemento carcinógeno muy persistente en el medio ambiente) y el uso de grandes cantidades de agua y energía en toda la cadena de producción.

El problema no se limita a los libros en papel. Los libros digitales también tienen su impacto ecológico, el cual comienza con la producción de los diferentes tipos de dispositivos de lectura (que requieren de cobalto y litio), así como la energía necesaria para mantener activos los servidores y el almacenamiento en la nube de los archivos electrónicos. Aunque el ebook puede parecer menos contaminante y más sostenible, un dispositivo de lectura electrónico produce unos 168 kg. de dióxido de carbono. El solo proceso de impresión de un libro de tapa dura (de unas 300 páginas), genera alrededor de 1.2 kg. de CO2.

Tomando en consideración que los dispositivos electrónicos tienen una vida útil limitada (aproximadamente de tres a cinco años), sería necesario que el usuario leyera 33 libros en doce meses para que su impacto ambiental sea menor que el generado por los libros impresos.

Aliviar este problema es algo complejo. Por una parte, estas cifras van en aumento cada año, debido al incremento de las novedades editoriales y de las metas de producción de los diferentes componentes de la cadena del libro. Así mismo, aumenta la cantidad de lectores y nuevos escritores. Todo esto genera demandas y aumentos en la fabricación de ejemplares.

También está de por medio la lógica capitalista: el sector editorial (que incluye un variado rango de actores como impresores, distribuidores, libreros, etc.) necesita vender más libros para crecer o mantenerse como industria. Vender más libros significa una mayor huella ecológica en un mundo que, ya de por sí, está tensionado en la explotación de sus recursos naturales que son (no lo olvidemos) finitos.

 Este es un problema que tiene alternativas, siempre y cuando los actores involucrados tomen consciencia del problema e implementen opciones que, aunque no solucionarán el asunto por completo, sí podrán contribuir a reducir sustancialmente la huella ecológica. Ya se habla de la ecoedición, es decir, de la producción de un libro con criterios de sostenibilidad que introducen, a lo largo de toda la cadena, medidas para reducir su impacto ambiental.

Algunos de los cambios importantes que incluye la ecoedición son el uso de papel reciclado (lo que reduce la necesidad de talar árboles, y también el consumo de agua y energía en el proceso de fabricación); la impresión bajo demanda (medida que reduce las devoluciones y evita la sobreproducción); y el transporte optimizado, es decir, la disminución de la distancia que debe recorrer el producto antes de llegar al consumidor final.

Nosotros, los lectores y amantes de los libros, también podemos contribuir un poco en el alivio de este problema. Podemos ser más razonables y selectivos en las compras de nuestros libros, es decir, no hacer compras impulsivas de títulos que después ni leemos, sea porque su contenido o edición es de mala calidad, o porque el tema o autor respectivo pasaron de moda. También podemos (en los países y ciudades en que esto es una opción mejor organizada) comprar libros usados.

Otra práctica es el bookcrossing, que consiste en dejar un libro en un lugar público para que algún interesado se lo lleve, lo lea y vuelva a dejarlo en otro espacio, según las instrucciones que son detalladas en el ejemplar. También se pueden organizar jornadas de intercambio de libros y así ir refrescando nuestra propia biblioteca, al mismo tiempo que compartimos títulos que sabemos no vamos a volver a leer o que no nos interesa mantener con nosotros. Esto puede favorecer a quienes tienen un presupuesto limitado y no pueden darse el lujo de comprar libros nuevos. Además, contribuye a que un libro sea leído varias veces por diferentes usuarios, ayudando también a socializar lecturas y a formar comunidad, algo que se está perdiendo en medio de sociedades gentrificadas, que están más enfocadas en actividades consumistas de recreación.

No hay duda de que el libro es uno de los objetos más valiosos de nuestras sociedades, no solamente por el objeto en sí. Cuando su contenido es uno de calidad (ya sea literaria, científica, educativa o estética) su valor trasciende lo monetario. Los libros han contribuido a la democratización del saber y a la expansión de la cultura. Muy difícilmente la sociedad renunciará a seguir escribiendo y produciendo libros, sin importar que el formato sea electrónico, sonoro o en papel.

Su existencia nos recuerda que tenemos sed de ideas, de conocimiento e imaginación. Pero dicha sed terminará creando desiertos en la tierra, si no encontramos formas de equilibrar su producción con el futuro de nuestros bosques y recursos naturales.

(Publicado domingo 28 de septiembre, 2025, en la sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de Patrick Tomasso en Unsplash).