Cine, Columna de opinión
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Historias que faltan

Hace poco vi el documental Retratos fantasmas (2023) del director brasileño Kleber Mendoça Filho y mucho de su planteamiento me recordó a San Salvador. Dividido en tres partes, el documental nos lleva a conocer un poco de la ciudad de Recife, Brasil, de donde es originario el director y donde ha filmado la mayor parte de su trabajo cinematográfico.

La primera parte se centra en el apartamento y el vecindario donde transcurrió su infancia y adolescencia, un espacio que sufrió varias modificaciones y que, incluso, sirvió como escenario para las primeras películas filmadas por Mendoça. La segunda parte, la más larga y sustanciosa del documental, explora el centro de la ciudad y los diferentes edificios que albergaron salas de cine muy populares. Este recorrido nos lleva a conocer, además, los momentos de influencia cultural y social que tuvieron algunas películas entre los habitantes de Recife. El furor despertado por ver Tiburón (1975) de Steven Spielberg y Hair (1979) de Milos Forman son un par de ejemplos de ello. La tercera parte recorre el fenómeno de la transformación de varios cines en iglesias, algo que ocurrió en muchas ciudades de Latinoamérica, las nuestras incluidas, luego de la inauguración de cadenas trasnacionales de cine que abrieron salas más pequeñas en medio de centros comerciales, provistas con equipos técnicos que se adaptaron a los cambios en las formas de filmación y proyección de las películas.

El documental presenta metraje de archivo, fotografías antiguas e imágenes propias, material con el cual Mendoça compone una especie de diario personal, de memorial sobre la evolución de los lugares en su concepción y relación propia con el cine como oficio. Es impresionante ver la arquitectura original de la ciudad y sus salas, ahora por desgracia en decadencia y abandono, pero que en sus mejores tiempos constituyeron puntos de referencia para los recifeños. Muchos de estos lugares han sido derribados, fueron transformados en bodegas, en almacenes de artículos económicos o están abandonados a su suerte. Una de las salas de cine que lucha por continuar adelante es el Cinema São Luiz, que además es uno de los puntos visuales interesantes de la ciudad, ya que suele aparecer como imagen de fondo cuando la gente se toma fotos en un puente cercano.

Cualquiera que haya visto El agente secreto, la más reciente y multipremiada película de Mendoça, podrá encontrar en este documental un material de acompañamiento, que servirá para comprender el origen de algunos de sus escenarios y personajes. Ambas producciones son, sin duda, un gran homenaje al séptimo arte, a su influencia en nuestras vidas y a las personas que trabajaron en las salas de proyección.

El documental me hizo recordar y revivir la vida de los cines salvadoreños, sobre todo los de San Salvador. Pensé en las veces que fuimos al cine Apolo a ver las películas de James Bond; en el cine Caribe, cuyo edificio fue derribado para poner una sucursal de hamburguesas trasnacionales; en el Regis, derribado y convertido en supermercado; el cine Viéytez, con una arquitectura innovadora para la época; el cine Modelo donde vi El mago de Oz con mi tío Ricardo y que, años después, fue cerrado y convertido en bodega; el España, el Majestic, el Fausto, el México, el Avenida, el Libertad y muchas otras salas menores que fueron convertidas en salas de películas porno, iglesias, ferreterías y negocios que no tienen nada que ver con lo cinematográfico.

Viendo el documental de Mendoça se me ocurre que ésa es otra línea de memoria que nos falta documentar, la de nuestros cines, no sólo como lugares de entretenimiento sino como referentes de la evolución arquitectónica de la ciudad. También hace falta documentar la historia de los hombres y las mujeres que, desde la boletería hasta el cuarto de proyección, trabajaron para consolidar una de las mejores formas de distracción con la que contamos en el país.

(Publicado en La Prensa Gráfica, sección de opinión, domingo 22 de marzo, 2026. Foto: cartel del documental Retratos fantasmas).


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